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   Comentario de libros

NOCHE DE LOCOS
  de Vicente Zito Lema, Letra Viva / Episteme, 144 pág., 2010
   
  Por Martín. H Smud
   
 
A fines de octubre pasado, presentamos el libro con Vicente en Mar del Plata, y viendo el libro como si fuera la primera vez, me preguntó por qué y cuándo habíamos cambiado el nombre que iba a tener el libro. El libro se iba a llamar “Locos de Noche”, y no “Noches de Locos”. Yo no sabía que contestarle, no sabía qué raro designio, qué destino se habíamos tomado el atrevimiento de cambiar el nombre. Me quedé pensando toda esta semana qué había pasado. Y hoy presentamos el libro en la Universidad de los trabajadores, en la fábrica recuperada Impa.

“Locos de Noche” iba a ser el nombre en una primera instancia. Se trataba de hacer un libro que fuera testimonio de la obra que habíamos presentado durante dos años en Episteme. Una obra que constaba de tres partes: Una primera parte, Vicente leía la obra “La gran cloaca”, un texto de prosa poética que hablaba de la locura de los locos y de la locura social. La segunda parte se representaba “Gurka”, la única obra de teatro que trata sobre la guerra de Malvinas, contaba por un ex combatiente, internado en el Borda. Una obra que habla de la guerra, la locura social y la locura. Una tercera parte, que consistía en una charla con el público, donde las personas que asistían al “rito de resucitación” que es el teatro de Vicente, a ese acto político catártico dejaban de estar mudos y tomaban la palabra para hablar de sus vivencias, de sus muertos, de sus locuras. Esta tercera parte, en el libro está sustituida por una serie de entrevistas a Vicente donde hablamos de la locura social, de la poesía, de la historia del exilio, de su encuentro con Pichón, del Padre Mugica, y de muchos otros temas.

El libro ya no era lo que pensábamos, no tenía ni siquiera el nombre que habíamos pensado. Pasaban cosas raras, si yo les preguntara, después de lo que les relate, de qué habla el libro, ustedes sin temor a equivocarse me dirían, de la guerra, de la locura social, de la locura. El libro iba a tratar de eso, sin embargo se trata de un libro de amor. Y otra vez en lugar de esa primera idea, algo novedoso.
Existen muchas clases de amor, una es la que escribe Vicente dedicándola a su compañera de más de treinta años, Regine. Voy a leer un fragmento de esta poesía que se llama Prosa del fagot.
Algo dice en duermevela la muchacha que ahora suspira y se mueve como la ola de una bahía; me ahoga, su belleza, es un diamante entre mis manos rústicas, su belleza; ella vino de Leiden, con una gota de lluvia en la nariz, ella entra y sale de la casa con su bicicleta, ella está en mi vida, y se va de mi vida, y abre las puertas de la mañana, con una llave que arroja al fuego, y sube al aire, y calma mi corazón, que late a los tumbos, que teme la vigilia, y me deja beber el perfume de su cuerpo, igual que un jazmín de fiesta, para que haya luz, donde hubo pesadilla.

Hay muchas clases de amor. Está también el amor entre el que homenajea y el homenajeado. Vicente en el libro intenta homenajear a sus maestros, Enrique Pichón Riviera, Juan Batlle Planas y Jacobo Fijman, sin embargo aparece una inversión, son ellos quienes lo homenajean, Jacobo Fijman y Juan Batlle Planas, en una suerte de sortilegio que solamente puede conseguir el arte, son dos de los artistas que ilustran el texto del autor, le dan vida, le regalan un nombre nuevo.

Cuando se trata de amor, acontecen cosas raras, además de estas inversiones, al tratar de homenajear a Vicente, el libro homenajea a una generación. A toda una generación que ha tenido y tiene el compromiso de testimoniar creativamente acerca de los temas más difíciles de nuestra Argentina. Una generación que con sus contradicciones, se arriesga por un ideal de justicia social, que valora la originalidad y que sobre todo sostiene una utopía: evitar que se tape con tierra de olvido una historia que expresa una lucha social y colectiva.

El libro que, en una primera instancia, tenía una sola voz, la de los textos de Vicente, sin embargo, terminó siendo ilustrado y realizado por más de veinte personas, termino siendo un libro colectivo, con pluralidad de voces. Queremos a gradecer a Alfredo Moffat, que además de ser lo que es, es un increíble fotógrafo cuya foto está en la tapa y además ilustró una parte del libro. A Luis Felipe Noé porque sus trazos, sus pinturas eran los que necesitaba el libro. Lo imaginamos a Vicente escribiendo sobre la locura social y a Luis Felipe Noé dibujándola. A León Ferrari, porque sus símbolos a veces sacrílegos van de la crítica social hasta metamorfosearse en el dibujo de un niño que llena la hoja de rayas con bronca y gozo. Y también a Antonio Fernandez, Valerio Vispuri, Norberto Iera, Gonzalo Garcés, Federico Parodi, Aimée Zito Lema, Joan Prim. Gracias a todos ellos, artistas inigualables, el libro fue posible.
Pasan cosas extrañas en este libro. Al que queremos homenajear termina siendo el homenajeador. Se quiere homenajear a un hombre y se termina homenajeando a una generación, y finalmente el libro deja de pertenecer a un autor y comienza a pertenecer a un colectivo grupal.
Pero aún yo sin seguía insatisfecho tratando de explicarme qué aconteció con el cambio de nombre. Siguiendo la deriva significante, sospeché que tras el nombre estaba la cuestión del padre. Y esto me unía a cierta responsabilidad por el cambio del nombre, una responsabilidad inconsciente pero ahora intentaba poner en palabras. El libro es un homenaje también a mi padre, ¿cómo es posible este entrecruzamiento para que se halla colado imperceptiblemente en el libro? El entrecruzamiento es entre Vicente, el padre Mugica, Enrique Pichón Rivière, mi padre y yo. Esto no lo he contado nunca y no sé si tiene sentido contarlo acá, pero es lo que me permite comprender a esta generación de una manera especial. Mi padre, en mi infancia, me ha contado muchas veces de aquel día fatídico, ese 11 de mayo que mataron, fusilaron a quemarropa, asesinaron al padre Mugica. El había quedado a acompañarlo esa tarde a la iglesia el Cristo obrero y que por una eventualidad del destino no había podido. Ese día lo hubieran matado, lo podrían haber matado.

Vicente cuenta en el libro que a mediados del ’76, no quería abandonar la publicación de la revista Crisis, y que gracias a la voz de su maestro, Enrique Pichón Rivière, que le dijo que se fuera antes que lo fueran se decidió a emprender el exilio. El maestro le había dicho que algo que le pasaba, algo de lo que estaba viviendo se podía llamar como “síndrome del sobreviviente”. Toda una generación, la generación de Vicente, la de mi padre, y la de tantos otros han vivido este “síndrome”. Y siguen viviendo ese síndrome. Y me gustaría leerles un fragmento del texto que escribió Vicente cuando se enteró de la muerte de su amigo el padre Mugica.
Tu sangre en la pared lindera a nuestra San Francisco Solano. Duele padrecito duele. Te han cerrado los ojos. Y muchos llorarán ahora putearán ahora con boca de otro ante tu mirada ¿o ya no miras? Ya lo ven. Lo han jodido. Al más cara lo han jodido.

Vos cumplías 44 y tu carne se astilló en mil pedazos, se contrajo como un papel quemado.
¿Padrecito es pesada la intemperie?
Pero alguien fue. Tu sangre estaba en la pared. Corría por las alcantarillas. Cuando llegué a la parroquia el agua de la noche te llevaba de prisa por las alcantarillas. Y al apretar tu mano. Estabas amarillo estabas seco estabas muerto. Jetón rubio Padrecito. Emboscados y con armas a vos que anduviste siempre franco sin cuidados ni ayudas. A pesar de las bombas de las amenazas.
Del anuncio de esta muerte tuya…
 
 
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