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   Hambre de ser

La problemática del hambre
  Por María Teresa Panzitta
   
 
La complejidad que presentan las patologías alimentarias me ha generado un especial interés. El hambre que emerge como una problemática en las que se entrecruzan multiplicidad de factores diversos y heterogéneos es el tema convocante de este trabajo.
La conducta alimentaria visibiliza en cada sujeto la emergencia singular de discursos sociales, familiares y científicos. De aquí se desprende en cada quien un modo único de relacionarse con la realidad, alimentación y de vincularse con los demás.

Las dificultades de los pacientes con la comida reflejan la manera de vincularse con su propio cuerpo ya que todo acto alimentario supone y activa una imagen corporal que les completaría.
El discurso de los pacientes con estas problemáticas se encuentra centrado en el comer o no comer. Sufren y padecen por su cuerpo, a la vez, sienten miedo por la gordura y su relación con la comida. La preocupación por el cuerpo, y la comida es constante, esto se observa con independencia de la presencia o no de sobrepeso u obesidad. En el caso de la obesidad prima la preocupación por adelgazar y no poder hacerlo. El comer parece desprenderse de su función vital cuando el vínculo alimentario se reduce al cumplimiento de prescripciones dietarias.
En estos casos, el intento de llevar a cabo dietas exageradas por su restricción, genera sentimientos de frustración y fracaso. Esto favorece el desarrollo de atracones por la imposibilidad de cumplir con los regímenes, y se reinician los ciclos:

a) atracón-restricción (dietantes crónicos)
b) atracón-purga (bulimias)
c) el aumento de peso-atracones (BED)

Las personas obesas se quejan de no poder dejar de comer. Pero ¿de qué hambre se quejan y qué significa ese hambre? ¿Cómo lo perciben? ¿Cómo lo experimentan? ¿Cómo lo interpretan? ¿De qué forma lo satisfacen? Una vez que logran saciarlo ¿Cómo perciben esta saciedad?
Todas estas preguntas me llevaron a crear recursos expresivos y plásticos que me permitieran indagar sobre estas preguntas. Al hambre como registro propioceptivo lo podemos indagar de acuerdo a las diferentes producciones de los pacientes.

Uno de esos recursos utilizados para tal fin es la secuencia gráfica y verbal del registro de hambre-saciedad.
¿Qué es el hambre y cómo es sentido por la persona en el cuerpo?
¿Qué es la saciedad y cómo es ella sentida en el cuerpo?
Indagamos en las secuencias gráficas. ¿Qué imágenes corporales concientes e inconscientes se ponen de manifiesto? ¿Qué significa la elección de ese trazo gráfico?
Con este tipo de intervenciones logré relevar que la mayoría de las personas con trastornos de la alimentación y obesidad, no perciben al hambre como tal. Se evidencian confusión y superposición entre registros interoceptivos y emociones. Las respuestas obtenidas son multivariadas. Cada paciente ha construido un “haz de asociaciones “significativas en relación a su historia y a su experiencia sensorial. Prevalece la noción de singularidad en su interpretación.

Ejemplificaremos en forma sintética lo expresado (en este caso solo analizaremos el texto escrito, no el gráfico) de Ana, paciente obesa que refiere:
“El hambre es un vacío, es la falta de humanidad que sentí, la falta de amor; la saciedad es algo brutal, es explotar”, “en el cuerpo lo siento como que reviento”.
Aquí se puede notar la confusión en el registro. La falta de humanidad que sintió se expresa en esa ansiedad por comer brutalmente hasta explotar. Se trata, para ella, de sentir que el comer calma, que llena ese vacío, un vacío de ser y de palabras, de sentidos y de contenciones. Pero al mismo tiempo, Ana se castiga por creer ser en algún punto responsable por el abuso paterno que padeció. Ella prosigue: “cada vez que termino de comer me siento mal por lo que hice”. Ahora bien, la pregunta sería: ¿qué fue lo que hizo? Esta experiencia brutal de llenarse hasta explotar se refiere entre otros aspectos probablemente a la experiencia de abuso sexual sufrida.
En este ejemplo se observa cómo la respuesta a la pregunta sobre el hambre y la saciedad poco tiene que ver con el registro propioceptivo, el hambre no es reconocido en tanto tal, ya que la real percepción de lo que es el hambre se encuentra silenciada.

Sin embargo, no todos los pacientes mencionan y refieren lo mismo. Habrá que indagar caso por caso cuáles son las representaciones y las imágenes corporales que las personas tienen, cuál es la memoria sensorial de los sabores y texturas que intervienen en esas formas singulares de vincularse con la comida, el cuerpo y la historia.
En este vínculo intervienen los discursos sociales de la búsqueda de la delgadez y las dietas restrictivas. El discurso científico avala un ideal de restricción y temor al hambre, creado por la exigencia de la restricción calórica que termina por aumentar la distorsión de la percepción adecuada del hambre. Todo esto genera un descontrol que lleva a reprimir el hambre real y reemplazarlo por las dietas, fomentando una voracidad que no debe ser interpretada como falla primaria o agujero psíquico sino como una reacción adecuada por someter al cuerpo a un “superyó dietante severo” que prohíbe y castiga si no se cumple con el mandato de no comer.

Debemos pensar en los aspectos de sometimiento y la búsqueda de castigo de muchos pacientes obesos, quienes pagan altos precios por intentar verse flacos y cuando no lo cumplen sienten que merecen humillaciones y ofensas: “¡gordo! ¡No parás de comer!, ¡¡¿no te da vergüenza?!!” Muchas veces, cuando el paciente realmente siente la percepción adecuada del hambre y se alimenta para saciar su estado, aparecen las desaprobaciones y sanciones de su equipo tratante, que continúa condenando estas conductas al modo de transgresiones, falta de voluntad y de conducta adictiva.
Otro de los recursos utilizados es la secuencia gráfica y verbal del atracón. Aquí indagamos el orden temporal y emocional del descontrol alimentario, “el antes”, “el durante” y el “después del atracón” y finalmente trabajamos sobre relatos escritos sobre el diálogo con los alimentos prohibidos.

Los pacientes manifiestan su padecimiento en cuerpos excedidos de peso, con diferentes maneras de acercarse a la comida: los que comen todo el tiempo pequeñas cantidades, los que no pueden dejar de comer dulces, los que se levantan de noche para ingerir, los que comen sin siquiera registrar lo que incorporan hasta llegar al punto de sentir dolor abdominal.
Si nos remitimos y hacemos foco en la conciencia alimentaria, algo interesante aparece en los diálogos con la comida que forman parte de los talleres de sensorialidad alimentaria. En ellos, entre otros aspectos, se trata de indagar acerca de lo que les pasa con los alimentos que consideran prohibidos, que constituyen su debilidad y temidos, por generarles descontrol, refieren: Si los prueban “no poder parar de comerlos”, “comerlos sin hambre”, sin ninguna percepción gustativa conciente ni cognitiva.

Las experiencias evidencian el tipo de percepción del registro, y cómo es la atribución simbólica que le adjudican al alimento.
Una paciente descubre en su experiencia sensorial mediante su alimento prohibido con el que suele atracarse: “Ahora te conozco, sé que tu belleza dura sólo unos segundos, ¡mentiroso!”. Este hallazgo permite a la mujer reconocer el poder engañador del alimento. Al poder concebir el factor “engañador” está asumiendo que hay algo en él del orden de la trampa. Es decir, hay algo que tiene que ver con los sabores tentadores de la realidad gustativa, pero hay un plus también que es mentiroso.
En otro caso, María en el diálogo con el chocolate, éste le decía: “Te amo. Vení. Te voy a dar todo lo que me pidas. Te voy a brindar mi sensualidad. Te voy a hacer muy feliz. Dale anímate, te estoy esperando, o te arrepentirás. Sentí como me derrito en tu boca…”.

Entre otros niveles de análisis podemos ver que la dimensión sensorial gustativa del sabor chocolate convoca a un placer actual, a una experiencia erótica y sensual. Sobre él se proyecta una seducción que promete placer, completud, incondicionalidad, felicidad, confiabilidad, “no poder parar de comer” seguir hasta encontrar en su intimad esas promesas que nunca se concretarán… Dejará el sabor amargo de la decepción y los kilos de más.
Finalmente es interesante lo planteado por Christiane Balasc, en su libro Desir De Rien respecto al tema convocante de este trabajo… “La boca es el teatro de la absorción o de la expulsión, del placer y del dolor, del erotismo y la crueldad, pueden también de este modo, simbolizar la aceptación y la pasividad, el rechazo y el repliegue.
“Comer es un acto social y relacional, es un llamado que puede ser escuchado o perdido”. (…) “Comer es hablar con los otros”.
De tal modo podemos plantear que existe una gramática alimentaria singular de cada paciente a ser comprendida en sus formas expresivas.

Bibliografia
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