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   Escribir el Psicoanálisis

Laberintos de la escritura en psicoanálisis
  Por Sergio  Rodríguez  y Laura Lueiro
   
 
La escritura psicoanalítica le exige a su autor transmitir los conceptos sobre los que quiere trabajar con la mayor precisión y capacidad de significación posible. Y a la vez con un formato que en sí, provoque al lector a leer, como si estuviera escuchando e interpretando una sesión analítica. O sea: no debe resistir al psicoanálisis.

Trataremos de discriminar “proceso de escritura” de “acto de escritura”, por una parte; e intentaremos distinguir entre la función de lo escrito y cada escrito en particular, por la otra.
Llamamos proceso a esto que estamos haciendo ahora, mientras escribimos. Queremos escribir, el yo (instancia psíquica) decide escribir y tenemos una idea que queremos transmitir. A veces, la idea es “clara y distinta”, como decía Descartes. A veces, no. Sea cual fuere el caso, no se sabrá si esas ideas llegarán a buen puerto sino en la medida en que las vayamos escribiendo. Sólo el punto final, nos permitirá releer y encontrar los sentidos de lo que escribimos.
Por ejemplo, se nos ocurre pensar la escritura como una modalidad de juego en el sentido de Winnicott, algo que se produce allí en ese espacio potencial que no es ni interior ni exterior, ya que las palabras que elegimos en cada ocasión son palabras que ya existen en la cultura pero que las tomamos y acomodamos en una forma singular cada vez. Tan singular que si se dañara este archivo, podríamos volver a escribir lo mismo pero no de la misma manera, con lo cual, ya no sería lo mismo. A su vez, cada palabra que escribimos nos resuena de modo diferente al que las lee porque por más que escribamos no lograremos transmitir lo que tenemos dentro de nuestra cabeza. (Lo que no deja de ser afortunado, porque resultaría incomprensible). De algún modo, jugamos con las palabras en la medida en que elegimos cada una como una ficha, y cuando decimos, “elegimos”, en este momento donde los dedos pasean sobre el teclado, sólo son elegidas por nosotros en la medida en que nuestra persona está aquí. Pero, en las mejores ocasiones, las palabras se nos precipitan en un punto donde (nuestro) yo, no está.

Es un proceso, porque implica una secuencia temporal de dos órdenes diferentes. El tiempo reloj de escribir y el tiempo lógico que la propia escritura recorta sobre sí misma a medida que se escribe. Cuando la idea que se nos aparece es clara, en principio, resulta mucho más fácil escribir. Pero también, por lo general, lo que escribimos no tiene demasiado efecto sobre el que escribe. No obstante, es muy frecuente que, partiendo de una idea aparentemente clara, nos encontremos con que –escribiendo– se oscurece y eso obliga a escribir y re-escribir para terminar muchas veces descubriendo una nueva idea, o también tirando la vieja en la papelera.
El proceso de escribir, tiene algo de aventura. Se sabe cuándo empieza pero no se sabe muy bien cuándo ni dónde termina. “Jugar es hacer”, decía Winnicott y en la escritura se trata justamente de hacer palabras con letras, frases con palabras y textos con frases.

Este proceso, además, es estrictamente singular.
Ahora, no todo lo que se escribe tiene el estatuto de escrito y no todo proceso de escritura deviene en acto de escritura. Podríamos decir que lo es, cuando lo escrito bordea mordiendo, algún real; cuando lo escrito hace letra y se inscribe en el filo donde las palabras no alcanzan a escribir lo imposible, lo que no cesa de no escribirse. Entonces, es cuando lo escrito, escribe al supuesto escritor.
En el Seminario 22, Lacan –por enésima vez– intenta dar cuenta de la función de lo escrito. Se pregunta cuál es la entidad de lo escrito y si ésta recae sobre el ser o sobre el ente. Claramente se produce una dicotomía que Lacan señala como un camino muerto. En su lugar, dice: “como un viejo sabio lo hizo notar, en la época en que al menos ya se sabía escribir lo que se imponía del lenguaje, una ruta que sube es la misma que la que baja; entonces, podría proponerles como fórmula de lo escrito: el saber supuesto sujeto”.*

Está diciendo entonces, que lo escrito es el reverso de la función que da inicio a la transferencia: el sujeto supuesto saber. La suposición de que el saber es patrimonio de un sujeto, donde se supone un sujeto que detenta un saber todo, allí donde no lo hay –ni tal saber, ni tal sujeto–. Fundamentalmente, se le supone el saber sobre alguna falta generando el engaño del amor de transferencia. Se ama a aquel al que se le supone un saber sobre lo que escinde al sujeto. El analista, al que se le atribuye esa función, en el mejor de los casos sabrá leer lo que del inconsciente se articule en significantes. Esto es, leerá a la letra.
La fórmula de lo escrito, por su parte, es que a un saber se le supone un sujeto irremisiblemente dividido. Se trata de un saber particular, un saber no sabido, saber del inconsciente que porta su falta. La falta en el saber, el agujero en el saber, es lo horadado por el objeto a pasible de ser bordeado por la letra cuando ésta se escribe. Allí donde la letra se inscribe se supone un efecto de escisión que subjetiva al sujeto.
Desde otra perspectiva es lo que dice el viejo adagio: “lo escrito, escrito está” y su autor es responsable por ello en la medida en que lo escrito marca, señalando la castración en el lenguaje. Es el mismo efecto de embarazo que se produce ante el equívoco, el acto fallido, o el sueño. Donde falla la gramática, se precipita una lógica que habilita otra lectura.
De hecho, el tener que escribir obliga a precisar, acotar, delimitar. Nos impulsa a salir del bla, bla, bla, del goce del significante, para adentrarnos en otro goce que quizás tenga que ver con el juego, con la seriedad del juego. Con la serie de la repetición de marcas, de otras/mismas letras.
Lo escrito, en tanto letra, es condición de posibilidad lógica y fundamentalmente de la lógica matemática. Creemos que Lacan nunca dejó de aspirar a que, vía la matematización, el psicoanálisis lograra ese estatuto de ciencia de lo real con que él definía a la lógica matemática.
Hasta acá lo que podemos decir brevemente de la función de lo escrito, que es de otro orden muy diferente al del escrito para ser publicado.
Un escrito presentado a publicación, es un artículo. Un objeto en tanto producto. Lo ubicamos, entonces, como producto del Discurso del Amo:



Cuando se escribe un artículo científico con este fin, se escribe, en principio, para transmitir algo o dicho de otra manera, para generar lectores que lo signifiquen. Estamos, prioritariamente, en la vía del sentido generado por la articulación de la cadena significante (S1/S2), lo que produce un objeto como resto en disyunción con el $ que sostiene al agente. En la medida en que la disyunción se sostiene es que ese objeto funciona tanto en la vertiente de la producción como en la vertiente del resto, del desecho.

Tal vez, el tacho de basura sea el destino primordial de lo que se escribe para publicar. Pensemos en la cantidad de palabras publicadas, artículos, notas, libros, revistas, etc. ¿Cuántos son recordados o consultados porque algo de lo que allí está escrito trazó una marca, por ínfima que sea? Pocos, muy pocos. Y cuando eso sucede es porque ese escrito creó un lector que recreó, con su lectura, la letra bordada por los significantes y en el mismo movimiento, ha re-creado al autor de ese escrito.

También hay otros escritos, que aparentan tener otro destino. Aquellos que se citan y se repiten casi religiosamente, aquellos en los que la vertiente imaginaria del sentido convoca a la fascinación, sobre todo si es reforzada por un autor de renombre. Suenan muy lindo pero no dicen nada o dicen barbaridades disfrazadas de academicismo o de literatura. En psicoanálisis es muy común que bajo la jerga lacaniana, kleiniana u otras “ana”, se oculte el peor de los psicologismos y que, a la inversa, un artículo escrito en un aparente lenguaje llano resulte estrictamente psicoanalítico pero difícilmente se lo considere tal.

Internet ha inaugurado una nueva forma de publicación: fácil, accesible globalmente (dentro de la capas medias, claro) y a un costo ínfimo. Impulsó la auto-publicación a través de páginas, sitios, revistas, redes sociales y blogs. Promueve el intercambio con el lector a través de las pantallas interactivas o el email, al tiempo que permite disponer de muchísima información en forma casi instantánea. Como contrapartida, nos encontramos con que la infinidad de material disponible en la web produce un efecto de sobresaturación y es muy difícil chequear la confiabilidad. Quizás Internet ha creado un nuevo estilo de autor y con seguridad, un nuevo tipo de lector. Publicar en Internet es como tirar un mensaje al mar en una botella y en un mar... ¡repleto de botellas!

La relación que se establece entre cada uno y su escrito es tan amplia como las variantes de la relación entre un sujeto y sus objetos. En tanto objeto de la pulsión, un escrito puede ser incorporado, vomitado, retenido, expulsado, amado u odiado. Todo esto en todas las formas en que sea posible imaginarlo. En tanto objeto causa, un escrito llama a otro por la imposibilidad radical de escribirlo todo. Como objeto del deseo, nos encontramos con una gama de síntomas que se despliegan en relación a la escritura, desde la inhibición hasta el enamoramiento de lo escrito.
A su vez, todo escrito publicado, representa en parte a su autor. En ocasiones hasta puede convertirse en signo de ese autor y el autor en marca del escrito. En la medida que lo representa, se superpone al campo del narcisismo sobre cuyas manifestaciones podríamos hablar largo rato como también podría hacerlo cualquier editor con algo de experiencia. Rivalidad, celos, envidia, agresividad, fragilidad, rigidez, generosidad, honestidad, franqueza, etc., etc., etc., se despliegan a sus anchas a la hora de publicar un artículo.

Pero, dejando de lado estas cuestiones, lo cierto es que cada autor tiene una responsabilidad subjetiva por lo que publica y en materia de psicoanálisis esta responsabilidad tiene que ver con la ética del psicoanálisis aplicada a la formación y a la transmisión.
Publicamos para transmitir una experiencia, para exponer nuestra clínica y confrontarla con el juicio de los lectores, para hacer una lectura del malestar en la cultura, para difundir el psicoanálisis y también para hacernos un nombre. De la misma manera, el acceso que tenemos a lo que produjeron los psicoanalistas que nos precedieron es a través de lo que escribieron y publicaron. Trasmitir nuestra experiencia exige una de las condiciones más difíciles para escribir en psicoanálisis. Exige que el escrito esté escrito de tal manera, que a la vez que sea preciso en la significación del dicho, abra la expectativa sobre diferentes otros significantes a los que convoca a articularse.

Por ello es que vale la pena jugar con las letras y jugarse en la escritura, aún corriendo el riesgo de que, de publicarse, eso termine en la basura. Lacan nos facilitó entender que, justamente lo que es resto, suele fundar algún deseo que –si no cedemos– puede funcionar excavando un litoral de letras sin sentido, pero a partir de las cuales se construyan significantes que acerquen asintóticamente al sujeto a gozar cercano a su deseo.
_________________
* Seminario Los Nombres del Padre. Clase 11 del 9 de Abril de 1974.
 
 
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