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   Fanatismo

¿Puede un psicoanalista ser fanático del psicoanálisis?
  Por Alejandra  Ruiz
   
 
“Es asombroso que el psicoanálisis deba ahora conquistar como algo nuevo todas las licencias
 que se consienten desde hace tiempo a las actividades médicas.
 No abogo, por cierto, para que se resignen los métodos de tratamiento inocentes.
 Bastan para muchos casos y, en definitiva, la sociedad humana tiene
 tan poca necesidad del furor sanandi como de cualquier otro fanatismo”.1
Sigmund Freud

En “Psicoanálisis Profano”, Freud dialoga socráticamente con un interlocutor imparcial de ficción que le permite ampliar su propia argumentación, pero al que nunca logra convencer. Tengo la impresión de que los psicoanalistas no hemos extraído aún todas las conclusiones éticas que se derivan de este gesto freudiano.
En ese ensayo inaugural –ya que anticipa los principales problemas que hacen a las complejas relaciones entre el psicoanálisis y el Estado, entre lo legítimo y lo legal–, Freud explica no solo por qué ser médico no habilita para la práctica del psicoanálisis sino también en qué el psicoanálisis perdería parte de sus posibilidades de desarrollo si sólo fuera practicado por médicos y psicólogos. La formación analítica, argumenta allí Freud, corta ciertamente el círculo de la preparación médica, pero ni lo encierra ni es encerrado por él. “Si hubiera de fundarse una facultad psicoanalítica –idea que aún suena a fantasía– habría que estudiar en ella mucha parte de lo que se enseña en medicina, pero tal enseñanza psicoanalítica comprendería también asignaturas ajenas al médico y con las que no suele tropezar en su actividad profesional: Historia de la civilización, Mitología, Psicología de las religiones y Literatura. Sin una buena orientación en estos campos no puede llegar el analítico a una buena comprensión de mucha parte de su material”.2 El conocimiento de los huesos del pie o la composición de los hidratos de carbono son conocimientos muy estimables, “[…]más perfectamente inútiles para el analítico, pues no pueden ayudarle a comprender o a curar una neurosis ni tampoco contribuir a afinar aquellas facultades intelectuales a las que su actividad plantea mayores exigencias”.3

¿Cómo afinar esas facultades intelectuales a las que la actividad del analista planteará mayores exigencias? Algunos de los argumentos expresados por Freud en Psicoanálisis Profano requieren ser puestos en una nueva dimensión histórica para poder ser leídos hoy. A la cura de las neurosis y al interés que los propios pacientes podrían tener por el psicoanálisis, Freud suma los “motivos intelectuales” que tendría un segundo grupo de analizantes que se agregaría al primero y que, si bien llegarían al análisis por estos “motivos”, no dejarían de saludar con entusiasmo el poder también dejar atrás los padecimientos y los beneficios secundarios de la neurosis. “La práctica de estos análisis exigiría una cantidad de analíticos a los cuales no les ofrecerían ventajas ninguna los conocimientos médicos”. Ahora bien, el enigma de por qué los conocimientos médicos no les servirían a los analistas para analizar a estos nuevos “analizantes con motivos intelectuales” (o les servirían aún menos que con los otros analizantes, si hemos de seguir los vericuetos de la argumentación freudiana) sólo puede tener una solución: estos “analizantes con motivos intelectuales” hablan otro discurso. Algo de este ensueño freudiano será –muchos años después y sin que él, hasta donde se sabe, se haya anoticiado– realizado por Lacan al encontrar en la École Normal Supérieure y en otros ámbitos culturales unos nuevos analizantes que hablaban otros discursos y que, en cierto sentido, lo fueron llevando a articular el psicoanálisis de un modo novedoso. Esto es hoy muy sabido. Es interesante, sin embargo, leer cómo Freud anticipa, en “Psicoanálisis Profano”, algunas de las condiciones de la suposición de saber. La transferencia a cierto discurso, que puede hacer que el analista y el analizante compartan cierto horizonte simbólico, puede ser determinante para la demanda de análisis. Recuerdo un analizante, eminente profesor de filosofía, que dejó un tratamiento luego de un año porque su analista había mencionado un concepto hegeliano mostrando una ignorancia supina, y luego continuó perfectamente un muy buen análisis con otro analista que azarosamente había conocido en las cercanías de la facultad. O una analizante que tenía ciertos problemas de obesidad y se encontró, casualmente, con un analista al que pensaba pedir análisis y, al verlo comer con cierta glotonería en un restaurante, cambió repentinamente su elección. Ahora bien, ¿podemos inferir de esto que un analizante filósofo sólo podría analizarse con un psicoanalista que entendiera de su materia y que un analizante obeso precisaría un analista delgado y elegante, que coincidiera con su ideal? De ningún modo podríamos afirmar eso, pero tampoco lo contrario. No hay a priori ningún requisito esencial, sólo a posteriori podremos decir algo acerca de en qué incidió el imaginario de cada uno en la elección del analista (y esto, por supuesto, no siempre, ya que muchos análisis no llegan precisamente a interrogar eso, como para que se pueda extraer de allí algún saber). Se trata, entonces, de algo que nos interroga, en tanto afecta no sólo la transferencia a un analista en particular, sino también la transferencia al psicoanálisis que en cada época y contexto histórico enfrenta nuevos desafíos.

Algunas cuestiones sugeridas por Freud –por ejemplo, el hecho de que alguien pida un análisis a alguien que maneja un discurso que al futuro analizante le interesa– podrían ser extendidas para interrogar la actualidad. En algunas ocasiones, la historia de las militancias políticas, las orientaciones políticas que se esbozan en el trasfondo o incluso lo institucional, las decisiones de pertenecer a tal o tal escuela, o la decisión de buscar un analista que no pertenezca a tal o a tal otra. Los analistas que son conocidos por no pertenecer a ninguna escuela, pero afirman su práctica desde otras instituciones, ya sea la universidad, el hospital o la práctica privada. Estas cuestiones, que no por ser imaginarias dejan de tener su peso, hubieran sido consideradas –desde ciertas perspectivas que, sin contemplar los efectos del nudo borromeo, rebajaban lo imaginario– meras tonterías o cuestiones defensivas (que, por supuesto, en muchos casos podrían serlo) a las que no habría de dársele ninguna importancia ya que, “quien se quiere analizar –solíamos recitar con cierto furor sanandi– se analiza con cualquiera”. La idea es curiosa porque sugiere que el análisis sería un camino que se puede llevar adelante, más allá de los avatares del encuentro o del desencuentro con un analista particular. Hay quizás un fondo de fanatismo en esa idea. Una certeza en el análisis como destino que, en cierto sentido, desconoce la importancia del azar.
Desmontando cualquier fanatismo, Freud interroga en Psicoanálisis Profano las condiciones del establecimiento de lo que, con Lacan, llamamos suposición de saber. “No creemos deseable que el psicoanálisis sea devorado por la Medicina y encuentre su última morada en los textos de la Psiquiatría, capítulo sobre la terapia, y entre métodos tales como la sugestión hipnótica, la autosugestión y la persuasión, que, extraídos de nuestra ignorancia, deben sus efectos, poco duraderos, a la pereza y la cobardía de las masas humanas”. Continuando con su argumentación, Freud advierte los riesgos que conlleva convertir al psicoanálisis en una especialización cualquiera. Podemos leer en este texto cierta tensión entre algunos fenómenos imaginarios –entre los que se destacan algunas formas de proyección imaginaria, la suspensión de cierta posibilidad de pensamiento propio, la adherencia acrítica y un modo de relacionarse con el ideal– de la masa y la suerte que el psicoanálisis podría correr en ciertos momentos históricos y contextos sociales. No se trata, evidentemente, de una posición elitista, ni de ningún rechazo hacia lo que podríamos considerar como popular. Se trata, en cambio, de un análisis del discurso del Otro en un contexto social determinado: el de las condiciones de una Viena históricamente situada y no de una simple desconfianza así como tampoco de un pesimismo cualquiera. Freud no adhiere a lo popular, pero tampoco a lo antipopular. Theodor Adorno4 subraya, en este sentido, algo muy importante: “Lo que distingue a Freud de Le Bon es la ausencia del tradicional desprecio hacia las masas que es el thema probandum de la mayoría de los antiguos psicólogos. En lugar de inferir de las conclusiones descriptivas habituales que las masas son inferiores per se y que lo más probable es que no cambien, Freud se pregunta, imbuído del espíritu de la ilustración auténtica: ¿qué hace que las masas sean masas?”

“Psicoanálisis Profano” concluye con una imagen, quizás hecha para despertar una sonrisa. Freud imagina que, debido a las presiones de la civilización, el psicoanálisis podría tener una oportunidad para preparar a los hombres a una rectificación. “Acaso haya de nuevo un americano a quien se le ocurra dedicar parte de su dinero a la preparación analítica de los social workers de su país para formar un ejército auxiliar, dedicado a combatir las neurosis… ¿Por qué no? La masa de gentes, deseosa de aprender, que afluiría entonces a Europa, tendría que pasar de largo por Viena, pues la evolución analítica habría sucumbido ya aquí a un precoz trauma prohibitivo. ¿Sonríe usted? –[afirma, dirigiéndose al interlocutor imparcial del que hablábamos al comienzo]– No digo esto, ciertamente, para influir sobre su juicio. Sé ya muy bien que no me presta usted fe y no puedo predecir si alguna vez cambiaría usted de opinión… Lo verdaderamente importante es que las posibilidades de desarrollo que en sí entraña el psicoanálisis no pueden ser coartadas por leyes ni reglamentos”. Quizás una discreta ironía se desliza aquí sobre las posibilidades de que este sueño europeo de una América psicoanalítica se dirija a Viena para completar su formación. Lamentablemente, los hechos posteriores mostraron que Freud tuvo razón. Viena no habrá sido el destino de los analistas americanos que viajaron a buscar su formación en otros lados (fundamentalmente, Londres y París). Tampoco las “masas de gentes deseosas de aprender” habrán realizado la increíble tarea que fantásticamente se les encomendaba: salvarnos de la neurosis. La fábula freudiana, sin embargo, no pierde su valor.

El analista debe desasirse de cierta relación al ideal. Ni la nacionalidad, ni la asociación profesional, ni la institución psicoanalítica pueden, si se trata de un analista, encarnar el ideal, ya que será el despojamiento, el vaciamiento de estos lugares de identificación lo que le permitirá prestarse a la transferencia. La máxima diferencia entre objeto e ideal está puesta a prueba en este trabajo sobre lo imaginario que cada quien puede realizar, pero del que Freud nos muestra su recorrido. Así, no es necesario que una institución ni un dispositivo cualquiera encarne el ideal para que alguien trabaje en ellos y apueste allí su deseo. Si el cartel hubiera fracasado, ese fracaso no impediría renovar su apuesta. Tales son la clase de problemas a las que nos han enfrentado nuestros maestros, Freud y después Lacan. No es imposible, nos dice Freud, que una masa deseosa de aprender confiera al psicoanálisis una nueva vigencia. Pero, nos advierte al mismo tiempo, tampoco es seguro y sería muy raro. Un ave rara.

Retorno, una vez más, a la pregunta de inicio: ¿puede el analista ser un fanático del psicoanálisis? Temo que no. No en el sentido de quien avanzaría a ciegas con el furor curandi bajo el brazo, en una especie de evangelización riesgosa, negociando lo innegociable con tal de no retroceder en los terrenos conquistados. ¿Cuáles son, por consiguiente, los límites de lo negociable? ¿Hasta dónde cabe negociar y dónde comienza lo innegociable, el psicoanálisis mismo? Entiendo que la prudencia freudiana permite reconocer a quienes se han convencido y a quienes no se va a convencer. Y es importante tolerar esta diferencia y no desestimarla, haciendo del psicoanálisis una psicoterapia o una especialización más, ya que el paliativo del dolor no se confunde con la búsqueda del deseo (aunque tal hallazgo podría atenuar, secundariamente, el dolor que conllevan los males). Entre las diferentes opciones, algunas muy interesantes, que en nuestro país tienen los psicoanalistas, hay que reconocer que el psicoanálisis nos plantea cada vez nuevos desafíos, ya que su especificidad presenta cierta tensión en cuanto no se deja asimilar a lo conocido. Más allá de los dispositivos destinados especialmente para desimaginarizar las consistencias imaginarias, las invenciones mediante las cuales se intenta transmitir antropología, literatura, matemáticas, en toda esa Babilonia psicoanalítica donde muchas veces saltamos de un tramo a otro con una cierta celeridad, cabe reconocer que no hay dispositivo –por apto y afinado para cumplir un objetivo que pudiera estarlo– que no podría al mismo tiempo ser pervertido, en el sentido de utilizarse para el fin contrario al que fue concebido. El ansia de prestancia, la falaz ostentación del saber se interponen en el avance del discurso analítico y es a pesar de eso, justamente, en su perfil inacabado, que se relanza el deseo del analista. Y tal es el interés y el desafío que plantea la dimensión ética de la transmisión del psicoanálisis5. Hay que cuidar lo que uno sueña en la juventud, porque siendo adulto podría lograrlo. Tal sería el apólogo que agregaríamos al pie de “Psicoanálisis profano”.

________________
1. Sigmund Freud: Los textos fundamentales del psicoanálisis, Alianza Editorial, Madrid, 1988, pág. 92
2. Ibíd., pág., pág.91
3. Ibíd., pág. 93
4. Theodor Adorno: Ensayos sobre la propaganda fascista, Paradiso Ediciones, Buenos Aires, 2005, pág. 25
5. Isidoro Vegh, Yo-Ego, Sí-mismo, Paidós, Buenos Aires, 2010, pág.188: “Se trata de algo que implica una posición ética en un mundo que está especialmente preparado para lo contrario, para que siempre esté ocupado ese lugar. Y se trata, por lo que les decía de esos anillos que giran, de algo que no es estático y ganado de una vez, y que tampoco es en soledad, no es solo con uno mismo, porque que esos anillos giran quiere decir que el mundo se me ofrece como representación imaginaria, el Otro se me ofrece con sus palabras, el Otro se me ofrece con sus demandas de goce, es algo que está continuamente en movimiento. Tal vez sea por eso que Lacan dijo “me paso el tiempo pasando el pase”.
 
 
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