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   Locuras no psicóticas

Un Novel en la Jaula de los Locos
  Por Sergio  Rodríguez
   
 
“Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste? Salís de tu casa, por Arenales. Lo de siempre: en la calle y en vos. . . Cuando, de repente, de atrás de un árbol, me aparezco yo. Mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus: medio melón en la cabeza, las rayas de la camisa pintadas en la piel, dos medias suelas clavadas en los pies, y una banderita de taxi libre levantada en cada mano. ¡Te reís!… Pero sólo vos me ves: porque los maniquíes me guiñan; los semáforos me dan tres luces celestes, y las naranjas del frutero de la esquina me tiran azahares. ¡Vení!, que así, medio bailando y medio volando, me saco el melón para saludarte, te regalo una banderita, y te digo…”
De: Balada para un Loco
Letra de Horacio Ferrer Música de Astor Piazzola

En las locuras no psicóticas, no está forcluido el Nombre del Padre, pero que algo falta, falta…

El Ingenioso Hidalgo de los diarios. Cierto día del siglo XX, cuando yo era mucho más novel que ahora, vino a consultarme un señor que parecía una típica caricatura de sabio distraído. Delgado, tirando a esmirriado. Ausente de garbo, nariz prominente y simpática, sonrisa amplia y despreocupada. No sufría. Extrañaba. Y no entendía. Era trabajador, cumplidor, profesor de matemáticas, con un bello piso antiguo heredado de sus padres en una zona aireada de Recoleta. Casado hacía muchos años, no tenía hijos. Según declaraba, era algo que no lo problematizaba. Tenía bastante con sus alumnos del secundario. Cuando de espaldas escribía fórmulas y factoreos en el pizarrón, aprovechaban y echaban a volar avioncitos construidos a ciegas debajo del banco. Eran verdaderos salvajes. No entendía por qué, pero no dejaban de despertarle simpatía. Mientras los gritoneaba, no podía evitar que se le escaparan risas y sonrisas. Lo que no generaba los climas de seriedad y sobriedad necesarios, para aprender y aprehender las intrincadas lógicas devenidas de la materia que lo desvelaba. Entonces, sentía un incomprensible guiso de enojo y diversión. Encima, iba a los colegios en un viejo Citroen 2 CV con las suspensiones vencidas. Debido a lo cual, cuando llegaba o se iba, sólo su cabeza asomaba por encima del volante. Era una especie de Caballero Andante siglo XX, pero sin escudero.
La esposa había decidido separarse, lo que a él, le resultaba absolutamente extraño. ¿Por qué, si él no le hacía faltar nada? Con el tiempo surgió un relato revelador. Desde 1954, no mucho después de su casamiento, había tomado la costumbre de no tirar el diario. Los iba apilando sobre el piso del departamento. Cuando la pila llegaba a la altura de la cabeza, iniciaba una nueva. Al igual que en su Citroen, lo único evidente en su piso, era su cabeza circulando misteriosamente por encima de las innumerables pilas. A esa altura, apilaban más de 11.000 diarios. Un día la esposa, cansada de quejarse, regañar, rogar, lo enfrentó con un ultimátum. Le espetó: -o yo, o los diarios. El matemático, no dudó ni un instante y le contestó: -los diarios. Así llegó a su fin una pareja que no había sido un modelo de felicidad, pero tampoco un desastre. Todo había transcurrido en el aburrimiento de rutinas democráticamente compartidas, actos sexuales regularmente consumados, veladas cultas en las que eran civilizados espectadores y luego mínimos comentadores. Lo único disruptivo, había sido el conflicto por las pilas de diarios que habían transformado al piso de Recoleta, en un complejo laberinto que sólo él y ella recorrían con pericia. Le resultaba incomprensible, la decisión de la ex. No obstante, no había dolor ni pasión en sus asociaciones, sólo desconcierto. No hubo tiempo para transformar dicho desconcierto en demanda de análisis, menos en deseo. Las pilas de diarios y su cabeza matemática le proporcionaban un goce sustitutivo, suplementado por las rabietas que se agarraba con los “chicos” de la secundaria. La pérdida de la esposa, perdió importancia. Además, era mucho mejor su hermana mayor que había pasado los 50 y era muy maternal con él.
¿De coger? Ni hablemos. Algunas noches en las que lo despertaba el priapismo, si resultaba muy imperioso, manualidades aprendidas en la adolescencia lo volvían a los brazos de Morfeo. ¿Para qué analizarse? ¿Por una mujer? Apilar diarios, era más gozoso y menos complicado, que las pilas de una sola mujer.

Atrancado en el pasamanos simbólico. El pedido de entrevista sonaba desesperadamente imperioso. Un síntoma, le obstaculizaba el trabajo y la vida en general. Aquel candidato a analista novel, no Nobel, lo citó para el día siguiente. Vino presto y se sentó en una silla que lo enfrentaba en estricta diagonal. Era verano. Concurrió sobriamente vestido. Un pantalón gris, una camisa azul con sus mangas largas abotonadas sobre las muñecas, unos zapatos marrones tirando a colorados mal lustrados. El detalle de las mangas abrochadas, le llamó la atención al novel. Sentado en esa posición, miró penetrantemente al novel. La mirada trasmitía una enorme pregunta ¿qué hago? El joven colega poniendo su mejor cara de Freud, trataba de parecer imperturbable. Pero, inquieto, no lograba dejar de mover el culo en su sillón. La mirada lo inquietaba. No sabía si el hombre le estaba rogando que le diga algo, o lo estaba despreciando. Se decidió a preguntar con su mejor voz de psicoanalista serio (consiguientemente se lo escuchó un tanto engolado): –¿Qué lo trae por acá? El hombre dificultosamente musitó. – Hace muchísimos años que tengo un problema grave que me dificulta trabajar. Hizo silencio nuevamente. El culo del analista retomó su inquietud. Con voz temblorosa, se animó a preguntarle al hombre de la mirada de hierro: –¿Y de qué trabaja?Soy bioquímico. Nuevo silencio. El novel: –¿Y cuál es ese problema? Arrastrando las palabras… –Qué cuando me lavo las manos, tardo muchas horas, porque me repaso una y otra vez con jabón, cepillo y piedra pómez desde la punta de las uñas hasta arriba de los codos… –¿Por qué, con qué trabaja? –Analizo materias fecales. –Aahh…dijo el novel aliviado, mientras se expandía en el sillón –claro, con ese trabajo es lógico que se lave bien las manos… –No, no es lógico. Trabajamos con guantes y el protocolo exige lavarse sólo, durante quince minutos. Lo que pasa es que cuando empiezo a lavarme, no puedo parar. A veces, estoy más de dos horas lavándome. Y en mi casa, a veces me estoy lavando durante muchas más horas. A esa altura el novel empezó a sentirse un poco estúpido, además de asombrado. El señor de los lavados, agregó: –En el trabajo son muy buena gente. Me tienen mucha paciencia, porque a pesar de que me levanto muy temprano a las cuatro de la mañana para no llegar tarde, mi higienización me lleva muchas horas y hay veces que no logro no llegar tarde. Por otro lado como a la salida estoy muchas horas lavándome, también suelo llegar muy tarde a casa. Suerte que soy soltero y no tengo familia. Si no, ¿se imagina doctor? Y agregó con cara de desesperado –¡Duermo muy poco, estoy cada vez más agotado…! ¡Haga algo doctor! El novel sólo atinó a mover nuevamente sus ancas. El hombre de mirada fija y cuya vida consistía en lavar sus manos durante horas, urgido desabrochó los puños, recogió las mangas y mostró sus brazos lacerados en carne viva. El novel, no pudo evitar un gesto de horror. Más por angustiado, que por psicoanalista, preguntó: ¿fue al médico? El señor de la dura mirada hizo un gesto de hastío. –¿Médicos? Innumerables. Me dan consejos y pomaditas. Y yo, no puedo dejar de lavarme. Encima después, cuando no voy más, se me contaminan en círculos concéntricos, primero el edificio donde atiende el profesional, luego la cuadra, más tarde toda esa calle y después los anillos se van haciendo cada vez más amplios. De algunos consultorios, ya no puedo pasar por cincuenta cuadras a la redonda. El novel anunció la regla fundamental. –Asocie libremente todo lo que venga a su cabeza mientras esté en mi consultorio, etc., etc., etc… No sabía que con esa formulación, abría las gateras de su propio tormento. A partir de entonces, la mirada susodicha lo torturó. Tres veces por semana, puntualmente, el señor se sentaba en diagonal en la otra punta del consultorio. Desde un silencio denso, lo miraba entre criminal y suplicante. Novel intentó de todo, preguntó generalidades y “genialidades”. Preguntó por ejemplo, por qué se quedaba callado. Obtuvo como respuesta que estaba esperando que le dé la solución. Pidió reportes de los días previos, se interesó por la vida sexual del híper–limpio señor y se enteró que para eso no había tiempo, sólo para masturbarse. El novel, se acordó de las series complementarias y la embistió con una anamnesis reglada. –¿Qué me puede decir de su padre y su madre? –Dos padres maravillosos y rectos, que nunca me tocaron. Lamentablemente, murieron con pocos meses de diferencia cuando yo tenía sólo 32 años. Nunca les escuché ni un sí, ni un no. Tampoco hablaban entre ellos, casi. –¿Y su hermana? –Mayor que yo, tiene cincuenta (El novel se acordó del chiste infantil –¿cuántas estrellas hay en el cielo?), me lleva diez. –Siempre fue y sigue siendo como una madre para mí. Fíjese que seguimos durmiendo en el mismo dormitorio. ¡Claro que en camas separadas! –¿Por qué, no hay otra habitación? –¡Sí…! En la casa de Papá y Mamá hay cuatro dormitorios, un living y un comedor.
Pero la costumbre… ¿Vio? Nunca pensamos en separarnos. Al novel, perseguido por el timing y sus dificultades para escuchar todo lo que no fueran gruesos equívocos, olvidos o sueños, se le “escaparon varias liebres”. En fin, trató de hacer todo lo que se le ocurrió. Lo único que no hizo, fue acrobacias o malabarismos, aunque la idea se le cruzó más de una vez. Finalmente, para alivio del novel, un día el desgraciado lavamanos no concurrió más, dejando todo pago puntualmente y un reproche caído como al descuido. –Fue otro año tirado a la basura. El novel a veces, imaginaba que para el tabú de contaminación del señor de la mirada de hierro, una nueva zona se le ampliaba progresivamente mientras se le reducía su radio de circulación. ¿Simple fantasía contratransferencial, o deseo del novel de no cruzarse nunca más con la expresión viva de uno de sus primeros fracasos?

Gozando de picos y cavernas… la angustia acecha… En tiempos cercanos a la atención del paciente descrito anteriormente, el novel recibió una consulta que despertó su curiosidad. Un hombre joven, entre treinta y cuarenta años, lo requirió porque dos fobias le dificultaban su vida social. No podía ir a reuniones festivas que se hicieran en pisos altos por temor a caer al vacío. Hombre de capas medias, medias; no tenía automóvil ni dinero para taxis. Viajaba en transporte público. Pero no podía entrar a los subtes, porque entraba en pánico. Hasta ahí lo sorprendente, era la portación de fobias tan opuestas. Cuál no sería la sorpresa del novel, cuando se enteró que la profesión del consultante era espeleólogo y su deporte preferido, el andinismo. Lamentablemente no hubo tiempo para investigar. Después de la segunda entrevista, no volvió más. ¿Alguna interpretación kleiniana toscamente enunciada? Seguramente. El útero materno y las tetas estaban tan al alcance de las manos… digo, de las palabras…

Tratando de entender. En ninguno de los tres, alguna forclusión del Nombre del Padre imposibilitó el cuarto nudo, o llevó a una sustitución alucinatoria o delirante. Pero en los tres, goces menores sustituían, goces mayores imposibles, “locos”. Para el primero, la imposibilidad de encuentro con el deseo alguna mujer, fue suturada con el laberinto de noticias y palabras impresas y apiladas. Para el segundo su goce anal incestuoso, era escasamente desplazado, al masoquismo lacerante. ¿Una mano lavaba a la otra y ambas a su fantasía anal, erótico fraternal? En el tercero, la interpretación salvaje no tuvo retorno. Pero, no fue errónea.
 
 
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