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   Desencadenamiento de las psicosis

Miedo a los petisos
  Por Lionel Klimkiewicz
   
 
Emilio, de 21 años, concurre a su primera entrevista en el servicio de Consultorios Externos del Hospital. J. T. Borda acompañado por su madre, quien dice que es viuda y que lo adoptó ya que “Emilio es hijo del amor del padre con otra”.
Emilio dice sufrir “el síndrome de Peter Pan” y “tener miedos y fobia a los petisos”, ya que si se encuentra al lado de alguien de menor estatura se marea. Ubica dos momentos de su vida: a los 14 años, cuando su madre le dice que no comiera mucho porque “iba a quedar petiso y gordo” y a los 19, cuando se da cuenta, frente al espejo, que “había pegado el estirón”, momento que caracteriza como “terrible” ya que no sabia “qué hacer, ni cómo manejarse”. Ante la pregunta de qué era pegar el estirón, dice que (haciendo el gesto con los brazos) se peinaba y sentía que se estiraba, que se vestía y sentía que se le estiraba el cuerpo. Refiere además tener problemas con sus compañeros del secundario nocturno que está realizando ya que se burlan de él. Le ocurre también que cuando camina por la calle acompañado, suele fijarse en las vidrieras los reflejos de su imagen junto a quien está con él para comparar las alturas. Aclara también que su sueño es ser famoso, como productor, guionista o actor de TV, que estudió teatro y escribe guiones de sketchs cómicos. Vive con su madre y abuela, ya que su padre falleció a sus dos años.

Emilio meses antes, según relata en otra entrevista, tuvo un momento de crisis subjetiva cuando al estar dentro de un ascensor lleno de espejos junto a otras personas más petisas que él, comienza a escuchar “como voces” que le decían “no podes, andate”, tuvo también una muy corta internación en ese tiempo por una crisis de excitación psicomotríz que por ese entonces eran frecuentes. En otro momento dirá, con respecto a pegar el estirón a los 19, que hasta ese día él era “como de 14, pensaba como un chico de 14, por los miedos que mi mamá me metía (refiriéndose entre otras cosas a “quedar petiso y gordo”). Ahora ella me da libertad y yo no se qué hacer. Hasta estudié geografía para saber donde vivían los bajitos y los altos”, explicando una de sus formas de armar una topografía del mundo a través del miedo, mundo que se le descompone por su altos montantes de angustia. Es preciso también aclarar que Emilio, habla con un modo marcadamente aniñado, al punto de parecer el modo de un chico en edad escolar.

Al poco tiempo de comenzado el tratamiento, trae un escrito en donde explica con detalles su padecer, que es tomado como un material de trabajo en el dispositivo, que permite desplegar su historia, establecer la estrategia transferencial y dirección de las intervenciones. En dicho escrito aparece un dibujo donde hay cuatro figuras humanas, la más alta corresponde a él, y le siguen tres en alturas decrecientes señaladas con A, B y C para la más “petisa”. Refiere entonces que a las de clase A no les tiene miedo, sean hombres o mujeres. A las de clase B si son mujeres no les teme y si son hombres solo un poco, y a las de clase C les teme a todas cualquiera sea el sexo y la edad. Agrega entonces que cuando está cerca de uno de ellos siente varias cosas: tristeza (porque recuerda las burlas del pasado), miedo (se descompone), depresión (se siente grande y ridículo), pánico, cansancio y mareo (le duele la cabeza de tanto pensar), agresividad (porque nadie lo entiende y no sabe a quién decirle lo que le pasa), y angustia (porque no sabe qué hacer con lo que le pasa).

Durante el transcurso de las entrevistas, que se realizaban una vez por semana, trae también los guiones que escribe, hace chistes constantemente, y está atento a que yo los sancione con una risa, lo que permitió una posterior intervención: “¿Cómo no se te ocurrió hacerle un chiste a tu madre cuando te dijo que ibas a quedar petiso y gordo?”, que fue tomada con sorpresa por Emilio y marca el inicio de la posibilidad de hablar del padre, que hasta ese momento casi no había sido nombrado. Es así entonces como en un principio trae información sacada de Internet sobre el “crecimiento” marcando lo que para él era casi una novedad: si el padre tiene estatura baja seguramente el hijo también la tiene. Se produce entonces un viraje ya que el problema deja de ser el miedo a los petisos y pasa a ser miedo a lo que los petisos le hacen pensar.

Un movimiento en el lazo transferencial se produce entonces, ya que se abre otra pregunta como demanda al analista que marca que las respuestas que el traía al tratamiento ya no alcanzaban para explicar lo que le pasaba: ¿Qué tengo yo? Esta pregunta fue aprovechada como momento propicio para una intervención: “Un desfasaje. Te sentís niño y sos adulto. Te vestís como adulto y te sentís niño. Pensás muchas cosas como alguien de más edad que la que tenés y decís lo que pensás hablando con los modos de un niño. ¿Vos notaste que hablás como un niño?”. La sorpresa de E. fue enorme. A la sesión siguiente dice estar mejor y que estuvo pensando que en aquella frase de su madre sobre quedar “petiso y gordo” “debe haber algo más”, y comienza a hablar de su padre; “papá era policía, tenía un almacén porque ya no ejercía y un día discutió con un proveedor, tuvo un paro cardíaco, cayó, se golpeó la cabeza y murió. Yo tenía dos años. Papá y mamá se conocieron porque él siendo policía le preguntó una noche en la calle quién era. Después parece que había una amiga de mamá que estaba enamorada de él y mamá le dijo ‘¿de ese petiso y gordo?’ y después se enamoró ella. Papá ya tenía hijos con otra mujer, y cuando vivía con mamá dejó embarazada a otra chica que trabajaba en casa. Ella iba a abortarme y mamá decidió criarme porque no puede tener hijos”.

Al mismo tiempo que comienza a tomar relevancia una identificación con el analista, que le permite un rearmado imaginario, comienza a hablar también de sus vínculos con sus escasas amistades, su posicionamiento frente al gran Otro, sus fantasías (a las que llama “sueños imperiales” y que se refieren a ser famoso y exitoso), sus inhibiciones, sus sueños de terminar el colegio para estudiar guión de TV, o teatro; inventa un personaje llamado “clonaze-man” que es un superhéroe que ayuda a las personas, secundado por “el pibe rivotril y la chica risperidona” (vale aclarar que Emilio toma medicación en muy baja cantidad) y se comienza “a sentir una fábrica de ideas” para escribir guiones. Llegado el verano decide acompañar a su madre a la costa para “poder ir a la playa y mostrar un poco el lomo” ya que estuvo asistiendo al gimnasio regularmente. Desde hace un tiempo puede salir a la calle sin problemas, según refiere.
Haciendo honor a su historia, comienza una relación con una mujer más grande que él y con varios hijos y que además trabaja haciendo la limpieza en su casa. Dice sentirse bien con ella porque se siente contenido y le gusta jugar con sus hijos, y le dijo a la madre frente a sus reparos a la relación “soy grande y si cometo errores me la bancaré”.

A un año de iniciado el tratamiento, un momento de concluir se marca cuando viene a sesión con un obsequio: un retrato de un gallo pintado por él: “el gallo tiene que ver con el despertar, como venir al psicólogo”.
Especulaciones sobre el diagnóstico e hipótesis teóricas quedarán para otro momento, ya que es la finalidad de este escrito demostrar una vez más la eficacia del psicoanálisis como praxis ante las implicancias subjetivas de una desestabilización sufrida por un ser-hablante.
 
 
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