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   Hambre de ser

Un resonante cuerpo de palabras
  Por Nicolás Cerruti
   
 
Si en el estilo del análisis siempre se mantiene la distancia poética y humorística,
 la rememoración y el sueño tendrán, por medio de la transferencia,
el poder de fortalecer captaciones, de volver a dar Nombres y Rostros a figuras
pasadas que no entraron en la historia, que no fueron simbolizadas
.”
El arte de vivir en peligro, Le Poulichet

“Las ganas son una mujer alemana
que echa té sobre el chucrut
para matar al dragón,
para adormecer su apetito,
para dejar de toser.”
Poema de la paciente

Dentro de la enseñanza que esta paciente me deja está la del gusto por la poética, gracias a su poética subjetiva. Dueña de un estilo crudo y casi sexual sus palabras tienen la tregua que todo encuentro necesita. Se envilece, se encariña, transgrede y se horroriza, se apasiona y muere… vuelve con un vuelo de mariposa que de mil y un colores elige el verde. Su palabra lleva las riendas de algo que su cuerpo padece. Y cuando no hay ya palabras que seleccionen sus pesares es su cuerpo el que responde: se desvanece, se sensibiliza en extremo, palidece, se adelgaza hacia un límite –llega a pesar 32 kilos– se despierta… podría decir incluso que hay dos palabras (quizás tres) en ese cuerpo: la de la poesía (que siempre trae, escrita); la del sueño (que escribe ni bien se despierta, y a veces desde antes, preocupada en llevar un cuasi diario, que reúne cientos de sueños, desde que está en transferencia); la de los silencios, atrapada, en el diván.
Creo que esta paciente logra enseñarme, pues me pone a trabajar, con sus escritos y sus sueños, y sus padeceres. Hay otra escritura además, pero ésta es un regalo: la de sus notas periodísticas que nutren diseñadas revistas de entrevistas. Aquí también se juega el conflicto de su subjetividad, decidida a sostenerse como auténtica en un mundo que desde el inicio implica curiosear, introducirse y casi fusionarse en la vida del otro. El inicio de todo esto es la escena de enfrentamiento a su madre, a sus 6 años, diciéndole: “voy a ser periodista”. A lo que esta contesta: “NO, es una profesión peligrosa”. De ese peligro, si es que lo hay, ella goza. Lo importante, lo peligroso era que en verdad “iba” a ser.

Midori –que así la llamo, porque ella creó esa identidad en su ser cuando fantaseaba con el embarazo de un monstruito verde, al que le puso este nombre– es de esas pacientes que quieren encarar su análisis como un camino, o sin tanta religiosidad, como un sendero. Antes de venir ella estaba feliz, sabiendo que esa felicidad tenía fecha de vencimiento. Hace una suerte de anticipación, viene antes de que el plazo venza, para no caer ella ahora vencida. En ese sendero, que se inaugura desde antes (a no dudarlo) del encuentro con el analista, se topa con una pregunta: ¿por qué? Estaba en un evento social –un casamiento–, con su novio, a los cinco minutos comienza a sentirse mal, no quiere comer, se le cierra la boca, quiere irse, no soporta a los otros, algo se le viene encima… un amigo del novio, quien me la deriva, la ve, la escucha, le pregunta: ¿por qué? Sin respuesta se acerca a su análisis para olvidarse de esta pregunta y brindarse a tantas otras, sin embargo el horizonte del otro ya muestra su huella. La palabra del Otro deja su huella. Pero lo interesante es lo que ella hace con ésta. Durante mucho tiempo fue cerrar su boca, junto con lo que ella llama la “otra boca”, su estómago. Lo que traía como clara consecuencia dejar de recibir alimentos y adelgazar.

Midori pasa a diván y se queda callada. Dice que es porque se encuentra con su cuerpo; principalmente lo ve: su panza, sus pies. Lo que ve no le gusta, pero no deja de fascinarla. Comienza a presentarse con su nuevo cuerpo y a nombrar su despertar: allí donde ella podía bañarse con un procedimiento mecánico, ahora es observada por su novio, que la ve en ese ritual vacío y la convoca: “no te mirás el cuerpo cuando te bañás”, lo que la hace registrarse por fin en el espejo de la mirada. Escucha los piropos, lo que antes eran ruidos molestos de casi monstruos. Deja de ser solo una cabeza arriba de nada. Y como si algo se hubiera zafado comienza a soñar (y a traer registrados estos sueños) donde antes no soñaba. En muchos de estos ella aparece casi desnuda, inserta en un grupo pero no integrada, con la posibilidad cambiante de su sexo, a veces mujer, a veces varón, muchas ambos, como si no estuviese decidido. Y yo también aparezco como mujer u hombre, según tenga que increparme o encontrarme para sentir cierto alivio.

El cuerpo se despierta, las palabras resuenan ya de otra manera. Su cuerpo entonces comienza a batallar con su cabeza por el sentido… el sentir. Acidez, contracturas (lo primero que establece un puente es la contractura del cuello, que une firmemente una cabeza y un cuerpo, como ella lo describe), dolores varios, un dolor o varios, dolor de ovarios: un dolor. A la par aparece el dolor de su novio –fuente de identificación– que son muchos, tal vez demasiados, ya que es hemofílico. Es como si todo eso no hubiese estado antes, como si su cuerpo no fuera o no estuviese ahí donde ella está. Salvo hace siete años, cuando llegó a pesar 32 kilos, y fue tratada como esa comida que debía pesar para comprobar su peso. Es desde hoy que resignifica ese período, como una parte de su historia que quedó vacía. Cuando habla de eso, y es hoy que se pesa por fin, luego de mucho tiempo y temor, se baja de la balanza sintiendo que ella es una persona, ni un fantasma, ni algo que flota, tiene peso, y lo nota en cada nuevo paso que dan sus pies. Entonces me cuenta que siente que parte de su historia está muerta.

Midori es trilliza, la única mujer entre dos varones. A los pocos meses de nacidos uno de sus hermanos muere, y desde entonces la madre se convence que son mellizos. La madre parece haber quedado detenida, entramada en un dolor que ningún médico puede tamizar, sopesar, medicar, y a los que sin embargo no deja de acudir. Midori comparte con esta madre una disconformidad hacia lo médico que la lleva a pelear agudamente con su cuerpo cada vez que debe ver a un especialista: ginecólogo, traumatólogo, gastroenterólogo, endocrinólogo, y siguen los logos. Cree que rechaza al cuerpo médico desde que fue conciente de la cantidad de “transfusiones” que tuvieron que hacerle de recién nacida. Y eso mismo, las “transfusiones” la unen amorosamente a su novio.

Su cuerpo, triplicidad, como se fue viendo, entre una imagen dañada y frustrante (ante la mirada del Otro materno que no dejaba de cortarle el pelo como varoncito), un cuerpo simbólico de sueños y decires, y un real que sensibiliza (un goce que civiliza sintiéndolo), quizás comienza con el trabajo del duelo. Como dice Le Poulichet: “la muerte atrapada en la carne del sujeto”; y es que lo que hoy es cuerpo ayer fue carne. Carne que no comía, que le producía asco, carne que no comió su madre durante su embarazo, resto de carne con el que ninguno de sus hijos quiso alimentarse –en Mc. Donalds, el templo de la carne rápida, hay un menú para ella, “papa con papa”–, carne en definitiva de un dolor que se hizo carne.

Lo extraño y que motiva cierta enseñanza es que ese cuerpo se vaya construyendo, paso por paso, en el análisis. Recostada en el diván, tras la interpretación, en el trabajo mismo de la transferencia, en el encuentro pulsional. Midori retraduce todo su padecer incesantemente, y lleva de esto el registro de la palabra escrita como una más de sus elaboraciones. El cuerpo no deja de construirse, ni de resonar; no se ancla en la imagen de un espejo; parece forzarse a transitar un sendero, que desde ya inaugura la interpretación del mismo, nada fijo, en apertura constante, algo que se enseña, y casi a veces no se ensaña.

“Lloro en silencio, lágrimas mudas/ a la madre fallada, a la hija rota./ lloro esta raja que llevo/ rasgada desde siempre en origen,/ todo esto que desespera tanto/ que asusta./ lloro cuando la certeza y la cantidad/ de mi sufrimiento se ponen en palabras/ del otro./ cuando digo que necesito curarme,/ cuando siento dolor,/ cuando aun en la desprotección del diván/ me encuentro contenida, un poco mejor./ necesito curarme (la sangre, la carne),/ necesito encontrar el color adecuado/ que me hace bien, el corte/ que me permita dejar de pensar/ “que estoy herida y es mi culpa,/ mordida y es mi culpa”,/ que “muertos estamos los dos”,/ como dice Manuel*

Siempre trato de escribir sobre los pacientes una vez que sus análisis han llegado a cierto término. Cuando más específicamente no siguen conmigo. Pero en este caso es distinto… no llego a descubrir qué es lo que me hace escribir sobre ella ahora, pero tal vez sea la apertura que toda enseñanza introduce. Un punto donde todavía no estamos convencidos del todo, y tiramos al ruedo algo que tal vez es muy parecido a una apuesta: reconocer en la producción artística una enseñanza hacia el psicoanálisis, y ponerla a jugar.
Y es que de lo que se trata en este cuerpo no sólo es de forjar nuevos fantasmas, o encontrarse con los de siempre, como ese bien histérico de “hacer de hombre”; sino también convocar un goce que no es el fálico, que no es responder como un todo, que no es el dolor como una generalidad. Es en el encuentro con la feminidad que pudo frenar un dolor materno para el que tenía que entregar su cuerpo, su cuerpo a ser mordido; y dejar esa nada que le pesa demasiado, de la muerte, que a veces pesa lo mismo que un cuerpo, convirtiendo en dos ese “su” cuerpo. Un nuevo saber es lo que obtiene Midori, abierto hacia el goce, no para ser, sino para algo un poco mejor: vivir.
_________________
* Manuel Moretti, cantante del grupo de Rock “Estelares”, cuyos versos aparecen en cursiva, los otros son de la paciente.
 
 
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