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   Hambre de ser

Hambre animal o tragar el dasein
  Por Juan Carlos Cosaka
   
 
Es sabido que en tanto ser parlante el animal humano transita por el campo de la palabra. Su aptitud es a las vez su condena, marcado para siempre por el significante tendrá de él su ser y su destino. Es por vía significante que discurrirá por entre las cadenas que definen los avatares y encuentros con eso que se da en llamar la vida y el mundo. Así, se concibe, posiciona como sexuado, padece de síntomas y se alimenta entre otras funciones. Es el significante el que también delimita el campo por donde se obtiene la satisfacción y enderezamiento de la tendencia en el principio del placer. Es más, hay la Naturaleza en razón de que hay el Significante.
La observación cotidiana y la clínica muestran fenómenos como consecuencia del tránsito por un más allá del mundo que constituye el significante. En el terreno de la alimentación el desborde por fuera del umbral mundano es sutil y poco considerado, de no ser por cuadros que la clasificación llama “trastornos” suficientemente estudiados. La obesidad, el sobrepeso patológico, importa al campo psicoanalítico en tanto la pulsión está apoyada en la necesidad –nuestra propuesta no deja de considerarla, aunque centramos el foco en la satisfacción–.

La cultura de todos los tiempos ha dado siempre un lugar al obeso: tierno, sabio, casi siempre ridículo, cuando no poderoso en y por su gordura misma. Desde Sancho Panza al fat power, de las pulposas madonnas al binge eating disorder (DSM, trastorno de atracón) de nuestras niñas posmodernas; siempre han tenido relevancia ya sea por alimentar o alimentarse, y por la imagen corporal que la gruesa figura da a ver. Tiempos en donde el espiral de la época sacudió a su turno la subjetividad con los embates del ideal. Tal vez mucho más en ésta, donde el bombardeo mediático satura de un modo que entroniza lo inmediato como consigna, dejando al sujeto en un estado casi de eclipse, un statu quo ante de la propia capacidad de procesar.

A su turno la ciencia no dejó de lado el problema y desde su órbita no cesa de producir novedades tales como los de la neurotransmisión, la biología del metabolismo entre otros; aunque se sabe, muchos sometidos a cirugía bariática con el afán de conseguir una saciedad anticipada fracasan porque no se trata de eso. De ahí que se indiquen los distintos apoyos “psi” antes y después. Se dice desde este campo que el problema principal estaría en el modo de solucionar la ansiedad. H. Bruch1 dice que se observa una dificultad en la identificación de sus propias sensaciones, y no diferenciar hambre de saciedad. Intento cognitivo interesante, aunque agregamos que precisamente si hay algo que marque la diferencia es la discontinuidad significante.

Ciencias humanas, técnicas psicológicas grupales, psiquiatría y hasta la cuasi bárbara y heroica cirugía, ¿qué hacer con estos comedores rebeldes que se atragantan junto con la comida a toda la cultura massmediática –ese novedoso procusto tecnológico– que por todos lados les implora, impone y advierte? Ya sea con angustia o sin ella, los modelos del cuerpo, los aparatos y la moda Light no logran el cambio de los modos de saciedad del obeso.
Se observa que los animales predadores no atacan cuando han logrado estar satisfechos con la comida. Su límite es natural, digamos, metabólico, que resuena en la conducta haciéndolos apacibles o dormidos. El humano en su condena está ausente de tal posibilidad, ya que el abismarse en la inmundicia de tragar sin límite, le adviene por un imperativo mudo que lo lleva a tragarse el propio dasein.

En una lúcida articulación, G. Onofrio (2009)2 se refiere a la formación del actor: “El actor aprende a construir herramientas por fuera del lenguaje, por supuesto, desde un sujeto parlante. Pero a diferencia de una posición teórica que sostiene la palabra como eje, el cuerpo se anticipa a la palabra y solamente bajo el olvido de la palabra, adviene la respuesta orgánica, intencional y sincrónica de un cuerpo emocional”.
Cuando lo leí no pude dejar de recordar una singular experiencia: un talentoso actor puso en escena un poema de Shakespeare, Venus y Adonis, con tal pericia que, acompañado solamente por un banco y un atril, desplegó todo el poema siendo a la vez los dos dioses. El público confesó después que fue (fuimos) llevado a un más allá de una representación, que en lugar de “ hacer-de”, escuchamos y vimos a una diosa mujer arrobada por la seducción y a un dios seguro de su belleza. Terminada la obra fuimos con el actor a cenar y allí alguien me susurró no sin malicia, que me fijase en cómo comía el actor –de paso bastante obeso–: mientras engullía un bocado miraba con fijeza al próximo.

Ante la magnificencia del acto dramático cabe la pregunta: ¿Histeria?, Tal vez, aunque es hasta esperable de la profesión, hubo una presencia en más, un dasein suspendido. Más allá de la estructura o en la estructura misma, lo que se dio a ver en el escenario que suspendió el “hacer-de” para “ser-ahí los dioses” fue el acto mismo. El bárbaro atracón absoluto, renuncia y suspensión del propio dasein. Eclipse al que asistimos, talento que dio la posibilidad de una actuación sublime.
Más tarde, y después de comprobar con satisfacción los aplausos, en la cena la falta se recompone, y entonces la comida se gusta y se mira y la pulsión en su recorrido hace al objeto deseable, listo para la satisfacción.
Falta en ser que recompone la dimensión significante y el sujeto siendo-ahí, concurre a la cita en tiempo y forma.

Dasein, entonces, término que en Heidegger es cuanto menos complejo: Da es adverbio de lugar, pero también alude al tiempo, es una forma de decir “presente”. Sein corresponde al verbo “ser” aunque también es “su”. Significaciones todas que aluden a un ser-estar-ahí, y en tiempo y pertenencia. De Heidegger es asimismo el uso del término da man, lo inauténtico, que de hecho viene al lugar de lo que estamos conjeturando.
Porque en el envío del deseo de comer, en las galas que invisten al objeto como deseable, y en toda la constelación orgánica para la satisfacción, otra tendencia, más radical, captura superyoica, acontece. Desde el mudo imperativo el sujeto y su dasein se colapsan. La pulsión ya no recorta un objeto sino que –al decir de Freud– tiene una “prosecución directa” y desde allí “acicatea indomeñable”.

Cuenta Lacan que en una filmación de cierto pintor impresionista no se llegaba a ver el pincel por la velocidad con la que se movía la mano. No había allí ningún yo, ni tan solo un movimiento de la subjetividad presente, sino que la sublimación dirigía la mano más allá de la posibilidad de cualquier pensamiento.

El sujeto obeso abismado en el puro acto de comer se encuentra a sí mismo más allá de cualquier saciedad, movido por una satisfacción que no le compete más que como instrumento de un imperativo que lo encuentra acéfalo. En tanto la pulsión es desensamblada, el sujeto pasa a ser objeto directo de su accionar. La invasión de goce es allí una ominosa forma de satisfacción. El límite vendrá a veces de los otros, de la saturación orgánica o como se pueda.
Recomponer la falta y traer a la posibilidad el dasein que instale en la escena al mundo, dará lugar al deseo de comer. Con apetito del significante, a buen gusto del comensal, en suma, para buen provecho de la palabra.

________________
1. Eating disorder ,obesity and anorexia nerviosa. Ed. Basic Books, N. York 197
2. G. Onofrio, “La obesidad, un síntoma que no habla”, Actualidad Psicológica Nº 379 Ed. Mismo nombre.
 
 
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