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   Locuras no psicóticas

Los dioses deben estar locos
  Por Élida E Fernández
   
 
Homónimo al título de este texto es el de una película, una comedia, escrita y dirigida por Jamie Uys en 1980. El protagonista es Xi, un bosquimano que vive con su gente en el desierto de Kalahari. Se los ve felices. Es una comunidad que vive sin discordias pensando que los dioses proveen todo lo necesario para su propio sustento. Un día, una avioneta que cruza sobre el poblado tira por la ventanilla una botella vacía de Coca Cola™. Xi la recoge, la lleva a la aldea. Todos piensan que es un regalo del los dioses. Primero juegan con este objeto totalmente desconocido, intentando darle distintos usos pero pronto se convierte en un objeto de discordia entre ellos, produciendo peleas, tiranteces. Todos quieren la única botellita-regalo de los dioses.

Xi decide llevarla al extremo de su mundo y devolver a los dioses ese objeto que trajo tanto malestar. En el camino las historias se encuentran con blancos, terroristas y otros personajes que producen toda clase de divertidas y disparatadas historias que se entrecruzan.
Finalmente Xi, creyendo que ha llegado al final de su camino, arroja la botella al vacío y vuelve con su gente que lo recibe con alborozo. El título de la película es así la conclusión de este malentendido, de esta mala interpretación.

Cuando Alberto Santiere me invita a escribir en Imago Agenda de marzo sobre locuras, me encuentro en un momento de mucha tarea y “decido” decirle que no. Esa noche me olvido de mandarle el mail. Sueño que estoy en la sala de espera de un analista de nota. Está llena de gente. El psicoanalista sale, mira a todos y elige a uno. El timbre suena cada quince minutos. Yo pienso -en el sueño- “Los dioses deben estar locos”. Al día siguiente decido escribir este artículo.
Sé que quiero escribir sobre la locura de los analistas. La escena del sueño la he vivido. También otros me han contado escenas parecidas. He recibido muchos pacientes que venían de diversos consultorios hablando de esto. Me la relataron mis hijos, al volver frustrados de brevísimas entrevistas o sesiones con psicoanalistas de renombre.

Una vez le pregunté a la que en ese momento era mi analista, lacaniana, cuando recién comenzaba a analizarme con ella, si me cortaría la sesión a los pocos minutos y ella me contestó: ¿Usted cree que me volví loca?
Las botellas vacías que caen sobre nuestras cabezas y las pensamos como los fieles a sus dioses, como un regalo del cielo… son muchas. Creo que uno de los nombres de nuestra locura (de los psicoanalistas argentinos) es la sugestión y la hipnosis.

Ya Freud opone sugestión e hipnosis al trabajo de la transferencia. Cuando el análisis se masifica y todos los seguidores del último encuentro lacaniano, o podría ser kleiniano en otra época, encuentran viable una forma de trabajar y la hacen en serie, lo que intentamos evitar se repite, reaparece, se parece a lo que queríamos subvertir.
Hay algo que evoca el juego con la botellita de los bosquimanos.

Es cierto que no podemos eludir la época en que vivimos: la cultura de “lo fast”. Es una cultura con la ilusión de las comunicaciones totales e inmediatas, correo electrónico, televisión interactiva, celulares cada vez más sofisticados, diarios que se leen en una pantalla, libros en tabletas. Lo fast no es simplemente una necesidad; se trata también de un programa y de una estética de lo cotidiano.
Las palabras se abrevian, los nombres se acortan, se suprimen verbos, se habla rápido. El vocabulario se empequeñece.

Lo fast es serial: es una línea de producción de hamburguesas, salchichas, fiestas de cumpleaños, bicicletas1. ¿Lo será también de sesiones cortas?
¿Iluminadas escansiones, imposibilidad de escucha del analista, teoría fehaciente que inaugura una nueva luz sobre la práctica del psicoanálisis? La estandarización de las sesiones cortas parece confundir “lo Fast” con el concepto lacaniano de “la función de la prisa”.2

Tomando los tres tiempos lógicos: el instante de ver, el tiempo de comprender, el momento de concluir, Lacan nos dice que la función de la prisa es correcta cuando se produce en el momento de concluir: allí se puede producir el acto y un nuevo ordenamiento del goce. Fuera de ese momento privilegiado nos pasaríamos matando a Polonios escondidos detrás de los cortinados, dando estocadas en el aire creyendo ensartar algo que no es.
En Aún3 encontramos: “En el tiempo lógico puede muy bien leerse, si se lo escribe4 y no solo si se tiene oído, que la función de la prisa es la función de este pequeño a”.
El paso del significante al escrito necesita un paso de sentido: romper con el sentido “común” y abrir el significante en su polisemia: producir el enigma que haga surgir lo que no se escribe.5Es un trabajo.

Trabajos: En “La interpretación de los sueños”, en “Psicopatología de la vida cotidiana”, o en “Los tres ensayos”, Freud habla de trabajo del sueño, trabajo de los pensamientos y trabajo de la transferencia. En “Duelo y Melancolía” habla del trabajo del duelo. Estos trabajos son un gasto de energía necesario para la existencia del sujeto en relación con lo real6 que lo angustia, es un trabajo para soportar lo intolerable, aunque sea transformándolo en síntoma.

Construir un fantasma que haga de pantalla a lo real también podría ser considerado como un trabajo, en tanto domestica el goce mortífero. Es en el trabajo de la transferencia donde Freud concibe la diferencia entre psicoanalizar e hipnotizar.
La transferencia: es allí donde sus historiales se vuelven creaciones, cuando la descubre “tardíamente” con Dora, cuando apuesta a ella con “El hombre de las Ratas”, diciendo que deberá atravesar el duro camino de la transferencia; cuando se la olvida con “El hombre de los Lobos” y hace colectas para él, marcándolo para siempre como el paciente de Freud.
También dice de la transferencia “no es conmigo” –pero no sin analista, podríamos agregar–. Leyendo cuando su respuesta a Dora, cuando ella le comunica que esa será su última sesión: “Ya sabe Ud. que puede interrumpir el tratamiento cuando quiera pero hoy vamos a trabajar todavía”. Freud no abandona el barco.

Ahora bien: ¿a qué inquietud del analista responde el apuro de acortar sistemáticamente las sesiones?7
Una posible respuesta tentativa sería la de pensar que es un intento de reforzar la abstinencia del analista. “Hubo múltiples interpretaciones que deslizaron la abstención freudiana hacia la noción de neutralidad afectiva, ideológica, etc. Este término no sirvió para introducir una estructura ternaria en un campo tensado por fuerzas maniqueas (integrar una alianza con la parte sana, o con alguna otra parte) pero ha hecho milagros para convertirnos en burócratas, es decir jerarquizar los medios por encima de cualquier cosa. Eso se llama entronización de la técnica”.8

La técnica ha sido fuente de los mayores desencuentros en la historia del psicoanálisis.
Para Lacan el sentido de la neutralidad analítica es no participar del amor, del odio y de la ignorancia, las pasiones del amo, que porta el sujeto que viene a analizarse. Esta supuesta alianza, de ocurrir, nos conduciría a salirnos de nuestro lugar, desatendiendo la causa por la que somos consultados y visitados: un padecimiento.

“Resulta hoy un retorno algo irónico que se pretenda dominar los afectos haciéndose esa infinitesimal nada que llamamos a, precisamente el soporte de cualquier pasión”.9
Sabemos que el deseo freudiano es irreductible al régimen placer/displacer, que luego Lacan nos hizo saber que el analista no es neutral, desea. El trabajo del análisis está dirigido por el deseo del analista.
Para que el juego de entrada en análisis sea posible es necesario alojar la angustia, la inhibición y/o el síntoma del que llega a nuestra consulta. Es la aparición de la transferencia la que posibilita el comienzo y esto no es sin las entrevistas preliminares, donde el que llega despliega su modo particular de mirar lo que lo rodea, desde un lugar que ignora que está. Y eso es lo imaginario, registro sin el cual no podríamos ni empezar a hablar.

Es muy difícil y trabajoso conducir al sujeto en los meollos y repliegues inconscientes que fue configurando para escaparle a la castración y a sus consecuencias. Experimentamos la desazón cada vez que la interpretación, la intervención, el señalamiento, el corte, el silencio, no llegan, no afectan a la posición del sujeto. El padecimiento y su satisfacción hacen acting, síntoma en el cuerpo, queja del organismo. Lo llamamos goce masoquista, reacción terapéutica negativa, angustia del analista, límite de lo analizable, pulsión de muerte, real, compulsión a la repetición. Con esto nos chocamos, a veces sucumbimos. Siempre es fuente de interrogación, cuando no de preocupación, para el analista.
La técnica intenta dar batalla a esa roca viva ante la cual encallamos.

“No hay técnica que no se presente como un modo de resolver una dificultad y que no sea una respuesta a ¿qué es analizar?, si analizar no se agota en el principio de nuestra inacción”.10
Para Freud hay un solo precepto, que es condición necesaria y suficiente: atención parejamente flotante que corresponde a la regla fundamental del paciente… “diga todo lo que se le ocurre sin censurarlo previamente”.
Para Lacan, el precepto es subversión del sentido en contraposición a la comprensión, y /o distinción entre enunciado y enunciación. Podemos pensar el análisis como un largo duelo por no ser aquello por lo cual fuimos traídos a este mundo. Alivio y pesar de no cumplir las expectativas y estar en falta, des-ser del sujeto dividido en su ignorancia, intentando lo imposible, encallando cada vez, y volviendo a escuchar el canto de sirenas en su eterna resurrección.
Lo real que insiste.

Psicoanálisis y trabajo de duelo: ¿Cuál es la red para atrapar lo real, incognoscible, que sólo da indicios?
Los trabajos que Freud propone (de transferencia, del sueño, del pensamiento, del duelo) podrían pensarse como escrituras de lo traumático. Intentos11de bordear el agujero de la existencia, ese agujero que el exceso de goce trata de borrar de múltiples maneras.

“La muerte no se presenta al aparato como falta sino como exceso. Exceso de una falta que no se constituye aún en falta”12.
La elaboración intenta escribir una pérdida que, al modo traumático, ubica la muerte no como final ya dado, previsible, natural sino como territorio que a través de las palabras está dado a conquistar”. La muerte, la pérdida significativa, el nunca haber sido, son algunos de los agujeros que no tienen representación y que determinadas conjunciones de la vida del sujeto pone a jugar en exceso, a veces enloqueciéndolo. Piden ser tramitados. El fantasma no dispone de recursos, la angustia inunda, el nudo se desencadena. Todo lo traumático es un exceso que necesita ser acotado, encauzado, transformado en otra cosa.
La escritura no cesa en el intento de abrochar significantes que suturen el desgarro.

Esta tramitación, trabajo, escritura necesita de un alojamiento en la transferencia, opuesto a la expulsión “naturalizada” de la sesión breve de tiempo fijo.
Viene a mi memoria una sesión con Ulloa. Yo daba vueltas con una situación que me angustiaba y a la que no encontraba salida. En un momento de la sesión me dice que cortáramos ahí, pero que me quedara en la sala de espera. Luego volvería a entrar. Algo me encomendó que pensara, (como cuando alguna vez, al despedirme me dijo: “la próxima traeme un sueño”), pero no recuerdo qué. Esos minutos, en la sala de espera vacía, fueron una ebullición de ideas. Luego me hizo volver a entrar. Ese movimiento: corte, salida, retorno hace la diferencia entre la repetición hipnotizada del analista pret a porter y la creación, el invento posible de alguien que está analista.

Soportar y estar ahí en el ensayo y error de esa escritura, puntuar, arrimar una palabra, subrayar una frase, retirarse en silencio, cortar, escandir cuando el texto así lo determine… volver, recibir, alojar, son trabajos del analista para tomar la palabra y hacer su apuesta.
Pienso que la estandarización de las sesiones breves arroja a los pacientes a una neurosis actual dándole al sujeto un salvoconducto hacia el acting y el pasaje al acto. Recordemos la frase, no exenta de humor, de Lacan “Hagan como yo, no me imiten”.
______________
1. Sarlo, Beatriz: Instantáneas. Ariel, 1997.
2. Lacan, J. “El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada”. Escritos 1, Siglo XXI, 1995.
3. Lacan, J. El Seminario, Libro 20, “Aún”. Paidós, 1998.
4. Destacado mío.
5. Torres, Victoria. “La función de la prisa”. Jornadas de la Escuela de Psicoanálisis de los Foros del Campo Lacaniano.
6. Pommier, Gerard. Qué es lo real. Ensayo psicoanalítico. Nueva Visión, 2005.
7. Rodríguez, Sergio, también trabajó este tema. http//dilo.ws/siviorodriguez.doc.
8. Jinkis, Jorge: Indagaciones. Edhasa, 2010, pag.143.
9. Jinkis, Jorge, ibid.
10. Jinkis, ibid, pag 146.
11. Lobov, Jorge: “La Escritura del duelo”, Conjetural 53. Ediciones Sitio. 2010.
12. Ibid.
 
 
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