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   Filiación

Filiación: del ADN a la querencia
  Por Eva Giberti
   
 
La preocupación que la filiación y las nuevas filiaciones incorporadas por la fertilización asistida genera, conduce a que leamos, reiteradamente, apreciaciones casi siempre coincidentes en lo que se refiere a la imposibilidad de universalizar aquello que es propio del ser. No corresponde entramarlo en generalidades y universalizaciones, particularmente las discursivas que intenten concretar identidades fijables.
Por otra parte las filiaciones se montan en el borde de los cuerpos imaginarios que se reconocen como vivos porque duelen, avergüenzan o disfrutan. Y siempre laten (son ruidosos) lo cual es complejo para la descripción de lo imaginario. Inclusive puede interrogarse a la filiación reconocible en la legitimación legal del Derecho como un síntoma emitido por el cuerpo1.

Disponemos hoy de un reciente modelo paradigmático sucedido en Neuquén: una criatura parida por una púber de 12 años, sin penetración –según el fallo que sospecha una acción interfémora, inexistente según la víctima (inicialmente tenía 11 años) y describe la eyaculación del ex-comisario de policía de 73 años sobre su pubis, y ad portas–. O sea, se sentencia “sin penetración”2, por lo tanto se recurre a la figura del Código Penal (articulo 119) para eludir la sanción del ex-comisario evitando la calificación de “hecho gravemente ultrajante” que hubiese correspondido. El bebe fue reconocido por el condenado debido al ADN inapelable. Filiación legitimante merced al ADN, estrictamente necesaria para el derecho sucesorio que le corresponde al niño, pero al mismo tiempo se solicita se prive de la patria potestad al condenado (cuatro años de prisión), y se pide la modificación del apellido que debería llevar la criatura, filiación nominal derivada del reconocimiento. Al mismo tiempo que los efectos filiatorios de la patria potestad y el mantenimiento de la cadena generacional mediante el apellido del padre, se deberían cercenar3 por tratarse de una filiación consanguínea del orden del estrago.

En este cuerpo de un año y meses hace ruido la filiación y no el ADN. En ese cuerpo late socialmente la historia de la púber que lo engendró y parió, –y veremos si puede o quiere maternar–; también hace ruido y reclama desde el borde del cuerpo imaginario y en su historia. Historia que impregna los contenidos de las personas que van trascurriendo sus vidas y se filtra en los intersticios de la estructura en la que el sujeto se hamaca rítmicamente.
No espero que el sensus communis resuelva la tensión entre lo individual del sujeto y lo universal que Kant propuso en sus Críticas se aplique en el modelo paradigmático que acabo de exponer. Lo singular del historial –con tres víctimas a la vista, incluyendo a la madre de la púber– contenido en lo universal, que es lo que nos permite convivir entre humanos, cuenta con escasas posibilidades de ser atravesado desde el Derecho y la justicia.

Recurrí a este historial, porque más allá de la indignación que suscita me autoriza a pensar en la filiación sin mediatizarla según el deseo de la madre, ni remitirme al cuerpo desordenado y confundido por la lengua, ni espero que lo traumático pueda subsumirse en el acontecimiento traumático. Ni tropezaré con confundir las “funciones” denominadas parentales –expresión metafísica no asumida en dicha dimensión (deberíamos recurrir más a menudo a la metafísica para entrenarnos en otros modos del pensar) con la incomprensible sustitución del sujeto por función–.
Para escribir en este número de Imago-Agenda recurro a la misma estrategia que utilizamos –desde perspectivas diferentes– quienes recorremos los andariveles del psicoanálisis; apelo a las citas bibliográficas, a los saberes antiguos, también a los criollos.

De la philia a la querencia. Filiación del griego philía, equivale a amistad, palabra de la misma raíz que el verbo phileîn, que significa “querer”. Pero remite a una idea de amistad mucho más amplia que aquella que aplicamos habitualmente, tal como Aristóteles la entendía. En la Ética a Nicómaco4, philía abarca todo tipo de relación o de entendimiento sostenida por lazos de afecto amoroso (tierno y cariñoso). Incluye relaciones diversas: la relación apasionada entre amantes, el cariño entre padres e hijos, la concordia civil entre conciudadanos, y la que nosotros consideramos amistad. Pero entre aquellos griegos hay aún más alternativas: hablar de filiación convoca la denominada huiothesía, ceremonia que se llevaba a cabo a los trece años de los hijos varones, circunstancia en la que se le concedía la filiación y adquiría plenos derechos.

La filiación es tema etimológicamente vinculante con el amor tal como aquellos griegos lo concebían. ¿Solamente aquéllos, o quizás nosotros también podríamos ordenar nuestros pensamientos alrededor de los matices que discernían entre el eros, en tanto relación y ejercicio extenso e intenso en la superficie del deseo –siempre incolmable por carencia esencial– y el ágape en tanto donación efusiva regulado por la sobreabundancia?
Pieper5 enriquece el sentido original de la palabra: “philía, a pesar de quedar restringida al traducirla por ‘amistad’; es un vocablo que parece acentuar, lo mismo que el verbo de donde proviene, philein, el sentimiento de solidaridad, no sólo entre amigos, sino también entre casados, compatriotas y entre todas las personas de las que se predica. Cuando Antígona pronuncia la célebre frase ‘no he sido hecha para odiar, sino para amar’, no emplea ni el verbo eros ni el ágape, si no el verbo philein”.

Será Heidegger quien, lateralizando la idea de philia en sentido aristotélico, elegirá concentrarse en philein como das Lieben, el amar; recorta la idea de philein para asociarla a la filosofía: no hay philein sin logos y sin escucha, amar significa hablar como habla el logos, lo que la anudaría a un responder y a un corresponder, como un entendimiento personal o de querencia.

La querencia. Desembocamos así en una antigua palabra española que se tornó entrañable en nuestro país, si bien no es esa la que los filósofos tienen in mente cuando la nombran. Querencia: desde los análisis de Berceo, se puede leer como cariño, inclinación del hombre y de los animales a volver al lugar donde se han criado (1555, en el Tratado de la Jineta). G. de Alfarache: “volverse a la querencia”6. Descripción a la que añadimos aquerenciarse, siempre en el mismo registro del Diccionario Crítico.

Por su parte, el Diccionario de Argentinismos7 señala que en nuestro lenguaje familiar se utiliza para referirnos al lugar en que el ganado se cría y al que difícilmente se olvida; trasladado a otro lugar más de una vez lo abandona para volver al primero, a su querencia. Tanto importa la pérdida de la querencia que Martín Fierro no titubea en afirmar: “Vaca que cambia de querencia se atrasa en la parición”. Pero el poeta la sitúa más ajustadamente: en la doble nostalgia del querer y el lugar “Una querencia tengo por tu acento / una apetencia por tu compañía / y una dolencia de melancolía / por la ausencia del aire de tu viento (…)”.
Este planteo me permite proponer, como primera derivación de la idea de querencia, el reconocimiento de la función clave que esta palabra juega en las familias adoptantes, una de cuyas preocupaciones principales reside en disolver el rastro del origen del hijo adoptivo. Preocupación cercana al temor que resulta al pensar que el hijo podría desear reencontrarse con “aquella gente”, lo cual se torna inquietante cuando el niño muestra modalidades que no se asocian con lo aprendido en el hogar adoptante.

La nueva filiación de los niños adoptivos sustituye el nombre elegido por la madre de origen por otro, así como el apellido, merced a la fundamentación legal que afirma que se ha sustituido la familia biológica por la adoptiva. La primera prueba de dicha sustitución está dada por el cambio de la identidad formal que reside en el documento que el Registro Civil otorga y que rebautiza –simbólicamente– al niño con el nombre que los adoptantes prefieren. Tema que reclama una rigurosa discusión capaz de repicar en la memoria auditiva de aquell@s niñ@s que se adoptan cuando ya escucharon cómo eran nombrados por las primeras voces tutelares.

Adopciones. Cuando se trata de una adopción llevada a cabo durante los primeros meses de vida del niño, el aquerenciamiento, se produce en el ámbito de la familia adoptiva (sin que sea posible fijar un borde etario al respecto, pero podríamos conjeturar –desde la Psicología Evolutiva– aproximadamente tres meses de vida). Cuando se adoptan criaturas que ya han cumplido los cuatro o cinco años, si bien el aquerenciamiento en el lugar, la familia y entorno de su cultura adoptante es posible, el imprinting o acuñamiento inicial, propio de los primeros meses y años de vida, inferimos que persiste de manera consciente o no, cualquiera sea la sustitución que el artículo de la ley consigne. Del mismo modo no se puede borrar el testimonio del cuerpo de la madre de origen en la huella umbilical que el niño trasladará consigo para siempre; no obstante ni el imprinting ni el ombligo, garantizan el aquerenciamiento con aquel origen. Es posible conjeturar –de acuerdo con la experiencia clínica y psicoterapéutica, así como la práctica en orientación con padres– que el temor a ese origen, que podría convertirse en querencia, puede actuar como fantasma para los adoptantes. Es decir, que el deseo de volver a ese lugar imaginario y simbólico, enclave uterino nostalgiado podría convertir el origen, perdido por la adopción, en querencia.

Aida Kemelmajer8, cita a Malaurie cuando afirma que en materia de filiación no existe una sola verdad. Reproduce un texto de este autor al admitir que “tal como lo muestran las expresiones del lenguaje vulgar, hay muchas verdades: la afectiva (“verdadero padre es el que ama”); la biológica (“los lazos sagrados de la sangre”); la sociológica (“que genera la posesión de estado”); la verdad de la voluntad individual (“para ser padre o madre es necesario quererlo”); la verdad del tiempo (“cada nuevo día la paternidad o la maternidad vivida vivifican y refuerzan el vínculo”)”. Párrafo que introduce matices necesarios en los contenidos que los textos jurídicos ofrecen. Ellos dicen, en el Capítulo I del Título II De la filiación –el Código Civil, según la reforma de la ley 23.264 de 1985–, mediante el artículo 240: “La filiación puede tener lugar por naturaleza o por adopción. La filiación por naturaleza puede ser matrimonial o extramatrimonial. La filiación matrimonial y la extramatrimonial, así como la adoptiva plena, surten los mismos efectos conforme a las disposiciones de este Código”.

Relaciones impuestas. ¿Qué relación tienen mis disquisiciones anteriores con los diversos tratados que el Derecho le ha dedicado a la filiación? El problema reside justamente, en que tienen escasa relación con esos textos, dado que una antigua costumbre de los legisladores los conduce a imaginar que las ciencias jurídicas son las que definen el sentido y el contenido de las palabras, su historia y su aplicación. Sin embargo, las prácticas transdisciplinares y el pensamiento complejo advierten acerca de la necesidad de revisar estas limitaciones.

Tanto los adoptivos, cuanto los hijos de la fertilización asistida, fundan su identidad en el que fue deseo de engendramiento frustrado y posteriormente canjeado por prácticas jurídicas en la adopción o biomédicas. El primer ordenador de la organización subjetiva e identitaria de esos niños deviene de un canje sustitutivo y exitoso que se implanta en una pregunta mayor protagonizada por los padres: “¿Debo informarle acerca de su origen?”. Otro es el interrogante que surge en el ámbito de la fertilización asistida cuando se trata de los hijos de gametas ajenas al linaje familiar. ¿Hay que decirles cuál fue su origen, o no?, es la pregunta parental.
Ese interrogar de los padres, matriz seminal del origen en el que la biología interviene, se consagra mediante el recurso narrativo característico de los padres adoptantes, cuya tendencia a contar sus esfuerzos por “conseguir un chico” tiene cierta semejanza con las parejas que describen sus esfuerzos por “conseguir el embarazo” mediante la fertilización asistida.

En ambas circunstancias las preguntas acerca de la identidad y subjetividad del niño cuentan con variables semánticas; en la adopción: “¿No dejará de quererme si sabe que no soy su madre?”. En cambio, para los hijos de fertilización asistida: “¿Tenemos que decirle que…?” (y en ese punto las parejas no cierran la frase e interrumpen la pregunta de manera que parte de la narratividad queda interceptada). Si no advertimos la implicancia de esa duda, caeremos en un deslizamiento teórico porque a la resignificación del deseo maternante, mediante técnicas reproductivas, se integra la crítica, culpa, o insatisfacción que conlleva haber incorporado a un tercero –médico– en el engendramiento. Esta práctica tercerizante, ejercida con las gametas de la pareja y en el vientre materno se diferencia de los trámites propios de la adopción, a cargo de otras terceridades: la Ley de Adopción y sus trámites, que asumen la existencia de una criatura que se gestó en la ajenidad de otros sujetos. La culpa por interrumpir el linaje familiar que aparece en los adoptantes se asemeja, parcialmente, a la situación de aquellas parejas que introducen una gameta ajena en la fecundación. Tanto en este modelo cuanto en la adopción, la filiación como parte sustantiva de identidad queda comprometida por las posibles preguntas de los hijos.

La voz virtual e imaginaria del niño forma parte de las narraciones propias de la tesis de la narratividad y encuentra su expresión al ser investida por los padres, cuando dicen como complemento de esa voz virtual que podría surgir en la adopción: “¿Qué pensará si le decimos que no somos sus padres?”. Y, “¿qué pensará de nosotros si le decimos la verdad en cuanto a la fertilización asistida?”. Son interrogantes que constituyen la respuesta a la imaginaria interpelación de estos hijos cuya identidad y construcción de su subjetividad se caracterizan, por ser interpelantes.

Interpelaciones cada día más provocativas, según se desprende del historial que reside en Neuquén y que se acompasa con los fenómenos de las nuevas técnicas reproductivas y con las actuales modalidades de la adopción, en las cuales es frecuente que la adoptante tome contacto con la madre de origen cuando ésta se encuentra embarazada. Interpelaciones que conducen a que personas de 50 y 60 años se sienten delante de mí y comiencen a explicar, con nostalgia certera, cuales son sus dudas referidas, no sólo a su origen, sino a algo que no mencionan hasta que el diálogo se instala: quieren saber –y parecería que no fuesen concientes de ello–, acerca del amor que hubo o que faltó en quienes habrían de juntarse para engendrarlo o engendrarla.
La pregunta, como sabíamos, es siempre por el amor; que no deja de interpelarnos como filiación inevitable del ser.

_____________
1. Del Prólogo al Volumen Filiación, en Revista Derecho de Familia de Santa Fe, Nº 3, año 2006.
2. Giberti. E. “¿Sin penetración?”, en Página 12. Edición del 30 de enero de 2008.
3. Aporte del Defensor Nacional de Menores Dr. Atilio Álvarez
4. Aristóteles, Ética a Nicómaco VIII 4, 1157a25-31
5. Pieper, J. (1984): Sobre los mitos platónicos. Herder, Barcelona
6. Corominas, J. Pascual, J. (1989): Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico. Ed.Gredos, Madrid.
7. Abad de Santillán, D. (1991) Diccionario de Argentinismos, TEA. Buenos Aires.
8. Kemelmajer de Carluccia: El derecho humano a conocer el origen biológico y el derecho a establecer vínculos de filiación. A propósito de la decisión del Tribunal Europeo de Derechos Humanos del 13/2/2003, en el caso Odièvre c/France. Cita: Malaurie, Philippe, La Cour Européenne des droits de l’homme et le ‘droit’ de connaître ses origines. L’affaire Odièvre, en La semaine juridique, 26/3/2003, nº 26 pag. 546
 
 
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