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Japón: ética, arte y ultraje bajo el mismo cielo
  Por Sergio Zabalza
   
 
“Parece por lo demás, que la naturaleza de lo bello es permanecer,
como se dice, insensible al ultraje y éste no es uno de
 los elementos menos significativos de su estructura”1
Jacques Lacan

Los hechos que acontecen en el país del sol naciente se ordenan según tiempos que respetan con puntillosa observancia la distinción entre catástrofe y tragedia. En efecto, si el primero –un terremoto seguido de un tsunami– obedece su irrupción a causas estrictamente naturales, el segundo –terror nuclear– atestigua como pocos la injerencia del obrar humano.
Ahora bien, esta sombra que amenaza teñir la atmósfera con el veneno de la radioactividad nos embarga de inquietud, pero colegir que se trata del mismo cielo que albergó el hongo atómico ya nos sume en el más profundo desasosiego: se impone preguntarnos con qué chance cuenta la raza humana para aprender de sus errores. O más precisamente, urge indagar si la memoria del ser hablante guarda otra posibilidad que no sea la de estar al servicio de la mera repetición.
La pulsión de muerte freudiana nació al calor de esta amenaza: una fuerza acéfala que se satisface con el compulsivo retorno a lo inanimado. Algunos atribuyeron tal enfoque al supuesto pesimismo de su genitor, pero bastó que las noticias de Auschwitz se esparcieran por el mundo para que muchos se tomaran más en serio aquello que se agita “Más allá del principio del placer”.
En este sentido, y en lo que a Japón respecta, los comentarios de la mayoría de los medios son desoladores. Porque mientras adulan el civismo de los japoneses sólo para ejercitar la mezquina comparación con nuestras pobrezas criollas, o se consulta a doctos ingenieros que atribuyen a “la confluencia de varios factores” lo que en realidad es falta de previsión o lisa y llana irresponsabilidad, pocos se preguntan por qué una nación con semejante tradición de respeto por la naturaleza ha desoído la voz de los que intentan rescatar a Hiroshima del olvido, o más aún, la de aquellos que advirtieron sobre el riesgo que comporta disponer centrales nucleares a lo largo y ancho de una isla sujeta a la actividad sísmica.
En este punto, quizás nunca tan oportuna la Tesis de Filosofía de la Historia de Walter Benjamin: “El peligro amenaza tanto al patrimonio de la tradición como a los que lo reciben. En ambos casos es uno y el mismo: prestarse a ser instrumento de la clase dominante”.

En efecto, tomemos por caso al premio Nobel de literatura Kenzaburo Oé, quien –en un artículo publicado por el New York Times en agosto del 2010–, tras criticar con severidad una política de defensa que somete al Japón a un paraguas nuclear hecho a la medida de los intereses estadounidenses, relata un episodio de tono íntimo y personal. Según parece, luego del bombardeo en Hiroshima, su madre se enteró de que una amiga a quien había dado por desaparecida se encontraba internada en un hospital:

“[…] mi madre armó un magro paquete de auxilio y partió desde nuestra casa en Shikoku para visitarla. A su regreso, nos contó la descripción que había hecho su amiga de esa mañana de agosto en 1945.
Momentos antes de que cayera la bomba, la amiga de mi madre había buscado refugio del sol brillante del verano a la sombra de una sólida pared de ladrillos y desde allí vio cómo dos niños que habían estado jugando al aire libre se evaporaron en un abrir y cerrar de ojos. ‘Me sentí ultrajada’, le dijo a mi madre, llorando.
Si bien yo no capté totalmente su importancia en ese momento, siento que oír esa historia aterradora (junto con la palabra ultraje, caló muy hondo en mí, echando raíces en mi corazón) es lo que me impulsó a ser escritor. Y en este texto titulado Hiroshima y el arte del ultraje, Oe agrega:

“Pero me obsesiona la idea de que, en definitiva, nunca pude escribir una `gran novela´ sobre las personas que vivieron los bombardeos y los siguientes más de 50 años de era nuclear que he vivido ­y pienso que ahora escribir esa novela es lo único que realmente quise hacer. Por mi parte, cuando me enteré del restablecimiento de la ideología del paraguas nuclear, me observé a mí mismo sentado solo en mi estudio en mitad de la noche… y lo que vi fue a un ser humano envejecido e impotente, inmóvil bajo el peso de su gran ultraje, sintiendo simplemente la tensión peculiarmente concentrada, como si hacerlo (no haciendo nada) fuera una forma de arte en sí. Y para este japonés viejo, estar sentado solo allí en protesta silenciosa será quizá su ‘obra tardía’.”2

Con probabilidad, el relato nos brinde algún indicio para gestar una respuesta –una entre tantas– respecto de la capacidad de los seres humanos para hacerse responsables de sus actos. Por lo pronto, Oe se hace sujeto y objeto de una falta: confiesa su participación en el ultraje. Así, sus palabras parecen sugerir el resquicio para una ética fundada en nuestra condición finita.
En otros términos, y sin pretender agotar la rica complejidad del párrafo, en tanto algunos practiquen y transmitan el íntimo arte de enfrentar el sin sentido, el vacío y la gratuidad de la existencia (ese silencio que menciona el escritor), la diferencia respecto a la voraz compulsión del progreso o la paranoia armamentista aún hallará hálito para hacerse sentir.
Es que, tal como advirtió Freud, el arte se encuentra con la ética cuando incide, cuando hace algo, con la pulsión de muerte. Aquí y en el Japón.
___________
1. Jacques Lacan, El Seminario: Libro 7, La ética del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1988, página 287.
2. Kenzaburo Oe, “Hiroshima y el arte del ultraje” Revista Ñ del 24 de agosto del 2010. The New York Times y Clarin, 2010. Traduccion de cristina sardoy.
 
 
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