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El desastre nuclear: Una pesadilla de Kurosawa
  Por Mario Pujó
   
 
Ya octogenario, las últimas películas de Akira Kurosawa fueron recibidas en un peculiar clima de despedida. La previsibilidad de su muerte fue enmarcando el estreno de cada uno de sus últimos films, en los que el público se predisponía a reconocer la probable expresión de un legado, la oportunidad póstuma de un mensaje por parte de quien, tomando en cuenta su origen japonés, la crítica había consagrado como el “emperador” del cine. Perspectiva final que, en tanto espectadores, nos ubicaba respecto de su obra como formando parte de una virtual posteridad.
Así ocurrió, ciertamente, con «Sueños» (1990), una magnífica compilación de ocho episodios presentados cada uno como el relato de un sueño, una de las realizaciones mejor logradas del maestro japonés, una de las más bellas de la siempre sorprendente historia del cine.

«Koma yume wo mita» [Así vi en un sueño] película producida y distribuida por Hollywood con el nombre de «Akira Kurosawa’s dreams», no fue, afortunadamente, su último trabajo. Kurosawa pudo “soñar” dos otros magníficos films: «Rapsodia de agosto» (1991) –tributado a Nagasaki y a la frágil memoria de la humanidad– y «Madadayo» (“No todavía” o “Espera un poco”, de 1993), la que, desde el título, hace clara referencia a su ancianidad y al cercano arribo de la muerte. Cuando ésta sobrevino cinco años después [¡mientras dormía!], ambas cintas no habían sido aún oficialmente estrenadas.

Decir que el tema de la muerte asume en ellas un lugar relevante sería, francamente, no decir nada, por cuanto el asunto ocupa el conjunto de su larguísima filmografía desde 1943. Sólo que, ahora, el tratamiento de la muerte se vuelve más íntimo, más sereno, más personal, de un modo que se insinúa más sabio, al poner en escena una relación que resulta evidente entre el contenido de las historias, el carácter de los personajes y la persona del propio realizador. Aun si, también, esa muerte emerge repentina como un desasosiego, una artificialidad capaz de poner en riesgo la vida de la humanidad. Una muerte anónima e insospechada, ligada al desarrollo tecnológico y a la codicia humana, una amenaza inminente de la que el desastre nuclear constituye la figuración más acabada. No sólo la sabia muerte del anciano sino, además, la muerte insensata, el autoexterminio de la civilización bajo la forma de la barbarie nuclear.

«Sueños» compila así una sucesión de ocho historias, narradas cada una como un sueño diferente. Nos detendremos en los tres últimos, los sueños 6, 7, 8, que son los que abordan la posibilidad efectiva del Apocalipsis y la posición de Kurosawa ante su eventualidad. Como en los sueños verdaderos, la dimensión del sueño dentro del sueño no queda excluida.

El Fukuyama en rojo.
Erupciones volcánicas, multitudes en pánico. No es el Fukuyama el que ha entrado en actividad, sino seis reactores nucleares que estallan en Tokio, uno tras otro. Gritos, desesperación, muchedumbre crispada. «Nadie escapará». De pronto, el clima dantesco se disipa. Sólo un peñasco y el mar. «¿Dónde han ido todos?». Un ingeniero reconoce los colores de la radioactividad: «La roja es plutonio 239, provoca cáncer. La amarilla es estroncio 90, produce leucemia. La violeta es celsio 139, causa mutaciones. «¡Ah! ¡La estupidez humana! Le han puesto color para que sepas cuál te matará». E, inopinadamente, se arroja al mar. ¿Tendría sentido vivir esperando la muerte? Un hombre intenta vanamente espantar las nubes radioactivas para proteger a una mujer y sus dos hijos. La imagen se esfuma lentamente…

¿Admonición? ¿Presagio? Una escena temida. La visión de un demasiado tarde hace estallar la pantalla del sueño. Pesadilla. Irrupción de lo que intuimos puede ocurrir, tememos tarde o temprano ocurra, y que, al ocurrir, nos despierta en su sorpresa: ¡Pero si lo sabíamos…!

El demonio lastimero. Una visita al mundo del después. Flores gigantes, plantas bizarras, mutaciones. La contaminación del suelo y el agua confieren al planeta un aura monstruosa, fantasmal. Cuasi hombres que se comen unos a otros, y sufren el dolor interminable de un cuerno que crece ionescamente en sus frentes. Condenados a no vivir, los sobrevivientes son demonios que dan pena porque la vida no es vida si sólo consiste en no morir.
Alegato: la visita al planeta del día después es, sobre todo, una pregunta por los límites, no tanto por el más allá como por el más acá de la vida. ¿Valdría la pena el reino de los muertos vivos? La ciencia porta algo inhumano cuyas consecuencias superan, incluso, la capacidad simbolizante de la pesadilla.

La aldea de los molinos de agua.
El forastero llega por casualidad a una bucólica aldea. Una piedra llena de flores, el murmullo incesante del arroyo que impulsa los molinos. Un anciano repara las aspas: «No necesitamos electricidad, combustible, ni tractores. Las velas y el óleo proporcionan suficiente luz» […] «El hombre moderno ha olvidado que es parte de la naturaleza y la destruye. No puede ver que va a morir». […] «Lo más importante es el aire puro y el agua limpia, los árboles y los hielos que los producen». […] «Por ignorancia están contaminando todo. El hombre está ensuciando su propio corazón».

Lejano, se oye un eco ceremonial. «Tengo que prepararme para el funeral». Ante el rostro de circunstancia del viajero: «Es bueno trabajar, vivir mucho y ser agradecido. El funeral es una ceremonia alegre. El cementerio, la colina, no tenemos iglesias ni templos». Recogiendo unas flores: «La mujer que enterramos hoy vivió 99 años. Fue mi primera novia. Me rompió el corazón cuando me dejó por otro». Sonriente: «Tengo 103 años. Es bueno estar vivo. La vida en armonía es emocionante».
Agitando rítmicamente una maraca, el anciano se suma, entonces, a la festiva procesión. El visitante cruza el arroyo y se aleja, no sin antes arrojar una flor sobre la piedra.

Lo indicó Freud, en su sueño el soñante está siempre presente, Kurosawa también lo está. Ya añoso, decide presentarse no sólo como viejo, sino, además, como anciano, portador de una sabiduría milenaria. Concluye así la narración de sus sueños, sin disimular sus ganas de vivir y el orgullo por su edad. La vida es un bien, la sabia longevidad el resultado armónico de un equilibrio entre el viviente y la naturaleza, la responsabilidad del sujeto para con la vida, un deber para con el deseo. Hay en ello un legado: se puede, claro, morir en paz, habiendo vivido respetando las reglas de la vida.
 
 
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