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   Colaboraciones exclusivas

La función de la representación en el tratamiento del dolor en niños que se quemaron
  Por Jaime Epstein
   
 
El amor se fue, mientras duró
De todo hizo placer, cuando se
Fue, nada dejó que no doliera
”.
Macedonio Fernández

El dolor, concepto límite entre lo somático y lo psíquico, nos interpela como psicoanalistas en el trabajo con los niños que se quemaron, llevándonos a resituarlo en relación a nuestra práctica. La palabra, la producción gráfica y el juego, son formas privilegiadas de representaciones que operan en el trabajo de elaboración y tramitación del dolor en esos casos.
El trabajo de las representaciones verbales y plásticas en general, genera un espacio nuevo en el psiquismo del niño, que le permite desplegar la historia de su dolor y aliviar su efecto mortificante.

Es preciso resguardar ese espacio representacional creado en el vínculo terapéutico con el niño, atendiendo al hecho de que el dolor como tal no se inscribe exclusivamente en las coordenadas del cuerpo biológicamente considerado, sino que ancla sus raíces y sus efectos en el psiquismo, y son las representaciones desplegadas en la relación terapéutica las que mediarán en el alivio de los dolores anímicos y somáticos.
Los factores neurológicos y químicos no son suficientes para dar cuenta de la experiencia y de la naturaleza del dolor. El dolor, como tal, tiene al mismo tiempo una doble cara: puede por sí mismo dañarnos y hasta matarnos, pero también cumple la función positiva de una alarma.

Si bien la interceptación de las vías neurosensitivas anularía la sensación de dolor, las experiencias del miembro fantasma en pacientes amputados, así como muchos síntomas neuróticos, contradicen esa certidumbre empirista del sentido común.
Un paciente amputado percibe en la mano –que ya no tiene en lo real de su cuerpo– un intenso dolor o la sensación de haberla rozado contra una pared con la consecuente impresión vívida de ardor.
Un niño cuya madre está embarazada, pero que no se lo ha comunicado aun por una serie de temores y dolores no esclarecidos para ella misma, siente en su cuerpo un dolor ambulatorio difícil de situar, que solo se disipa cuando la madre puede traducir a palabras sus temores y dolores y comunicarle al niño la llegada de su nuevo hermanito.

Hay dolores que no son localizables en el cuerpo; son los dolores anímicos. Pero éstos muchas veces producen efectos en el cuerpo. Es mucho más conocido –y aceptado por la comunidad médica y por los prejuicios empiristas de las personas sin formación especializada– el camino inverso: que un daño corporal produzca un dolor no sólo corporal sino también anímico. Nos dice Freud ya en 1890:
“La relación entre lo corporal y lo anímico –en el animal tanto como en el hombre– es de acción recíproca; pero en el pasado el otro costado de esta relación, la acción de lo anímico sobre el cuerpo, halló poco favor a los ojos de los médicos. Parecieron temer que si concedían cierta autonomía a la vida anímica, dejarían de pisar el seguro terreno de la ciencia”.

Estas perturbaciones anímicas que producen dolores corporales y anímicos, cuyos signos visibles son los efectos indirectos de unas causas no manipulables por los aparatos que cuadriculan microscópicamente el espacio, son el objeto de la investigación y la cura psicoanalíticas. Sus materiales son inespaciales, representaciones simbólicas, significaciones, sentidos y afectos encarnados en palabras y en actos a ellas asociados.
La relación singularísima que se establezca entre el paciente y el psicoanalista, va a ser el medio y como el laboratorio de una experiencia que recupere la historia del dolor y su trama única en cada caso, y habilite los recursos aliviantes y transformadores de las condiciones peculiares de ese dolor.

De este modo se desencadenan una serie de acontecimientos psíquicos que van de la producción de trastornos en el sueño, en la alimentación, en el manejo de las emociones, en el comportamiento habitual, que afectan la relación con el entorno y consigo mismos en estos pacientes.
Volviendo a la cuestión de la vía que va de lo anímico al cuerpo, vía tan resistida por el positivismo médico de la época de Freud, y el prejuicio empirista más brutal de todas las épocas, vemos que lo esencial de las interacciones humanas, y por sobre todo las que constituyen nuestras prácticas, no son relaciones mecánicas ni técnicas en el sentido manual y material de la res extensa, sino eminentemente relaciones hechas de palabra, relaciones en las que media soberanamente la palabra.

Otra vez Freud:
“Tratamiento psíquico, quiere decir, más bien, tratamiento desde el alma –ya sea de perturbaciones anímicas o corporales– con recursos que de manera primaria e inmediata influyen sobre lo anímico del hombre.
Un recurso de esta índole es sobre todo la palabra, y las palabras son, en efecto, el instrumento esencial del tratamiento anímico. El lego hallará difícil concebir que unas perturbaciones patológicas del cuerpo y del alma puedan eliminarse mediante ‘meras’ palabras del médico. Pensará que se lo está alentando a creer en ensalmos. Y no andará tan equivocado; las palabras de nuestro hablar cotidiano no son otra cosa que unos ensalmos desvaídos. Pero será preciso emprender un largo rodeo para hacer comprensible el modo en que la ciencia consigue devolver a la palabra una parte, siquiera, de su prístino poder ensalmador”.

El trabajo psicoanalítico, atiende a la trama histórica en cuyo seno se produce la efracción, el accidente, o la pérdida que ocasiona un dolor peculiar, trama histórica presente y eficaz. Esta trama, tela o tejido histórico está escrito en palabras y grabado en el cuerpo. Su inscripción se deja leer en los síntomas, en los lapsus, los sueños, y en el trabajo con niños, en especial en las palabras asociadas a sus juegos, en sus producciones gráficas y lúdicas que constituyen las formas privilegiadas de representación simbólica de sus afectos, pensamientos y sensaciones en esa etapa formativa y fundacional de la vida, y constituyen unos medios privilegiados para la tramitación, el alivio y la elaboración de aquello que les ha instalado un dolor muchas veces insituable.

Muchas veces la aparición de manifestaciones de dolor en los niños que se quemaron es leída como algo malo que habría que erradicar, cuando es quizás lo mejor que puede hacer el niño en ese caso. Cuando es bien percibida una demanda dolorosa como albergando una significación extraña y excesiva, nos encontramos con esa trama histórica que hay que ayudar a desplegar.
Los medios para desplegar esa trama en el trabajo con los niños, son privilegiadamente las producciones gráficas y lúdicas, a la par de lo dicho por ellos mientras dibujan y juegan, y antes y después. Estas producciones y esas palabras “triviales y sin par”, como decía Lacan, son las representaciones decisivas a la hora de comprender el sentido y la significación que pone en juego cada niño en el curso de un trabajo psicoanalítico.

Recuerdo un niño que se quejaba discontinua y excesivamente por una parte quemada de su cuerpo que no podía dolerle ya tanto, según las apreciaciones del saber médico, que a poco de hablarle aceptó que le hiciera un dibujo. Por su estado podía él mismo dibujar, pero muchas veces decido dibujar yo para donarles una representación, así como un lazo nuevo que les habilite el despliegue posterior de sus historias. Le ofrecí hacerle un dibujo, pero que él me dijera qué dibujar. Me indicó que le dibujara un animal que estaba solo… su madre se había ido siendo él muy pequeño y lo había dejado con la abuela y la tía. Ahora estaba con una enfermedad grave y decidió volver a verlo estando el niño en el hospital. El se debatía ante dolores distintos: el retorno del recuerdo doloroso del primer abandono, el dolor de saberla enferma, el dolor de odiarla por haberlo abandonado y el dolor de no querer volver a verla pero al mismo tiempo quererla… Luego comenzó él mismo a dibujar y dibujó barcos de pasajeros de la zona donde vivía con su tía. Quiere de grande ser ingeniero naval y construir y arreglar barcos. Al poco tiempo del abandono de su mamá, se mudó a lo de la tía, que formó una pareja, pero que no tiene hijos. A esta casa solo se puede llegar en una embarcación. El despliegue de estas palabras sobre su historia y sus deseos para cuando sea grande, a partir de las representaciones gráficas que hizo para mí, le produjo un milagroso alivio del dolor corporal. La puesta en representaciones de unos afectos desorbitados y excesivos produjo cierto ordenamiento afectivo y emocional que le permitió ir agregando personajes a sus dibujos y personas a sus narraciones familiares y a sus planes y proyectos imaginarios. Al poco tiempo ya no se quejaba más de su dolor corporal y podía ponerle palabras bajo la forma de preguntas a los dolores anímicos que el otro dolor escondía. A través de las representaciones verbales y gráficas que le doné como posibilidades amparantes del dolor y como fuentes de una nueva satisfacción, el niño reordenó una parte decisiva de su historia: la significación del abandono de la madre perdió cierto patetismo y se encontró con un deseo de saber que le brindaba la posibilidad de interrogar a la madre cuando ésta lo visitara y con la promesa de darse a sí mismo unos medios gratificantes para vencer las distancias dolorosas y para arreglar lo que impediría trasladarse, curarse sus piernas y arreglar naves…

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