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   Desencadenamiento de las psicosis

La interpretación delirante
  Por Norberto Rabinovich
   
 
Es interesante ver cómo Freud, en sus términos, pretende dar cuenta la fun­ción de lo real en el inconsciente. Lo hizo particularmente en la construcción de una hipótesis a la que ninguno de sus discípulos cercanos dio importancia: señaló que en el corazón del inconsciente se encuentra la huella de la primera satisfacción “alucinatoria” del deseo. No dijo que era huella de una percepción sino inscripción mnémica de una alucinación. El sujeto sólo quiere volver a encontrase con eso, rememorar alucinatoriamente esa primera experiencia de goce. Por más opacas que resulten estas formulaciones de Freud, no puede ig­norarse que intuyó una conexión íntima entre lo que sucede en el ámbito del inconsciente y el fenómeno alucinatorio. Ya mencioné esta rela­ción. Intentaré ahora interrogar la estructura de la alucinación psicótica. Me serviré para ello del relato de un pasaje del tratamiento de un hombre que me brindó la oportunidad de observar en caliente una de sus primeras experiencias alucinatorias tenidas en edad adulta y durante el tratamiento. Incluso, debería agregar, a causa del tratamiento.

Cuando consultó tenía aproximadamente cuarenta años y vivía desde los veinticinco, fecha en que murió su padre, con la madre, quien le brindaba cui­dados de marcadas características retentivas. No podía arreglarse solo porque era muy nervioso y ante cualquier contrariedad se amedrentaba. Él entendía que gracias a la madre la vida se le hacía más llevadera, pues ella constituía su única compañía estable. Sin embargo, en los últimos tiempos había empezado a expe­rimentar explosiones emocionales cada vez más frecuentes, particularmente en el trabajo. Unos meses antes de que estas explosiones comenzaran, había tenido un problema en la oficina donde trabajaba, a raíz de un robo. Había venido la policía y tuvo que padecer un desagradable interrogatorio. A partir de ese suce­so, empezó a experimentar que sus compañeros lo miraban con desconfianza, hablaban a espaldas de él, etc.

Al tiempo de iniciado nuestro diálogo surgieron los primeros signos de duda acerca del orden familiar que imponía la madre. Nunca antes se había anima­do a poner en cuestión la abnegada actitud de ella, su paciencia para con él, la veracidad de sus opiniones. Sólo tenía, de tiempo en tiempo, estallidos de ira “inmotivados” que duraban poco tiempo. Pero el trabajo que venía haciendo en las sesiones lo condujo a leer los dichos de su madre y su conducta de otra manera. Estaba aprendiendo a leer entre líneas. Las palabras de la madre, que tenían para él un carácter monolítico y decían simplemente lo que querían decir, fueron perdiendo esa propiedad. Empezó a presentir que afirmaba ciertas cosas como verdades objetivas porque le convenía a ella. La madre, por su parte, ad­virtió que la inestabilidad de la confortable credulidad del hijo ponía en peligro la estabilidad conseguida y empezó a evidenciar algunos signos de inquietud, cosa que deduje a partir de comentarios del paciente.

En este contexto es que sobreviene la primera alucinación. Cierto día, según su costumbre, le dijo a la madre que iba al bar de la esquina a leer el diario. La madre le pidió que antes de irse le arreglara el enchufe de la mesita de luz. Se sin­tió disgustado por ese pedido y le respondió que lo iba a hacer en otro momento. Mientras estaba sentado a la mesa del bar, una mujer que estaba con unas amigas en la mesa de al lado se acercó con un cigarrillo en la mano y le pidió fuego. En­cendió su cigarrillo con relativa naturalidad, pero al ratito empezó a escuchar que en la mesa donde estaba esa mujer se reían de él y hacían comentarios injuriosos. Ésta fue la escena que desencadenó la construcción de un delirio persecutorio, pues interpretó una intención oculta en el comportamiento de la mujer, y tam­bién que toda la situación era premeditada. El punto sobresaliente en el inicio de las interpretaciones delirantes residía en la certeza de haber descubierto algo, algo que habría debido pasar desapercibido, y ese descubrimiento le cambió la com­prensión de la realidad. En nuestros términos, diría que se le reveló un real. ¿Pero cuál? ¿Cómo entender el resorte desencadenante del mecanismo?

Al modo freudiano, pondré en relación las dos escenas: la primera con la madre y la segunda con la mujer del bar, que resignifica la anterior y fija, de manera desplazada, la causa y el personaje del delirio. Efectivamente, me contó que la mujer tenía aproximadamente la misma edad que su madre, una forma de indicar la puesta en equivalencia entre las dos mujeres. La clave habremos de buscarla en el enunciado mismo de las demandas de las respectivas mujeres. Como dije antes, la madre ya estaba inquieta por el comportamiento de su hijo y tal vez temía que cualquier día decidiera irse de la casa. Quizás por eso, en el momento en que el hijo salía de la casa, le pidió: “¿Podés arreglar el enchufe?”. Con todo derecho nosotros nos podemos preguntar ¿cuál era el enchufe que quería que su hijo arreglara? ¿Tal vez el enchufe entre ellos dos, que mostraba la presencia de algunos desperfectos? Ahora bien, estas preguntas, esta posibilidad de leer de otra manera la demanda del Otro, era algo que apenas se había esbo­zado en nuestro sujeto. Sin embargo, experimentó un malestar por el pedido, cuyas razones no supo explicar. La demanda recibida en la segunda escena le aportó la ocasión de realizar una lectura a la letra que había quedado a mitad de camino en la escena anterior, pero que finalmente retorna: esta mujer extra­ña me pide fuego, ¿pero qué quiere de mí? Las dos demandas se entrelazan. El sujeto parece haber interpretado a posteriori que la madre le había pedido que arreglara el enchufe pero, detrás de eso, quería que le diera fuego. Después de todo, ella, viuda, ya entrada en años, sin otros hijos y peleada con su familia de origen, sólo contaba con él para encontrar algo del calor de hogar perdido ha­cía muchos años. Sería terrible para ella que el enchufe no pudiera arreglarse. Y efectivamente, ya no se recompuso más, en los términos anteriores.

El momento fecundo de la psicosis es el testimonio de que algo se le ha reve­lado al sujeto, y trae aparejada una profunda renovación subjetiva, una especie de renacimiento, algo que se plasma como mensaje que viene de un más allá de la realidad y después queda atribuido a un Otro. La interpretación delirante ya encubre, disfraza, desplaza aquello que la interpretación a la letra reveló por un instante sin que el sujeto pudiera comprender qué. Solamente obtendrá, a cuenta de tal acto, la consecuencia de un corte fundamental en su vida. La cer­teza delirante le informó que hay un mundo oculto detrás de las palabras y que el Otro miente.
La evolución posterior del tratamiento no permitió resolver la presencia del fenómeno alucinatorio, pero con el tiempo y a medida que el paciente iba in­ventando un nuevo modo de existencia, fueron quedando, como residuos de la primera revelación, molestas voces a las que el sujeto daba cada vez menos im­portancia, pues sólo hacían comentarios incomprensibles o idiotas.

Lo que está forcluido en la psicosis es el operador estructural de la ley del sig­nificante, la ley del malentendido fundamental. La interpretación delirante que acabo de contar muestra que, dicha interpretación constituye un acto del sujeto que intenta remediar la función ausente del Nombre del Padre, o sea del signi­ficante de la ley del significante.
__________
Nota: el presente escrito se corresponde con formulaciones desarrolladas en el libro El inconsciente lacaniano editado por Letra Viva.
 
 
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