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   Escribir el Psicoanálisis

Escrituras del psicoanálisis: Manuel Puig en Boquitas pintadas
  Por Marcelo Percia
   
 
El inconsciente no es un teatro, no es un lugar en el que están Edipo y Hamlet interpretando eternamente sus escenas.
No es un teatro, es una fábrica, es producción.
El inconsciente produce. Produce, no deja de produci
r”.
Deleuze. “El Abecedario”.

I. La escritura del psicoanálisis encuentra en Manuel Puig a un protagonista inesperado: el autor de Boquitas pintadas trama sus novelas con argumentos freudianos. Ricardo Piglia (1992) recuerda que Puig decía que “el psicoanálisis tiene la estructura de un folletín”. Las sesiones de terapia parecen episodios en los que un misterio se devela por entregas: un sentido siempre diferido por fórmulas como “dejamos por hoy aquí” o “seguimos con ésto la próxima”. Folletín, también, como novela rosa de la cultura de masas: género del corazón, escuela de sentimientos en la que aprendemos a representar lo que nos pasa.

II. El siglo XX respira psicoanálisis. Los tiempos del capitalismo son, a la vez, espacios de multitudes y de interioridad. El psicoanálisis difunde la idea de que todos pueden tener una vida interesante, incluso algo importante que decir aunque no lo sepan. Imagina teatros íntimos en los que cada uno protagoniza deseos escabrosos y torrentes pasionales. El personaje no individual ni interior de esa maravillosa máquina de relatar se llama inconsciente.

III. Para Cioran (1952), desde que Shopenhauer introduce la sexualidad en la metafísica y Freud piensa una metapsicología del deseo, todos se sienten obligados a contar sus proezas y fracasos, sus orgasmos y pesadillas. Opina que el hombre, desvastado por la introspección, se abre paso en la anemia de sus noches y sus días, a través de la exageración de sus desfallecimientos y triunfos.

IV. Del Ulises de Homero al de Joyce ocurre lo que Derrida (1999) presenta como pasaje de la odisea a la egodisea. Puig se interesa por el relato de pequeñas conciencias comunes que asisten, divididas, a lo que les pasa. Aventuras de quienes se compadecen o complacen de sí: el autochisme como peripecia moderna, lo que yo digo de mí como consagración de celebridad. El yo siento como enunciado de banalidades que engrandecen mínimas acciones diarias.

V. Puig aprovecha la idea de que la vida de un personaje es gozada por un fantasma que lo atropella. En Boquitas pintadas anticipa el curso de cada historia desparramando insistencias que anuncia desde el comienzo. El lector quiere saber qué va a pasar o por qué ocurrió lo que sucedió, Puig se reserva un secreto o desliza pistas apenas perceptibles. Lo escurridizo se sugiere en la caligrafía vacilante de una carta, en una agenda con listas de conquistas y ocurrencias, en las inscripciones de un álbum de fotografías, en signos de una clase social estampados en el dormitorio de una señorita que esconde una revista en la que hizo una consulta sentimental, en pensamientos enredados con acciones comunes, en letras de tangos y boleros, en secuencias de películas, en voces de radioteatros, en lo no dicho en una confesión, en declaraciones a medias ante un juez, en una tirada de cartas que revela destinos que el protagonista no alcanza a interpretar, en un sueño relatado de un modo freudiano. Allí el yo es el territorio de la intriga. Intriga que no importa como historia de enredos, sino como suspenso que incita el deseo de saber.
VI. Puig deja hablar a sus personajes: advierte que en una voz interior conversan multitudes de bocas mudas. La interioridad está repleta de exterioridad.

VII. En Boquitas pintadas, como en otras de sus novelas, se narran películas. El cine se presenta como catálogo de emociones sinceras y falsas, como muestrario de cómo la humanidad habla y calla, hace el amor y el odio, conoce la felicidad y la tristeza. El cine, también, como salida del aturdimiento: narrativas posibles para percibir y entender lo que nos pasa. Los personajes de Puig viven como en la pantalla: Mabel –que sueña con casarse con un estanciero inglés, para convencerlo de que contrate a su amante (un joven que padece una enfermedad contagiosa) como administrador de los campos– se ve a sí misma a través de una hermosa dactilógrafa neoyorquina que seduce a su patrón obligándolo a divorciarse de su esposa, para luego dejarlo por un viejo banquero que le ofrece matrimonio en París. Escribe: “En la última escena se ve a la dactilógrafa frente a su mansión parisiense bajando de un suntuoso automóvil blanco, con un perro danés blanco y envuelta en boa de livianas plumas blancas, no sin antes cambiar una mirada de complicidad con el chofer, un apuesto joven vestido con botas y uniforme negros. Mabel pensó en la intimidad de la rica ex dactilógrafa con el chofer, en la posibilidad de que el chofer estuviera muy resfriado y decidieran amarse con pasión pero sin besos; el esfuerzo sobrehumano de no besarse…”. Lo que el psicoanálisis piensa como fantasma acontece cuando los personajes de Puig asisten a las obsesiones que los gobiernan como si fueran películas melodramáticas.

VIII. Los fantasmas acampan en cosas triviales. La reputación de profundidad es un rasgo divulgado por los especialistas. En un fragmento en el que la Raba escucha pensamientos que la piensan mientras lava la ropa, Puig deja entrever un asesinato confundido con un griterío de acciones, fantasías, tangos tristes, recuerdos, insinuaciones de cosas que ella no comprende del todo. Se piensa en un devenir vertiginoso: las sensibilidades se diseminan en actos que proliferan en imágenes que difunden voces que se conectan con frases hechas. Los nombres, las referencias, las etiquetas, que llevan puestas las cosas, dan idea de realidad. Los sustantivos aparentan una solidez que el mundo no tiene. Así lo viviente se abre paso entre pañuelos, calzoncillos, corpiños, camisetas, palangana, lavandina, agua. Se lee: “Junio de 1939. Los pañuelos blancos, todos los calzoncillos y las camisetas, las camisas blancas, de este lado. Esta camisa blanca no, porque es de seda, pero todas las otras de este lado, una enjabonada y a la palangana, un solo chorro de lavandina (…) primero de todo los calzoncillos y las camisetas porque no son de color, los pañuelos blancos y este corpiño ¿cómo me voy a aguantar hoy sin verlo a mi nene? que es por el bien de él, guacha fría que está el agua”. Sin esas palabras que nombran a las cosas como si fueran sustancias, Antonia Josefa Ramírez, también llamada por algunos Rabadilla y, por otros Raba, la sirvienta, tal vez se disolvería en el aire.

IX. Puig simula el monólogo interior o fluir de la conciencia como necesidad y capricho de conexiones que nunca dicen todo. La totalidad es el anzuelo de la intriga.

X. La quinta entrega de Boquitas pintadas comienza con este epígrafe de Alfredo Le Pera: “…dan envidia a las estrellas, yo no sé vivir sin ellas”. Una canción popular conjuga sensibilidades con una historia, cuerpos vivos con un mundo hablado. A veces esa voz mayúscula auxilia en un naufragio.

XI. En Boquitas Pintadas los personajes trazan semejanzas, hacen agregados, identifican detalles, proponen sustituciones, para dar idea de lo único. La metáfora más trillada triunfa en la novela rosa. El pensamiento se rinde ante trivialidades cuando intenta decir lo incomparable.

XII. Puig admira la astucia del inconsciente cuando elige caminos no previsibles para deslizar sus mensajes, por eso siente vergüenza por apelar a un sueño para dar a entender contenidos reprimidos que gravitan en la vida de sus personajes.
Puig trama un deseo, luego borra sus huellas para que el lector participe de su lento desciframiento.

XIII. La potencia de la palabra vive en la evocación, cada término arranca pensamientos y los lanza a los espacios abiertos de la memoria. Las palabras evocan sensaciones, las sensaciones recuerdos y, así, otras sensaciones que, a veces, se interrumpen por una pregunta: “… ¿por qué la habrá dejado el novio a esa chica del taller?”.

XIV. No se tiene una memoria, la memoria nos tiene: produce a la vez el recuerdo, las figuras recordadas y el sujeto que recuerda. Ante la pregunta sobre qué recordamos, leyendo Boquitas pintadas se entiende que la memoria no recuerda lo vivido, colecciona escenas disponibles en un horizonte social. Nené besa varias veces el recorte de la revista Nueva vecindad en el que se cuenta que (“una joven esbelta y encantadora de veinte años”) fue elegida Reina de la Primavera de 1936. “El día más feliz de mi vida” es la fórmula de la celebración de sí.

XV. Puig comprende que la vida pasa por circunstancias triviales, que lo trivial nos acompaña, mientras lo excepcional nos relata; que la trivialidad no es un accidente de vidas sin importancia, sino condición de las existencias sociales. En Boquitas pintadas germina el sentido común: figuras fabricadas como ositos a los que nos abrazamos cuando sentimos miedo o necesidad de una cercanía que calme la soledad. Sentido común que se repite, se reproduce y actúa por su cuenta llenando huecos en los que, si no, anida la angustia. Puig aprovecha del psicoanálisis la indicación de que lo singular espera en cualquier parte. En su novela acontece singularidad cuando los personajes difieren del yo como lugar común.

XVI. Las protagonistas de Puig hacen preguntas implícitas en un psicoanálisis: ¿cómo ser feliz?, ¿felicidad es estar enamorada? Nené se pregunta qué poseer para sentirse realizada: ¿una familia, dos hijos sanitos, un departamento más grande para tomar una sirvienta con cama, ir a bailar, al teatro, al cine, a comer a restaurantes caros, viajar en avión, excitarse con las caricias de un marido?

XVII
. Para Puig la felicidad es una invención femenina: un cuento en el que siempre le pasa a otra lo que una quiere para sí. Celina en una carta, en la que se hace pasar por su madre, urde una mentira para provocar la envidia de Nené: “Yo también necesito alguien en quien confiarme, Nené, porque mi hija me tiene tan preocupada. Resulta que ha venido el Dr. Marengo, un médico joven que era de Buenos Aires, y está acá trabajando en el sanatorio nuevo, un muchacho muy simpático y de mucho porvenir, y buen mozo que todas las chicas lo persiguen, bueno, y el otro día vino a pedirme la mano de Celina. (…) Ojalá sea un buen muchacho, porque entonces Celina se casará con uno de los mejores partidos del pueblo (…) ¡casada con un médico! Lo que todas las chicas sueñan”.

XVIII. En Boquitas pintadas se disfruta, entre otras cosas, de la estética psicoanalítica, empleada para relatar un conjunto de vidas fabricadas en un pequeño pueblo de provincia. No importan tanto los contenidos que elige para situar el drama de cada personaje (asuntos reconocibles en el horizonte de una época y sus territorios sociales), sino la potencia compositiva que el psicoanálisis tiene en la escritura de Puig. Interesa cómo ensambla ingredientes o cómo concibe la formación de los motivos que cautivan al deseo. En Puig, subjetividad no es, fluye en cosas que se escuchan en películas, novelas de la radio, canciones populares, revistas femeninas, en una carta íntima o en pensamientos que se piensan mientras los personajes se levantan, se lavan la cara, se arreglan el pelo, comen algo, andan por el pueblo, trabajan, miran la luna o comentan el clima.

XIX. Puig encuentra en el inconsciente una fuente de ficción melodramática. En un argumento que se llama “Un destino melodramático”, una maestra que explica a su alumna el significado de la palabra melodrama, dice “cada personaje tiene su propio carácter, con defectos y virtudes, y de ahí surgen los dramas, porque se trata de gente diferente entre sí, y por eso chocan. En cambio en el melodrama lo que origina el conflicto es alguna intervención del destino, como en ‘Puerta cerrada’, que Libertad Lamarque pierde todo en la vida porque un cartero entrega el telegrama a alguien que salía en ese momento de la casa de ella, que era tan buena”. Puig explora el melodrama no sólo como exageración emocional, sino como relato de lo incontrolable, de lo intervenido por golpes de suerte que afectan a mujeres buenas. “Señorita, una tía de mi mami se quedó soltera también por eso, un golpe de la mala suerte: le prestó el vestido a una amiga que entró en la casa de un soltero, y el novio de la tía de mami se creyó que era ella, y la esperó hasta que salió y la mató y se escapó, y nunca nadie supo más de él. Y la tía de mami nunca jamás salió de la casa. ¿Pero que culpa tuvo ella?”.
Puig compone melodramas con argumentos del psicoanálisis: en lugar del destino o la malicia de alguien que provoca una fatalidad evitable, aprovecha la intervención del inconsciente como choque melodramático: la experiencia de ser gozados por obsesiones inmanejables como acción de una desgracia de la que no sabemos, no queremos, no podemos escapar.
 
 
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