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   Colaboraciones exclusivas

Resplandor. Lacan, Borges y la literatura
  Por Lionel Klimkiewicz
   
 
En su trabajo de investigación sobre la escritura, Lacan no duda en proceder realizando una demostración literaria. Relata así su viaje a Japón y hace referencia al arte de la caligrafía japonesa y los efectos de tachadura. Arte este, según opina, que los occidentales no tienen esperanza de producir. Podríamos decir, que para Lacan, según escribe en “Lituraterra”, occidente está demasiado encandilado por el “resplandor” del significante, lo que hace que su literatura se emita desde el semblante. En ese texto sin embargo, ubica también una literatura de vanguardia, que está hecha de litoral, y entonces no se sustenta en la apariencia.

¿Qué es la vanguardia? La palabra vanguardia implica fundamentalmente una temporalidad, ya que podemos decir que un movimiento de vanguardia es todo aquel que se adelanta a las tendencias de su tiempo (más allá de que se llame así al vanguardismo del siglo XIX y XX) ¿Y qué sería adelantarse? Si se responde no desde una crítica de la historia del arte sino desde los efectos del acto mismo, podemos decir que solo se adelanta aquel que en su camino tiene otros que sigan su huella.

Sabemos también que la temporalidad es discursiva, producto de la articulación significante, significante que es una marca, una escritura, una huella. Pero que en tanto significante no se lo puede leer solo. Como dice Lacan en el Seminario 9, la marca, la borradura de la marca, y la marca sobre le huella borrada implica el nacimiento del significante, en una temporalidad donde el tercer tiempo implica el retorno del primero.
En este pequeño escrito, que no es de vanguardia, la propuesta es seguir las huellas de J. L. Borges para intentar un acercamiento al concepto de letra, significante, escrito, el tiempo, la literatura y la lituraterra.

En el año 1953, mientras J. Lacan en Paris daba inicio a su enseñanza, Jorge Luis Borges publica en Buenos Aires un libro ya clásico: “Historia de la eternidad”. Este texto está dividido en cuatro partes, en las cuales en sus primeras tres desarrolla un acercamiento al concepto de “eternidad” desde la Historia, la filosofía, la religión, etc., y para eso nos habla de Plotino, Platón, Unamuno, Schopenhauer, Malón de Chaide, Stevenson, San Agustín, Donne, Escoto Erígena, Lucrecio, etc, realizando un recorrido tan ameno como erudito e inteligente.
En cambio, en el último apartado, casi como una ruptura, un quiebre en la linealidad hasta ahí desarrollada, nos propone su propia teoría de la eternidad, que por ser la que aquí nos interesa, transcribimos casi totalmente:

“Sólo me resta señalar al lector mi teoría personal de la eternidad. Es una eternidad ya sin Dios, y aun sin otro poseedor y sin arquetipos. La formulé en el libro El idioma de los argentinos, en 1928. Transcribo lo que entonces publiqué, la página se titulaba •sentirse en muerte•:

Deseo registrar aquí una experiencia que tuve hace algunas noches: fruslería demasiado evanescente y extática para que la llame aventura, demasiado irrazonable y sentimental para que la llame pensamiento. Se trata de una escena y una palabra: palabra ya antedicha por mí, pero no vivida hasta entonces con entera dedicación de mi Yo. Paso a historiarla, con los accidentes de tiempo y de lugar que la declararon.
La rememoro así. La tarde que precedió a esa noche, estuve en Barracas: localidad no visitada por mi costumbre, y cuya distancia de las que después recorrí, ya dio un extraño sabor a ese día. Su noche no tenía destino alguno, como era serena, salí a caminar y recordar, después de comer. No quise determinarle rumbo a esa caminata; procuré una máxima latitud de probabilidades para no cansar la expectativa con la obligatoria antevisión de una sola de ellas. Realicé en la medida de lo posible, eso que llaman caminar al azar; acepté, sin otro consciente prejuicio que el de soslayar las avenidas y las calles anchas, las más oscuras invitaciones de la casualidad. Con todo, una suerte de gravitación familiar me alejó hacia unos barrios, de cuyo nombre quiero siempre acordarme y que dictan reverencia a mi pecho. No quiero significar así el barrio mío, el preciso ámbito de la infancia, sino sus todavía misteriosas inmediaciones: confín que he poseído entero en palabras y poco en realidad, vecino y mitológico a un tiempo. El revés de lo conocido, su espalda, son para mi esas calles penúltimas, casi tan efectivamente ignoradas como el soterrado cimiento de nuestra casa o nuestro invisible esqueleto. La marcha me dejó en una esquina. Aspiré noche, en asueto serenísimo de pensar. La visión, nada complicada por cierto, parecía simplificada por mi cansancio.

La irrealizaba su misma tipicidad. La calle era de casas bajas, y aunque su primera significación fuera de pobreza, la segunda era ciertamente de dicha. Era de lo más pobre y de lo más lindo. Ninguna casa se animaba a la calle; la higuera oscurecía sobre la ochava; los portoncitos –más altos que las líneas estiradas de las paredes– parecían obrados en la misma sustancia infinita de la noche. La vereda era escarpada sobre la calle; la calle era de barro elemental, barro de América no conquistado aún. Al fondo, el callejón, ya campeano, se desmoronaba hacia el Maldonado. Sobre la tierra turbia y caótica, una tapia rosada parecía no hospedar luz de luna, sino efundir luz íntima. No habría manera de nombrar la ternura mejor que ese rosado.

Me quedé mirando esa sencillez. Pensé, con seguridad en voz alta: esto es lo mismo de hace treinta años… Conjeturé esa fecha: época reciente en otros países, pero ya remota en este cambiadizo lado del mundo. Tal vez cantaba un pájaro y sentí por él un cariño chico, de tamaño de pájaro; pero lo más seguro es que en ese ya vertiginoso silencio no hubo más ruido que el también intemporal de los grillos. El fácil pensamiento –estoy en mil ochocientos y tantos– dejó de ser unas cuantas aproximativas palabras y se profundizó en realidad. Me sentí muerto, me sentí percibidor abstracto del mundo: indefinido temor imbuido de ciencia que es la mejor claridad de la metafísica. No creí, no, haber remontado las presuntivas aguas del Tiempo; más bien me sospeché poseedor del sentido reticente o ausente de la inconcebible palabra ETERNIDAD. Sólo después alcancé a definir esa imaginación.
La escribo, ahora así: esa pura representación de hechos homogéneos –noche de serenidad, parecita límpida, olor provinciano de la madreselva, barro fundamental– no es meramente idéntica a la que hubo en esa esquina hace tanto años; es, sin parecidos ni repeticiones, la misma. El tiempo, si podemos intuir esa identidad, es una delusión: la indiferencia e inseparabilidad de un momento de su aparente ayer y otro de su aparente hoy, bastan para desintegrarlo.(…) Quede, pues, en anécdota emocional la vislumbrada idea y en la confesa irresolución de esta hoja el momento verdadero de éxtasis y la insinuación posible de eternidad de que esa noche no me fue avara.”

Difícil escribir algo luego de un texto donde cada palabra esta elegida con perfección…
Podemos ver cómo, para decir qué es la eternidad para él, Borges elige relatar una experiencia propia, donde se ponen en juego “una escena y una palabra”. Esto implica que en un primer acercamiento al texto nos encontremos con que esa escena requiere una descripción. Y Borges nos entrega una descripción brillante. Tan brillante que nos encandila. Descripción de lugares, de recuerdos, de sensaciones, de percepciones, utilizando nombres simples y adjetivos inesperados, haciendo que cada cosa cobre una singularidad especial y nos suma en una intimidad tal que produce el efecto de querer representárnosla para poder compartir algo de ese momento, y poder seguir sus huellas en cada paso de su azarosa caminata.

Caminata azarosa pero enmarcada en cada paso en un espacio y un tiempo determinados, hasta que un encuentro se produce, un encuentro con la mismidad, con lo que queda por fuera de todo recorrido posible. Un encuentro con lo Real que la palabra “eternidad” viene a nombrar.

Borges nos lo presenta de manera paradojal: lo eterno en un instante, un instante fuera del tiempo que roza la muerte y lo imposible de pensar, que es lo mismo. Hiancia, instante de lo disperso, que el tiempo como delusión vuelve a suturar haciéndolo historia. Pero este acontecimiento que marca la historia de Borges como sujeto, se hace Obra, se hace Arte. Y es aquí donde reside la genialidad del texto: para explicar la eternidad, el tiempo, recurre a repetir un escrito donde rememora una experiencia; juego literario donde la temporalidad discursiva muestra su cara ficcional; literatura de un instante vacío de tiempo, y de una palabra inconcebible por ser uno de los nombres de lo imposible.

Tres tiempos se figuran así: instante que se rememora en 1928 y se repite en el ensayo de 1953. Tres tiempos: la marca, el encuentro, que produce “el sentirse en muerte”, luego la reiteración de la marca, es decir, la intromisión de la diferencia y la pérdida, es decir, la borradura, “el idioma de los argentinos”. Y luego, por último, la repetición de la pérdida, marca sobre la huella borrada, ahí donde de la eternidad se puede hacer historia. Así lo escribe, ¿acaso había una manera mejor?

Éxtasis sin pasión, muerte sin horror, el instante donde se desliga de sí mismo deviene obra sin Dios, cicatriz permanente del encuentro contingente.
Ahí donde otros leen el signo de una alteridad o un destino florece un texto sin religión.
Ahí donde nació una palabra, acontece un estilo. Porque, como dice R. Barthes en “el grado cero de la escritura” el estilo es un lenguaje autárquico que se hunde en la mitología personal y secreta del autor, en esa hipofísica de la palabra donde se forma la primera pareja de las palabras y las cosas, “es la voz decorativa de una carne desconocida y secreta que se elabora en el límite de la carne y el mundo” es “la trasmutación de un humor”.

En síntesis, esta experiencia que nos relata Borges; es la experiencia de un sujeto a la que advino un real, que marca un antes y un después, un corte en el tiempo, en donde lo que estaba enlazado se desanuda para luego volver a anudarse, y con un estilo tan único como eterno, hacer de lo más singular y por medio de un escrito, un modo de vínculo con un otro que, en tanto lector, no borre de la Obra lo que en ella hay de apertura a lo Real.
 
 
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