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   Diagnóstico en psicoanálisis

Los precios del diagnóstico
  Los demonios ya no viven en el infierno
   
  Por Martín. H Smud
   
 

Pocos temas hablan más del diagnosticador, del trabajador de la salud mental, que el tema del diagnóstico que pareciera deber ser un enunciado dedicado íntegramente al otro. La epistemología nos plantea el juego que mejor sabe, allí donde queremos objetivar al otro y entregarle un metalenguaje definidor de su esencia, atraparlo como un elemento dentro de un conjunto; justo en ese momento, esa definición diagnóstica vuelve como boomerang y explota en la cara del diagnosticador, en la ética de su praxis.
¡He aquí un gran problema!

Nadie duda ni un segundo en las increíbles ventajas de algunas drogas lícitas pero la falta de certeza, sobre todo en salud mental, para, por lo menos, el 40 por ciento de los casos que toman medicación, acerca de su diagnóstico, conlleva que se ponga en la mira al diagnosticador y su contexto.
El diagnóstico hoy en día es un tema de los diarios. Leo ayer una nota acerca de cómo la poderosísima industria farmacéutica se encarna en los APM, agentes de propaganda médicos, llamados popularmente visitadores médicos, y como estos se acercan a los médicos a proponerles viajes, dinero, lapiceras, armados de protocolos, posibilidad de publicar su último estudio científico pero… “con una pequeña condición”: que prescriban algunos de estos excelentes remedios con los cuales además de muestras gratis, le acercan bibliografía escrita por los psiquiatras más reconocidos del ámbito.

En una nota aparecida en Página 12, los visitadores médicos hablan francamente de su trabajo: “La inducción económica a los profesionales de salud para la prescripción de productos se ha exacerbado a niveles increíbles –sostiene Charreau–: antes, se trataba sólo de contribuciones para estudios, viajes, becas: hoy la coima es directa. Esto se aplica en especial a determinados productos que, por su alto costo, son de especial interés para los laboratorios: directamente se le ofrece al médico una suma, veinte, treinta, cincuenta pesos por cada prescripción.” Es que “los laboratorios disponen de un dinero para ‘contribuciones’ destinadas a los médicos. Se van otorgando en función de la posibilidad de lograr mayores prescripciones”, explica el gremialista de AAPM. ¿Cómo intervienen en este procedimiento los agentes de propaganda médica? “Cada visitador debe detectar, en su zona, cuáles son los médicos de mayor potencial, porque atienden mejores obras sociales o tienen mucho caudal de pacientes; de éstos, hay que establecer cuáles son más permeables.” En las reuniones de trabajo con los agentes de propaganda médica, “se los consulta en qué médicos ‘invertir’ y se asignan sumas para cada uno”. No es que el doctor “permeable” se adscriba sólo a un laboratorio. “Toma lo que le ofrece uno y también lo que le ofrece el de la competencia –precisa Charreau–. Este sistema se ha hecho carne en nuestro medio, es muy difícil modificarlo.”1

¿Incidirá esta relación “lateral” en la acción terapéutica entre un enfermo y un médico? ¿Cómo se relacionarán las consecuencias del vínculo entre el médico y la industria con el paciente que llega con algo que duele, que no sabe bien qué hacer y que espera resolver?
El tema del diagnóstico y lo que ello implica cae como yunque de hierro en la cabeza del diagnosticador. Nuestra manera de diagnosticar es importante no solamente para el enfermo con esperanza de cura sino también para una planificación en salud no siempre escrita pero sí operativa en la realidad.

Hace un par de semanas vino un amigo, excelente profesional, Federico Pavlovsky a dar una charla acerca de “Psiquiatría y Psicofarmacología”. El tema giraba sobre los enormes intereses que se juegan en el diagnóstico en salud mental. Pavlovsky nos confesaba que en este mismo momento podría estar con todo pago en el congreso de Psiquiatría de San Diego y que si no estaba allí y estaba aquí con nosotros era porque había escrito sobre las prácticas que realizaban los laboratorios farmacológicos para que los médicos, en este caso los psiquiatras, diagnosticaran tal patología a lo que seguía la prescripción de determinado medicamento de determinado laboratorio. Hablar de esto lo había dejado en tierra. El artículo terminaba bien en tierra: “Finalmente: si para viajar al próximo congreso de psiquiatría en San Diego, Estados Unidos, en 2007, tengo que recetar anualmente 200 antidepresivos de marca X, ¿eso va a incidir en mi prescripción? Profesionales a quienes respeto dicen que no. Yo no estoy tan seguro. En mí, sí que podría incidir. Podría tentarme. Por eso escribo este artículo. Como una suerte de exorcismo. De antídoto personal”2.

Para hablar de diagnóstico en salud mental debemos hablar de los intereses que tienen sobre nosotros una de las principales industrias que existen en nuestra globalizada tierra. Creo que no deberíamos separarnos en psiquiatras, psicólogos, psicólogos sociales, consultores psicológicos y/u otros; antes de percibir que somos objetos de consumo de una de las industrias más poderosas. No estamos hablando de poder abstracto sino de cómo ese poder llega a nuestra intimidad.
Federico nos contaba cómo después de escribir ese artículo no solamente no viajó al congreso de psiquiatría sino que muchos hasta pensaron en sacarle el saludo. “Lo tomaron como algo personal. Y es que los APP, los visitadores médicos son personas gratísimas. Siempre con una sonrisa en la boca se acercan a solucionarte los problemas y desde el primer día de entrada al hospital. Lo tomaron como una traición”.
Los psicólogos nos desentendemos aparentemente del problema porque no medicamos, pero este expulsar produce, como dice Lacan, la aparición por la ventana de este real forcluido. Consideramos que tenemos otro marco teórico y que dentro de nuestras perspectivas difícilmente nos dejemos acarrear por alguien que nos diga cómo diagnosticar. Pero el problema nos incluye.

Cada época se entretiene construyendo nuevos “apodos” a lo que les pasa a los pacientes, si hace unos años estábamos todos en la necesidad de saber diagnosticar “bulimias y anorexias”, un tiempo después no se nos podía pasar ningún chico con ADD, prontamente nos ayudaron a discernir mejor entre una depresión y un trastorno bipolar, y por supuesto, ahora se llenan la boca con la descripción fenomenológica del ataque de pánico. Cada época tiene su particular forma de diagnosticar. Esto ya lo han estudiado Freud y Foucault.

El otro día me contaba una colega psicóloga que la habían dejado afuera del “extra”. Ella trabaja en unos de las principales unidades hospitalarias-prepagas que existen en Buenos Aires en el servicio de Neurología. Allí trabajan psicólogos, trabajadoras sociales, fonoaudiólogas y por supuesto neurólogos. Los jefes del servicio tienen varios “quiosquitos”: uno de ellos es realizar protocolos con pacientes probando la eficacia de tal o cual droga sostenidos por los laboratorios. El profesional separa así el trabajo, al menos en dos partes, los pacientes del hospital y los pacientes del hospital dentro de los protocolos científicos. Y de ese “extra” la habían dejado afuera.

Es así como hoy en día la ciencia progresa. Y todos los trabajadores de la salud mental estamos incluidos. No debemos escandalizarnos porque desde siempre los hospitales fueron el lugar de investigación fundamental del saber empírico de la ciencia médica. Una investigación, además de ser bien llevada a cabo, tiene quienes la sostienen económicamente y quienes arman una comunidad reconocida donde se presenta o intenta ser validada como saber científico. Entonces tenemos una comunidad que valida, un médico que progresa en su acercamiento a la verdad, y un organismo que financia a los recursos humanos que llevan adelante la investigación. Esto se lo diría a los estudiantes de psicología. Pero lo que no les diría salvo al final de la cursada es que hay una interdependencia entre estos cuatro elementos: el médico, los pacientes, la comunidad científica y los laboratorios y que esta tensión se “destraba” sobre el más débil. ¿Quién es el más débil? ¿O quiénes son los más débiles?

El tema del diagnóstico es un tema de los diarios, un tema de las facultades, un tema de los profesionales y de los pacientes, es un tema de escritura y de denuncia. De extorsiones, de antídotos, de infiernos y de tentaciones… El otro día leí un texto que sostenía que en estos tiempos ya no hay nadie que esté en el infierno, ni aún Satanás vive allí. Me resultó interesante esa idea: un infierno sin moradores. Todos nos arrogamos méritos para ir al Cielo. Todos hablamos de nuestros derechos de consumidores, y tenemos derecho a ir donde querramos ir… a cobrar lo que tenemos posibilidades de cobrar.
Las cuestiones del diagnóstico “queman” al trabajador de la salud mental. El diagnóstico en salud mental es un problema actual, político y personal. Estos temas que todos conocemos cuesta hablarlos. El tiempo histórico que nos toca vivir nos presiona para que diagnostiquemos de una manera o de otra. Y esto es una papa caliente para psiquiatras, analistas, psicólogos, trabajadores de la salud mental. Es un tema que aunque por momentos lo “olvidamos” para continuar con nuestra tarea cotidiana, debemos hacer público, denunciar e intentar exorcizar los demonios que ya no viven en el infierno.

1. Nota aparecida en Página 12, el 1 de octubre de 2006, por Pedro Lipcovich en pagina12.com
2. Pavlovsky Federico, “La tentación”, en Topía, número de agosto 2006. Dossier: 15 años del nacimiento de Freud. Por qué el psicoanálisis en el siglo XXI.

 
 
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