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   Niñez y desamparo

Posibles abordajes institucionales del desamparo
  Por Sandra Vieira
   
 

Preguntarnos por la infancia nos lleva a pensar en múltiples atravesamientos. Distintas lecturas desde lo psicoanalítico, cultural, económico y hasta político. Podemos encontrar niños solos, desamparados, o que aun en “compañía” no dejan de quedar al desamparo allí donde “sus adultos” vacilan en el ejercicio de la función paterna –conociendo aun lo fallida por estructura– o hasta en algunos casos no inscribiéndose.

Así, entonces, desde hace bastante tiempo no alcanza con pensar al niño en la escuela, con su grupo de pares, su familia. Hoy vemos cada vez más niños en la calle, sin escolaridad, o con serias dificultades para sostenerla, que aun con referentes familiares consigo, no escapan a los efectos de la violencia cotidiana, que forma parte y de manera cada vez más tangible, del paisaje urbano. Niños donde el desamparo inicial –que todo cachorro humano trae al nacer– no deja de hacerse presente una y otra vez. Se trata de niños que junto a sus familias se encuentran excluidos socialmente, desintegrados del sistema de reproducción material de la sociedad, y de a la red de contención social, desafiliados no solo a nivel económico sino también simbólico, en términos de exclusión y aislamiento subjetivo. Exclusión social que implica ya un riesgo, si se entiende como riesgo, además, el hecho de quedar excluido de la red simbólica en tanto sujeto atravesado por la cultura.

Sabemos que cada niño soporta el peso de la historia de cada uno de sus padres, quienes a su vez repiten en el vínculo con sus hijos los efectos de la violencia ejercida sobre ellos como sujetos, de generación en generación. Padres que atravesados por la angustia, imposibilitan que el niño encuentre en ellos seguridad como tampoco en su medio social. Mediante sus síntomas entonces el niño encarna y hace presente una y otra vez las consecuencias de un conflicto viviente.
Los diversos escenarios por los cuales transita la infancia, entonces, nos han llevado necesariamente a la implementación de distintos dispositivos para su abordaje. Dispositivos por medio de los cuales arribar al logro de alguna estrategia que nos permita atender a diversas demandas de intervención, no realizadas –como es habitual en cuanto a niños– por los sujetos en juego, salvo por las múltiples manifestaciones sintomáticas que observamos a diario.

En estos años de trabajo con la infancia, tanto en el ámbito privado como el público, donde el padecimiento de un niño se deja escuchar, ha sido el psicoanálisis como marco teórico, quien ha guiado las posibles intervenciones que me propuse. Disponerse a una escucha que permita apreciar que detrás de los distintos modos en que se nos presenta una demanda, detrás de un determinado grupo de niños –diferenciado o no– existe un Sujeto. Uno a uno, con su historia, y un modo particular de enlace a ella.

A lo largo del tiempo el concepto de niño ha cambiado. Hoy se piensa al niño como un Sujeto pleno de derecho. Sujeto de derecho en oposición a objeto de intervención. Acordar en esta conceptualización, ha llevado años de debate en relación a la infancia entre representantes gubernamentales, autoridades judiciales, educadores, abogados, trabajadores sociales, psicoanalistas, distintos profesionales de la salud junto con asociaciones no gubernamentales en pos de garantizar su protección y desarrollo. ¿Son propiciatorias las instituciones públicas y privadas a este nuevo concepto de niño? ¿Cuál es nuestro aporte como analistas al trabajo con una población que pareciera que no cesa de no estar a estar “al desamparo”?

Los ámbitos donde observamos el padecimiento de un niño, ameritan diferentes abordajes sin soslayar la propuesta esencial: escuchar al sujeto allí como modo posible de ir desligándolo de los impedimentos que amordazan su palabra y su vida, facilitando de este modo el protagonismo de su propia historia. Tener en cuenta la singularidad, el caso por caso, nos ubica de acuerdo a una ética que atañe a nuestra práctica.

Es necesario no caer en reduccionismos inoperantes bajo la idea de que hay una infancia diferente hoy a la cual “aplicar” intervenciones generalizantes que no hacen más que provocar el acallamiento de de los sujetos en juego.

En este marco, hace unos años me fue posible articular con otros colegas que atienden la problemática de niños alojados en hogares de crianza, el dispositivo de acompañamiento terapéutico. Nos guiaba la idea que la figura del acompañante terapéutico, un profesional calificado, con recursos técnicos apropiados podría operar en algunos casos donde la estructura institucional no alcanzaba para alojar al niño, donde su estar allí no hacía más que reforzar sentimientos de ajenidad. Se trataba de incluir a un técnico que progresivamente fuera brindando a este niño un vínculo de confianza, soporte por medio del cual pueda ir desplegando sus angustias y temores, presentes y pretéritos, con la idea de ir armando con los retazos una historia. La idea de que algunos de estos niños iniciaran un análisis era impensable. Pocas veces habían sido escuchados fuera de los ámbitos judiciales o desde diversas disciplinas que fragmentaban sus discursos.

Se ideó entonces un equipo que contó con la plasticidad de no trasladar modelos preestablecidos a la tarea. Las funciones del acompañante serían diferentes en algún sentido a las hasta el momento conocidas. Los niños alojados en las instituciones no eran pacientes, tampoco se trataba de que lo fueran, no al menos en todos los casos. Se escucharía el caso por caso, y se implementarían estrategias que tomaran en cuenta los decires de estos niños, sus inquietudes, intereses, sin dejar de implicar en este trabajo a los referentes institucionales.

La inclusión de acompañantes terapéuticos posibilitó el armado de estrategias para atención y cuidado de los niños dentro y fuera de la institución que hasta el momento habían resultado imposibles. Por ejemplo, en algunos casos posibilitó acercar al niño a un espacio terapéutico clínico, y en otros acompañó el proceso de reinclusión en su familia de origen y/o su comunidad. Estrategias éstas que fueron surgiendo de una escucha atenta y comprometida con el sostenimiento de una ética.

Otro de los escenarios posibles donde articular un trabajo en relación a la infancia, son las defensorías de derechos de niñ@s y adolescentes. En una oportunidad, en una de ellas, el equipo interdisciplinario1 recibió un pedido de intervención por un niño de 13 años. Estaba la mayor parte del tiempo en la calle, pronto a perder su escolaridad, inmerso en situaciones de riesgo constante. Su madre, profesional de clase media alta, decía no saber que más hacer con él, que le traía problemas con su marido, que no podía tenerlo en su casa, que lo “pusiéramos en un hogar”. Había iniciado dos consultas psicológicas sin éxito alguno. Abandonaba a la primera entrevista.

Con estos únicos datos y alguna idea del malestar de este púber lo convocamos a una entrevista. Instrumento privilegiado de la intervención en la que apostamos a un trabajo fundante. Se presentó solo, llegó antes que su madre, dispuesto a demostrar que solo quería que lo dejen tranquilo, que no le importaba el colegio y quería “estar en la calle con los pibes”. En esa oportunidad le informamos nuestro modo de trabajo, que estábamos para intentar ayudarlo, que íbamos a escucharlo y ver qué le estaba pasando y no haríamos nada con lo que él no estuviera de acuerdo.

Minutos después llegó su madre quien, con un discurso beligerante y desimplicado no hacía más que repetir el no reconocimiento de aquello con lo que no podía. Presagiaba para su hijo el camino de la adicción que, como el padre de éste, lo convertía en un ser sin remedio. Palabras insultantes, voces, gritos ensordecedores hacia su hijo, que de continuar propiciándolas nos dejarían sin salida, demandaban una intervención de nuestra parte. Interrumpimos la entrevista a poco de iniciada. Intento de poner freno a ese Otro materno gozador que dejaba a este niño sin más alternativas que la calle. Intento fallido de separación que no hace más que darle consistencia a ese Otro.

Lo citamos para una futura entrevista a la que no concurrió. Sin embargo poco tiempo después llego a la Defensoría acompañado por su tío paterno. Se había acercado a éste solicitando ayuda. Buscando un lugar… tal vez recordando un lugar diferente había vuelto a la Defensoría. Allí lo habían escuchado, habían –según su decir– “parado” a su mamá.

Hoy este niño, no sin dificultades, está viviendo con su tío, ha iniciado y sostiene un tratamiento psicológico, indicación y derivación realizada por la Defensoría, en un intento de armar un proyecto de vida distinto al que por su historia parecería estar signado.

Podemos ver el desamparo infantil en sus distintas versiones, en distintos escenarios, en distintas clases sociales. Pensar prácticas a la luz de la palabra y el lenguaje evita que por “ensayo y error” terminemos por “dar vuelta” el enunciado “Sujeto de derecho” por “Objeto de intervención”, con las consecuencias en la subjetividad infantil que esto implica.

 
_1. Hablo como Integrante del equipo técnico de la Defensoria de niñ@s y adolescentes. Villa del Parque/Devoto del Consejo de los Derechos de Niñ@s y Adolescentes del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

 
 
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