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   El dinero en psicoanálisis

El pago de los recién recibidos
  Por Martín. H Smud
   
 
Hace más de quince años intento obsesivamente ceñir un tema, creo que sería mejor llamarlo: un asunto o, quizás, un eje de investigación. Pasa el tiempo y aún sigo escarbando la roca y haciendo pozos en la arena. El tema sigue siendo la inserción profesional. Aún antes de recibirme, tuve la rara certeza de que algo se escondía en esa inocente y angustiante pregunta acerca del: ¿Y ahora qué hago?
Ayer, en un taller seminario con recién recibidos, hablando de lo ad honorem, el pago, y el valor del dinero, sostuve que la inserción profesional del recién recibido dependía de tres dimensiones: la cara, el dinero, el cuerpo.
¿Qué significaba cada uno de estos elementos?
La cara era la edad, el aspecto: lo que representamos para el otro en una coyuntura histórica y geopolítica determinada. Era lo que Lacan llamó: lo imaginario. La inserción profesional conlleva y requiere una vestimenta al que quiere trabajar en un campo histórico y laboral.

¿Y el dinero? La inserción necesita que, cada cual, mire en el fondo de sus bolsillos y evalúe cuánto dinero quiere invertir y cómo. Ser un profesional “independiente” en estas últimas tres décadas en que el porcentaje de “trabajo independiente” no ha dejado de bajar en el PBI nacional, es un negocio arriesgado. Además conlleva conocer un “marketing” específico, dentro del campo de la salud y, sobre todo, dentro del inescrutable campo de la salud mental. El dinero es lo que se pone a circular, es lo que se tiene, lo que se pierde, lo que se da. Aquí entran todas las operaciones matemáticas y financieras imaginables: lo que se hipoteca, lo que se guarda, lo que se espera conseguir; el pasaje del dinero al capital, señalado por Marx. Allí, una primera inversión, aunque el dinero debería estar primero cronológicamente, se ubicaba segunda desde un aspecto lógico con respecto al capital. El capital es lo que Lacan llamó el campo simbólico. Si bien existe una pérdida originaria, se pone en circulación el tener y el faltar, lo que pasa de mano en mano y nos tira a unos en/para/según/sin (y aquí van todas las inolvidables proposiciones que nos enseñaban en la primaria) /con los otros.

El dinero es lo simbólico. Freud trabajó mucho el tema, el dinero es un elemento que construye equivalencias, correspondencias, diferencias. Es un significante especial, el falo, cuyo brillo produce un cambio en el sujeto a nivel escópico. El falo es lo que circula como “circula” la carta robada en el texto de Edgar Allan Poe. En esa circulación están la reina, el detective, el rey, la policía, el amante, la amada. Atraviesa tanto la dimensión política como lo que llamamos la política de la cama. Es la dimensión que después de Foucault ya no podemos olvidar: la visibilidad del acto político en cada fragmento del acto amoroso.

Al dinero, Freud también lo ubica en el campo anal, en la tremenda caída que va de ese “brillito” a lo escatológico, a la Mierda con nombre y apellido. Ese movimiento de caída, ubica al falo en correlación con la mierda.
Una tercera equivalencia: es la que lo lleva a ubicar al dinero en la dimensión de la herencia, de los hijos, de la trascendencia. El dinero representa la continuidad de la raza y del “nombre del padre”, aporta la cuestión fundamental de la realización personal. No olvidemos que, por ejemplo, trabajar ad honorem quiere decir “por el honor” e históricamente nace en la Antigua Roma, los ciudadanos que llegaban al Senado recibían como salario el honor de estar en semejante lugar. El honor en el lugar del dinero. (Historia que hoy en día sería interesante entrecruzar con los recién recibidos que cobran “por el honor” de estar comenzando su carrera profesional).
Una cuarta equivalencia: el dinero como regalo, un don, es dar lo que no se tiene a quien no lo es, es la dimensión del amor. La constitución misma de la transferencia.

El tercer elemento, si antes hablamos de la cara y el dinero, es el cuerpo, en tanto encuentro, en tanto lo real del encuentro. Los recién recibidos lo descubren con violencia. Van por la calle y, de repente, se abre una puerta y aparece “la novia” y, como en un laberinto de espejos, se abre otra puerta y aparece “la paciente”. ¿Qué es lo que lleva a que una esté detrás de una puerta y la otra detrás de la otra? He contado en diferentes libros pero, sobre todo, en Tiempo de atención (Letra Viva, Episteme, 2007) la tragicomedia del recién recibido. Ocurre la confusión: quisiera que la novia entre por la puerta de la paciente y la paciente en lugar de la novia. Ese “des-encuentro”, reaparece en sueños, ¿qué diferencia hay entre una y otra? La diferencia es que una entró por una puerta y la otra, por la otra. ¡Maldito destino! No se puede anticipar lo que pasará, y qué haremos con ello: arte, mortificación, neurosis. El cuerpo es lo real del síntoma, es la extensa bibliografía que encontramos, hoy en día, en la clínica de nuestros pacientes.

Cada una de estas dimensiones: la cara, el dinero, el cuerpo, a su vez, deben comprenderse a partir de nuevas particiones. La separación que intentamos en un primer momento entre simbólico, imaginario, real, se complejiza. Estas cadenas de multiplicaciones, tan extensas como la cadena del ADN, condujeron a Lacan a cuestionar acerca de las dificultades en la tripartición del RSI. Y allí comienza otra época, la apuesta a una clínica orientada hacia lo real, mucho más que hacia lo simbólico o lo imaginario.

El dinero, como la dimensión simbólica, está presente a pesar de que se trabaje ad honorem. Lo que acontece con el dinero (en toda la inserción profesional pero imprevistamente para el recién recibido) es el encuentro con lo real. Lacan vislumbró los cinco pisos del objeto que se constituyen a partir de una elipsis: esas estaciones son el asco, lo asqueroso, la culpa, la exhibición, la crueldad.
Lo refieren todos los recién recibidos, de repente, un paciente atendido ad honorem, empieza a traer a tratamiento algo asqueroso, obsceno, exhibicionista o cruel y el profesional se comienza a mover incómodo en su asiento. Esa dimensión real, quiere pujar y entrar al campo simbólico, pero al no tener, dinero con que ofrecer/se a ese intercambio simbólico, se queda el psicólogo/analista en una ubicación de objeto a ser gozado.
Los participantes del seminario que escuchaban mis intentos de explicar el valor del dinero, en los comienzos de la clínica, parecían ya cansados. Hasta que un participante hizo un comentario: -Actualmente una gran proporción de recién recibidos, ni siquiera comienzan a trabajar ad honorem sino que pagan por su inserción. No sé por qué todos nos despertamos, el dinero era la equivalencia con el falo, con la mierda, con el amor, pero también y sobre todo con la dimensión política, la polis, el contexto, el costo de vida, el cuánto vale.
Hace quince años, intentaba poner en ridículo a la palabra ad honorem, hablando de su etimología y de su historia, pero hoy era cierto, que dentro del campo de los recién recibidos el 6% entran al circuito pago, el 30% al circuito de formación ad honorem y que el resto debían pagar por su inserción. Estaba tentado a meterme por estos temas, ironizar y decir que pareciera que hoy comenzar a trabajar ad honorem sería un privilegio, cuando me di cuenta que ahí había otra tripartición: ser pagado, no cobrar, pagar. Estas tres dimensiones se encuentren a lo largo de toda la vida profesional pero depende de su entrecruzamiento la realización y proyección de nuestra carrera laboral. Debemos hablar, entonces, de lo que hacemos sin cobrar, cobrando y pagando. Puede causar las mayores perversiones como que un psicólogo pague por el tratamiento del paciente pero también puede dar comienzo al difícil entrecruzamiento entre lo ad honorem, el cobro y el pago, en el intrincado campo de la salud mental. El dinero va más allá de si se cobra o no, de si se trabaja ad honorem, tiene inexorables consecuencias en todo el campo simbólico.
 
 
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