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El análisis de la transferencia
  Por Norberto Rabinovich
   
 
El dispositivo analítico posee algunas virtudes que permiten, más allá de la comprensión teórica que tenga el analista de su oficio, un relativo progreso del sujeto en relación a sus inhibiciones, síntomas o angustias. Pero resulta muy difícil evaluar cuántos de estos beneficios son precarios, simples efectos sugestivos parásitos del dispositivo y cuáles pueden ser considerados efectos analíticos.
Generalizo aquí con el nombre de “sugestión” a los efectos terapéuticos basados en la influencia transferencial. No es necesaria ninguna pericia analítica para obtener tales efectos. Por el contrario, la maestría en el arte de sugestionar se ubica en las antípodas de saber conducir un análisis.

Que el analista deba servirse de la transferencia que él mismo suscita, no cabe duda, pero se extravía de su camino cuando cabalga en ella sin cuestionar su fundamento y ni su potencia. El factor decisivo en el manejo de la transferencia es saber aprovecharse de su poder para llevar a cabo la tarea de disolverla, o, como lo expresó Lacan en el Seminario XV, para “borrar del mapa la función del Sujeto Supuesto Saber.” Lamentablemente la historia del movimiento psicoanalítico demuestra que, por lo general, los analistas dominan bien sólo la primera parte de la cuestión.
La caída del SSS no debe ser confundida con la aceptación resignada o furiosa de la impotencia del analista. Tampoco dicha caída llega por arte de magia después de hacer la vista gorda durante el proceso a la dimensión de engaño que la sostiene.

Cuidar la transferencia y analizar la transferencia

En función de la necesaria distinción de los efectos sugestivos y analíticos, considero necesario interrogar los distintos modos de operar con la transferencia, ya que es por esta vía que la sugestión hace su oficio en un análisis. La idealización de la persona del analista, el amor que suscita y el deseo de ser protegido y guiado por él, son distintas expresiones que constituyen el meollo de lo que se conoce como resistencias de transferencia. Pero es exclusivamente el analista quien, con su respuesta, decidirá el destino de tal disposición. El puede legitimarlas, fomentarlas e incluso inducirlas, con la pretensión de asegurar el vínculo analítico. Ello ha generado en la tradición analítica verdaderos rituales obsesivos orientados a mantener la imagen impecable del analista y, por sobre todo, a asegurar la superioridad de su saber.
Preservar el lazo analista-analizante es algo muy diferente a “cuidar la transferencia”. Es analizante, en tanto neurótico, cuida espontáneamente y con tenacidad la transferencia. El problema se torna grave, cuando el analista justifica y refuerza esa demanda neurótica. El analista debe estar advertido de la dimensión de engaño que se manifiesta en la transferencia y por consiguiente es su tarea hacerla entrar en el análisis. Entre el “análisis de la transferencia” y el cuidado de la transferencia existe una polaridad irreconciliable.

Entiendo como “análisis de la transferencia” al conjunto de procedimientos empleados por el analista destinados a posibilitar la desconsistencia del SSS. Extraje la noción “análisis de la transferencia”, de la clase del 7 de febrero de 1968 del seminario titulado “El acto analítico”. Allí la define, no por las maniobras que la posibilitan, sino por su finalidad: “¿Qué quiere decir por lo tanto el análisis de la transferencia? Si algo quiere decir no puede ser otra cosa que la eliminación de ese sujeto supuesto saber.”

Y es preciso decirlo, dicha “eliminación” no sucede a menudo. A veces, da la impresión que el resultado es el opuesto. Prueba de ello es que la religiosidad transferencial ha reinado siempre en las sociedades psicoanalíticas con insólito vigor.
Una vez que el analista se convierte en depositario del SSS, cualquier enunciado que haga es tomado como verdadero por el analizante. Por gracia de la transferencia, el analista detenta el privilegio de hablar desde el lugar de la verdad y, en virtud de un deslizamiento imaginario, ostenta también la prerrogativa de comportarse como dueño y garante de la verdad. Esta atribución subjetiva es precisamente lo que el análisis debe disolver. Disolver la transferencia y no el campo de la verdad que es el campo del inconsciente.
La primera condición para que la transferencia pueda ingresar en el lente del análisis es que el analista sostenga la llamada “regla de abstinencia”. Esta no tiene nada que ver con la caricatura del analista de mármol, el que no ama, no desea, no demanda. Tampoco es viable el mutismo generalizado con la pretensión de imitar –presentificar dicen algunos– un agujero en el saber. La regla de abstinencia se estructura lógicamente como un rehusamiento a la demanda implicada en la transferencia, que en su fundamento es demanda de saber: “te pido que sepas la verdad que ignoro, y en la medida que me des pruebas de tu saber seguiré engañándome acerca de tu poder”.
El elemento central e invariable, donde se apoltrona la mayor resistencia del analista al análisis, estriba, sin lugar a dudas, en la exigencia, ciega o justificada teóricamente, que él tiene de encarnar un ser superior más o menos infalible, capaz de garantizar el inefable campo de la verdad.

Se pueden describir ciertos modelos consagrados en la tradición analítica empleados en el cuidado de la transferencia y que esterilizan la eficacia analítica cerrando decididamente la vía de salida del análisis:
El modelo del Profesor: racional, explicativo, aclaratorio. Se propone como un director de conciencia que aporta soluciones a las dudas existenciales y de las otras.
El modelo del Juez: dueño del saber acerca de lo que está bien y lo que está mal. Emplea toda suerte de artificios que muestran la asepsia de sus intervenciones.
El modelo del Supremo Conductor: firme, arbitrario y arrogante. Desea persuadir al analizante de su incuestionable poder y hace alianza con la disponibilidad masoquista del analizante.
El modelo Paternalista: guía sabio, consejero bondadoso y protector. Demanda al analizante que éste le demande protección.
El modelo Maternal: continente amparador, amoroso, omnicomprensivo. El analizante debe satisfacer la demanda de su analista en calidad de niño.
El modelo del Amigo Incondicional: exalta el compromiso afectivo con el paciente-víctima, siempre listo para reconocer la maldad de los otros, alentando y respaldando actos de venganza e independencia. Independencia de los otros, pero no respecto de él.
El modelo del Profeta o Adivino: supuesto conocedor del destino de sus criaturas ofrece sus oráculos para indicar el camino de la redención. Al mostrarse como dueño de las verdades ocultas, promueve efectos de encantamiento y subordinación al hechicero.

Estas, y muchas otras variantes del mismo talante, son medios eficaces para obturar aquello hacia lo que el análisis debe conducir: confrontar al sujeto en la experiencia misma, con la castración en el Otro, de ese Otro cuyo lugar ocupa el analista.
El analista, de todos modos, debe hacerse cargo de esa demanda transferencial. Pero, su mayor desafío es fallar a esa demanda y al mismo tiempo dirigir la cura. Fallar a la demanda transferencial no significa fallar a la demanda de análisis.
Sería inútil e ineficaz denunciar el engaño subyacente a la suposición de saber que nos atribuye el analizante, con una explicación sincericida. Lacan propuso como alternativa, a fin de resquebrajar la solidez de la ilusión, la técnica de los “errores calculados del analista”. Por mi parte, no necesito calcularlos, ellos vienen sin mi consentimiento. Lo único que debo evitar es mi tendencia espontánea a disfrazarlos de su condición de errores. Cada cual puede comprobar que el analista que juega su partida poniendo sus fallas sobre la mesa, suele inspirar mayor confianza que aquel que pretende ocultarlas para preservar la fe delegada por su paciente. Simplemente se trata de agudizar el oído a la diferencia que hay en el interior de la relación analítica entre fascinación o idealización, por un lado y confianza por el otro.

Responder a la demanda de saber con más saber, ya sea bajo la forma de explicaciones, consejos, juicios de valor, cuidados, etc., realimenta la demanda transferencial e incrementa las resistencias. Es preciso reservar el lugar de la verdad por fuera del circuito en el que transitan los efluvios emocionales y las proposiciones o juicios, verdaderos o falsos. Puesto que si el análisis de la transferencia apunta a restarle consistencia imaginaria al SSS, el recurso por excelencia con el que cuenta el analista reside en la producción de “efectos de verdad”. Esto no tiene nada que ver con minuciosas radiografías de los mecanismos imaginarios reproducidos en la relación analítica.

La posición de lector y la interpretación del inconciente
Si la interpretación no es más que lo que resulta del material, quiero decir,
 si se elimina radicalmente la dimensión de la verdad, toda interpretación no es más que sugestión
”.
J. Lacan. Sem. XIV. 21/6/67

La pericia del analista en el análisis de la transferencia reside en negarse a satisfacer la demanda de saber y, al mismo tiempo, aportar la respuesta específica: esto es, la interpretación del inconsciente.
El inconsciente habla al sujeto en el texto de sus sueños, síntomas, lapsus, impulsiones, y repeticiones de distintos tipos. Una de las tareas iniciales en un análisis es identificar los fenómenos de repetición para confrontar al sujeto con su propia división subjetiva. A partir de allí, el analista puede ofrecerse como lector. Leer un texto que el lector ignora y ayudar a descifrar sus enigmas, no es lo mismo que tener el saber anticipado de su contenido. Esta posición del analista es lo que Lacan llamó la docta ignorancia.

Con el ofrecimiento de su docta ignorancia el analista introduce una torsión a la demanda articulada en la transferencia, en la medida que no convalida la suposición del analizante de tener ese saber como ya sabido. El analista, por lo demás, da sobradas pruebas de su docta ignorancia en la medida que busca las claves de su lectura en las asociaciones del analizante.
La interpretación analítica no puede ser cualquier interpretación. A diferencia de toda búsqueda hermenéutica, la interpretación analítica debe priorizar el sonido y no el sentido de los significantes sobre la que recae. El empleo de la interpretación como herramienta para comprender, es decir, para dar nuevos sentidos, la convierte en un medio idóneo para reforzar aquello que se trata justamente de desconsistir, la fe del analizante en el SSS.

Es un error creer que la eficacia de las intervenciones interpretativas reside en hacer manifiesto algún significado reprimido. Como si, poco a poco se pudiera ir ampliando la frontera de la conciencia hasta que el inconsciente quede totalmente trasladado al campo del saber. Ni treinta años de análisis ininterrumpido lograrían que un paciente muy paciente deje de experimentar las consecuencias de su Spaltung constitutiva. No son reacomodamientos imaginarios aquellos que modifican algo de la estructura neurótica sino el renovado encuentro del sujeto con lo real derivados del acto interpretativo.

El resorte estructural que opera en la interpretación analítica –que entra en consonancia con el aforismo freudiano de “hacer conciente lo inconsciente” – estriba en que el analizante pueda advertir la singularidad de sus marcas inconscientes y la irreductible insistencia de su verdad.
A cualquier intervención interpretativa, por más oscura que sea, el analizante le supone un sentido, no importa cual. El recorrido y repercusiones del elemento material, fonológico, por lo general se escapa a la conciencia del analizante. Eso no lo priva de su eficacia específica. Un hombre joven recién iniciado en el camino del análisis, me explicaba en sus términos lo que intento delimitar de los efectos de la interpretación más allá del sentido: “cuando me voy de la sesión, es como si se hubieran encendido algunos radares (significantes claves recortados de su relato en sesión) y empiezo a ver cosas que estaban en la sombra.”. Este efecto no se asienta en la veracidad o falsedad de mis dichos, ni en haberlos él comprendido de una u otra forma. Sino que, una vez aislado en su materialidad, el significante hace su trabajo al margen de cualquier intención significativa que el analista esgrimió.

La perspectiva que Lacan enseñó a lo largo de toda su obra, subraya que lo esencial de la interpretación analítica está en la producción de equívocos. El equívoco separa el significante del sentido al que está ligado, ya sea en un síntoma, una circunstancia puntual o en toda una historia, quebrando en acto la consistencia del saber y la de sus garantes. Entonces, al mismo tiempo que el campo del saber revela su falla estructural, resulta resquebrajada también la suposición de un saber ya instalado previamente en el lugar del analista. Los intentos de quitar del medio la función de la lectura e interpretación del inconsciente –cómo sostiene, por ejemplo, la enseñanza de J. A. Miller– deja nuevamente en manos del poder sugestivo del analista el resorte único del análisis.
En el límite de la operación analítica, el analista, habiendo sido el intermediario del encuentro fallido del sujeto con su incurable verdad, queda desalojado de la posición de intérprete.
 
 
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