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   Diagnóstico en psicoanálisis

Algunas consideraciones sobre la estructura de la paranoia, la esquizofrenia y la manía.*
  Por Colette Soler
   
 
En la paranoia. ¿Cuál es la forma del rechazo del inconsciente? Pienso que podemos continuar o retomar la tesis freudiana en la que aparece algo de una “increencia”. Lacan retoma el término para decir que, efectivamente, en la psicosis (en la psicosis que para él es la paranoia) se rechaza, se rehúsa, no se cree en algo que es “la Cosa”. Efectivamente, eso se encuentra ligado a la forclusión, es decir que falta. Con la forclusión falta uno de los términos necesarios a la creencia, un término de la división del sujeto que abre la posibilidad de la represión, pero a la vez de la creencia. Más concretamente, podemos decir que el paranoico es un incrédulo.

El paranoico es incrédulo respecto de él mismo en tanto que es tachado, es barrado; es decir que no cree, no admite, no reconoce en él mismo, la opacidad, el enigma que constituye cada sujeto; el enigma de un deseo oscuro que no sabe y que además puede ser malo, implicar un goce malo. Por eso existe la dimensión de la inocencia paranoica. Sobre la inocencia paranoica escribí un texto que quizás algunos conocen “Inocencia paranoica e indignidad melancólica”, que se oponen en una asimetría impactante. El paranoico es un incrédulo –eso es lo que él cree, no es el punto de vista de los demás, sino que es su punto de vista–. El paranoico cree siempre que es un buen tipo, incluso cuando hace cualquier barbaridad. Y la inocencia paranoica es la manifestación al nivel de los fenómenos, precisamente, del rechazo de “la Cosa” de su lado. Y sabemos bien cuál es el destino de este rechazo: lo rechazado vuelve y en su caso vuelve bajo la forma de la persecución, es decir vuelve del lado del Otro, del lado del partenaire o mejor dicho, con el Otro; y es el rasgo sospechoso del paranoico, que es un buen tipo pero no confía demasiado.

Finalmente están esos fenómenos bien paradigmáticos de la pareja perplejidad-certeza, perplejidad-certidumbre. Es lo que se aísla muy claramente en la clínica, me parece. Una sincronía típica en la que el sujeto empieza a interrogarse sobre lo que pasa (perplejidad). ¿Qué pasa con este tipo, con el vecino, con el que sea el partenaire? La perplejidad se convierte en certidumbre, en certeza; es decir que no sabe lo que pasa pero está seguro de que pasa algo –es el núcleo clínico del retorno en lo real del rechazo de “la Cosa”, de la emergencia de “la Cosa” del lado del Otro–. El paranoico es un sujeto que no se cuestiona realmente mucho sobre sí mismo, pero sí mucho sobre el Otro.

El estatuto de la esquizofrenia es totalmente diferente. Me parece que con la esquizofrenia hay un problema. Por supuesto que tenemos una definición en los textos clásicos de la esquizofrenia; tenemos también una definición de la práctica psiquiátrica con los esquizofrénicos; pero es verdad que la definición lacaniana de la esquizofrenia es una definición extremadamente radical. Tanto que, de ajustarse a ella, no sé si se puede encontrar un solo esquizofrénico. Yo busco un esquizofrénico, lo busco desde hace años, pero no lo encuentro y creo que no existe. Finalmente sería más justo hablar no del esquizofrénico sino del “fenómeno esquizofrénico”, que realmente se puede ubicar. La tesis proviene en cierta medida de Freud mismo, cuando dice que el esquizofrénico trata a las palabras como cosas. Es una buena, bella fórmula del rechazo del significante; es decir, hay un sonido o algo escrito (en el dibujo de la escritura), o un elemento cualquiera, podría ser un jeroglífico, y el sujeto no recibe, no reconoce el estatuto significante, lo trata como cualquier otra cosa, cualquier otro objeto. El esquizofrénico tiene una actitud que puede ser excepcional respecto al modo de manejar la materia lingüística, puesto que para los demás, para los no esquizofrénicos, la materia lingüística no se puede manejar de cualquier manera, porque genera sentido y con el sentido se genera efecto. El esquizofrénico trata a las palabras como cosas. La fórmula que corresponde a Lacan –que es mucho más radical– dice: “Para el esquizofrénico todo lo simbólico es real”1. Esta es una frase que va mucho más allá que la frase de Freud (que es más fenomenológica, y que presenta algunas dificultades para entenderla completamente). Lacan comenta un poco su frase de “todo lo simbólico es real”, nos indica que lo que falta cuando lo simbólico es real es la producción de la falta; o si puedo decir, del agujero que produce cada significante, del vacío, ya que Lacan utiliza también la palabra “vacío”. El vacío importa en lo simbólico tanto como los elementos significantes, los elementos significantes están separados por el vacío, y sin el vacío no existe lo simbólico. El efecto de vaciamiento de lo simbólico falta en la esquizofrenia; y esto pone en cuestión la existencia misma del sujeto en tanto que definimos el sujeto como representado por el significante. Quizá sea otra versión de lo que decía de la paranoia –que rechaza el sujeto tachado de su lado–. En el esquizofrénico quizá encontramos más bien la no-constitución del sujeto tachado. Y por eso, el problema de saber si un esquizofrénico puede delirar se plantea en la clínica psiquiátrica cada vez que vemos esto, cuando en el llamado “esquizofrénico” se presenta un pequeño delirio. No sé si recuerdan que Jacques-Alain Miller hace años había planteado la tesis de que el esquizofrénico era el único que no entraba en el delirio. Esto nos impone pensar el estatuto de las elaboraciones esquizofrénicas, cuando existen, respecto de lo que llamamos “un delirio”.

Para establecer la diferencia, o hay que rechazar la tesis o hay que explicar cuál es la diferencia entre una elaboración esquizofrénica y una elaboración delirante paranoica, o neurótica, que son las que tienen la misma estructura de elaboración de una cadena.
La conclusión casi impuesta hace pensar que en la esquizofrenia hay elaboraciones que no forman cadena con el significante que represente al sujeto.

Voy a avanzar ahora sobre la manía. El título de un artículo de mi autoría era “La manía es un pecado mortal”. De Lacan había extraído la idea de que la tristeza del neurótico, analizante o no, analizante especialmente, era una pecado venial, pero en el sentido concreto del término uno no se muere de tristeza y, por el contrario, se muere de la manía. Lacan dice respecto de la tristeza que es la cobardía moral. No comenté este aspecto. Tristeza, cobardía moral. El sujeto no tiene el coraje, no tiene el ánimo de colocarse a sí mismo en la estructura y en las fallas de esta estructura. “Cobardía moral”, dejo eso de lado.

Esta cobardía es rechazo del inconsciente que va hasta la psicosis. Es el retorno en lo real de lo que es rechazado del lenguaje, es la excitación maníaca por la cual este retorno se hace mortal2 –por eso había escrito “pecado mortal”–. Ven que Lacan en esta frase constituye una continuidad entre el rechazo y la cobardía moral no psicótica, y la psicótica. Esa continuidad se lee en la expresión “cuando el rechazo va hasta la psicosis”. Evidentemente, si comentamos este “hasta la psicosis” con las dos palabras “represión” y “forclusión”, reintroducimos la discontinuidad –pero aquí es una continuidad fenomenológica quizá, y entonces... ¿Qué podemos decir de eso?–.

¿Cómo se caracteriza la palabra desencadenada del maníaco? No solo por su rapidez, por su incoherencia –fue descrito muchas veces, especialmente por los psiquiatras fenomenológicos–. Pero la palabra desencadenada en la manía... ¿Qué es? Es una palabra que se desliza. Podemos hablar de su ritmo, podemos hablar de muchas cosas, pero sobre todo lo que caracteriza a esta palabra es que es una palabra sin puntuación y, entonces, sin punto de capitón. Es una palabra en la que no se puede cerrar una significación. Es una palabra de la cual vamos a decir que no hace cadena significante. En ella la cadena significante con su retroacción en la cual la significación se deposita, no está. Es una palabra, entonces, que por la falta del punto de capitón no sólo no produce significaciones, sino que tampoco representa al sujeto, no representa nada, no se puede interpretar. Uno puede, en algunos estados de manía, sólo intentar hacer callar como indicación. Con la palabra no se obtiene nada si no existe el punto de capitón. Lacan puede decir “es un caso del significante en lo real”, y el lenguaje vuelve en lo real. Conocen bien la expresión “el significante en lo real” desde el Seminario 3, desde el texto “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis...” Conocemos el paradigma del significante en lo real: Es la alucinación verbal, es decir, un significante que surge de manera errática, que se encuentra en lo real. Lacan dice que el significante se encuentra en lo real no porque el sujeto lo oiga, sino porque se encuentra fuera de la cadena. La definición del significante en lo real, lo saben, es el significante cuando la cadena está rota. La palabra maníaca se trata de otro ejemplo de la cadena rota, es decir, sin punto de capitón.

Cuando el significante no está en lo real, ¿dónde está? Se encuentra en lo simbólico, en lo simbólico definido en esta época como haciendo cadena significante. Con el texto de Televisión Lacan añade a la alucinación verbal –que hasta ese momento era el paradigma– otro ejemplo, que es la palabra maníaca.
Quizás habría que decir algo de la melancolía. Me sorprende el hecho de que en Televisión Lacan no evoque a la melancolía cuando piensa a la tristeza en un eje que incluye a casi todos, a los neuróticos y a otros tipos clínicos. En el extremo de este eje pone la manía, pero nada de la melancolía. Y hay todo un debate para saber si la melancolía es una psicosis o no. Es cierto que podemos hablar de estados melancólicos en diversas estructuras, es una manera de hablar, pero yo creo que hay melancólicos psicóticos y melancólicos con una estructura melancólica.

Finalmente el melancólico me parece como la otra cara de la paranoia. No quiero decir que es un paranoico transformado, quiero decir que es una configuración homóloga pero inversa de la paranoia en la medida en que “la Cosa”, el deseo oscuro, el goce malo, que el paranoico ubica del lado del Otro identificando el goce en el Otro, es reconocido de su lado por el melancólico, al menos en los delirios de culpa y de indignidad. Evidentemente el delirio melancólico no está siempre presente. A veces encontramos sujetos que parecen casi más allá de todo delirio posible, petrificados en una inercia respecto de la cual la palabra parece totalmente sin posibilidad. Con ellos podemos tener la idea de que el rechazo de “la Cosa” va hasta el rechazo no delirante en la culpa del delirio melancólico, hasta el rechazo de la propia existencia; y entonces lo que corresponde a la excitación maníaca mortal no es el delirio melancólico sino el pasaje al acto, el hecho de que el sujeto se eyecta realmente no sólo de lo simbólico, sino de la vida misma.

Texto establecido por Cristina Toro
Responsable de la obra Gabriela Haldemann.

*Nota: El presente artículo es un extracto del libro ¿Qué se espera de análisis y del psicoanalista? Seminarios y conferencias en Argentina, que próximamente editará Letra Viva. Del capítulo “El rechazo del inconsciente” (Conferencia dictada en el Hospital Rivadavia)

1. Jacques Lacan, “Respuesta al comentario de Jean Hyppolite”, en Escritos 2, Siglo XXI editores.
2. “Y lo que resulta por poco que esta cobardía, de ser desecho del inconsciente , vaya a la psicosis es el retorno de lo real de lo que es rechazado, del lenguaje; es por la excitación maníaca que ese retorno se hace mortal”. Jacques Lacan, Televisión, op. cit., pág. 107.
 
 
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