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   Locuras no psicóticas

Locura y Psicoanálisis
  Por Raúl Yafar
   
 
Especificando la locura. Me voy a alejar del uso cotidiano del término que la aproxima a los asilos y manicomios, pero también de la inercia de nuestra jerga que la emparenta con el tópico de la feminidad y la fórmula del no-todo. Tomaré distancia asimismo de pensar que la demanda de amor –“fe­me­nina” o no– puede ser enloquecida y/o enloquecedora, así como de asociar la locura con la extravagancia del artista. Nada más preconceptual pues, como veremos, el loco sueña con reformas, pero trabaja para no crear nada. Podemos comenzar estableciendo que la locura no hace diagnóstico diferencial entre neurosis y psicosis, y tampoco es específica de una neurosis en particular.
Mi hipótesis es que lo que examinaremos como locura proviene de una respuesta restitutiva a una falla en la constitución originaria de la instancia del Yo, respuesta exacerbada a un cataclismo acontecido a repetición.

Desencadenando la locura La imagen con la que quiero comenzar es la de una ciudad –el Yo en formación– que recibe una lluvia de meteoritos, absolutamente impredecibles en tamaño, ritmo de llegada y duración de los acontecimientos. Es más, ese asedio no vislumbra algún final. La locura es respuesta, entonces, a microtraumas producidos por sensaciones propio y enteroceptivas que no pueden ser articuladas como pulsionales –ni siquiera como sentimientos que se generarían a partir de las mociones de la misma–, pues ha acontecido una falla en el sostén y la manipulación del infans (Winnicott). La locura será, como veremos, una forma de auto-respaldo. Por lo tanto la locura es un encolumnamiento yoico estabilizador.
El loco detenta una especie de Ley que no proviene del Otro, sino de la prótesis especular que construyó, la que a su vez es un antídoto contra el cataclismo que arrasó su reflejo.
Como el yo resulta aquí un “colador” repleto de agujeros, y dado que el Otro ha fracasado en sus funciones más sustantivas, el sujeto se ve obligado a una prueba superadora. Deberá cicatrizar con desesperación la insistencia siniestra de ese derrumbe.

El Otro del loco no es el Otro social, ni el Otro familiar: es uno postizo que incorporó a partir de su propia ideo-yoidad. La frase de Rimbaud que tanto cita Lacan: “Yo es Otro” sólo se realiza plenamente mediante la locura. No es suficiente pensarla a partir del momento “paranoide” del espejo normal, ni acercarla a la estructura psicótica. Hay algo específico en la locura, en el modo en que se vive en ella una otredad desoladora, huérfana de lo Otro.
El loco se da su propia ley pero, además, querrá proyectarla sobre el Otro-del-mundo para repararlo, reparándose, en el acto de soñarlo como cosmovisión a concretar.
El Otro que ha de reponer no es el de la sexuación, sino el Otro primigenio. Por eso debe estar purificado de goce. De allí el carácter afanoso y altruista de la locura. Sexo y dinero resultan vanos, salvo como medios para un fin superior. Toda apetencia pulsional resulta desconfiable.

La locura se constituye, por lo tanto, en tres pasos:
Despeñado el Otro por la rampa del desamor, la pulsión no es vivida como tal, deviene una lluvia de microheridas aleatorias, sufrida durante períodos primordiales, pero constantemente amenazante. El fenómeno no es una fragmentación, sino una aniquilación (Winnicott). No se trata de la castración simbólica del Otro, sino de su volatilización real. Lo que ha acontecido no tiene un sentido neurótico.
Creo que hay en la locura un mecanismo de resolución particular de eso insoportable. Podría ser una subducción (Lacan), al modo de una implosión. Tal vez una variedad de renegación… o lo que podríamos llamar una adjuración –al modo de un exorcismo–. Como sea, no se puede vivir la castración real del Otro y seguir neuróticamente cuerdo.

Se inventa un Otro originario en el sujeto mismo, por lo que sus Ideales devienen no compar­tibles, aunque tomen elementos que se extraen de la realidad fundada por el conjunto social. Estos son meramente elevados a un Frankenstein de símbolos: la caricatura de una legalidad. Hay algo de espantapájaros en el loco, de desparramo y de cenizas fácilmente arrastradas por cualquier ventolina. Sus ideales están hechos carne-en-su-corazón, porque provienen de él. Es la sal y la marea de su cuerpo en llamas mudas: ellos son los que se acorazan en su mismísimo Yo… enloquecido de dolor y desolación. La causalidad del deseo, no constituida, se subsume únicamente a esa “ley” brutal.
Ampliemos este punto: en la locura la causa singularísima del sujeto –la que debiera localizarse atravesando la angustia, es decir, el “tú eres eso” lacaniano– se evapora en la vorágine de la “causa” idealizada a defender. Deviene eje unificado de las motivaciones subjetivas. Esto transforma al Yo en un objeto compactado.

Estoy destacando tres cosas, que atañen a los tres registros:
Primeramente, LA causa del loco no es su objeto a, su real alojado en el Ello. Se trata de algo que más bien deberíamos llamar su determinación. Ella lo anima, más allá de él, desligándolo de un recorte deseante posible, aunque semeje ser lo más precioso que él vive y por lo cual desvive. Puede ser lo único de lo que hable, pero es un anti-deseo en relación al acto constituyente del sujeto.
En segundo lugar, la meta a la que se consagra no es simbólica ni está sujeta al intercambio fálico –no está disponible para ninguna transacción con el prójimo–, aunque su texto haya sido extraído de experiencias neuróticas comunes a todos y aunque sea allí –entre esos todos– donde busque implantarse. En ese sentido no es una ley, sino una idolatría del Ideal. Esa clave es su intimidad más urgente, sostenida a cada instante, por ser lo único que lo alienta.
Y en tercer lugar, aplastada la causa en una determinación idolátrica, el Yo se transforma en una cáscara, un mazacote imparable, irremediable y sin fisuras.

Tenemos por un lado un Yo inflado, intolerante, intempestivo. Por el otro, un ideal que devino fiera reivindicación. Y en tercer lugar una causa que es un antideseo.
Todo eso empastado es un loco. Los tres registros se pierden en su especificidad: hacen un solo aro enloquecido, catapultado hacia un mundo donde, de todos modos, no se ha de alojar.

El Alma Bella de Hegel. El alma es bella porque sólo ella sabe de la excelencia de su esencia. Pero no sólo eso, sino que se atiborra de excedencia, disponible por entero para la pronta realización del bien de la humanidad. Se basta a sí misma dándose su propio fin, lanzada al mundo a sabiendas de cuál es su misión y suponiendo que en ella hallará satisfacción.
Este mundo debe ser mejorado para liberar al hombre. Su guía es la “ley del corazón”, la protesta íntima contra el orden establecido, que es básicamente imperfecto. La aprehensión de las pautas para el cambio se da en el alma de forma inmediata y surge de una originaria primerísima intención, apuesta pura e innegociable. Es una ley surgida de sí, sin mácula de interés personal. Está ausente cualquier terceridad preexistente, por lo que no hay juego político alguno.
La realidad, por otro lado, parece arbitraria, pues separa el corazón de la ley. Constriñe y violenta, contradice y degrada. Inmersa en esta tragedia, pues no puede escapar de ella, el mundo empieza a parecerle al alma un entelado de apariencias.

Ella tiene una cosmovisión y la usa –al modo de un aparato de lectura– como una vara que mide si ese mundo, hecho a medias, coincide o no con su Ideal. El mundo se talla en su imaginación mediante un inmaculado lecho de Procusto, construyéndose a partir de él, diría Hegel, su “delirio”, es decir, su locura presuntuosa.
Allí comienza su sacrificado derrotero en revuelta contra el fallido curso del mundo. Esta es siempre una experiencia decepcionante, pues tan pronto como un cambio parece actualizarse… escapa irremisiblemente a ese bello corazón que le dio origen. Esa operación de poner en acto su voluntad ya no le es entrañable y al conseguir algún éxito parcial, la sensación es de extrañeza.

La locura es la contradicción del alma consigo misma: intentará expulsarla de sí. Para preservarse denuncia el caos cotidiano como siendo Otra-Cosa, ajena a ella. Si la naturaleza humana es bondadosa, algunos deben haberla marchitado para que funcione tan mal. Estos latidos distantes son entonces detestables, incapaces de estar a la altura de la novedad, no podrían sostenerla en su belleza, pues les es forastera. Ellos son otros.
Y si son otros, sólo se necesita una proyección: serán responsables de lo que no se muestra perfecto. Cada vez más engreída la autoconciencia les reprocha no haber comprendido el mensaje trasmitido. Viene el aislamiento, la misantropía, la imposibilidad de la solidaridad, salvo que sea vivida en términos abstractos. Termina huyendo o se hace expulsar sin negociación alguna con la obra a medias realizada. Abandona sus logros y sus posesiones. Son “ellos” –todos ellos– los deudores.

El alma oscila entre decepción y sacrificio. Puede ocurrir que ella termine despreciando la acción concreta o que la sutilice con refinamiento hasta el grado extremo de la abstracción, repeliendo la substancialidad. Ella será infeliz, pero permanecerá bella y etérea. Así, se extingue poco a poco… cada vez más en ella misma, más alejada de otros, desvaneciéndose como un vapor sin forma que se disuelve en el aire.
O también las palpitaciones por el bien de la humanidad se terminarán trocando en furia serena, pero imparable. Avanzará contra el curso del mundo quijotescamente: es la figura del caballero virtuoso. Su lucha será vana: su ideal nunca puede ser real… pues el mundo resiste.

Quedan dos caminos: a) la relativización de los Ideales de la conciencia, que es a lo que apuesta, según interpreto, Hegel o b) algo que también situó: que la conciencia se torne infinitamente fanática, es decir, prosiga hasta las últimas consecuencias horadando el corrupto espíritu social… imperando a costa de lo que sea.
El loco se trocaría en el Superyó –fuego congelado– de la humanidad. En sus sueños o en sus acciones extremas… ataca al Otro. Su divisa es “¡libertad o muerte!”.

El Loco Ideal de Lacan. Lacan dice cosas deslumbrantes: “no soy nada de lo que me sucede y tú no eres nada de lo que vale”. Tal es su fórmula más temprana de la locura.
En ella no se trata del Ideales simbólicos, sino de un robustecido Yo Ideal. Pensemos en aquel sujeto que desempeña demasiado bien su rol social, que no conoce límites en su dedicación. Los que lo rodean, según Lacan, no dejan de experimentar “fastidio” al constatar que éste “se lo cree de veras”, es decir, que tiene una consideración superior de su deber. Eso les da un aire de posibles chivos expiatorios cuando las cosas salgan mal. Si ellos fueron responsables de todo… pagarán por todo cuando las naves se enciendan.

Volvemos a ver que lo que da su marca a la locura es la inmediatez de la identificación del sujeto con el Ideal. Si no media una codificación cualquiera del Otro –el público en el arte, el jurado en un concurso, el electorado en una votación, el profesor en un examen, los pactos en el amor–, es decir, un lugar tercero… el enloquecimiento hace su aparición.
El sujeto queda abultado, hinchado, inflamado, recargado de su propio ideario, al que personifica en una estasis que añeja su Ser. Cree poder ser el que es, sin intermediación del Otro, es decir, sin alteridad sancionadora. Así, los pequeños otros quedan reducidos, al no representar ningún Otro, a rivales enlazados dualmente, obstructores, malintencionados. A lo sumo algún mediocre –estilo Sancho Panza al Quijote– lo ha de secundar.
Esto le hace sentir una ventaja: desamarrado del Otro conoce genuinamente lo que es la libertad. No elige ni la bolsa ni la vida, porque piensa que ser libre es eludir la alienación en el Otro, prefiriendo la muerte –o la desdicha o la pobreza o el cautiverio– a perder esa autonomía interior.

Si bien se siente soberano de sí para Lacan juega el juego del títere… que no ve los hilos que lo atan a un Absoluto congelado. Y si se sumerge en el campo social, permanece irreductible a él, no es uno más entre otros que luchan por motivaciones comunes. Por eso cuando se une al mundo nunca llega muy lejos, ni realiza su misión en plenitud –a diferencia de un auténtico psicótico, que puede ser Emperador del mundo–.
Excéntrico, permanece atado a una Idea a la que se somete a cualquier costo, Idea desarticulada del Otro, no dialectizable, inmóvil. Platónico en potencia, vive en el mundo inteligible, acariciando Formas Puras, descendiendo solamente al mundo sensible para alegarlas infructuosamente.

Ha inventado un Otro purificado de goce, inmaculado, al que se consagra. De allí el carácter filantrópico de la locura: una asistente social puede organizar la colecta más exitosa, aunque termine anoréxica. Una luchadora social puede terminar asesinada para salvar a unos niños insalvables. Un samaritano puede regalar su sueldo durante años a fin de que un emprendimiento inconsistente no caiga. Un extremista puede morir en acciones casi sin consecuencias u opuestas a las buscadas, masacrando inocentes.

Y todo esto olvidando a los que aman, a los que ven disiparse lentamente en el horizonte y sin dolor, pues sólo son sombras sumisas. El loco no puede sentir el sufrimiento de los que lo aman, pero porque tampoco él siente agotamiento o tristeza propias. El loco sigue la lógica del Ave Fénix: se decepciona para encenderse mejor.

Locura y Psicoanálisis. Si hay algo que repudia la locura es la verdad de la división subjetiva, es decir, la implicación en el deseo que rompe escandalosamente cualquier Ideal. Esta división es necesaria para la entrada en análisis, mediante el embarazo (embarras). Hasta puede decirse que el psicoanálisis es el envés de la locura.

En la infatuación, la suspicacia, la des-vergüenza… los no incautos, demasiado apercibidos de su objetivo, yerran. El descubrimiento freudiano es que no se alcanza al sujeto en su castración sino descentrándolo de su conciencia, más aún si ella se exacerba hasta creer en un hacer sin mella. El sujeto de la castración es la falta-en-ser misma como ínfimo signo de lo real. Precisamente la maniobra analítica apunta a deslindar el Ideal de la causa de deseo. Nunca como en la locura el Ideal absorbe la causa opacándola en una operación que no es meramente represión –como ocurre en cualquier neurosis, donde la causa se reprime para impedir la angustia–, sino una auténtica deyección de la castración real.
El alma bella en su buena fe (e intención) excluye lo real del Otro y se perfila como la respuesta anti-psicoanalítica por excelencia.
 
 
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