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   Escribir el Psicoanálisis

Escribir y corregir: dos caras de una misma moneda
  Por Gloria Gitaroff
   
 
“...esa forma de pensar que se llama escribir…”
Jorge Luis Borges1

Hay psicoanalistas que escriben y otros que no, quizás porque su tarea pasa por la clínica, la enseñanza, el estudio, la investigación pedagógica, por lo institucional o asistencial, o porque su forma de transmitir conocimientos y experiencias transita por vía de la palabra hablada y no por la escrita. En cambio hay otros que, aún deseando escribir no lo hacen o que si lo hacen para cumplir las demandas de la formación lo sienten como un padecimiento obligado.
Aunque hablamos de psicoanálisis, se entiende que las dificultades para escribir no son privativas de la escritura psicoanalítica, si bien esta última tiene peculiaridades que le son propias. En toda escritura las dificultades se relacionan, en buena medida, con el hecho de plasmar en un texto lo que pensamos o sentimos, traducción siempre imperfecta en tanto se realiza, por decir así, entre dos “formatos” diferentes. A éstas se agregan otras del orden de lo estilístico, como encontrar las palabras adecuadas o cuidar la gramática y la sintaxis. En lo que hace específicamente a la escritura psicoanalítica, se le agrega una serie de exigencias propias del empleo riguroso de los conceptos, la coherencia lógica del escrito y la utilización de una adecuada metodología.

Pero hay otro tipo de dificultades que responden a otras fuentes. A partir de encontrarlas a menudo cuando escribo, o en los trabajos de colegas que superviso, me dediqué a investigarlas y a formular hipótesis desde el psicoanálisis, algunas de las cuales voy a compartir ahora con ustedes.2
Fue así que me permití tomar prestado de la clínica el concepto de “resistencia” y, por analogía, extenderlo a la escritura. La analogía está en que, en ambos casos, su aparición está condicionada por el hecho de que algo de lo inconsciente está en juego. Tengamos en cuenta que la palabra escrita, tanto como la hablada, es pasible de servir de vehículo, vía asociación libre, al lenguaje cifrado del síntoma, el lapsus, el chiste y el material de los sueños de quien escribe y a su eventual captación tanto por el que escribe como por quien lee.

Si en el ámbito de la clínica “resistencia” es todo aquello que impide la manifestación de lo inconsciente, las “resistencias a escribir” aluden a las variadas tentativas de impedir su emergencia por vía de la palabra escrita. A modo de ejemplo, veamos lo que le sucedió a la escritora española Rosa Montero, un día en que “se relamía por la cantidad de horas que tenía por delante para escribir”. Sin embargo no escribió ni una sola línea aunque sí una gran cantidad de mails, ninguno de ellos urgente ni importante. Al final del día le comentó muy contrariada a una amiga: “A veces evitas ponerte a trabajar”.3

Además de la necesidad de lanzarse a tareas intrascendentes que se vuelven falsamente importantes, se pueden mencionar, entre tantas otras, las interrupciones para hacer un café, la sensación de falta de ideas o la desvalorización de sí mismo, lo cual frecuentemente desemboca en una frase bastante habitual “no sirvo para escribir”. Dichas resistencias pueden provenir del yo, del ello o del superyó, y se pueden presentar antes, durante y después de escribir un texto. Revisten las formas más diversas y tienen en común, como dijimos, que impiden o entorpecen la posibilidad de expresarse por escrito. En esta oportunidad quiero puntualmente referirme a las resistencias cuya consecuencia es dejar un texto inconcluso. Cuando hablo de dejarlo inconcluso no busco referirme únicamente a que no se haya terminado, sino a que las resistencias a veces se aposentan en no corregir el escrito todo lo necesario.

Puestos a escribir sobre psicoanálisis y una vez que hemos expresado nuestras ideas y estamos razonablemente conformes con ellas, llega el momento de corregir el escrito. Esta etapa ya no parece tan atractiva como la anterior (la de expresarlas, hacerlas dialogar con las ideas de otros autores y arribar a conclusiones). Hemos trabajado bastante y nos damos por satisfechos, como si no tuviéramos en cuenta que escritura y corrección son apenas dos caras de una misma moneda, y al obviarla o volverla insuficiente obviamos también la posibilidad no sólo de seguir pensado, sino de seguir elaborando las ideas.

Todos los escritores corrigen incansablemente sus obras, y en este sentido es interesante un trabajo que hizo Antoine Albalat,4 quien, a principios del siglo XX se dedicó a comparar los sucesivos manuscritos de autores ilustres, tales como Maupassant, Flaubert, Chateaubriand y otros, con el fin de aprender de ellos y extraer algunas reglas para tener en cuenta a la hora de corregir un escrito. Creo que se puede rescatar como principio fundamental que a veces hay que restar palabras o frases y otras veces agregarlas, es decir lograr un equilibrio entre los elementos que se socavan en un escrito, y los que conviene completar, abundar, en aras de una mayor belleza y claridad, es decir una suerte de “via di porre” y via di levare” aplicada a la escritura.

Permítanme insistir en que la corrección es un momento indispensable y primordial de la escritura, (que desde ya no se agota en estas dos premisas) porque si bien la búsqueda de la armonía y la claridad hacen a la estética, en esa búsqueda se produce a la vez, como dijimos, la elaboración conceptual y por otra parte el pulido de la forma que lleva a sacar a la luz más acabadamente el contenido. De no lograrlo, al menos en buena medida, nuestra escritura denunciará que no pudimos desarrollar suficientemente el pensamiento, tal como lo expresa Freud: “Una manera de escribir clara e inequívoca nos avisa que el autor está acorde consigo mismo, y donde hallamos una expresión forzada y retorcida, podemos discernir la presencia de un pensamiento no bien tramitado, complejo…”5

Si bien a veces se peca por demasiado ascetismo, otras, quizás más frecuentes, se cae en la abundancia, lo que el escritor Eduardo Galeano llama “inflación palabraria”. Galeano se muestra partidario de suprimir toda palabra “que no merezca existir”, debido a que “la sencillez es la hija de una complejidad de creación que no se nota ni tiene que notarse”. Lo cierto es que, en mi experiencia, un lenguaje que aparece como fresco y espontáneo siempre tiene detrás mucho trabajo de escritura y reescritura.

De un modo menos poético también lo dice William Strunk, autor de un clásico manual con el que aprendieron a redactar muchas camadas de estudiantes estadounidenses, quien aconseja no excederse en palabras, frases o párrafos, “de la misma manera que un dibujo no necesita líneas de más ni una máquina partes innecesarias”. Si miramos la cuestión desde el lector, podríamos decir que son innecesarias todas las palabras que puede completar por sí mismo. Permítanme un ejemplo exagerado: “Freud, el gran psicoanalista vienés”, no vale la pena que le digamos al lector lo que de sobra conoce.

Si en un día de pleno ataque de inflación palabraria escribimos el inicio de ejemplo clínico y nos parece que tenemos que explicarle todo al lector, puede ser que lo escribamos así:
“María es una paciente que tiene dos sesiones por semana. En la primera sesión de esa semana, que es la que vamos a comentar, llegó a horario, porque ella siempre acostumbra a llegar a horario. Se sacó el abrigo y sin mirarme fue hasta la silla y dejó sobre ella tanto la cartera como el abrigo y luego fue hasta el diván y se tendió en él. Se la veía como si estuviera cansada.”

Hay un atenuante para el caso de que se tratara de la primera versión, (si no lo es, lo parece) porque siempre en la primera versión escribimos a medida que pensamos, con pelos y señales, por lo cual el borrador resulta mucho más frondoso que los siguientes. Con un poco de ascetismo bien empleado, podría quedar así: “María llegó a la primera sesión de las dos de esa semana a horario, como era habitual. Sin mirarme, dejó la cartera y el abrigo sobre la silla y, con aire de cansancio, se tendió en el diván.”
No se trata de hacer un elogio de la brevedad por la brevedad misma, sino de ahuyentar los excesos. En esta versión le otorgamos al lector un lugar más activo, porque tiene ocasión de imaginar lo que falta, como por ejemplo que María es una paciente, (porque el contexto seguramente indica que lo es), que en algún momento se sacó el abrigo, y que luego debe de haber dado unos pasos de la silla hasta el diván. No es necesario ni confortable para el lector que esté dicho todo, ni que se le digan las cosas más de una vez.

Otra forma de texto inconcluso se da en los que podríamos llamar “textos interminables”. Borges solía decir que se publica para dejar de corregir, con lo cual creo que nos indica que la corrección excesiva corre el peligro de volverse infinita.
El exceso de corrección puede llegar a estropear el escrito y tornarlo oscuro, o asfixiante y, la insatisfacción del autor es una forma de convertirlo también en inconcluso. Tengamos en cuenta que, además de lo que un escrito expresa, hay un elemento que transmite, que podríamos llamar algo así como un “clima” (por ejemplo el clima que crearía lo que Freud llama “expresión forzada y retorcida”) que no favorece al lector la posibilidad de hacer transferencia con el texto, ni de que se sienta inclinado a seguir leyendo.

Un ejemplo extremo fue el de Flaubert, que enmendó no sólo cada manuscrito sino las sucesivas ediciones de su Madame Bovary. Digamos de paso que, cuando se excedió al punto de que la perfección se convirtió en manía, otro libro suyo, Bouvard et Pécuchet se volvió no sólo asfixiante sino que, por insistir en corregirlo, empleó tantos años que la muerte lo sorprendió sin haberlo terminado. (Es de imaginar que, de haber vivido diez años más, quizás le hubiera sucedido lo mismo). Podemos inferir, al compararlo con otros escritos suyos, qué nefastas consecuencias tiene caer en el exceso de corrección, como una manera de retardar la despedida de esa parte de uno mismo depositada en el texto, y no permitir que la libido lo abandone en busca de otros objetos, sobre todo, de escribir nuevos textos.

Estar advertido del riesgo que se presenten “resistencias a escribir” sean cuales fueren, permite hacer algo con ellas. Algunas medidas pueden ser preventivas, como la de crear un ambiente propicio para escribir, hacerlo con regularidad y crear de ese modo una especie de reflejo condicionado que nos predisponga para la tarea. Los bares siempre fueron refugio de escritores, y con el auge de las netbooks, más aún, mientras que hay quienes los evitan, porque allí no se pueden concentrar. Piaget, por ejemplo, decía que al terminar el día de trabajo, le daba resultado dejar una frase por la mitad de modo que, al leerla al reiniciar la tarea al otro día, esa mitad lo condujera hacia su continuación. Cada cual encontrará sus estrategias.

Otra posibilidad de habérselas con las resistencias es autoanalizar la dificultad. El escritor Ricardo Piglia alguna vez contó que tenía mucha dificultad para terminar uno de sus cuentos, en que el personaje es un padre que se llevaba subrepticiamente a su hija de la casa de la madre. Describía después dónde iban padre e hija y qué hacían. Un día descubrió que no podía encontrar el final del cuento porque había terminado antes, en el momento de salir de la casa, para no quitarle al lector la posibilidad de imaginar qué podría haber sucedido. Claro que le llevó algunos años darse cuenta. No sabemos qué otras cosas también descubrió para poder salir del cuento inconcluso.
Si las resistencias persisten, nos queda además el recurso de comentar con los colegas la dificultad, dado que los interlocutores de nuestro escrito, o de nuestro relato acerca del que deseamos comenzar y no podemos, pueden ser de gran utilidad para señalarnos o sortear las resistencias. Finalmente, si las dificultades se tornan irreductibles, podríamos llevarlas, desde ya, a nuestro análisis personal.
_____________
1. Borges J. L., Prólogos con un prólogo de prólogos, Buenos Aires, Emecé, 1999, p.87.
2. Gitaroff, G., Claves para escribir sobre psicoanálisis, Del borrador al texto publicado, Buenos Aires, Letra Viva, 2010.
3. Montero, R., La loca de la casa, Madrid, Alfaguara, 2003. (El título alude a la frase de Sor Juana Inés de la Cruz “La imaginación es la loca de la casa”).
4. Albalat, A., Le travail du style enseigné par la correction manuscrites des grands écrivains. Paris, Librairie Armand Colin, 1903.
5. Freud, S., (1901b) “Psicopatología de la vida cotidiana”, Amorrortu Editores, V, p. 102.
 
 
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