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   Locuras no psicóticas

Un tropezón no es psicosis.
  Comentario sobre el film El Otro
   
  Por Hugo Dvoskin
   
 
Ni siquiera hablo de todo el haz cultural implicado en el término ser padre, hablo sencillamente de qué es ser padre en el sentido de procrear”.
Jacques Lacan

Tomaré a modo de material clínico al film en cuestión del cual este escrito se propone como lectura.
De Souza (Julio Chávez), el protagonista, cambia de nombre por tercera vez. Modifica ligeramente la edad, cambia de profesión, inventa un nuevo DNI. El público trata de seguir los movimientos, encontrar una lógica, entender a dónde va, se interroga acerca de la trama. Se podría suponer que se trata de un intento de sacarse los nombres del Otro, un viaje en el que rompe con la cotidianeidad, con la rutina. Muchos se aburren porque las escenas no terminan de constituir un conjunto. ¿Acaso está loco? ¿El director propone que un tipo normal que sale en un viaje de negocios, como efecto de encontrarse con un muerto en el colectivo, prácticamente enloquece aunque nunca se salga de sus cabales? De pronto todo se disuelve y el sujeto compra su pasaje de ómnibus y vuelve a su rutina. El público sigue confundido: no sabe cómo entró en este proceso pero tampoco tiene datos para saber cómo se desarrolló ni por qué concluyó.

El intento de este trabajo es proponer, con una lectura retroactiva a partir del fin de la película, aquello que se plantea en el comienzo, quizás con excesiva sutileza, quizás sin darle el peso escénico que luego cobra. En su vuelta a la ciudad, a su casa ubicada próxima a la autopista 25 de Mayo, en el sur de la ciudad (¿San Juan y Boedo?), lo vemos sentado, ya con sus anteojos, observando con delicadeza y con ternura –y sin sensualidad, nos detendremos en este detalle– la panza de su mujer. Mira en esa panza las marcas que ya son su destino. Será padre. Ha decidido hacerse cargo de ese nombre. También se ha puesto los lentes. Deberá aprender a leer el menú del restaurante y abandonar su hábito de dejar en manos de su mujer la elección de la comida. Efectivamente es lo que su mujer oculista le dice cuando le da la receta: “Ahora podrás leer el menú”. El menú es aquello que muestra que nuestras necesidades se encuentran tomadas por el desfiladero significante y que –si podemos– comemos lo que queremos. Comemos gustos, olores y nombres, no proteínas. Pero Juan, nos dice Claudia, su mujer, no sabe qué quiere ni siquiera cuando va a comer. Ya está en edad, según dirá la amante en el pueblo, incluso de tener hijos.

Quiere postergarlo un poco más pero ya no es tan fácil. Su mujer está embarazada y quiere tenerlo. Él hace su último intento tratando de postergar al menos la confirmación: “no te hagas el evatest, espera unos días” dice, como si eso le diera alguna oportunidad para seguir zafando. Los datos son crudos y no sabe cómo comerlos. Ella sabe que está embarazada y él sabe que comienza la verdadera despedida de soltero. No es la tradicional, la que se hace cuando alguien se casa. Finalmente, esa tiene validez sólo para la fiesta. Lo que está en juego en esa despedida es que tarde o temprano, tendrá hijos. O mejor dicho, “tener hijos” se ha transformado decididamente en la cuestión, “tener o no tener”, “tener ahora o más adelante”, “poder tener o adoptar”, “tenerlos y después cómo nos arreglamos”… those are the questions.

Juan inicia entonces, casi sin saberlo, su despedida de soltero en las tierras de Entre Ríos. Así dicho, adquiere lógica que estos sucesos, que llamaremos “el episodio”, se produzcan precisamente en ese momento. Que en el recorrido se cruce la muerte impone a su vez dos patas a la cuestión. La primera lectura es que esa muerte funciona como el factor desencadenante o azaroso. También, cabe decir que paternidad y muerte van de la mano. “Para que procrear tenga su sentido pleno, es aún necesario, en ambos sexos, que haya aprehensión, relación con la experiencia de la muerte que da al término procrear su pleno sentido. La paternidad y la muerte son por cierto dos significantes que Freud reúne a propósito de los obsesivos”.1 Ser padre implica necesariamente incluirse en la cadena generacional y tener que desplazar y soportar, llegado el momento, ser desplazado de la misma.

¿Por qué no juntar ambas hipótesis? Si paternidad y muerte van de la mano, cruzarse con un muerto convoca a desencadenamientos más desequilibrantes. Pero recordemos que si bien se cruza con un muerto en el ómnibus y con otra casi muerta que resucita cuando las circunstancias lo obliguen a responder por los hábitos de médico con los que se ha investido, la razón de su viaje es ya una pareja de muertos sobre la cual se disputan los bienes.

“todo se lo robamos,
no le dejamos ni un color ni una sílaba
aquí está el patio que ya no comparten sus ojos,
allí la acera donde acechó su esperanza.
Hasta lo que pensamos podría estarlo pensando él también;
nos hemos repartido como ladrones
el caudal de las noches y de los días”.2

De Souza en el pueblo atraviesa esta poesía borgeana. En la casa de los ancianos fallecidos se detiene y quizás subjetivamente se apropia de esas vidas ajenas, ve sus fotos y su patio. Luego, aviso fúnebre mediante, irá al velorio de quien ha muerto en el micro. Sabe por el aviso que hay una hija que parece estar sola y no tener un otro que la acompañe en el anuncio del velatorio. De Souza va a su búsqueda y a su encuentro a gozar, quizá, de esa hija que el muerto ya no tiene y de la que obviamente no ha gozado como mujer. Se ofrece como prenda de olvido. Brinda el “un poco” de goce de un acto sexual que permita olvidar por un instante el dolor por la muerte de un padre. Él por su parte a su propio padre lo tiene muy presente, aún no se ha desprendido de su autoritarismo y ha prolongando excesivamente cierta posición de sometimiento a ese hombre viejo a quien baña con desgano. Él mismo será padre si abandona un poco sus temores y la posición de hijo.

Si la pregunta por ser padre podría desencadenar la psicosis, la misma interrogación en la obsesión lleva a esa locura de la que De Souza da testimonio. Antes de quedar encadenado al nombre padre del que nadie podrá desatarse sin efectos traumáticos para terceros, el obsesivo, al no estar a la altura de ese significante sale plenamente de su eje y se aventura, al menos por un instante, al loco mundo donde sería libre.

De Souza se prueba varios nombres. Nos interesa situar que los que elige encuentran intersecciones no despreciables. Hombres todos de cuarenta años largos, siempre profesionales (abogado, arquitecto, médico), portadores de DNI y en consecuencia argentinos, de un modo u otro siempre heterosexuales. Un conjunto de significantes que conforman a vuelo de pájaro un Ideal del Yo. Son todos el mismo Ideal, aunque él crea que son distintos. Juega con nombres para él cuando es el tiempo de pensar en nombres para su hijo/a. Corrobora nuestra tesis el que propuestos los nombres de Rocío y Manuel para sus supuestos hijos –ante la pregunta que le formula la amante– el ciclo por el interior, su salida de escena, comienza a concluir y se acerca la hora de regresar a su barrio, a Pompeya. Nombre de ciudad histórica que esta vez está lejos de ser un gran museo con ruinas. Por el contrario, su mujer espera de él ese trabajo necesario que posibilite construir una familia y para que además del nombre a sus hijos les de orgulloso el apellido.

En el comentario que a su tiempo hice sobre Atando cabos,3 mencionaba una situación en la que un sujeto inicia un pasaje al acto pero al encontrar inmediatamente un tercero que lo acompaña en la escena para que retorne a ella, disuelve el pasaje al acto en un acting out. Dicho de otra manera, una situación que estaba al borde de ser una salida de la misma, se transforma en una acción dedicada a un tercero, que al escucharla e intervenir, posibilita que el sujeto vuelva a su eje. Es el caso de El Otro. El ser padre procreativo ha precipitado a De Souza a un pasaje al acto, a buscar otros nombres, a escaparse, a intentar volver por un momento a la naturaleza, a entrar en un momento loco de su neurosis obsesiva y perderse, a no saber quién es aun cuando, ya hemos dicho, sus ocurrencias carecen de originalidad. El encuentro con la amante, las preguntas que ella le formula, su comentario de que ya debe tener hijos porque está en edad de (ya haberlos tenido), captarle rápidamente que está casado y no separado y finalmente la pregunta sobre el nombre de sus hijos, constituyen un conjunto que se asemeja al “keep going” de aquella película que comentaba antes. De Souza vuelve a su escena. Ha quedado situado que esa vida que está haciendo no es sino un avatar de su propia vida, que su salida de sus obsesiones y quizás sus temores cotidianos no han sido más que un pasaje por una posición adolescente inconclusa y que no hay tal otra vida. Su affaire sexual ha sido simplemente eso, una noche anónima con una amante. Su vida es aquella otra y podría incluir también estos encuentros y seguiría siendo la misma.

Jugar al arquitecto, hacer el médico, tener un amante son nombres posibles que acompañan la vida de cada quien. Está en cada uno sostener y soportar los nombres que elija. Nunca se tiene sólo uno.
Es cierto que todos juntos, en forma vertiginosa, constituyen un conjunto que hemos definido como “el episodio” que lo saca del eje por el que se conduce habitualmente el neurótico obsesivo.

De Souza ha hecho algunos movimientos para apropiarse de ese significante pesado que es ser padre. Un significante que siempre carga con la connotación de ser excesivo. Paradójicamente, se necesitan de otros para poder portarlo y sostenerlo. Para él, el camino será arduo. Con su padre ha dado un paso y ha pasado del desgano a una ligera sonrisa. Pero fracasa en la ocurrencia de que la noticia a la madre se la de su propio padre. Ofrece ese acontecimiento que es tan propio como moneda posible de conversación entre sus padres que no se ven ni se hablan. Con su mujer, a la que acepta como madre, a la que le observa la panza cargado de ternura, le falta notoriamente toda sensualidad y nos hace sospechar si luego del episodio sabrá sostenerla como mujer o eso ha quedado para amantes futuras y posibles. La posibilidad latente que la condición de madre le quite a Claudia la condición de mujer, que la degradación de la vida erótica tome formatos estereotipados conlleva el riesgo de que la institución matrimonial sólo se sostenga en la moral y en un apostolado. Si “la orientación sólo se obtiene del deseo”, su falta –en la construcción de lo familiar– se sustituye con sometimiento al superyó.

El ser padre no es ajeno a hacer sentir mujer a quien será madre. Es más, es uno de sus seudónimos más complejos. A De Souza le queda trabajo por hacer. Su mujer y su hijo/a estarán agradecidos.
__________________
1. Lacan, Jacques. El seminario, Libro 3, Las psicosis. Paidós, p. 418.
2. Borges, Jorge L. “Remordimiento por cualquier muerte”, en “Fervor de Buenos Aires”, O.C. Emecé, p. 33.
3. Véase en www.elsigma.com, link cine y psicoanálisis. Publicado próximamente por Letra Viva en Cine y Psicoanálisis de mi autoría.
 
 
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