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   Comentario de libros

“La Odisea del siglo XXI” (Efectos de la globalización)
  de Amelia Haydée Imbriano. Editorial Letra Viva. 2010
   
  Por Marta Gerez Ambertín
   
 
"(…) pisa no pisados caminos, recorre mundos que no ha divisado hombre alguno y pretende las metas más difíciles y remotas".
El último viaje de Ulises.
J. L. Borges

Es arriesgado prologar una 2da. edición porque, si la primera se agotó en poco tiempo quiere decir que el libro ha sido leído por muchos y, así, la intención de la autora –del sujeto de la enunciación– se ha cumplido, el propósito se hizo deseable y produjo la demanda: los lectores, demandados en la 1ra. edición devinieron demandantes de la 2da. Como afirma el mito de Lacan: la mano, que se tendió hacia al fruto para obtenerlo, es alcanzada por una mano que, enigmáticamente, brota del fruto mismo. Metáfora del amor de transferencia del lector al autor. Transmutación y sustitución que resulta inexplicable… como todo lo que responde al deseo.

¿Puedo aludir a lo inexplicable del deseo? ¿Qué decir en un 2do. Prólogo cuando el libro ya se convirtió en deseable y demandable?: ¿que es un buen libro?, ¿que ha respondiendo a la búsqueda del lector que tendió la mano hacia él? Todo eso está dicho de alguna manera en el prólogo anterior, pero, además, avalado por un acto: el libro fue procurado por quienes agotaron la primera edición.
He ahí el meollo del desafío en el que se embarca este prólogo: inútil suponer lo que ya se confirmó. ¿Acaso citando a Wittgenstein decir que “de lo que no se puede hablar, es preciso callar”?, pero el filósofo invitaba, también, a “arremeter contra los límites del lenguaje”. Hacia allí nos dirigimos.

Y es que lo que surge como escollo y tope puede convertirse, a la vez, en camino de facilitación, en causa que provoque el empuje a producir un plus. En suma, a hacer de la necesidad virtud, como menta el refrán.
Así entonces, obtengo una ventaja de un obstáculo: esgrimir los posibles motivos por los cuales este libro de Amelia Haydée Imbriano se tornó deseable y demandable.
Por un lado su escritura se asienta en un estilo de transmisión: el Seminario. Un Seminario desarrollado en la Universidad de Antioquia (Medellín). He aquí dos instancias que no suelen ir juntas: Seminario psicoanalítico y Universidad. Imbriano no elude acometer el punto. Dirá: el estilo de un seminario sobre psicoanálisis precisa plantear desde el inicio –y hasta el fin– la pregunta de Lacan: “Lo que el psicoanálisis nos enseña, ¿cómo enseñarlo? ¿Qué es ese algo que el análisis nos enseña que le es propio?”1 .

La cuestión –que recorrerá el libro de principio a fin– se centra en esta pregunta medular que opera como causa: “¿Cómo atravesar esa hiancia entre el psicoanálisis, en tanto que un saber determinado por la estructura de la experiencia analítica, y en tanto que saber expuesto?” Quien arroja la pregunta es una analista atravesada por la experiencia psicoanalítica, puede entonces advertir los escollos con los que se topará para desplegar el saber del psicoanálisis.
Destacando el estilo de transmisión que es el Seminario, Imbriano reconoce que sólo hay transmisión cuando una experiencia puede transferirse a otros, con la necesaria complicidad que da el hecho de compartirla, e incluso debatirla. Quizás esto sea lo que produjo que el Seminario primero, y la escritura del libro después, convocara a la enigmática transferencia de trabajo de su escucha y de su lectura.

La autora, que imparte el Seminario en una Universidad, reconoce que “Existe una incompatibilidad entre la transmisión universitaria del saber y la producción del psicoanalista, pues ésta se efectúa en su propia experiencia analítica”. Y, porque transita esa experiencia insistirá, a lo largo del Seminario y luego en el libro, no sólo en que el psicoanálisis no se transmite como cualquier otro saber, también tomará las precauciones necesarias para delimitar lo que del psicoanálisis puede obtenerse en la experiencia analítica misma y lo que puede enseñarse en la Universidad pues, como es sabido, la Universidad no forma analistas, el psicoanálisis en extensión que allí se desarrolla sólo reseña “la lógica de los conceptos, su modo de formalización, la metodología de investigación, los matemas”. Por eso Imbriano es sumamente cauta sobre lo que del psicoanálisis y su investigación puede producirse en la Universidad. Ni descalifica ni pontifica: toma recaudos y lanza advertencias dejando en claro que, quien reciba las herramientas teóricas del psicoanálisis en la Universidad, si quiere ser psicoanalista deberá atravesar y ser atravesado por la experiencia analítica. No hay otra manera de advenir analista. El psicoanalista no es un académico, aunque la academia pueda transmitir los conceptos psicoanalíticos con los límites que ello impone.

Llegados aquí es preciso revertir la pregunta de Freud sobre la práctica analítica de Theodor Reik: “¿Pueden los legos ejercer el psicoanálisis?” y preguntar, más bien, ¿“Pueden los académicos ejercer el psicoanálisis? La respuesta de Amelia es clara y contundente: No… a menos que accedan a ser atravesados por la experiencia analítica y se impliquen en ella.

Vamos ahora a la argumentación central del libro: interrogante e hipótesis. La autora se pregunta: “¿cuál es el estatuto del deseo y el goce en la civilización contemporánea?” A partir de allí esgrime las hipótesis axiales a las que dará una consecuente fundamentación: “La producción de una alquimia de deseo a goce, y la mutación consecuente entre el sujeto deseante por el sujeto gozante representan la odisea de la civilización contemporánea”. Esa odisea, ese pasaje del sujeto deseante al gozante se destaca por la primacía del discurso “estilo” capitalista. Imbriano no retrocede en las argumentaciones sobre tal odisea para ubicar a la misma íntimamente vinculada a la pulsión de muerte: “La imposición de un vínculo totalizante, homogeneizante, que impone el discurso capitalista tiene consecuencias pulsionales: causa el efecto paradójico de privar a Eros de investidura, reproduciendo en escala la unidad primitiva traumática”.
Este camino tomado por la autora es el que brinda la más lograda originalidad del texto. Para responder a su pregunta central pudo optar por una vía más fácil y cómoda: situar primero al sujeto del inconsciente, al sujeto del deseo, para dirigirse luego hacia el campo del goce y de la pulsión de muerte. Pero no, ella también, como el Odiseo de Borges “pisa no pisados caminos, (...) y pretende las metas más difíciles y remotas”. “La Odisea del siglo XXI” no es sólo la del sujeto contemporáneo, es también la que se permite Amelia Imbriano desandando los caminos más difíciles del goce y de la pulsión de muerte hacia la posible apuesta al deseo. Difícil, pero logrado derrotero.

En su recorrido no acaba entrampada como el Ulises de Homero según Borges –riesgo siempre al acecho cuando de “odiseas” se trata–, por el contrario, arriba a un logrado libro donde da cuenta minuciosamente, no sólo de las teorías diferenciadas de la pulsión en Freud y Lacan, sino del entroncamiento de la pulsión de muerte con el goce del individuo contemporáneo sometido al discurso “estilo” capitalista.
Más aún, no vacila en poner en duda si el discurso “estilo” capitalista tiene estructura de discurso. Concluye que no lo tiene y fundamenta sus razones contrastando, meticulosamente, el discurso del amo –discurso del inconsciente– con el llamado discurso “estilo” capitalista. Supuesto discurso, este último que, al no hacer lazo social, expulsa de sí la posibilidad de remitir a una raigambre discursiva.

Al mismo tiempo que avanza con determinación por el minado campo de la confrontación del discurso del inconsciente con el empuje que provoca el “estilo” capitalista que reniega de la castración, presenta las consecuencias clínicas que el padecimiento que tal “estilo” produce, al incitar al sujeto a sumergirse en las mareas del goce y de la pulsión de muerte.
A partir de allí y, a la manera del bucle lacaniano, comienza a delinear las coartadas, los alibí que puede ofrecer el psicoanálisis frente a esas atroces trampas deshumanizantes.
Los padecimientos que se constatan en la clínica contemporánea son múltiples. La autora nombra algunos deteniéndose luego en cada uno de ellos: “anoréxicos y bulímicos, drogadictos y “dealers”, violentos y violados, consumidores… y un centenar de etcéteras”. Todos “padecientes” de un exceso de satisfacción, de ese trabajo en exceso de la pulsión que implica “penar en demasía” donde predomina el objeto al alcance de la mano, el objeto que llama “ready-made-trush” en el que impera lo real desnudo.

Para trabajar esos “padeceres” es evidente que apela –sin estridencias, pero con solidez– a su experiencia clínica. Traza la imprescindible diferencia entre los vaivenes del deseo, como realización destinada a fracasar en la in-satisfacción, de los zarandeos del goce que conllevan al encuentro de lo real en una satisfacción que es siempre excedente, a puras costas del infortunio del sujeto que lo padece.
Lo dice sin rodeo alguno: “El Psicoanálisis en su estudio sobre las vicisitudes de la pulsión que se encuentra, por un lado con el deseo en su estatuto de siempre insatisfecho en la búsqueda del objeto perdido en el origen, y por otro lado con la satisfacción (concomitante) que es siempre satisfacción de la pulsión”. El plus de gozar tiene su estofa en la pulsión de muerte divorciada del Eros. Los infortunios de quienes padecen de ese plus despliegan la compulsión de repetición, y no pueden renunciar a ese más de gozar sometidos a la vociferación del Goce del Otro.

En este punto Imbriano recurre a una metáfora de formidable riqueza clínica, afirma: “se puede sostener que la compulsión de repetición está por fuera de la asociación significante”. La maniobra de la transferencia consistirá, entonces –en procura de economía de goce–, “en el pasaje de los fondos de goce a la cuenta significante”. Interesante negociación, importante coartada para producir el regateo de goce tras la procura del significante en tanto su encadenamiento permite velar el goce.

Los últimos capítulos están centrados en demostrar cómo es posible ese “pasaje” de fondos, pasaje que se sostiene en la posición del analista que, desde su ética, habrá de renunciar a los goces para sostener el deseo de analizar. Odisea del analista: ahí donde el estilo capitalista impone montajes para hacer gozar, precisa recurrir a los réditos de la travesía fantasmática para desmontarlos. Sólo el análisis del analista puede producir esos réditos. Como Ulises atado al mástil de la nave para oír –más no sucumbir– al canto de las sirenas.

Finalmente, cabe un reconocimiento como lectora al texto producido por Amelia Imbriano: no nos condujo por el camino más cómodo, tampoco endulzó nuestros oídos ni mitigó el saldo de funesto que la era actual impone a la mirada. Pero el trayecto elegido, laborioso y arriesgado, permite, por ser tal, advertir los múltiples obstáculos que la clínica psicoanalítica y nuestras subjetividades enfrentan en los tiempos actuales.
¿Es eso todo? No; Amelia ofrece, también, coartadas para evitar el asedio y seducción de las Erinias del goce y un estilo coloquial que permite transitar el proceloso mar en el que nos interna el texto. Ardua y más que meritoria tarea: compatibilizar lo espinoso con lo accesible.-

[1] Lacan, J. El psicoanálisis y su enseñanza. Escritos. Siglo veintiuno ediciones. Buenos Aires. 1975.

 
 
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