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El restablecimiento de la libido o la restauración del lugar del sujeto en un niño severamente maltratado
  Por Jaime Epstein
   
 
Un niño de 10 años ingresa al hospital con quemaduras supuestamente provocadas por agua caliente al volcársele a la madre un fuentón de agua para bañarlo. Esta información va a ser puesta en duda sobre el final de la internación y también promediando la misma, por una denuncia anónima que llega a Servicio Social, en la que se imputa a la madre dolo intencional y haber quemado al niño, así como también por el testimonio de unas madres internadas con sus hijos en las salas del hospital, que dicen haber escuchado al niño contar que la madre lo quemó, que por eso no la perdona, aunque la sigue queriendo. La madre negó esa información y el niño se negó en un principio a responder sobre ella y luego negó con la cabeza, sin mirarme, que la mamá lo hubiera quemado. Solo volvió sobre el asunto al final de su internación. La madre ingresa al hospital con el niño, con un embarazo de más de ocho meses de evolución, de un hombre que no es el padre de Juan –así llamaremos al niño– y que conoció hace un año. El padre del niño está preso por haber asesinado a una mujer que confundió con la madre. La madre contó esto delante del niño, quien permanecía estuporoso con la vista fija en la pantalla de la TV de la sala pero sin mirar, ya que al interponerme entre él y la pantalla y decirle que lo que acababa de contar la mamá era algo terrible y muy malo, permanecía inmutable, mudo y con la mirada fija como si yo fuera transparente. No creo conveniente apresurarse a leer esto como un índice de que el niño sea psicótico. Sus respuestas posteriores nos permiten leerlo como una reacción aterrada. La madre parecía no registrar los efectos posibles en el niño de semejante noticia, ni en general, el que los hechos sufridos en la vida del niño pudieran afectarlo. Acto seguido le decía al niño sin mucho énfasis: hablale al Dr. Y dirigiéndose a mí, agregaba: se queda así, callado, es un chico raro, a veces no quiere hablar. La madre contaba estos episodios y otros muy graves con naturalidad, como que su hijo de 14 años vivía con un travesti cartonero en una camioneta en Chacarita, o que a sus padres, que debían vivir en una localidad de la provincia de Corrientes, no los veía desde su infancia y que a ella la crió una tía para la que tenía que trabajar y por eso no pudo estudiar y era analfabeta, ya que tenía que ocuparse de sus primitos, que sí tuvieron escolaridad… Durante dos años la madre dejó a los niños con el padre –son siete hermanos incluido el paciente–, luego de varios años de separaciones violentas y alegando que se había cansado de tantas responsabilidades. (En ese tiempo parece que los descuidos de los que eran objeto esos niños alarmaban a los vecinos). Sobre el padre del niño agregó en otra ocasión que lo conoció a los 18 años, –actualmente tiene 38– y que siempre fue un hombre violento, que le pegaba a ella y a los chicos. En esos dos años los niños no tuvieron escolaridad. Juan estaba inscripto para cursar el primer grado de la escuela primaria y ya desde la escuela lo habían derivado a un gabinete psicológico. Al ingreso en el Hospital, el niño no sabe leer ni escribir, pero en el curso de estos casi tres meses de internación ha mostrado que tiene capacidad de aprendizaje ya que logró leer y escribir algunos nombres además del propio.

No presenta sintomatología de discapacidad mental con compromiso orgánico, como lo solicita un pedido de informe del Ministerio de Desarrollo Social de la Provincia.
Presenta un leve retraso madurativo tímico y comportamientos regresivos ocasionales, posiblemente causados por falta de estimulación, y por acción de ciertos factores traumatógenos, algunos citados más arriba, ocurridos en su medio de crianza. Estuvo seriamente desatendido en cuanto a los amparos afectivos, cognitivos y simbólicos necesarios para desplegar el desarrollo de sus potencialidades como sujeto y encontrar el equilibrio inestable propio de los chicos de su edad.
Desde el punto de vista del lazo social, presenta una respuesta general adaptada, con episodios de retraimiento y de estupor, y otros menos frecuentes, de respuesta agresiva, intentando, –y a veces logrando– golpear a sus interlocutores. Esto no le ha sucedido con todas las personas que interactuamos con él, por lo cual cabe indagar pormenorizadamente las ocasiones y los factores específicos de estos ataques para determinar con más precisión este tipo de respuesta. No me parece exagerado conjeturar, por los elementos reunidos hasta aquí, que este tipo de reacciones agresivas sean efecto no solo del modelo de reacción masculina dominante en su medio familiar, sino también del fracaso para tramitar las agresiones sufridas directamente y esas otras de las que fue impotente testigo, en virtud de la notable carencia de recursos afectivos y simbólicos recibidos.

No presenta ideaciones delirantes ni alucinaciones, salvo la referida en una nota manuscrita redactada por unas madres de la sala y hallada por una enfermera, en la que se refiere que el niño, algunas noches en las que hablaba profusamente con esas madres, dice hablar con una viejita cuando se lo interrogaba, al encontrarlo despierto hablando solo. Este episodio no se ha esclarecido. El niño niega saber ésto al ser consultado. De todos modos, el episodio narrado en esa nota, puede dar que pensar en la existencia de un amigo imaginario, construcción fantasmática típica de esta etapa de la vida, y que habría tomado características singulares en este caso.

El desarrollo de la relación transferencial con el niño fue particularmente complicado, y esta complicación pudo deberse a la especial reticencia por parte del niño a establecer un diálogo con figuras masculinas. Sus respuestas monosilábicas o nulas en muchas ocasiones, así como también la frecuente expresión de un estereotipo de respuesta positiva bajo la forma de una amplia sonrisa social y escuetos sí y no, fueron por un buen tiempo toda su locución. Del padre no quiere ni oír hablar. En las distintas oportunidades que aparecía la relación con su padre, adoptó una actitud negativista extrema, se retrajo físicamente como un bebé y se tapó los oídos con las manos. Se negaba rotundamente a responder y hasta a escuchar hablar sobre su padre. En una de las últimas ocasiones, al preguntarle si le temía a su padre, atinó a afirmar con la cabeza sin dirigirme la mirada. La madre había contado que el padre del niño, una vez cometido el asesinato de la mujer que confundió con ella, les entregó a los hijos menores, entre los que se encontraba nuestro paciente, el cuchillo ensangrentado que usó para el crimen, con el pedido de que lo escondieran. Semejante escena y la noticia del acto cometido por el padre y su encarcelamiento posterior, pudieron generar un estado psíquico de terror en el niño que rebasa e inhibe toda fantasía ambivalente amor-odio, heredera del complejo paterno. La relación con sus hermanos mayores varones –de 14 y de 20 años–, es particularmente mala: a ambos les temía y decía no quererlos porque eran malos, y eran malos porque le pegaban y se burlaban de él.

Se entretiene dibujando, jugando con jueguitos electrónicos, donde manifiesta ciertos recursos perceptivo-motores acordes a su edad, y mirando la TV. Su producción gráfico-plástica comenzó siendo la propia de un niño de cinco o seis años y en el curso de la internación ha progresado significativamente sin llegar todavía plenamente a los parámetros esperables para su edad. Este progreso reafirma la conjetura de la carencia de estímulos antes mencionada. Sus dibujos fueron progresivamente enriqueciéndose con distintas formas, pero siempre mantuvieron un motivo único: un niño. Jamás dibujó una casa emplazada en un campo, o animales, o a sus familiares, a su mamá o a su papá o sus hermanos, como es común en los chicos de esta edad. Pasó del garabato al monigote, de formas gráficas propias de los primeros años de vida a formas más elaboradas, como una cabeza con ojos, nariz y boca, con dos orejas-brazos. Cuando componía una forma definida, dibujaba siempre un niño solo, sin base en la que apoyarse y sin realizar ninguna acción.

Varias veces vimos juntos la TV. Especialmente los Power Rangers, programa que le llamaba la atención por las transformaciones llamativas que sufrían los personajes. Una madre me contó que un día lo vio muy interesado en un programa de Animal Planet, en el que mostraban a un elefante bebé que se extraviaba de la manada y que era recogido y amparado por una organización de ayuda a los animales que le enseñaba a sobrevivir hasta que estuviera más crecido y pudiera arreglárselas solo en su territorio.

Seguramente, estos programas le permitían una incipiente elaboración de lo traumático de las transformaciones que había padecido en su cuerpo, como de los desamparos que sufrió, respectivamente.
Luego de que la madre se fuera a parir, el niño estuvo muchos días solo en el hospital, ya que no vino ningún familiar a acompañarlo, salvo excepcionalmente alguno no muy cercano y pocas horas, en casi 20 días. En ese tiempo, enfermería y las madres que estaban con sus niños internadas, se ocupaban de él, pero el niño, curiosamente, no presentó un empeoramiento de su comportamiento. Sí volvieron a manifestarse ciertas regresiones al principio, pero no tuvo episodios de angustia y comenzó a controlar mejor sus esfínteres. Se lo vio conmovido y perturbado las veces que regresó la madre, un par de veces, con la nueva hermanita, pero se volvió a ir a las pocas horas, y otras veces con la hermana de 12 años, que el niño dice extrañar mucho.

No ha presentado indicadores suficientes de abuso sexual, pero no podemos descartar la conjetura en base a la presencia de indicios indirectos. Los niños abusados y /o violados, suelen presentar frecuentes e inmotivadas respuestas agresivas, hiperexitabilidad incontrolada, regresiones muy marcadas, enuresis y/o encopresis diurna y nocturna, pero ante todo, una fijación iterativa a temas sexuales expresada abiertamente y por distintos medios, principalmente verbales y gráficos. A partir del tercer año de vida, que es cuando se inicia la función de la memoria secuencial por la mielinización de los haces piramidales y sensitivos, los niños abusados y violados no dejan de relatar con crudeza y con palabras que denuncian inequívocamente la interacción con un adulto, las vejaciones de las que fueron víctimas. Y si sus padres se niegan a escucharlos o desmienten sus percepciones, lo cual implica un daño suplementario para el niño, no dejan de expresarse aún por la vía de una elocuente producción gráfica lista para ser acompañada por las palabras pertinentes no bien algún otro adulto les pregunte. Este último y decisivo elemento no apareció en la producción del niño. Pero cabe aclarar que si bien presentó muy ocasionales respuestas agresivas y un irregular control de esfínteres, estos signos no implican por sí solos la existencia de un abuso sexual o de una violación. Para no reproducir las situaciones de abuso con intervenciones presurosas, muchas veces invasivas y hasta vejatorias, aunque estén comandadas por las mejores intenciones, es necesario extremar la cautela, pero al mismo tiempo no desatender a los indicios para un seguimiento riguroso de esta conjetura.
Luego del restablecimiento de su cuerpo dañado por las quemaduras, el niño fue trasladado a un Hogar en la provincia de Buenos Aires, –la madre firmó la renuncia a la patria potestad– donde se reencontró con sus hermanitos menores y su hermana de doce años, que también habían sido abandonados por la madre y que el Hogar se ocupó de rastrearlos y de tramitar la estadía provisoria de ellos. Lo he ido a entrevistar en dos ocasiones. Me recibía con alegría y con ganas de jugar. Estaba más vital y también feliz de asistir a una escuela y de tener un lugar más o menos estable donde vivir. En el hogar recibe asistencia pediátrica, y dos veces por semana lo entrevista una psicóloga. Mi trabajo con él en el hospital de quemados durante los tres meses que estuvo internado, fue el comienzo de este otro que deberá continuar para tramitar las situaciones traumáticas vividas, entre las que la quemadura –a pesar de quedar un poco eclipsada por el dramático cuadro en el que viene tropezando su corta vida– no es una escena menor, en la medida que las marcas en su cuerpo serán a la vez el testimonio de este tiempo tormentoso por el que está atravesando, más las significaciones singulares que podrá producir en un trabajo de elaboración futuro. Ese trabajo psíquico que un tratamiento va a facilitar, no compensará las carencias ni los dolores por los que ha atravesado, pero lo ayudará a formular las preguntas y a elaborar las respuestas sobre las situaciones traumáticas que ha padecido, y le permitirá encontrar un lugar que lo sitúe dignamente como sujeto.
 
 
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