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   Escribir el Psicoanálisis

El ensayo: Psicoanálisis y escritura
  Por Isidoro  Vegh
   
 
Recibí una invitación para compartir un espacio de reflexión acerca de la experiencia del ensayo, el psicoanálisis y la escritura. Fue en ocasión de la presentación de un nuevo número de la revista Ensayos, publicada por el espacio de investigación del Centro de Salud Mental Nº 1. En la invitación dice: “Hemos encontrado, así como lo vislumbraba y lo articula Lacan, que la escritura propicia una invención que se efectúa, por ejemplo, en la experiencia del ensayo”. Y formula una serie de preguntas: “¿Se juega una invención en su propuesta? ¿Se sale igual luego de escribirla?” Tres términos nos invitan a discurrir acerca de su valor y sus posibles articulaciones.

La escritura emerge como tal hace más de cinco mil años. Suele decirse que sus primeras manifestaciones se dieron allí donde también se sitúa el origen de nuestra civilización, en la Mesopotamia. Fue una escritura llamada cuneiforme. Concomitante con otra, la que antecede a las grandes religiones monoteístas de nuestro mundo occidental. Me refiero a la civilización egipcia y sus jeroglíficos. Tenemos escritos que más allá de su valor utilitario, balances, informes de cosechas, informaciones útiles al faraón o al rey de turno, se presentaron como textos que en nuestra perspectiva actual forman parte de nuestro acervo literario. La gesta de Gilgamesh, los grandes relatos homéricos, la Ilíada y la Odisea, La Eneida, en su relato poético de la fundación del Imperio Romano, son antecedentes que nos muestran que hay algo en la escritura que conjuga lo útil y lo inútil. Cuando decimos lo inútil, nos referimos a la inmediatez de una resolución práctica. Lo que adelantamos en nuestra tesis es que, precisamente esta inutilidad para la cotidianeidad, la contingencia, presenta un enigma y lo subraya acerca de su valor más allá de esa instancia resolutiva. Marcel Detienne, estudioso de la antigüedad griega, nos dice cómo, en aquellos tiempos, el poeta, cuando realizaba el homenaje a una gesta guerrera, no sólo ponía en letras su admiración, también daba existencia a esa gesta y a sus héroes. Quedar fuera del relato épico era equivalente a quedar fuera de la historia, de la existencia. Advertimos que hay, desde los inicios, un valor sorprendente de la escritura, que constituye nuestra relación con los otros en la contemporaneidad o a través de las generaciones.

Hablar de la escritura es también hablar del lenguaje. En esto, tanto Borges como Lacan coinciden: el escrito es efecto de discurso. Hay una antecedencia del discurso al escrito, que define nuestra relación con el lenguaje, especialmente en lo que podemos recoger de distintos pensadores del siglo que nos antecede. Si en algún tiempo se pensó, como lo pensó Aristóteles, que el escrito escribe el pensamiento y el pensamiento refleja lo que llega desde el mundo, el siglo XX, en diversas reflexiones, nos hizo comprender que el lenguaje excede su valor de re-presentación para ser él mismo una presentación y una recreación de quien escribe. “El lenguaje es nuestra casa”, dijo Heidegger.
Con Freud y con Lacan, en otra perspectiva, reconocemos que lo esencial del iceberg que nos constituye es que el Inconsciente está estructurado como un lenguaje que retorna en las formaciones del Inconsciente como letra. Lo que resumimos en el aforismo que dice que el Inconsciente es un lenguaje que, en medio de su decir, produce su propio escrito.

El analista lee, pero los seres humanos leemos y no sólo libros; leemos la vestimenta del otro, leemos sus gestos, leemos las circunstancias en que se presentan. Leemos. Y en esa lectura, se produce, como lo hiciera manifiesto otro gran creador, James Joyce, la inmixión de tradiciones, de lenguas y dialectos. Un mismo hecho deja de ser el mismo según quién lo lea.

La literatura, la ficción, el lugar donde el ejercicio de la escritura parece producirse tan sólo por la búsqueda de un placer –recordamos el texto de Barthes y sus tesis sobre el placer del texto– es, sin embargo, donde podemos encontrar, tal vez, porque no es manifiesta la búsqueda de otra utilidad, el terreno apropiado para distinguir lo que otros grandes creadores, por ejemplo Franz Kafka, pudieron decir en su diario: “La escritura es mi vida”.

Es una metáfora que llega desde los siglos la que dice que se escribe con la propia sangre. No hablamos del best-seller prefabricado en respuesta a encuestas con fines comerciales, sino de escritores que, como Kafka o Borges, advierten precozmente que su destino está ligado a la letra. ¿Qué decide que alguien transite su vida otorgándole horas y horas, días y días, años y años de su vida a la soledad del escritorio, la pluma y la página en blanco para exponer en ella lo que desde su ser se propone a la letra? Es que el escritor hace menos el escrito de lo que el escrito lo constituye. En respuesta a la pregunta que acompañara la invitación, decimos que sí: nadie sale igual cuando un escrito ha caído de su pluma.
Una experiencia que tantos colegas, especialmente jóvenes, pueden refrendar es el modo diferente en que se acude a un encuentro con otros, a una Jornada, a un Congreso, cuando se es portador de un texto de su autoría a cuando solamente se acude como escucha u oyente. En el primer caso, el encuentro con lo esencial de su ejercicio lo dispone en una posición absolutamente distinta para atender lo que otros también pueden decirle. Es que en la realización de su escrito encontró el límite de su posibilidad, de su sintaxis, de su invención. Ese límite tiene un valor propiciatorio. Es el límite que el ensayo, precisamente, desde su mismo nombre, hace explícito.

Decidirse a escribir un ensayo es poner, desde el inicio, que lo que habrá de escribirse terminará sabiéndose interminable. Casualmente, como decía un texto de Freud, y como tiendo a proponer a veces, el fin del análisis: un analizante llega al momento en que su análisis es terminable cuando advierte que es interminable. Advertir que el análisis es interminable, como advertir que un escrito es interminable, es reconocer también nuestra condición de existentes. El existente, a diferencia del ente, realiza su existencia. Contribuye a la realización de su existencia y da respuesta a esta condición lo que otro gran pensador, Baruch Spinoza dijo es el núcleo de nuestro ser: “La esencia del hombre es el deseo”.

Un poeta, que también fuera pintor, William Blake, lo dijo de un modo más contundente: “Quien no realiza su deseo engendra peste”. Y realizar un deseo es reencontrar el vacío que lo funda. Es lo que produce cualquier obra, no sólo literaria, también una pintura y ese arte del siglo XX que es el cine, todo lo que llamamos sublimación, según la terminología freudiana. Sublimar es crear para recrear un vacío, es crear para poner en presencia el límite mismo de la creación.

Entonces, según Ludwing Wittgenstein, diremos que sí, que es posible hablar de una experiencia mística, que no se iguala a la religión: decimos que es aquella en la cual se logra el encuentro con una totalidad localizada. Localizada, no-toda. El encuentro con esa instancia hace del ensayo la forma explícita de lo que está implícito en cualquiera creación. No es casual que ese pensador que inicia una serie –a partir de lo que se llama en nuestra cultura el Renacimiento–, escribiera su único libro con el título de Ensayos. Michel de Montaigne se retiró a su castillo –luego de haber sido funcionario, alcalde de Burdeos y haber viajado por el mundo–, a escribir. Pero no se retiró a la torre de marfil: cientos de notas y citas de otros autores recuerdan con cuantos amigos compartió esa instancia, en la cual realizó y legó a la posteridad las letras que muestran hasta el extremo la reflexión de un sujeto que pone entre letras los límites de su ser.

Valoro esta propuesta a la que fui invitado, pues para un analista es condición para el ejercicio de su práctica la posibilidad del encuentro de su propio límite, escribir en sus sueños, en sus lapsus, en sus chistes, y en el ejercicio de su práctica, el límite que el ensayo hace manifiesto. El discurso apodíctico, la frase sin concesiones, la demanda de acólitos, son válidas para una psicología de las masas, para un discurso cerrado en sí mismo, pero no encajan con la condición requerida al analista, a su práctica y al ejercicio de la ética que ésta conlleva.
 
 
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