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   Colaboración

Entre logos y graphé… La inscritura
  Por Oscar Lamorgia
   
 
“La explicación supone la lógica del embrutecimiento: quien explica impide que la inteligencia de quien aprende trabaje por sí misma”.
Jacques Rancière (El maestro ignorante1)

“Así, sin que nadie le haya enseñado, sino porque le han preguntado lo que sabe, él mismo, por sí mismo, recobró el saber”.
Platón (Menón2)

Del testimonio indirecto. En modo alguno constituye para los analistas un ejercicio superfluo ni en extremo preciosista abrevar de aquellas fuentes que, si bien no representan las raíces más claramente discernibles de nuestra práctica, vienen a mostrarnos de un modo un tanto alambicado que los conceptos no surgen por generación espontánea ni mucho menos, por iluminismo metafísico.

En la obra de Lacan, las referencias al budismo zen no se hacen esperar y, justo es decirlo, llegan con una precisión y pertinencia encomiables. No obstante lo cual, podemos ubicar en los griegos algunos antecedentes occidentales –aunque no todos de análogo vigor– en los que se percibe el accionar de verdaderos protoanalistas. No faltará quien diga que no había allí dirección de la cura, pero es indudable que sí existía una política del hacer que animaba a lo que Michel Foucault denominó con justicia en su curso “La hermenéutica del sujeto”, cuidado de sí. En una línea tal se inscriben los filósofos estoicos y –por diferentes razones– también los cínicos. De estas dos escuelas no habremos de ocuparnos en esta ocasión. Sí, en cambio, llevaremos adelante la efectuación de un ejercicio histórico/sintomal del par ordenado Sócrates/Platón, a la luz del –tan minucioso como apasionado– desarrollo llevado a cabo por Jacques Derrida.

El notable filósofo argelino quedó conmovido en su encuentro con un grabado que logró poner patas arriba una concepción sostenida durante milenios, a saber, la que afirma de modo tácito o expreso que Sócrates habría sido el maestro de Platón. El grabado en cuestión ejerce, por el mero hecho de haber tomado estado público, una subversión posicional que parece sugerir lo contrario, es decir que Platón fue “maestro” de Sócrates, siendo éste último –y al decir de Derrida– el primer secretario del partido platonista.3

El dibujo contenido en esa tarjeta postal que data del siglo XIII, y cuya autoría pertenece al clérigo del evo medio Matthew Paris, fue hallado por Derrida en la Biblioteca Bodleiana de Oxford y aunque en primera instancia, dicha circunstancia pareciese trazar un dato puramente anecdótico, conviene recordar (tema que retomaremos más adelante) cómo a través del concepto de archiescritura, él pretenderá resolver el dilema existente entre logos y graphé.
El logos (o enseñanzas oralmente transmitidas4) daría cuenta del modo de difusión utilizado oportunamente por Sócrates; Lao Tsé, Gauthama Siddharta, Don Juan Matus y también por el propio Lacan, éste último a través del dispositivo denominado seminario. Enseñanza que solía ser recogida en forma respectiva por discípulos de la talla de Platón, Xenofonte; Chuang Tzú, Nagarjuna, Carlos Castaneda… y –en nuestro caso– a través del establecimiento de los seminarios (en su versión oficial) a cargo del yerno de Lacan.

Graphé, por el contrario, se refiere –tomando en cuenta las anteriores apreciaciones– a los modos de propagación de una enseñanza ligada a la escritura propiamente dicha. Considerando a Lacan como ejemplo, podemos centrar nuestra atención en ese inagotable manantial en el que encontraremos, tanto algunos escritos dispersos como también esas soberbias presentaciones congresales con valor de tesis, en las que el maestro francés reconoce su autoría bajo la compilación que lleva por título: Écrits.

En la famosa “tarjeta postal”, Platón aparece dictándole a Sócrates casi al oído lo que éste último, convertido de modo inusitado en prolijo amanuense, habrá de plasmar en el papel. Muchos autores han dudado de la existencia de Sócrates, suerte que éste hubo de compartir con aquella sufrida por otros maestros que han pagado con análogas dudas el costo de su agrafia. La hipótesis que intentaremos desplegar nos releva de las veleidades investigativas inmanentes a tales sospechas, en pro del rescate de la unidad mínima de significación que se encuentra concernida en los significantes Sócrates-Platón, o si se prefiere, Platón-Sócrates. En definitiva, da igual, ya que no se trata aquí de un problema de egos ni de marquesinas, sino de dos significantes propiciatorios de un testimonio condenado de modo inexorable a ser indirecto. Volviendo al grabado aludido en la precedencia, Platón se convertiría –debido a la puesta en acto de un ejercicio absolutamente diverso de aquel al que nos tiene acostumbrados–, en “padre de su padre”, casi en “abuelo de sí mismo”. Bucle significante que si bien no sumerge a su obra en el descrédito, da inicio a una paradoja que no parece escapar al análisis de Derrida. Ella radica en lo siguiente: en tanto que Platón aboga con encendido denuedo por la enseñanza oral (carente de contenidos referenciales) encarnada por Sócrates, sabemos de ellas prioritariamente (aunque no únicamente)… merced a los escritos de Platón.

La archiescritura como dialectización de logos y graphé. En el gráfico que se ve a continuación aparece un doble bucle que relativiza, en virtud de lo desarrollado líneas arriba, la importancia de los personajes en juego, subrayando la dimensión significante que poseen, a la vez que procediendo a devaluar a la cronología como principal dimensión temporal en juego a la hora de ubicar la causa de la transmisión,



Vemos en la parte superior del bucle anterior que el neologismo diferensia, el cual pretende (gracias a la sagacidad de Frida Saal5) dar cuenta de una traducción bastante feliz de la différance derridiana, la cual consiste en el cambio de una letra que no hace distinción en su pronunciación, pero que sí establece un cortocircuito interesante, vía la homofonía, entre escritura y habla.
Cuestión que incluye al menos dos planteos interesantes, a saber:

El ens (ente) que nos lleva a pensar en lo que Lacan dice del ser, al menos si tomamos como faro rector un derrotero llevado a cabo por Jean-Baptiste Balmès en un trabajo que abarca la producción que va desde 1956 a 1966 en la obra del primero. Fecha esta última, que coincidirá tanto con la aparición de los Escritos de Lacan, como con la de un importante libro de Jacques Derrida: De la gramatología.
Lo que la diferencia implica en cuanto a distancia conceptual, pero también –si incluimos la dimensión temporal en juego- lo que en ella hay de diferimiento… de acción diferida.

La tinta: ¿cicuta de logos?
Es casi de público dominio que pharmakon es un vocablo de origen griego que significa tanto remedio como veneno. Lo que muchos desconocen es que pharmakon es también la tinta con que los escribas de entonces procedían a inmortalizar lo que creían saber, o bien el conocimiento recopilado de las enseñanzas de sus maestros. Ello nos lleva a otra paradoja. La letra mata a la cosa, pero a la vez posterga la segunda muerte, entendiendo a esta última como el olvido. Veneno que, habiendo dado lugar a una controversia entre Derrida y Lacan que jamás fue debidamente saldada, persiste hasta hoy contaminando una dicotomía que ya decanta en forzamiento teórico. En tal respecto, afirmo que Derrida fue un lector que no leyó suficientemente (a Jacques Lacan), en tanto que Lacan fue un autor que no citó convenientemente (a Jacques Derrida). Para Ferdinand de Saussure, la escritura era secundaria respecto del lenguaje oral, cuestión que la siguiente cita logra plasmar de un modo categórico:

“Lengua y escritura son dos sistemas de signos distintos; la única razón de ser del segundo es la de representar al primero; el objeto lingüístico no queda definido por la combinación de la palara escrita y la palabra hablada; esta última es la que constituye por sí sola el objeto de la lingüística”.6

Es sobradamente conocido (al parecer, salvo para Jacques Derrida) que el autor de “Función y campo de la palabra…”, hacía referencia a la escritura, en un sentido bastante más abarcativo del que el lingüista estructural utilizaba. Lacan subrayaba la primacía ontológica de la escritura en su sentido amplio de inscripción.
Ya en otro lugar7, me valí –a modo de tibia propuesta– de un neologismo que me parece absolutamente conteste con una tal posición, y que por entonces denominé: inscritura.


Referencias bibliográficas
Balmès, Jean B.: Lo que Lacan dice del ser. Amorrortu. 2002.
Derrida, Jacques: De la gramatología. Siglo XXI. 1984.
Derrida, Jacques: La pharmacie de Platón. Flammarion. 2000.
Ikeda, Daisaku: Comentarios sobre los capítulos Hoben y Juryo del Sutra del Loto. Ediciones Sgiar. 1998.
Kohan, Walter O.: Sócrates: el enigma de enseñar. Editorial Biblos. 2009.
Lacan, Jacques: “Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis”. En: Escritos 1. Siglo XXI. 1981.

Notas
1. Rancière, Jacques: El maestro ignorante. Del zorzal. 2007.
2. Platón: Diálogos (Menón). Gredos. 1976.
3. Derrida, Jacques: La tarjeta postal de Sócrates a Freud y más allá. Siglo XXI. 1986.
4. En idioma japonés goyaku jintengo, que era el modo en el que el Buddha original difundió su enseñanza (nota del autor).
5. Saal, Frida: “Lacan - Derrida”. En El psicoanálisis y la escritura. Coloquios de la fundación. Siglo XXI.
6. De Saussure, Ferdinand: Curso de lingüística general. Losada. 1971.
7. Lamorgia, Oscar: Psicoanálisis: escritura de la falta-en-ser. Letra Viva. 2009.
 
 
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