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   El dinero en psicoanálisis

Cinco notas sobre la función del dinero
  Por Guillermo Cichello
   
 
El camino del analista es diverso, uno para el cual la vida real no ofrece modelos.
S. Freud “Puntualizaciones sobre el amor de transferencia”

I. Lacan propuso el concepto de deseo del analista como un modo de indicar que para que la cosa funcione en un análisis (entre otros muchos asuntos, claro) los deseos del analista deben quedar en suspenso, no desconocidos –negados, reprimidos– porque eso los potencia neuróticamente, sino admitidos pero sin fundar sus intervenciones. Todos sabemos que un paciente nos puede generar odio y que no hay que poner el grito en el cielo por eso, pero también sabemos que en esos casos es mejor estar atento, no vaya a ser que la dirección de nuestras intervenciones se nutra de esa fuente. Otro tanto puede decirse del amor, de la apetencia erótica, etc. Que el analista se haga el muerto –como decía Lacan– no quiere decir que trabaje en un letargo anestesiado ni que eso sea lo esperable para que el análisis cumpla su cometido (la habitual proximidad entre la in-analizada abstinencia sacerdotal y los desbordes perversos constituyen prueba a contrario sensu). La neutralidad de la que hablaba Freud abreva exactamente en la misma problemática cuestión: establecer la “máxima diferencia” –incluso en él– entre sus ideales y el objeto al que la transferencia lo convoca. Procurando no intervenir desde su “subjetividad”, digamos así, desde sus afanes personales, sus pasiones, sus preferencias morales, sus ideales, su predilección por ciertos modos de gozar, sus antipatías acérrimas. Cuestiones todas –repito– perfectamente legítimas como constituyentes que son de su condición humana, pero que devienen en una considerable complicación cuando se convierten en el fundamento de una interpretación, de un corte de sesión, del tono con el que habla de ciertos temas, del modo en el que pone a jugar sus honorarios. Es justamente este último asunto el que quiero esbozar muy brevemente.
Parto de una cuestión básica: el dinero instituido como pago no constituye un elemento neutro, irrelevante, ajeno a la experiencia de cada análisis. Es un significante que forma parte de esa experiencia y exige considerar su valor para cada paciente en particular y, en consecuencia, pensar singularmente los modos de abonar los honorarios, su incremento, las deudas que se decide asumir, los incumplimientos de los pagos, etc.

II.Ahora puede aumentarme los honorarios”, repitió en varias oportunidades una paciente tras haber atravesado dos o tres situaciones difíciles. Entre tantos con problemas para pagar ¿qué mejor proposición para cualquier analista?: ¡alguien que pide pagar más! No es del todo insensato pensar la cuestión como la verificación de un alivio del sufrimiento y un reconocimiento expresado en el intento de pagar con dinero –creo que algo de esto tuvo su ingerencia en el pedido–, pero me fue imposible no insertar esta cuestión en el conjunto de situaciones relatadas en las cuales el dinero intervenía con los hombres, de modo de quedar siempre ubicada ella en la ventanilla de pago. La cosa tenía su historia: tras la separación, la madre no le había reclamado a su padre dinero por alimentos –cuando nada hacía suponer indigencia alguna en éste–; luego había formado pareja con otro personaje a quien sus dichos ubicaban claramente como un “vividor”, al que sostenía económicamente desde hacía muchos años. La repetición repartió las cartas y la vida la puso en situación de jugar en el lugar que había “mamado”, esto es: de “banca”. En efecto, tanto con su marido, como con su ex marido, con amigos y con clientes que demandaban su trabajo, ella ubicaba las cosas de modo tal de situar en el otro una carencia y una demanda de dinero, a las que ella acudía. El libreto parecía repetir una y otra vez que los carentes hombres no pueden, no tienen y que necesitan su dinero para vivir. Sin perjuicio del conjunto de quejas y reproches que le generaban algunas de estas coyunturas, lo cierto es que con su condescendencia más o menos explícita, ella perpetuaba el dominio fálico sobre los hombres y mantenía a raya el toparse con un elemento desestabilizador: que algo de la potencia quede ubicado, al menos una vez, del lado del hombre y, en consecuencia y como contrapartida, ella en la posición de espera, de deuda, de demanda.
¿Cómo no evaluar esta cuestión a la hora de decidir la oportunidad de aumentar los honorarios? El hecho de no satisfacer su demanda, dilatando el asunto para más adelante, no sólo hizo emerger la angustia ante el encuentro, en transferencia, con una posición no esperada del otro (“¿y este qué quiere?”), sino que permitió ir desplegando las razones inconscientes de su habitual evitación. Creo que ese encuentro transferencial permitió que ensayara nuevas respuestas ante lo enigmático del otro, sin precipitarse a pagar según los dictados de su acostumbrado libreto fantasmático.

III.Hoy no puedo ir a la sesión –dice por teléfono un analizante–, porque no tengo dinero para pagarle.
—Bueno, puede venir igual y cuando puede la paga.
—No… lo que pasa que la semana que viene se me van a juntar dos sesiones para pagarle. Va a ser mucho. Preferiría no deberle tanto.
La mención a la deuda me recuerda lo que viene hablando en las últimas sesiones, y me decide a insistir: venga y hablamos en sesión. Vacila, pero acepta.
Se trata de un sujeto para quien entrar en deuda quedó tan alienado al modo en que su madre había significado darle algo, que colocarse en una posición tal, equivalía a quedar fijado al lugar de rehén. Tantas eran las atribuciones otorgadas al otro a partir de esa donación, que ese hecho lo compelía a satisfacer infinitas exigencias y a impugnar cualquier derecho de su lado. En esa lógica, las condiciones de una eventual donación lo colocaban claramente como prisionero del otro (un préstamo a la medida de Shylock, a cobrarse con una libra de carne).
La insistencia repetitiva instaló el tema en el análisis y presentó la ocasión de inscribir una diferencia. La maniobra en transferencia, entre los registros simbólico y real, procuró desoldar el sentido tan coagulado, el exceso de sentido que implicaba para el paciente entrar en deuda: estar a merced del capricho del Otro. No se trató de una interpretación que apuntara al enigma de una formación del inconsciente, como saber cifrado, sino de una intervención en lo real orientada a reescribir el significante deuda. Consentir su inasistencia a la sesión o eximirlo del pago no hubiese permitido poner en la escena de la transferencia otra manera de saldar una deuda. La módica intervención (“Esta sesión la irá pagando como pueda, cuando pueda”), introdujo un acreedor que no lo deja prendado, prisionero de su voluntad de goce desmedido. Oportunidad para pagar de otra manera, con otro objeto.

IV. Freud decía en Psicopatología de la vida cotidiana que algunas “mujeres muestran un particular desagrado a pagar los honorarios al médico. Lo usual es que olviden su portamonedas y no paguen; (…) de ese modo consiguen que uno las haya tratado gratis –«por sus lindos ojos»–. Pagan, por así decir, con su mirada.”.
Me ocurrió atender durante unos años a una señorita muy cómodamente ubicada en el lugar de hija defraudada. Desde esa posición ejercía una metódica tiranía respecto de sus padres, hermanos, novios, etc. que constituían una comparsa de sirvientes apurados y obligados a cumplir sus insólitas demandas. Conforme una serie de creencias muy bien consolidadas, la vida le había acreditado un cuantioso saldo a favor, cuyo pago le correspondía satisfacer a los otros. No era, como se ve, alguien habituado a la idea de pagar por algo. Por otra parte, sin ser una erotómana, desplegaba aquí y allá sus intentos de seducción presumiendo que los otros debían sucumbir inevitablemente a sus encantos y abrirle las vías para sus designios. La transferencia me invitó a incluirme en esa comparsa. En esa escena, paulatinamente y según veía que se me presentaba la ocasión, me fui mostrando inflexible frente a sus demandas (de cambios de horarios de sesión, de aceptar sus llamadas a horarios estrambóticos, etc.) y mantuve a rajatabla, inexcusable y puntillosamente, ese acto inaudito: cobrarle.

V. Si uno como analista evalúa los honorarios exclusivamente con parámetros ajenos a la experiencia de cada análisis (por ejemplo, el aumento del costo de vida del mes de marzo o de la expensas del consultorio o la disminución de sus pacientes –“entonces, le cobro más a los que están” – o la necesidad de dinero para saldar, por fin, el crédito hipotecario –noten que entre las cuestiones ajenas al análisis ubiqué lo que le sucede al psicoanalista como sujeto–), lo más probable es que erre más de la cuenta en el modo, la oportunidad y los efectos que ese significante tan especial tiene en el contexto de cada cura.
Es preciso desplegar las consecuencias derivadas de considerar al dinero como aquel significante que porta el privilegio de ser el más aniquilador de toda significación –como Lacan lo definió–. No sólo porque aniquila la significación amorosa, sino –y en principio– porque debe ser apreciado como significante, esto es, como aquello que se distingue por no tener una significación propia. Llevada esta proposición a esa experiencia tan singular como la analítica nos vemos impedidos de otorgarle un único sentido, una condición general al pagar, un sentido universal al cobrar. El significante dinero, entonces, cuando se inserta en la transferencia, nos exige la libertad de pensarlo caso por caso, sin consideraciones genéricas que lo transformen en un signo que vale lo mismo para todos, donde sea y siempre.

Nota: Guillermo Cichello es autor de Función del dinero en psicoanálisis. Letra Viva Editorial, 2010.
 
 
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