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   Colaboración

Acerca del sentimiento inconsciente de culpa
  Por Juan Carlos Cosaka
   
 
“El amor desdichado
es la forma más alta del amor”
Sören Kierkegaard

Nunca como en esta época resulta acertada la metáfora en referencia a los “tiempos que corren”. En ellos la clínica nos sorprende con fenómenos que más de una vez conducen a atolladeros para el análisis, ya que el acto y el silencio empantanan a la palabra. Como lectura de la novedad los analistas se han corrido hacia las fascinaciones clasificatorias de lo “nuevo” que termina empantanando aún más el dispositivo. Sin la premura de “correrse” del mismo, el propio Freud y autores como Rado, Strachey, M. Klein y Lacan, han colocado en el centro de las cuestiones paradojales una clínica, la del superyó, cuyos fenómenos dan cuenta de un estar sin pensamiento y sin lenguaje que culmina en el silencio puro; sumisión por amor a la máxima crueldad de la instancia superyoica. Es de ésta que se desprende que los sujetos de tales presentaciones son adictos al superyó. Se observa un estado de profundo aniquilamiento, visto como bueno y feliz, panacea de todos los bienes. En tal reparto el yo es la nada indigna y la sustancia glorifica al Yo ideal, concebido como un dormir sin sueños, modo de apagar el deseo, logro de la satisfacción en la abolición del sufrimiento de vivir, amor dispuesto a entregarse a la máxima humillación, a la muerte en lo que Freud llamó “sentimiento oceánico”.

A-dicto, es decir, sin dicho de palabra, también ad-dicto de un sujeto dispuesto automáticamente al dictado del imperativo, sin dictamen de la ley. La culpa preexiste al superyó y a la conciencia moral, siendo la influencia ajena la que instala patrones éticos y la angustia frente a la pérdida de amor. Y si la culpa es más bien un dato de estructura humana previo e inherente a su constitución misma es dable pensar lo contrario, a saber, que es el Edipo el heredero del Superyó.
Y será por esa maravilla que tiene la letra de dar cuenta de la urdimbre del sujeto y su goce; o tal vez las musas susurraron al oído de Sófocles la tragedia suscitada entre los dioses familiares y los de la ciudad, el destino trágico de la bella Antígona, Destino cuyo nombre freudiano es el Superyó.

De ella cuenta Lacan1 que no conoce compasión ni temor, y justifica su acto suicida enterrándose viva para dar sepultura a su hermano, en un pasaje que Lacan considera escandaloso, tachado, considerado ajeno a la obra: “Y en razón de qué digo esto: muerto mi esposo otro hubiera podido tener, y un hijo de otro varón. Pero estando padre y madre escondidos en el Hades, no hay hermano que pueda nacer jamás. Por esta ley te pongo a ti primero”2.
Dice autadelphos (adelphos: hermano), lo que es “mi mismo, mi propio, en la pureza de lo propio (auto). Hermano imposible de tener en la serie, y por lo tanto no puede perderse. Al no estar inscripto es un objeto que cancela la posibilidad de la serie. Lo “auto”, hijos únicos de la misma matriz: Edipo y Yocasta, en donde lo imposible del incesto no se ha inscripto como tal. El registro de lo Real se funda en el rechazo como operación, que al inscribirse lo funda como más allá. Al impedirse la inscripción, la Até (destino trágico, puro “drang”, prosecución directa de la pulsión para Freud) pasa a ser el “nombre de la impulsión desensamblada”3
Por tanto Antígona es ella misma en su acto la marca del límite al goce. Identidad que al abismarla en un acto suicida concluye la consecuencia de un incesto en la cadena y asimila al sujeto a un más allá del límite, a la identidad de la marca de lo que impulsa desde el más allá, a la entrega del cuerpo como sustancia gozante. En términos freudianos, este incesto en la cadena más que una desmezcla constituye el impedimento de la mezcla pulsional. Al respecto dice Lacan en “L´Etourdit”: “La prohibición del incesto previene eso: la relación sexual”4

Al impedirse la inscripción, la coordenada de lo Real permanece por fuera de las posibilidades de la serie. Trabajo de inscripción de la marca de “lo propio” asimilable a lo que para Freud es “ligazón-madre” que debe “endosarse” en un segundo tiempo al padre. El padre, es por tanto el soporte de un acontecimiento que lo eclipsa y excede en tanto persona estableciendo la categoría de la causa para un sujeto. Por otra parte, el asesinato de Layo no da lugar al goce de la madre, sino que lo prohibe, por lo que Edipo debe irse una vez que llegó a saber. En “Tótem y Tabú”, el asesinato no toca al padre sino que lo instaura; referirse al padre real es más bien una contradicción en sí misma. El carácter no existencial del padre lleva a la conclusión que éste es más bien una necesidad lógica: la presencia del Nombre del Padre en la madre hace que éste tome ubicación en el lugar del Otro. Por lo tanto el significante materno (del hijo como objeto fálico en ella), el de su presencia-ausencia, se sustituye por el Nombre del Padre, metáfora mínima que sostiene al resto y por tanto da significación al hijo como sujeto. Sin ese fundamento el padre es solo una imagen: fuerte, débil, brutal, en suma confundido con la función en el lugar del Despotikón, amo por naturaleza que no puede sino suscitar el odio y la sumisión eterna a la posición exaltada de amo creador.

El hijo recibe del padre su castración, el no saber de su goce, única herencia transmisible. Lacan reduce la función paterna a un elemento de conteo, una equivalencia lógica con el cero: “El padre no es nunca más que referencial, interpretamos tal o cual relación con el padre, pero ¿analizamos alguna vez alguien en tanto padre? ¡Denme un ejemplo! El padre es un término de la interpretación analítica.”5

Es decir que el padre no solo está castrado sino que es solo un número. En términos de E. Porge; “Esencial a todo punto de referencia cronológica natural y entonces comprendemos qué quiere decir el asesinato del padre”6 El sujeto en análisis será siempre connotado como hijo, de un padre como premisa lógica o a la figura del padre prehistórico. El superyó surge correlativamente de lo que resta de la división subjetiva frente a Otro que por estructura es inconsistente. Esta inconsistencia es la que va a quedar cubierta por la culpa. Y la cobardía no es sino la asunción de las culpas (deudas) del Otro como propias para no caer en el desamparo. Se está solo frente al desamparo del propio deseo.
En Freud aparece como identificación incorporativa y primaria, directa y fundante: residuo desexualizado de la desmezcla pulsional. Proyección del masoquismo original que resta otorgando ferocidad compulsiva.
Lacan propone un estatuto objetal, resultado de la incorporación intrusiva de la Voz, impedida de articulación subjetiva, se incluye articulado pero en exclusión del sujeto, por lo que no hace metáfora, más allá de la conciencia moral, mandato de última instancia, monumento que recuerda la endeblez y dependencia humanas.

Del Sentimiento inconsciente de culpa. Imperativo Categórico: Apodíctico de carácter universal y necesario, acción objetivamente necesaria en sí sin referencia a ningún proceso extrínseco.
Así es como se define en Kant el imperativo del que Freud dirá tiene “carácter pulsional” es decir que es ajeno a la razón. Dice: “El imperativo categórico de Kant es herencia directa del Complejo de Edipo”.7
Ésta y otras plasmaciones del superyó presentes en la clínica, tales como los que fracasan al triunfar, los delincuentes por conciencia de culpa, los sometidos a una enfermedad orgánica o a un matrimonio desgraciado, configuran los modos en que la retórica inconsciente ha dado cuenta del trueno de la Voz absoluta que se deja oír desde los confines del imperativo.

Voz enraizada en una gramática que ha marcado la estructura y que compulsa por desde fuera de la posibilidad de inscripción. Los fenómenos relativos al sentimiento inconsciente de culpa (fenómeno; de phainomenós, lo que aparece) consisten en una desmentida de lo imposible del incesto, leídos siempre desde la retórica, por tanto desde la serie significante aparece lo que hemos llamado incesto en la cadena, a saber, identidad del sujeto con el imperativo. Es así que el sujeto asiste al drenado de goce del imperativo con su acto (enfermedad, desgracia, destino) que toma un más allá del cuerpo simbolizado, carne pura que se ofrece en holocausto al goce o se abisma en un acto del que despertará diciendo “no pude no hacerlo”.

En algunos casos célebres de asesinatos como pasajes al acto, se relatan hechos brutales de los cuales un sesgo común lo constituye en hecho de que una vez consumados, los sujetos quedan como en una paz paradojal, a la espera de la sanción, sin ofrecer resistencia.
Tales los de la paranoia de autopunición, los crímenes como suicidio camuflado.
En Carmen de Patagones un muchacho de 15 años entra lúcido al aula y dispara contra sus compañeros matando a tres de ellos e hiriendo a otros. Interrogado por la policía dice “no me di cuenta, se me nubló la vista” y se sorprende al enterarse de la muerte de sus compañeros.

El dentista Barreda comete el asesinato de su mujer, hijas y suegra, intenta enmascararlo con un robo y al ser interrogado por la policía confiesa sin resistencia que tuvo un impulso irrefrenable cuando escuchó la palabra “conchita” con la que su mujer lo atormentaba.
Estos ejemplos polares de pasajes al acto8 permiten remarcar el “drenaje o descarga” de goce del imperativo en y por la calma suscitada después, la poca o nula conciencia del acto “satisfacción” de la ley del imperativo y a la espera resignada de la Ley de la sanción.

La invasión de goce suscita una angustia máxima que lleva al pasaje al acto, en tanto golpea al fantasma (que da estabilidad al sujeto) como en el caso Barreda, con un significante más, que hace apariencia del imperativo, dicho significante no viene en la serie, no es articulable y por tanto hay invasión de angustia. El sujeto ahí no tiene recursos para incluirla (serie de los significantes articulados). Si la angustia es lo que no miente, es precisamente porque para mentir o hacer un chiste, hace falta el significante.
Por tanto, la satisfacción de un significante que parece significarse a sí mismo, diríamos un significante “propio, auto” que logra un incesto en la cadena de algún modo, autoriza a pensar que estamos en condiciones de decir que es una “satisfacción lograda”.

Y en este envío que nos ha llevado hasta aquí, no podemos dejar de incluir lo que esta satisfacción da a pensar. Ya que, si para Freud la sublimación tiene que ver con una satisfacción posible en otra vía y para Lacan la sublimación tiene que ver con elevar al objeto a la dignidad de la cosa: Esta manera de lograr la satisfacción en la indignidad de sí, de sumar al sujeto a cuenta de un objeto sufriente, tal vez nos abra el camino para pensar que la sublimación tiene también sus modos particulares de presentarse, y no siempre necesariamente respecto de los bienes de la cultura en las que el sujeto se encuentre. La clínica muestra que la pasión por lo indigno y lo directo del padecer en el cuerpo es más rentable a lo fines del goce que la ética de la castración y el compromiso subjetivo de no ceder en el deseo. Sobre todo en los “tiempos que corren”.

____________
1. Lacan, J. La ética del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, l988.
2. Sófocles. Antigona, Edipo Rey, Electra. Ed. Labor, Barcelona 1984.
3. Sneh P. Cosaka J. C. La Shoah en el siglo… Xavier Bóveda, Buenos Aires. 2000.
4. Lacan, J. L’Etourdit, Silicet 4 Paris 1973.
5. Lacan J. “De un discurso que no sería del samblante”. Clase 19-6-71.
6. E Porge: “Como es dicho el padre”. Litoral 9.
7. Freud, S. El problema económico del masoquismo. Amorrortu Ed. Tomo XIX, pág. 173, las negritas son mías.
8. Silvia E. Tendlarz, Carlos D. García. ¿A quién mata el Asesino? Grama, Buenos Aires, 2009.
 
 
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