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   Locuras no psicóticas

Vincere. La tarea del analista
  Por Alicia Hartmann
   
 
La historia de la locura amorosa de Ida Dalser, en las imágenes que Mario Bellocchio recrea en la pantalla, transita las vicisitudes de un cuadro de locura no psicótica. El desencadenante que fecha el cineasta es el encuentro con Mussolini, sin embargo, no pueden desconocerse las condiciones previas no explicitadas de la estructura subjetiva de Ida.
Son conmovedoras las escenas donde Ida enarbola como único estandarte su verdad, la verdad del reconocimiento del hijo, Benito Albino Mussolini (nacido de su encuentro amoroso con el futuro Duce), y lleva su lucha estéril al límite, frente al implacable avance del fascismo, pero ese límite se perfila rápidamente como un riesgo suicida. Advertida fuertemente por su cuñado Riccardo Paicher, Ida insiste, y aún presenciando los brutales ataques de los camisas negras a los antifascistas, ella sueña, lucha obsesivamente por alcanzar su amor imposible. Su vida se reduce a eso. Una cierta forma de muerte subjetiva. Las “cartas de amor” (lettres d’amour) abren un abanico de demandas sostenidas en el desamparo de Ida, donde el odio al objeto idealizado y amado se hace carne. Son en su mayor parte dirigidas al mismo Mussolini, pero también al “Santo Padre”, al rey de Italia, pero son un testimonio real e invalorable las cartas escritas a Luigi Albertini (1916-1925), director en ese tiempo del Corriere della Sera. Su insistencia infinita inicia una espiral donde el odioenamoramiento con la fuerza de lo real no tiene límite y se lee allí con mucha claridad una lógica donde lo que no cesa de escribirse lleva el texto a una modalidad necesaria de la relación al Otro. Posición donde la relación sexual existe. Se reitera un padecimiento constante, utilizando infructuosamente la misma argumentación. Muchas están escritas antes de la internación. Ida exhibe su abandono, su pobreza, su falta de dinero, la posibilidad de la muerte del niño de distintas maneras, que aparece como un leit motiv constante de su sufrimiento.

Es interesante el comentario del editor ya que Ida le escribe durante años a un personaje que en cierto sentido funciona simétricamente con Mussolini. Albertini, de tanto en tanto, le hace responder a las cartas por su secretario, enviándole solamente cincuenta liras, de ninguna manera atiende o comparte sus requerimientos, o inicia alguna defensa en relación al abandono de Mussolini. Son cartas, entonces, que escasamente llegan a destino, y revelan cruelmente la imposibilidad de Ida de buscar algún otro camino. Si bien esta historia es verídica, esta posición nos sirve para pensar el goce de estas patologías, en las que aunque el sufrimiento tenga un fuerte asidero real, o una historia traumática altamente significativa, la insistencia pertinaz en recordarla, en recrearla, en revivirla, conduce a situaciones sin salida.

En el libro de las cartas, titulado Mussolini ha deciso di internarmi col piccino* (Mussolini ha decidido internarme con el pequeño), Lorenzo Benadusi hace una referencia al informe del hospital psiquiátrico. Nos dice: “El medico observa: parece difícil diferenciar las ideas normales de las ideas delirantes, su torrente de palabras tiene casi la fuerza de una logorrea, y su razonamiento es por momentos caótico y desconectado, se pierde el hilo conductor. El diagnóstico que se concluye es un síndrome paranoico en sujeto neuropático”. Es interesante destacar en este informe las dificultades de ubicación de la paciente en un diagnóstico claro, porque todo tiene la indeterminación del “casi”: casi la fuerza de una logorrea…, es por momentos…

La única conclusión definida es la modalidad paranoide, lo cual revela –y coincidimos– en estos casos, la fuerza de los mecanismos proyectivos. Agrega también el médico que Ida escribe continuamente, en cualquier pedazo de papel, en las paredes de su habitación, pidiendo su libertad.

La película recalca esta cuestión, ya que muestra todo un tránsito por la historia de la locura de la que Foucault podría hacer un brillante comentario en relación a la conjunción entre hospicio y prisión. Un dato inicial, y alrededor del cual va a girar el argumento del film, es la entrega de Ida de todas sus posesiones: las vende para que Mussolini solvente su periódico Popolo d’Italia. En el guión de Bellocchio el diálogo se desarrolla así:

M.: —¿Ida? ¿Qué sucedió?
I.: —Vendí todo.
M.: —¿Qué dices?
I.: —Vendí todo. El departamento, el negocio, los muebles, las joyas. Para tu periódico… Tómalo.
M.: —No.
I.: —Está hecho, debes aceptarlo.
M.: —No.
I.: —No fue un sacrificio sino un placer. Te amo… Es un préstamo.
I.: —De acuerdo… es un préstamo. Te firmaré un recibo.
I.: —Luego.
M.: —Ahora… “Yo Benito Mussolin recibí de parte de la señora Ida Dalser… la suma de… Lo dejaré en blanco. Ahora tendré que casarme contigo.
I.: —Dime “te amo” solo una vez… (Él no contesta)

La locura por fuera de la psicosis sostiene hegelianamente una consistencia de ser que a la luz de la Fenomenología del Espíritu conjuga la posición del “hombre de corazón tierno” con el “hombre de placer” simulando en la búsqueda de una verdad incuestionable la apariencia de una posición virtuosa (“hombre de la virtud”) que en el caso de Dalser y en otros es claramente autodestructiva.

La magia del film de Bellocchio, en su singular estilo operístico, va otorgando paulatinamente al un sesgo trágico, se realiza en un género difícil de definir, ya que oscila entre el documental y el drama amoroso. Las imágenes oscuras, en blanco y negro, de la primera parte de la obra, los amantes en penumbras, los ojos de mirada fija y penetrante de Ida, su apasionamiento sin considerar el misterio que rodea a su partenaire y el silencio de su vida, que está insinuado en su repentino desapego y sus partidas abruptas, la falta de historia anterior de Ida, son una rápida y precisa semblanza de lo que ocurre con la presentación subjetiva de estos pacientes.

Hay oscuridad en el discurso, fijeza en las representaciones, en el pensamiento, no hay una historia eficaz que se pueda recorrer fácilmente en un supuesto pedido de análisis.
Es de considerar también el valor que tiene el personaje en el lugar del Ideal (Mussolini) que con una estructura de fenómeno de masa produce en la mujer una suerte de rebajamiento intelectual que se manifiesta en la fijeza de una idea (representación - cogito) del que hablaba Le Bon en Psicología de las Masas. Así se reduce a todo sujeto a la más degradada posición de objeto. Una posición masoquista difícilmente conmovible.
Entre el estudio de las teorías de la identificación de “Introducción del Narcisismo” hasta llegar a las alteraciones del yo, sin desdeñar los tipos libidinales en todas sus versiones, se despliega en Freud una línea que permite recorrer el espectro de las locuras no psicóticas llamadas por él afecciones narcisistas por fuera de las psicosis.

Se puede recorrer en la obra de Freud esta sutil diferencia, especialmente en su relación con la melancolía. Tomaremos solamente una cita de la Introducción a Zur Psychoanalyse der Kriegsneurosen (1919): “Sólo mediante la formulación y el manejo del concepto de una ‘libido narcisista’, es decir, de una medida de energía sexual que depende del yo mismo y se sacia en él, como por lo común sólo lo hace en el objeto, se consiguió extender la teoría de la libido también a las neurosis narcisistas; y esta ampliación enteramente legítima del concepto de sexualidad promete brindar, respecto de estas neurosis graves y de las psicosis, todo aquello que uno pueda esperar de una teoría que avanza mediante tanteos empíricos”. (El subrayado es nuestro.)

La crítica implacable que Lacan hizo a las patologías narcisistas consideradas como “patologías del self” en la IPA, fue en función de analizar a todo paciente desde la perspectiva donde se tenía como lugar de identificación “un narcisismo mejor”, el del Ideal del analista.
No aparece en la obra de Lacan que el trabajo sobre el narcisismo, eje de la constitución subjetiva, del cual todos padecemos en mayor o menor medida, haya sido desdeñado. Es más, ha sido el eje de una de las primeras teorizaciones sobre el fin de análisis en el Seminario Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis: poner a distancia el Ideal del objeto para vivir un amor sin limites y más radicalmente la pulsión. Vale decir, el trabajo del análisis es en torno a horadar el narcisismo. Las diferentes teorizaciones sobre lo especular permanecen presentes hasta el final de su obra y se enriquecen con el trabajo sobre la separación cuerpo/goce.
En la historia del psicoanálisis es Helen Deutsch quien ha considerado en su definición de las personalidades as if el desarrollo de esta problemática. Lacan dirá, en el Seminario de la Ética: aquellos que buscan incansablemente el Ideal de autenticidad.

Si no nos dejamos atrapar por la zozobra, por los embates que actualmente sufre el psicoanálisis y nos fortalecemos en relación a su extensión en la cultura de nuestro tiempo, luchando frente al cognitivismo y la neurociencia, en la clínica hospitalaria así como en la consulta privada, recibimos este tipo de pacientes y nos ingeniamos –con un arte del que es difícil dar cuenta–, para atenderlos una vez por semana, frecuencia que tal vez hubiera horrorizado a Margaret Little, a Lucy Tower, o a Barbara Low. Pero a veces, con suerte, hay eficacia con tan escasos recursos.

Llamarlas patologías de borde no nos convence, ya que sólo nos circunscribimos a la problemática de la vacilación fantasmática que de hecho, la tienen. Pero la situación es más compleja. Tampoco son claramente alteraciones del yo (caracteropatías) aun cuando a veces lo parezcan. El estilo del lazo al Otro oscila muy rápidamente entre la obsesión, la histeria, o la presentación angustiosa, teniendo como común denominador la inhibición o el impedimento de las más cruciales funciones yoicas.
El déficit de la operación en el falo (-ϕ) en el fondo del espejo (Seminario de la Angustia) detiene la ficción necesaria de la riqueza, versatilidad, movilidad posible del imaginario. Sus variaciones de posición en la transferencia, que pueden ser de una sesión a la otra, o dentro de la misma sesión si se produce una intervención eficaz que durará con suerte hasta el encuentro siguiente.
Desde el punto de vista de la estructura, Héctor Yankelevich en Ensayos sobre autismo y psicosis ha diferenciado el rechazo de la castración de la forclusión del Nombre del Padre. Citamos: “La noción lacaniana de rechazo de la castración subroga que, cuando es el propio sujeto que opera allí, sin el sostén del padre real, o un substituto que puede ser la madre (ver para ello entre otros, las Memorias de Elías Canetti “La lengua absuelta”) intentando una negación anticipada del Otro, paradójicamente el sujeto abandona su yo a una imagen de sí tomada del Otro que lo hará equivalente a un objeto pulsional”.

En No se vuelve loco el que quiere. Vicisitudes sobre las afecciones narcisistas –de próxima publicación–, consideraremos en este rechazo tan primariamente constituido la importancia de la operación deficitaria del Ideal del Yo. El Ideal, como bien señala Freud en “Introducción del narcisismo”, es condición de la represión, ha impuesto difíciles condiciones a la satisfacción libidinal con los objetos pero el enamoramiento, que toma la modalidad del amor-pasion de Stendhal (“Rojo y Negro” y “Del amor”) hace consistir el desborde la libido yoica sobre el objeto. Por el exceso que abraza al objeto ideal (yo ideal) se empobrece el Yo y no está en condiciones de cumplir con el Ideal. Paradoja crucial la que Freud perfila para las afecciones narcisistas ya que son patologías que podrían curarse aparentemente o empeorar más por el amor que por el trabajo analítico.

Es así como se dificulta instalar una genuina demanda de análisis y la captura del analista es moneda corriente en los arrebatos de una pertinaz transferencia imaginaria.
Las carencias tempranas, y valga a modo de metáfora la vida de Dalser desarrollada en un clima de preguerra, acercan estas patologías a las neurosis de guerra, lo cual enfatiza la importancia del trauma producto en la estructura del exceso temprano gira como consecuencia del rechazo.

El estudio del registro imaginario en su articulación con los otros dos, simbólico y real, nos convoca desde la lectura de RSI, la Tercera, El Sinthomme, Joyce, L’Insu para ir desplegando cómo el destino de este yo ideal exacerbado en torno de la representación (cogito) hace su pasaje si el análisis lo posibilita al savoir faire con la imagen. En el Seminario De un Otro al otro, nos interrogó la palabra malicia, y encontramos en el texto Ante el tiempo de Georges Didi-Huberman una referencia sumamente interesante, la imagen malicia en textos de Walter Benjamin (difícil es saber si Lacan leyó a Benjamin). La cita es la siguiente: “La imagen sería pues la malicia en la historia; la malicia visual del tiempo en la historia. Ella aparece, se hace visible, al mismo tiempo se disgrega, se dispersa a los cuatro vientos.” Nos interesa especialmente este párrafo de Benjamin, que piensa un concepto de imagen que puede funcionar en forma autónoma en relación con las conexiones que la historia le ofrece y por fuera de toda montura, de todo montaje, de todo marco.

El trabajo sobre los estragos de la identificación especular es eje de la cura, y los afectos tan trabajados por Klein y tan poco considerados, en especial la envidia, dificultan la primera identificación, que afecta la segunda y perturba la tercera impidiendo constituir el discurso histérico, condición del sostenimiento de una transferencia eficaz para la continuidad del análisis.
Pero no por fuera de las neurosis de transferencia, ya que no son las neurosis narcisistas que Freud definía como las grandes psicosis, la neurosis de transferencia es una manera de sostener un personaje, única forma donde se pueden dar a ver, única condición de existencia.
El psiquiatra le dice a Dalser:

Usted ataca… salta de las trincheras y ataca.
Estuve en la Segunda Guerra, pero ahí había dos ejércitos matándose entre sí con las mismas armas.
Usted, sin embargo, está sola contra todos… los Carabinieri, la milicia, el ejercito, la Guardia Real… demasiados.
Se equivoca al ir gritando su verdad. ¡No es que la verdad no debería gritarse!
Pero es el modo, el método… el momento, que no es el correcto.
Este es el momento de estar tranquilos, de ser actores… ejerzo de médico, curo pacientes.
¿Alguna vez me oyó decir: “Abajo el Duce”?
Hoy, no digo siempre, hoy…
Debemos ser buenos actores.


En el largo camino de la producción de un sujeto en relación a su causa, condición del acto analítico, la tarea del analista en estos casos parece ser más que nunca, interminable. 
_____________
* Mussolini ha deciso di internarmi col piccino, Lettere de Ida Dalser a Luigi Albertini, 1916-1925, a cura di Lorenzo Benadusi, Fondazione Corriere della Sera, 2010.
 
 
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