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   Problemas y controversias

El lugar de la sublimación (segunda parte)
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
III.Es un presupuesto de estas notas el considerar a la cultura en su dimensión tradicional y equívocamente denominada “objetiva” (pero ¿qué tenemos salvo términos inadecuados que hay que encerrar virtualmente o no entre comillas?) como algo diverso de un dato, un hecho o un conjunto que-esté-ahí, a disposición de los consumidores como producto sin producción. Desde luego, no hay producto sin productividad ni productividad sin productor; mas la productividad desborda a cualquier productor precisamente por lo que puede despertar en todos1 – piénsese en la obra de Shakespeare, que es, antes que nada, un mundo por sí mismo, o en Hydriotaphia de Thomas Browne que obsesiona desde hace siglos a los eruditos ingleses, para no hablar de Quevedo o de Lezama Lima–; los arrastra y los dispersa abruptamente como el famoso angelus novus invocado por Benjamin. Es la razón para que esa productividad reclame una forma cuya ausencia sufre mientras no se le pone límites2. Allí, en tal juntura se inserta el sujeto, un puro sitio de indeterminación que somos nosotros mismos en nuestro ser más extraño y próximo, alguien que bascula entre la grieta y el significante, y lo hace para que la pulsión de muerte, en su instancia de renovación articule la negatividad y su capacidad de dar nueva forma.

Heidegger percibió bien que el vacío que interesa a la obra en general y a la de arte en particular, es una operación de vaciado. Abrir un abra –espacio desmontado, una brecha, una abertura ancha, un camino en la maleza–, mantenerla abierta contra las fuerzas que tienden a cerrarla, como si se tratase de un puerto –en francés havre significa puerto de mar–, que puede quedar cegado por la tierra y la arena que arrastra un río,3 es una metáfora sin duda nítida para designar el intervalo que limita a la productividad –a la enérgeia– y así permite que no quede estancada en el producto, en el ergon.
Ahora bien, el vaciado no actúa sobre una materia cualquiera; debe transitar por todas las determinaciones de la Cosa freudiana: madre arcaica o mítica, el objeto parcial del psicoanálisis y la feminidad en su receptividad fundamental, y ¿cómo hacerlo sin los modos de la negatividad, antes que nada aquella en la que Lacan condensa lo esencial de su versión acerca de la negación, o no pienso o no soy?

Observación
: Por cierto, ambos “no” no se sitúan en el mismo nivel. El primero afecta al sujeto je ne pense pas: el “je” queda atravesado por una barra de negación; negar es, antes que nada, detener, inhibir un movimiento; luego reconfigurar lo ya configurado.
El pensar no alcanza su objeto, salvo anegándose en él. Alcanzar el objeto equivale a nihilizar el pensar que la etimología engaña: si “peso” en la balanza, yo soy el pesado. Y, sin embargo, es necesario este hacer para que algo se ponga en acción: la ruina del pensar es correlativa de la súbita emergencia del objeto y su aura.
El segundo “no” cae sobre el ser: je ne suis pas. La tachadura del “soy” indica que, si en primera instancia, el ser es un conjunto vacío, en segunda y más rigurosa instancia es inhabitable, como es inhabitable todo lo que es indiferente, en el sentido de la imposibilidad de marcar allí diferencia alguna.
El famoso y mítico acuerdo o correlación entre el ser y el pensar, es lo que pone en cuestión la fórmula lacaniana.

Addenda. Hay dos rasgos que me parece son esenciales para pensar la sublimación.
El primero de ellos concierne a la que denomino, siguiendo una tradición bien establecida en el pensamiento occidental –y que alcanza su remate en Hegel pero asimismo en Schelling–, la oposición de enérgeia con ergon, de la actividad instituyente con el producto instituido. Con lo cual es preciso volver a una teoría esencial: la alienación, aunque de un modo distinto al de Hegel, para quien la alienación –alienación del espíritu–, era, antes que nada, la pérdida de una interioridad todavía abstracta e informe que al expresarse, exteriorizarse, se pierde en su producto. (Exteriorización, objetivación, alienación, en este contexto son vocablos equivalentes). Pérdida de la cual debe, de vez en vez, recuperarse, volviendo a interiorizar lo perdido.

Al revés, podemos pensar la alienación conforme al esquema que quiere que una alteridad radical, digamos, una exterioridad primera, se manifieste en una interioridad –de ahora en más llamémosla mismidad–, en la cual se pierde la nada que habita su centro,4 de modo tal que es preciso, para reanimar semejante nada, semejante vacío, volver a ejercer una actividad constituyente, una enérgeia que, contra todas las apariencias, solo en una segunda oportunidad se pone en juego. Una actividad posterior a la obra que supuestamente ha engendrado es el secreto tanto de la alienación como de lo que llamamos desde el psicoanálisis sublimación. Sublimar es lanzar la pulsión de destrucción contra la obra cultural que asfixia porque su centro, hecho de vacilación y de nada, permanece en estado de inercia.
En este punto surge una nueva problemática del tiempo, un tiempo que es el de la creación violenta, una creación que violenta la temporalidad establecida y como quiere Hamlet, hace que el tiempo salga de sus goznes. Dicho de otro modo, introduce abruptamente las intermitencias y el desvanecimiento de los rastros en lo que se impone falsamente como el orden total de la cultura. Este tiempo ya no es solamente el tiempo de lo que al desvanecerse perdura como rastro condenado en última instancia a perderse sin remedio, sino el de la pura perduración de una repetición incesante, siempre nueva y no obstante siempre la misma, repetición que excede los términos de la vida de cada cual.

____________
1. Las llamadas “obras maestras” –cito entre comillas no por el valor de la expresión sino por su notoria degradación–, generan un efecto de pululación de pensamientos que atosigan al sujeto –algo advertido plenamente por Kant–; lo atosigan y lejos de darle alguna calma, lo inquietan. Una nueva lectura o una nueva obra promete poner límites a este germinar que a veces toma la dimensión de un pasión en torbellino, aunque normalmente sin ninguna espectacularidad. En Shakespeare, como quiere Bloom, está todo, pero entonces nada. Bloom puede insistir y mostrar con su estilo copioso los tesoros hallados, los cuales, desgraciadamente, coinciden con las ideas directrices de la cultura. Y, sin embargo, Bloom no deja de tener razón… Queda volver al microscopio: el examen literal de un párrafo, de un inciso o incluso de un adverbio para finalmente establecer un orden literal. O bien, hacer como hace el creador tabla rasa –que jamás lo es ni puede serlo–, de lo que antecede y mediante un esfuerzo de ruptura vuelve a encontrarse, de nuevo, con lo anterior, pero ya bajo un nuevo prisma. En estos movimientos de expansión y de contracción se juega por completo el orden de las humanidades, es decir el orden de la enunciación que es el único que aquí considero, para restringirme.
2. Me he inspirado bastante libremente en Schelling. Véase Schelling, F. W. J., Escritos sobre filosofía de la naturaleza, Alianza, Madrid, 1996.
3. Véase el artículo de Raúl Zoppi, “Una posible explicación del artículo de Heidegger ‘La obra de arte y el espacio’ ”, publicado en Imago Agenda Nº 139, Mayo 2010.
4. Un personaje del Hombre sin cualidades (o sin atributos) de Musil, dice:“Yo tenía la impresión al escucharlos que si se nos cortaba por el medio, nuestra vida aparecería quizá toda entera bajo la forma de anillo: algo, y un círculo en torno. (…) No hay nada en su centro y se diría, no obstante, que este centro es la única cosa que importa”. Musil, Robert, L’homme sans qualités, Seuil, tome 1, Paris, 1979, traduit par Phillippe Jacottet, p.441.
 
 
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