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   Colaboración

Sobre Jean Rostand y el muro de Viena
  Por Carlos Faig
   
 
I. En el texto que publicamos en un número anterior de esta revista continuábamos nuestra formalización del Seminario en relación con la técnica. En este artículo, intentaremos esbozar una dirección alternativa y muy diferente, un tanto insospechada, por donde podría derivarse la investigación de Lacan.

II. El sentido y el sexo. La enumeración que puede extraerse de una compilación de Jean Rostand1 es borgiana:
−El hipocampo macho se embaraza y pare (otro nombre resulta de aquí, y describiendo un complejo más radical, para la fantasía de couvade);
−Las migraciones prenupciales kilométricas, se cuentan por miles, de las anguilas y los salmones;
−El hermafroditismo del caracol;
−La existencia de espermatóforos (“cajitas”, bolitas que contienen el semen), en diversas especies, y las distintas prácticas sexuales que genera;
−Los dos penes de las arañas así como, todo tendía a hacerlo suponer, de las víboras;
−Por supuesto, las conocidas prácticas de las mantas religiosas hembras;
−Los paramecios, entre quienes se produce el primer conato de diferenciación sexual y acoplamiento;
−Los monos, que muestran sorprendentes analogías con la conducta sexual humana.

Las “bodas sexuales” presentan todo tipo de formas y una gran diversidad de medios y prácticas. “Entre los gusanos platynereis −escribe Rostand−, la hembra recibe el semen en la boca. Entre los tritones, lo aspira con los labios de la cloaca. Entre los rotíferos, el macho lo inyecta en cualquier región del cuerpo femenino. Entre las sanguijuelas, lo deposita a flor de piel y el semen penetra por sí solo. En muchas especies de invertebrados, el macho, que practica una suerte de siembra artificial, empieza por embadurnar de semen algunos de sus apéndices y con ellos lo deposita después en el lugar requerido: la rana, por ejemplo, emplea un palpo maxilar; el pulpo, un tentáculo; la libélula, un vástago torácico…”2.
Si Rostand agregara al Hombre a esta compilación3 tendría, sin duda, que incluir como parte sustantiva de su conducta sexual al sentido en su aspecto más amplio: el orden simbólico, la cultura, la civilización. Rostand, viéndose envuelto por el problema, tal vez hubiera escrito sobre la presencia (de la satisfacción, de los cuerpos), los pensamientos sexuales (noventa por día, se ha dicho), el estrecho campo de la elección de objeto y la tipificación que se juega allí. En su exposición de las “bodas humanas” creemos que destacaría al pudor (un rasgo, sin duda, distintivo de la especie). Y, para nosotros, no pasaría inadvertida su conexión con el tema fálico. Quizá incluso hubiera citado a Sartre. A la mujer frígida, ese personaje de una de las obras de El muro –se trata de textos contemporáneos, ambos se publican en 1939–, que repugna de una sociedad que veladamente evoluciona alrededor de la cópula. La independencia del sexo respecto de la reproducción (en la conciencia, o en la representación, al menos) se quiere manifiesta; demanda significación y el mundo sale a su encuentro. Pero la demostración más cabal de la pertenencia de la sexualidad humana al sentido se aprehende al advertir que los cónyuges en juego no valen por sí mismos. Siempre están tomados como otro: sujetos a una transferencia, al equívoco. Y esto es lo que hace que adquieran un aire de comedia. Él no es él, y ella no es ella. No son los “individuos” quienes están en juego, ni tampoco una abstracción, la especie (una generalización o universalización del macho y la hembra). De aquí se desprende la existencia y la función de la prostitución. Quizá Rostand nos acompañaría hasta este punto.

III. El sexo y el sentido. Podemos ahora aventurar la hipótesis alternativa que anunciamos al comienzo: el sentido se encuentra ubicado y cumple una función en un ciclo natural. Desde el punto de vista de la naturaleza, y en lo que respecta a la reproducción de la especie, que el hombre copule con su síntoma, interceptado por el significante, o con hembras naturalmente puestas y dispuestas, que son las que son, es indiferente. La naturaleza podría considerar que el sentido es, hablando no tan metafóricamente, espermatóforo o, más literalmente, falóforo. El “entendido” vale lo mismo que el malentendido. En cierta forma este es el paso siguiente, el paso “natural”, a que el Seminario ubique al sentido supliendo a lo sexual –la “resbaladiza semiosis del sexo”4, como se expresaba Lacan–. En otro plano, pues, es el sexo el que admite al sentido, lo absorbe y lo instrumenta al vaciarlo.

En cuanto se admite la captura del sentido en la reproducción, se obtiene una doble inclusión, damos con una extraña persiana, y se produce una forma, por breve que sea, de despertar. Siempre se ha intuido que la cultura es una capa delgada, aun si guarda peso. En Freud, los extremos de la obra –la sorpresa del lapsus y el agujero del sexo (cf. las tres obras “lingüísticas” iniciales confrontadas, por ejemplo, a El malestar en la cultura)– se ligan en la superficie de aquella delgadez.

Si admitimos que el sentido sustituye al sexo y que la reproducción sexual se prosigue mediante esa sustitución misma −por mucho que la marca que comporta se halle en correspondencia con el agujero del sexo−, y no a pesar de ella (nuestra conjetura), encontramos dos espacios superpuestos5 de características diferentes. De un lado, no hay relación sexual, y ésto produce un comportamiento sexual distintivo (y más o menos bizarro) de la raza humana. De otro, el sentido y la cultura misma son instrumentos −por parcial que esto resulte en el conjunto del ciclo sexual humano, que puede comportar otras facetas−, medios biológicos, y se asocian al ciclo de la reproducción.
Ocupémonos de una última cuestión: en la sustitución que opera el sentido sobre la sexualidad humana y en la prosecución allí de la reproducción sexual pueden leerse las operaciones de metáfora y metonimia, respectivamente.

sentido
__________   sexo ----------> sentido / (sexo)
sexo

Esta idea da otro alcance a las tesis del inconsciente estructurado como un lenguaje y la no-relación sexual6. Asimismo, permite intuir otra conceptualización de la transferencia y una parte importante de la teoría analítica7. Y, sobre todo, sitúa a la práctica en un conjunto más amplio. El psicoanálisis deviene objeto. Hasta el momento, ha gozado de una extraterritorialidad notable.

____________
1. Jean Rostand, Lucien Berland y otros, Costumbres amorosas de los animales, sudamericana, Buenos Aires, 2ª ed., 1945,
2. Costumbres amorosas…, op. cit., p.11.
3. O el hombre no es un animal, y merece un capítulo aparte en la compilación de Rostand, o estamos frente a una omisión; exagerando, una suerte de laguna histérica del texto. Pero, exagerando de nuevo, existe aun una tercera posibilidad: Rostand y los autores que lo acompañan trataron, en parte, de escribir una introducción destinada a situar la complejidad de la conducta sexual humana, y mostrar que algunas de las conductas que se observan en los animales se repiten luego, con algunas distorsiones y una interceptación cierta, en el hombre. Recordemos, además, que en los años ’40 comienza a gestarse un género entre lo literario, lo científico y el bestseller. Costumbres amorosas de los animales se publica nueve años antes que la primera parte del informe Kinsey, que dará origen a la sexología. El original francés de editorial Stock, Moeurs nuptiales des bêtes, es de 1939. (El Seminario lo cita sin las precisiones que introducimos aquí. Debemos a Lacan la indicación de esta lectura.)
4. Cf. J. Lacan, Les non-dupes errent, seminario XXI, lección del 11 de junio de 1974, inédito.
5. El corte de las figuras topológicas, tanto como su inmersión en un espacio euclidiano, ha sido tratado por la matemática y luego extrapolado al psicoanálisis. En cambio, la existencia simultánea de dos espacios de propiedades diferentes al parecer no ha sido considerada (al menos, en el psicoanálisis). Sin embargo, siempre ha estado allí, latente. Mediante un corte puede pasarse de una banda de Moebius a un ocho interior (o de una esfera a un cross-cap), pero en tal caso hay un “tiempo” entre una figura y otra. Y nunca tenemos las dos simultáneamente. Estamos en la “diacronía”. No obstante, no se ve qué podría impedir trabajar con las dos figuras conjuntamente, en cuyo caso estaríamos en la “sincronía” y habríamos de alguna forma eliminado el tiempo de pasaje. En el “modelo” que resulta no se trataría, entonces, solo de renovar las categorías del pensamiento, por ejemplo, de cambiar los diagramas de Venn o el espacio de Euclides por las más complejas y difíciles de imaginar figuras topológicas. Más allá de los modelos utilizados, la eficacia clínica del análisis se presenta “en esfera”: activa, pero encapsulada por otra función.
6. El significante una vez despegado del sentido se sustituye por ese solo impulso al sexo: en la medida en que el lenguaje resulta tomado en el ciclo sexual no puede tener sentido −por mucho sentido que tenga− por hipótesis.
7. Un conjunto heterogéneo de conceptos psicoanalíticos remite a duplicaciones, dobleces, a saber: narcisismo y yo especular, repetición, transferencia, el representante de la representación, etc. Este conjunto puede ordenarse de otra forma siguiendo la idea que esbozamos en el artículo. La captura del sentido en la reproducción provee una explicación más económica y simple que el psicoanálisis freudiano: no introduce la noción romántica de inconsciente que nos es todavía tan preciada.
 
 
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