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   Colaboración

La novela de Lacan (decimoctava entrega)
  Por Jorge Baños Orellana
   
 
La gallina ya está servida y la vuelta de Artaud a París continúa animando a los comensales. La palabra y el silencio circulan equitativos como los rillettes y el pan. Habla y calla Georges (Bataille), pues fue uno de los corresponsales de las cartas desde Rodez. Habla y calla Jacques (Lacan), pues lo entrevistó regularmente casi un año. Tenemos las fechas, del primero de abril del 38 hasta el último lunes del febrero del 39. Los médicos asignados en Sainte-Anne son Nodet y Chapoulaud, pero él se involucra, solicitado por allegados de su esposa Sylvia, que también tenía qué decir y qué callar pues era una conocida actriz, y por las cartas de Victoria (Ocampo). El día de la reconciliación con Victoria, hacia fines del 32, Jacques había aparecido con un ejemplar flamante de la tesis doctoral y ella con el número de otoño de la revista Sur. Señalando en el índice a “Teatro alquímico” de Antonin Artaud, Victoria sentencia: “Cuando aprendas a leer castellano, descubrirás a tu doble en este artículo”. Primero en la serie de los ensayos sobre el teatro de la crueldad, “Teatro alquímico” no había despertado el interés habitual de la Nouvelle Revue Française por las letras de Artaud. En cuanto al chiste de un doble para Lacan, lo explica un viejo altercado. A poco de conocerse, Jacques le acerca a Victoria lo único que tenía publicado, el soneto “Hiatus irrationalis”; ella, sin pelos en la lengua, opina que es demasiado valeriano, él se defiende admitiendo como única fuente de inspiración unas lecturas sobre alquimia renacentista.1 El azar quiso que “Teatro alquímico” recién apareciera en francés, como parte de El teatro y su doble, en las vísperas de la internación de Artaud en Sainte-Anne. Dice la hoja de ingreso: “Pretensiones literarias probablemente justificadas, al punto de que el delirio pudo servirle de inspiración. Mantener internado.”2

También André (Masson), cuñado de Jacques y Sylvia, tenía qué decir y qué callar. En buena medida, fue en el amparo de su estudio de pintor que el provinciano Artaud consiguió entrar al círculo vanguardista. Cuando, en 1925, aceptan cuatro intervenciones suyas en número dos de La Révolution Surréaliste, la primera en figurar es el texto semiautomático “A propósito de las pinturas de A. Masson”, homenaje derivante de comienzo controlado (“El mundo físico todavía está presente. Es el parapeto del Yo que observa”) y cierre convulsivo (“La fría agitación de las columnas [de ese cuadro] divide mi espíritu en dos, y me toco el sexo, el sexo de la parte baja de mi alma, que se para como triángulo ardiente.”)3 Nada más apropiado para la revista de Breton. Ahora bien, durante los preparativos del viaje a Irlanda, y desde esa fecha hasta la muerte, Artaud tendrá salidas juzgadas como impropias incluso entre los más indulgentes. Como ser el “maleficio” que, luego de discutir sobre religión, envía a la socialista Lise Deharme: una tarjeta injuriante marcada por cifras pitagóricas, perforada en el centro con un cigarrillo encendido y cargada con la leyenda: “Meteré una cruz ardiente al rojo vivo en tu apestosa concha judía y luego bailaré sobre tu cadáver para demostrarte que TODAVÍA HAY DIOSES”. Tampoco fue bien visto cuando persiguió a Tristan Tzara a bastonazos, alrededor de la plaza de Saint Germain-des-Prés, por rozar el báculo de San Patricio. A la vez, le dio por expresar sin tapujos un modo bizarro de pensar. Entonces empezó a hablarse por lo bajo del “pobre Artaud”. Sin ir más lejos, escuchemos el testimonio de Breton acerca de lo sucedido dos semanas antes de nuestro almuerzo en familia:

Artaud está persuadido de que, en su desembarco en el Havre, de retorno de Irlanda, una verdadera revuelta estalló (para impedir ciertas revelaciones que él debía hacer) y que yo había muerto al acudir a socorrerlo. Me cuidé de contradecirlo y pasaba pronto a otra cosa. Sin embargo, el otro día por la mañana, conversábamos solos en la terraza de Les Deux Magots, él me intimó, en nombre de todo aquello que podía unirnos, a desconcertar a aquellos que discutían la autenticidad de semejante hecho. Me fue forzoso responderle, en términos apropiados de manera de contradecirlo lo menos posible, que sobre ese punto mis recuerdos no corroboraban los suyos. Me miró con desesperación, las lágrimas vinieron a sus ojos. Algunos segundos interminables… Su deducción fue que las potencias ocultas de la cuales él se había atraído la cólera habían logrado engañar mi memoria. No se habló más del asunto, pero cuando nos volvimos a ver más tarde, sin duda yo había decaído ante sus ojos.

Naturalmente los habitués de Les Deux Magots no pararon de hablar del asunto y salió a relucir que, en otras decepciones semejantes, Artaud había llegado a catalogar a sus interlocutores como sustitutos, como dobles impasibles de quienes aseguraban ser. Jacques, que no dejaba de pensar en el argumento para la conferencia de Bonneval, apoyó el tenedor en el plato y se puso a alardear, asegurando que esas extravagancias en la plaza pública estaban previstas en el repertorio del “conocimiento paranoico”, un término acuñado por él. “No lo puse en circulación simplemente para bautizar una forma clínica discordante de construir el mundo –Lacan siempre tuvo debilidad por el adjetivo discordante, en eso permaneció fiel al maestro Philippe Chaslin–; si causa asombro a mis alumnos, es porque incluyo con iguales derechos bajo su título lo descubierto por una tal Charlotte Buhler en las salas de espera de los pediatras. Me refiero a las maneras desopilantes con que los niños más pequeños interactúan entre sí y se refieren a sí mismos. Hasta los dos años, esquivan pronunciar el pronombre Yo y sus posesivos, y no por obstáculos fonológicos sino por habitar el mundo en tercera persona. El niño siente y actúa en un fluyo transitivo de agentes indistintos. Al punto de llorar lágrimas sinceras, como si hubiese recibido un golpe cuando es inobjetable, para observadores adultos, que fue él quien con ganas golpeó a otro niño. No, no lo hace por picardía, mucho menos por tontería. En esa oscilación de identidades está el origen de la inteligencia humana, como en los empaques de los paranoicos está la sombra inapelable de la libertad.” Por un largo minuto, apenas sonaron carraspeos y el trabajo inocente de los cubiertos.

Mejor quítate esa máscara de satisfecho –pensó entonces Jacques contra sí mismo, iniciando un tenaz monólogo interior cebado por el vino–. Aparta la impresión de que les bastará, y bastará para ti, esa psicología de niños sacudiéndose y de adultos tan neutrales como mudos. Y no insistas con que los otros oradores de Bonneval son poca cosa. Aunque lo fuesen, nunca debes recostarte en tales facilidades. Sigues con vida, Jacquot, para algo más que vivir en la comodidad. Si durante la Ocupación no te sumaste a la Resistencia, en la que se jugó el pellejo Henri (Ey) y varios conocidos tuyos, no fue sólo para aumentar las probabilidades de comer de nuevo esta sabrosa gallina a la cacerola con rillettes de Fauchon. Objetaste la desesperanza de la guerra mascullando los Gesammelte Schriften de Freud. Exilio interior, silencio, astucia. El juego a todo o nada lo tenías reservado para otra lucha, puede que menos heroica pero en la que te atreves a suponerte insustituible. Por el contrario, qué ibas lograr tú, que jamás bajaste una perdiz, agazapado como francotirador, con la boca de una carabina apoyada en el parapeto de un balcón de bulevar apuntando al enemigo, si tu no sabes ni contabilizar el proyectil alojado en la recámara… ¿El patriotismo despabilado de papá te salvó del tiro de gracia de la contraofensiva alemana? A diferencia de los tíos Orleans, a papá no lo hacía lagrimear el heroísmo suicida de la carga de los zuavos en Loigny.
Caballos contra cañones. ¿Y no fue un gesto suyo, contra las mil palabras de la entrevista con Maurras, el que te disuadió de emigrar a las colonias africanas apenas recibido? Se desmorona el mandato de ir allí donde hacía verdadera falta un médico, de que uno debe doblegar el deseo ante la necesidad del Imperio. Recapitulemos lo que vino después. Siendo aprendiz de neuropsiquiatría, encuentras tu causa en 1931, revelada en las cartas del caso Marcelle C., la maestra reformadora, la Juana de Arco de la lengua francesa. Por ella acabas siendo psicoanalista, arriesgas la cabeza a que no puede ser sino falsa la presunción del origen orgánico de las neurosis y las psicosis, a la cual últimamente también adhiere Henri. Luego, en el Berlín de 1936, descubres circunstancialmente tu segundo frente de batalla en una guerra civil del psicoanálisis que comenzaba a insinuarse. Lo supiste en la gala de los Juegos Olímpicos, a la no sé cómo te llega tarjeta de invitación. Fue cuando acertaste hablar con el magnético Goebbels. Quien se revelaría como enemigo del género humano te sorprende exhibiendo conocimientos de psicoanálisis, cuando pretendes corregirlo a propósito de la cuestión del Yo, de la que venías de hablar en Marienbad, él te interrumpe, te invita a seguirlo fuera del gran salón, atraviesan altos corredores hasta entrar a la biblioteca privada de propaganda política más actualizada de Europa. Allí lo supiste.


Hay pruebas de que dentro de ese cubo de acústica perfecta, debida a la matidez del papel y la absorción de la alfombra mullida, Lacan escuchó de boca de Goebbels que el libro de cabecera para las campañas nazis era Crystallizing Public Opinion de Bernays, autor judío radicado en Nueva York.4 Un cruce de miradas da por sobreentendido que se trata de Edward Bernays, el sobrino de Sigmund Freud. El libro era una transposición inaudita y pérfidamente eficaz del psicoanálisis, donde figuraba ingeniería del consentimiento en los sitios en que el tío había escrito inconsciente. En los años veinte, Bernays se asocia con Brill, el analista más influyente de los Estados Unidos, para promocionar el consumo femenino de los Lucky Strike; en los treinta, sólo acepta cuentas de las empresas líderes; en 1941, la campaña de Roosevelt será suya; en 1954, es director de la difusión pública de la invasión a Guatemala para derrocar a Arbenz Guzmán. A ese currículum se añade, justificadamente aunque Bernays lo ignorara, el haber sido el psicoanalista de Goebbels. ¿Es cierto que a lo largo de 1946, año de nuestro almuerzo imaginario, Bernays se carteó con la prima Anna Freud para afinar la Ley de Salud Mental de Truman y discutir el cómo sostener la cruceta del Yo del títere del sueño americano para que nunca vote a un Hitler autóctono? Es plausible. Indudablemente Lacan lo creyó así y, en las líneas de esas guerras furtivas, procuró merecer una Croix de guerre como la de Henri Ey.

Dices luchar para que el psicoanálisis no se convierta en una ingeniería del consentimiento ni en una administración de las costumbres, sino en una práctica que muestre a los hombres la fragilidad de sus pensamientos, sobre qué inestables cimientos, sobre qué cavernas, edificaron sus tambaleantes viviendas, ¡pero, Jacquot, estás recitando uno de los textos de Artaud para el número tres de La Révolution Surréaliste! A esta altura, la voz de la conciencia de Jacques Lacan, instancia psíquica que sólo existe en las malas novelas, replica la entonación de Victoria augurando: “Artaud es algo más que tu doble, es el doble que siempre se te adelantará.”

El silencio lo rompe la embestida de Sylvia: “Llámalo conocimiento paranoico o como quieras. A propósito de tu artículo sobre el crimen de las hermanas Papin, Picasso dijo que ni siquiera por simpatía al psicoanálisis exonerará la acción del Mal y del Pecado como claves para entender el mundo. Yo digo que no adoptaré tu tecnicismo para disfrazar el engreimiento, la suficiencia, la estupidez de Artaud. ¡Hasta la respiración de los actores pretendió controlar cuando se le dio la ocasión! Si Los Cenci, prácticamente la única obra que dirige, bajó en seguida de cartel y eso acabó desequilibrándolo del todo, fue debido al afán de dominar, de no ser contrariado ni eclipsado. Se adjudicó el papel protagónico y quedó ronco a partir de la cuarta función de tanto vociferar al elenco fuera de escena. Cuando animó a Roger Blin a debutar como actor, no fue por vaticinar su talento sino para deshacerse de Barrault. Hizo del pobre muchacho un asistente de dirección esclavo, Anota todo lo que digo y lo que no digo, era la consigna. Roger me lo contó. Cuando vino la inevitable bancarrota de Los Cenci, Barrault se ofreció nuevamente. En la respuesta está el huevo de la locura de Artaud: Yo no quiero que, en una producción dirigida por mí, deje de pertenecerme ni un parpadeo. En el fondo, no creo en asociaciones porque no puedo creer más en la pureza de los hombres.” “¿El huevo de la locura? –terció Georges–, para Hegel, la decisión de partir al desierto luego del levantamiento de Los Cenci sería locura galopante. Al desierto de México, después al de Irlanda. Exilio, mordaza de toda autocrítica y, en los puños, guarda planes de venganza y consagración mundial. Es la locura del Alma Bella o el delirio de presunción. ¿Cómo era Jacques?, tú seguías más aplicadamente a Kojéve”.

Queriendo ejercer la alianza masculina
, Georges me está complicando, pensó Jacques y esta vez no guardó sus pensamientos. “Si la Aimée de mi tesis es desde hace quince años una loca hegeliana y seguirá siéndolo, no lo es porque se mudó sola a escribir a París, dejando atrás las abrumadoras insignificancias del esposo y el pequeño Didier, de la dulce hermana y las urticantes compañeras del Correo. De haberse coagulado su evolución ahí, en el desierto de la pensión parisina, henchida en su supuesta excelencia se habría vuelto la vecina del Alceste exiliado de El misántropo de Moliere. Pero no, Aimée es hegeliana porque, como el Karl Moor de Los bandidos de Schiller, realiza su furia y luego comprueba el desatino de sus actos: la conciencia queda extrañada de sí. Paralizada en el momento de la internación accede, como el trágico Karl Moor luego de provocar la muerte de sus amados, a la cordura de la moralidad. Artaud, en cambio, no cumple esa dialéctica, no declina la revuelta. Contra mi vaticinio, la renueva; en un año de Rodez llena más páginas de cuadernos que en los diecisiete años previos de poeta, ensayista, guionista de cine y dramaturgo.” Con satisfacción antihegeliana, Georges recuerda haber catalogado en la Biblioteca una carta de Hegel rezongando al último Schiller por el desenlace de Wallerstein, le molestaba ese general convertido en un vacilante: “Cuando termina la obra, ha vencido el reino de la nada, no hay teodicea”. “Apuesto, dice Sylvia, a que encontrarás otra carta suya despotricando contra la imprevisible Doncella de Orleáns de Schiller” Agradecido, Jacques deja a un lado la teodicea de Los bandidos y elige llevar, para las arenas de Bonneval, El misántropo como emblema del arco de las locuras. Y aún le aguardan nuevas enmiendas y soluciones en los quesos y el postre.
_________________
1. A favor del argumento de Lacan v. Annick Allaigre, “A propósito del soneto de Lacan”, en revista Me cayó el veinte nº5, México, primavera 2002, pp. 101-126.
2. Cit. en Stephen Barber, Blows and Bombs. Antonin Artaud, the Biography, Faber&Faber/Creation books, Clerkenwell, London, 2002, p. 132.
3. La Révolution Surréaliste, 15 enero 1925, año 1 – n°2, Paris, pp. 6-7.
4. En su autobiografía, Bernays cuenta que obtuvo este mismo dato de Karl von Weigand, corresponsal extranjero de los diarios de Hearst: “Goebbels, dice Weigand, estuvo utilizando mi libro Crystallizing Public Opinion como basamento de su destructiva campaña contra los judíos alemanes. Esto me dejó aturdido…” cf. Biography of an idea: memoirs of Public Relations Counsel Edward L. Bernays, Simon and Schuster, London, 1965.
 
 
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