Inicio   |   Login   |   Registrarse   |   Quienes Somos   |   Contacto   |   STAFF     
BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
Facebook Twitter
   Los bordes de Thánatos

Los bordes de la cuerda
  Por Daniel Paola
   
 
En el pasado mes de noviembre nos encontramos una mañana soleada con mi amigo Ricardo Saiegh, miembro de Fundación Psicoanalítica Madrid 1987, para tomar café y conversar. Hacía varios años que no volvía a la Argentina y seguramente habría sido otro el diálogo si no hubiéramos estado atravesados por el luctuoso suceso ocurrido en la política vernácula. Fue así que rápidamente nos encontramos hablando de los últimos hechos que conmovieron al país, ya que hacía poco había fallecido Néstor Kirchner.

Estábamos intercambiando opiniones sobre los bordes de Thanatos, para decirlo de otra forma, conversando alrededor del impacto de lo súbito y de lo inesperado, de la tolerancia y de lo desesperante, de la fe y de la in-creencia, que acompañan a la muerte. Tanto Ricardo como yo nos encontrábamos implicados en una serie de impresiones respecto a nuestra posición subjetiva frente a lo mortal, rechazando la actitud de tirar la pelota fuera de la cancha.
Aprecio mucho las opiniones de Ricardo. Siendo así le pregunté si podría escribir lo que estaba relatando para transmitirles una historia por demás interesante, que yo por ser cultor del rock no conocía. Si como yo, habitaran un mundo alejado de la sinfonía y por sobre todo ligado a las vísceras como Lacan afirmara en “La Tercera”, quizás sientan la melodía que él me transmitió.

El 18 de noviembre de 1994 el violinista Itzhak Perlman brindó un concierto en el Avery Fisher Hall del Lincoln Center de Nueva York. Este eximio músico nacido en la ciudad de Tel Aviv en 1945 padeció poliomielitis en su niñez, estando signado desde entonces a una vida de apoyo en muletas, una vida de discapacidad marcada por el flagelo que azotaba antes de que Salk lograra desarrollar su vacuna.
Itzhak se disponía a ejecutar una sinfonía en la fecha de referencia. Entró con sus muletas. Se sentó y aflojó los sujetadores de las piernas que le permitían estar de pie, tomo su violín, dio la señal al director de orquesta y comenzó a deslizarse en su música, como todos esperaban de manera brillante. Súbitamente una de las cuerdas del violín se rompió, más exactamente la primera. El público se impacientó. Itzhak tendría que solicitar otro violín o tal vez cambiar la cuerda, volviendo a colocar la pesada carga de los sujetadores a sus piernas y recogiendo las muletas de nuevo para salir del escenario.

Nada de eso sucedió. Dando la orden al director recomenzó la sinfonía haciendo sonar con maestría un violín de tres cuerdas. Es sabido, para los entendidos, que es imposible interpretar una obra de semejantes dimensiones sin una cuerda y más la primera, siendo la más delgada y la que da las notas más agudas.
Itzhak recomponía la partitura en su cabeza mientras interpretaba, produciendo sonidos que nunca antes había realizado. Una a una las melodías fueron recreadas con una sutileza desconocida. El público parecía desconocer la falta de una cuerda y la ejecución tocaba un extremo de creación imposible. Una vez que finalizó la sinfonía sólo se escucharon gritos y aclamación. Luego Itzhak exclamó las siguientes palabras: “Ustedes saben… algunas veces… la tarea del artista es descubrir cuanta música uno puede hacer con lo que aún le queda… ”.

Esta sencilla descripción del curso de la vida superpone al mismo tiempo las numerosas circunstancias en las que un sujeto bordea el Thanatos. La reflexión parte de un sentencioso lugar: ¿es posible ejecutar una sinfonía en el violín sin las notas agudas que darían cierta dimensión exacta a la composición? Una rápida respuesta sería negativa pero al mismo tiempo lapidaria. Sin una cuerda todo cambia en la vida, ya no será lo mismo que antes y más allá del duelo que se realice, la pérdida se transforma en irreparable. Si la crítica asoma su nariz podríamos decir que el público estaba extasiado por un efecto hipnótico debido a la circunstancia de la creación, pero de ninguna manera la sinfonía hubo de ser respetada.
Sin embargo consideremos lo siguiente: con el duelo un sujeto puede asimilar una pérdida narcisista y puede quedar a expensas de su deseo y de su acto, haciendo de lo irreparable simbolizado por falta de la cuerda, una reconstrucción de la existencia. Pero lo que me impacta, lo que aleja la perplejidad de una pérdida, en suma lo que nos propone Itzhak es aún mayor. Es, para decirlo con otras palabras, el descubrimiento de lo inaudito, la visión de lo que nunca antes pudo ser escuchado, del sonido nuevo que antes no existía. Lo inaudito, como expresión de la pulsión invocante, se eleva al máximo como el poder de la hipnosis que mira asimismo lo imposible de ver. Partiendo de lo inaudito Itzhak hace invisible la falta de la cuerda.

¿Habrá sido ésta una experiencia ligada a la hipnosis que tiene un líder y una masa? Sabemos que la hipnosis se encuentra en el inicio del psicoanálisis y conocemos bien que Sigmund Freud descartó la práctica de esta dimensión terapéutica no sin antes sostener los vaivenes de un invento que se suponía maravilloso. No se trataba sólo de que los testimonios de los sujetos sometidos a hipnosis no recordaran ni un ápice de lo que habían referido en el trance en el que se hallaban sumidos excluyendo la conciencia. Por el contrario la verdadera razón, a mi entender, es que entre los sujetos no había un universal posible a ser construido entre todos aquellos que se someterían a las mismas condiciones de la hipnosis. Supongamos que sólo algunos podrían ser hipnotizados y otros no, por ejemplo el mismo Sigmund Freud: ¿cómo hacer valer el psicoanálisis como categoría universal para que se demostrara su fundamento, si el creador no podía ser considerado más que en una exterioridad? Sigmund Freud tuvo claro que él no quería fundar una nueva religión que lo relegara a la no-función de un Dios no tocado por lo mortal de los seres hablantes.

La creación parte de lo inaudito como ex nihilo en el tiempo justo de un creador embadurnado por lo mortal que signa a los seres humanos. No hay posibilidad de que algo se instituya como principio del pensamiento si al mismo tiempo que tiende al Eros, descarta el Thanatos que lo signa con su huella. No habría otra forma para que algo impacte como excepcional: Eros y Thanatos marcan la huella como la gacela en la piedra ó como la moneda que viene y va, según Lacan en el Seminario de “La Angustia”.

No hay posibilidad de huella en las neuronas. La huella pertenece a la dimensión del fonema. Pero entre el fonema y los espacios sinápticos hay un terreno desconocido. La huella que se encuentra en las neuronas y que describen los neurofisiólogos es distinta que otro tipo de huella capturada por el fonema. El genoma no es fonemático. En el fonema ocurre al mismo tiempo lo que se instala como huella y de inmediato deja de existir. La instancia de la letra en el inconsciente tiene ese estatuto.
La pulsión se describe de muerte, según Lacan, porque es imposible que un creador se excluya de ella. Eros y Thanatos coinciden en la dimensión de lo mortal en la que la letra renace porque hay huella que deja un espacio abierto para siempre crear otra.

Esta descripción que he propuesto no es más que el principio del placer freudiano que es rector del inconsciente en la medida de una pérdida radical que no todos los seres hablantes asumen en su contingencia. Este principio del placer freudiano tiene una dirección correlativa a un pensamiento contradictorio que rodea a su Eros y a su Thanatos en tanto él es un sujeto mortal. Lo que condujo a la razón como media y extrema medida, haciendo una referencia al objeto a de Lacan, parte de una debilidad radical que enmarca la pérdida de una cuerda.

Ubicando Sigmund Freud el lugar de la enfermedad histérica, mental a fin de cuentas, se propone hacer intervenir la razón en la concepción del inconsciente, en un más allá de la hipnosis que quedará como resto. La razón puesta al servicio de la enfermedad nos descubre un mundo no rectilíneo, en el que hay infinitos líderes e infinitas masas. No importa el líder que sea, su agente se inscribirá con la letra S1 y será un enjambre como conceptualizara Lacan en Encore. Y será un líder, tanto menos primitivo y punitivo, si parte de una pérdida radical para transmitir el alcance del inconsciente. No todo líder tiene esta virtud.
Una vida limitada, como puede significar la cuerda rota para el maestro Itzhak Perlman, hace entrar la razón más allá del deseo de hacerlo. Se trataría de una fuerza impulsiva, que lejos de encontrarse por contigüidad, surge de manera exponencial porque se impone siendo el sentido.

Si hiciera una breve referencia a la historia del violinista, diría que a partir de ex nihilo se produce un acontecimiento no esperado y que en el recorrido de la pulsión se registra como inaudito. No ocurre este suceso sin que primero no exista una negación, metáfora de la cuerda que ya no va a estar y que genera el principio de la razón. Mas: ¿qué se esconde detrás de la razón inaudita, la razón nunca escuchada? El surgimiento del sentido de manera avasallante parte de la introducción del significante nuevo desde el campo del Otro a través de la pulsión que se declara mortal.

Pero hay un Fiat lux. En el lugar de la metáfora de la cuerda rota para Itzhak Perlman, vamos a ubicar la dimensión de lo forcluido radical, más allá del duelo de haberlo perdido. Los bordes del Thanatos conducen a que el cuerpo que estaba ya no lo está más, con lo cual no solamente hay que hacer algo con ello sino que hay una existencia que irrumpe pleno de sentido desde un no-lugar que no cesa de no escribirse. El sentido brota desde esa no-dimensión forcluida en la cual el significante S1 apoya sus pies aunque no haya huella ni siquiera del fonema. La hipnosis es transmisión inefable inaudita e invisible de un sentido que brota a partir de una no-dimensión en tanto está forcluida de manera radical.
Si tomáramos las cuerdas de un violín, siguiendo con le metáfora propuesta protagonizada por el eximio violinista, del cuatro se pasa al tres en un camino inverso. Ya no será la fuerza del sinthome que como cuarto anudamiento propone llegar a un fin dejando en suspenso tácito al tres correspondiente a los registros real simbólico e imaginario. El sinthome tiene un límite y se pierde en la forclusión de sentido. La vuelta al tres consiste en volver al inicio gracias a la retroacción significante y allí encontrar el borde de la cuerda que nos falta.

La vuelta a la cordura es el regreso de la cuerda en tanto se tiene faltante. Es preciso volver y no perderse en el cuarto implicado en el sinthome porque ahí hay una única salida que es el encierro en la creencia de la potencia de la preeminencia de lo simbólico. El azar, mientras las cuatro cuerdas nos funcionen, puede cantar victoria. Pero es un canto pírrico guiado por Midas que transforma todo en oro.
El fin, sea de la vida o del análisis, no habría que confundirlo con el happiness de llegar a un lugar, sino todo lo contrario de perderlo, como la cuerda que se nos va para siempre y que al mismo tiempo hace falta como referencia a la cordura. ¿El violinista intenta decir algo de ésto?: creo que nunca lo pensó antes del acto. Puede ser que el acto suceda y que después se piense porque hay un sujeto del inconsciente que a posteriori demuestre su existencia.

La responsabilidad del analista radica en la causa de la resistencia que ofrece en la dirección de la cura el inefable compromiso de creerse parte del pasaje al acto que es la cuerda rota del maestro. Se puede pasar al acto, reconocerlo y hacer una obra maestra, o creer en lo inimputable que corresponde a una creencia ciega que no verá lo invisible y que no se sorprenderá de lo inaudito.
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



   Otros artículos de este autor
 
» Imago Agenda Nº 193 | noviembre 2015 | La pasión responde a una lógica 
» Imago Agenda Nº 171 | junio 2013 | Sexualidad y adolescencia  
» Imago Agenda Nº 162 | agosto 2012 | “Habemus Papam” 
» Imago Agenda Nº 160 | junio 2012 | La otra muerte. Psicoanálisis en cuidados paliativos  De Marcelo Negro (Letra Viva, 2da. edición, 2012)
» Imago Agenda Nº 154 | octubre 2011 | Transferencia previa 
» Imago Agenda Nº 133 | septiembre 2009 | Semblant e Impostura 
» Imago Agenda Nº 126 | diciembre 2008 | La máscara etílica 
» Imago Agenda Nº 116 | diciembre 2007 | Embarazo en la adolescencia 
» Imago Agenda Nº 101 | julio 2006 | Tiempos y análisis 
» Imago Agenda Nº 87 | marzo 2005 | El cuerpo como resistencia 
» Imago Agenda Nº 75 | noviembre 2003 | El tatuaje y lo anormal 
» Imago Agenda Nº 64 | octubre 2002 | Análisis de control 

 

 
Letra Viva Libros  |  Av. Coronel Díaz 1837  |  Ciudad de Buenos Aires, Argentina  |  Tel. 54 11 4825-9034
Ecuador 618  |  Tel. 54 11 4963-1985   info@imagoagenda.com