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Tres momentos en la cura de la toxicomanía
  Por Oscar Gutiérrez Segú
   
 
Si bien no es la única situación en la cual el devenir de la cura se encuentra anudado al efecto producido por la introducción de modificaciones en el esquema repetitivo del sujeto, podemos plantear al menos tres de estos momentos, firmemente ligados a la producción de actos por parte del paciente como producto del trabajo terapéutico, siendo en general momentos de modificación de la posición de pasividad y entrega en manos del “destino” con la cual está impregnada la posición fantasmática de estos sujetos. Dichos momentos repetidos en todos los procesos de cura, los encontramos vinculados a:

a) Cuando se produce la elección de abandonar el consumo, a partir del hecho de ocasionarse la demanda de tratamiento. Demanda preñada de particularidades y dificultades en tanto los pacientes se encuentran confortablemente instalados en lo que podemos denominar como “discurso social” acerca de las adicciones, el cual se encuentra fundamentalmente alejado de cualquier tipo de responsabilidad subjetiva sobre el malestar que los aqueja.
b) Cuando se hace evidente que no alcanza con la fiel y monótona concurrencia al tratamiento, siendo tan solo a través de la producción de acciones en la cotidianeidad como se produce la modificación de las situaciones cristalizadas de padecimiento, por lo cual deben enfrentar la inevitable angustia originada en el trabajo para su consecución a “pesar del síntoma”.
c) Cuando se pone en juego la cuestión de las “equivalencias simbólicas” a través de la cuestión del soporte económico del tratamiento.

Cuando ponemos en juego una concepción del sujeto que plantea esta inconsistencia del Ser con su correlato de la ausencia de Garante en tanto el Otro también está castrado, esta no es recibida de un modo entusiasta, por el contrario ante ellas se alzan rechazos y reprobaciones de la más variada especie, en general sostenidas por un supuesto orden moral en tanto se ha visto en las mismas una subversión intolerable. Plantear la “responsabilidad subjetiva” coloca al sujeto ante la soledad de su acto, en un autorizarse de sí mismo produciéndose el despliegue del campo desiderativo como límite al Goce.

Para cualquier sujeto es una experiencia inevitable que advenir al orden de la palabra implica atravesar la radical pérdida del objeto primordial, ésto lo coloca en una posición más cercana al desamparo que a la soledad, siendo por ello el motor de la ineludible necesidad de “pertenencia” la cual proporciona la imaginaria sensación de encontrarse protegido y amparado. En general aquello con lo cual se recubre esta cruda situación se encuentra vinculado a las cuestiones del amor, el cual siempre es reclamado como incondicional, pues es tan solo así como se puede apaciguar el temido fantasma del desamparo. Luego de atravesar diversas circunstancias se puede arribar a la posibilidad del reconocimiento de la soledad, la cual, a diferencia del desamparo, implica un sujeto con cierta posibilidad de operación y de producción por cuanto esta soledad abre el campo del “autorizarse de si mismo”. Posibilitando la modificación de su posición y dejar de estar en “las manos de…”, implicando esto la caída de los Garantes como condición necesaria para el despliegue del campo desiderativo.

La pertenencia es un paso necesario e inevitable en la medida en la cual para el humano la dependencia de un Otro es una consecuencia de la situación de inmadurez e indefensión con la cual arriba al mundo, siendo entonces imprescindible la recurrencia a otro para asegurar su supervivencia. Pero esta pertenencia implica inevitablemente colocar al sujeto en una posición de sumisión ante quien se entroniza, aquel con capacidad de proporcionar el amparo ante el desvalimiento.
El peso de la inconsistencia de Ser, como matriz fundamental del sujeto siempre es vivenciada como una amenaza, la cual solo puede ser conjurada por los pliegues de ese amor considerado, sin la más mínima posibilidad de cuestionamiento, como incondicional. Es esta amenaza puesta en juego en cada momento en el cual el sujeto intenta aventurarse en la dirección determinada por su Deseo. En tanto este por su propia estofa coloca en primer plano la cuestión de esa pérdida fundamental provocadora de tender siempre hacia una búsqueda de reencuentro imposible.

Cuando quien padece de manifestaciones adictivas toma la decisión de interrumpir el consumo, se comienza a cuestionar la situación de “amparo” por ellos brindados. Amparo del infortunio corriente que una y otra vez coloca al sujeto ante su incapacidad de amar y de operar sobre sus circunstancias de impotencia.
La interrupción del consumo es claramente un efecto manifiesto del establecimiento de la transferencia, con un marcado acento sobre el considerado como componente “sugestivo” de la misma, fundado por el desplazamiento de la fantasía de amparo de amor sobre la persona del analista, pero en este mismo desplazamiento comienza a producirse una vacilación en la monolítica certidumbre de la existencia de un Otro protector, en tanto el analista es tan solo Semblante, permitiendo así el despliegue del campo transferencial donde siempre se encuentra presente la cuestión de la repetición.

Es en este punto donde se produce un momento particular en el proceso de la cura, y es habitual que el paciente despliegue una suerte de alternancia de interrupciones y retomas del consumo, poniendo en escena en manera sucesiva ofrendas de amor y reclamos para tratar de asegurarse la supuesta “incondicionalidad” amorosa.

Repitiendo en esto el estilo de relación que en general sostienen con el Otro Materno. El trabajo terapéutico introduce un orden de diferencia en tanto el amor transferencial no plantea la necesariedad de una permanencia del sujeto en la pasividad e indefensión para de esta manera asegurar el “sentido” del Otro, ya que el desarrollo de la transferencia introduce el “sin sentido” como medio para alcanzar la producción de un Saber.
Un segundo momento se produce cuando quedan en evidencia los indicios de que ese Otro transferencial no es quien va a brindar algún tipo de amparo ante el malestar. Es frecuente, luego de un tiempo de trabajo durante el cual el paciente ha tratado de “hacer las cosas bien”, que encuentre que esto no ha sido suficiente no habiendo el tratamiento “solucionado” sus dificultades. Resulta entonces necesario que se produzcan ciertos actos en su cotidianeidad para poder modificar las coordenadas de su padecimiento.

En este segundo momento crítico quienes reniegan de la posibilidad de producir un saber a partir del cual puedan salir de la situación de sumisión a los caprichos de un Otro arbitrario pueden recurrir a una retoma del consumo precipitando la internación. Dispositivo con el cual se aseguran su posición de pasividad en tanto si se someten y “hacen las cosas bien”, serán recompensados con un alivio subjetivo sin haber abandonado la ignorancia.
Resta aclarar el sentido de la frase “hacer las cosas bien”, este no es otro que el de cumplir con las demandas del Otro con prescindencia de los intereses del sujeto, o sea ese hacer las cosas bien de indudable genealogía moral, deja fuera de juego justamente la principal fuente de malestar del sujeto o sea la interrogación producida por ese “deseo que tiende indomable siempre hacia delante”.
En nuestra experiencia, quienes manifiestan una adicción son sujetos que más allá de las apariencias se encuentran perfectamente adaptados al discurso e ideología de la cultura dominante. No se presentan como “buenos ciudadanos”, pero si cumplen al pie de la letra con la consigna de una pertenencia con la cual se ponen al abrigo de las inclemencias de la soledad. Siendo justamente un momento álgido cuando se hace presente la interrogación acerca de su deseo, esto los coloca en un imaginario desamparo el cual remite a la puesta en juego de la repetición para así intentar vanamente restaurar la omnipotencia materna. Poniéndose de manifiesto que la sumisión desarrollada como condición de poder alcanzar la pertenencia, produce que estos sujetos se encuentren absolutamente limitados e inhibidos para desarrollar los “anhelos postergados”, encontrándose así justamente en las antípodas de lo que se colige de ellos cuando tan solo se reconoce su Semblante. No hay tal ausencia de límites sino todo lo contrario en tanto la apariencia del desenfreno es más una fantasía del buen neurótico, la cual no se condice con la realidad de la cotidianeidad del adicto quien se encuentra inhibido para la realización de sus más simples ambiciones. En tanto esta realización tiene como efecto que el sujeto asuma la responsabilidad de su Deseo, lo cual va a contramano con la cuestión de la pertenencia. El sujeto queda en soledad siendo esto aquello a través de lo cual se propicia el acto.
Este es el momento más crítico en tanto lo puesto en juego es la posibilidad o no de producir un acto, este recurso, como ya hemos señalado, es en estos pacientes un bien escaso. Por ésto considero que se trata de un tiempo donde puede marcar un “antes” y un “después”, en la medida en que es la producción del acto algo del orden de lo imposible de olvidar y que más allá del devenir de la cura producirá efectos indelebles en el sujeto.
El tercer momento que detectamos es quizás el más complejo, en tanto en él convergen situaciones determinadas por las modalidades de organización social de las cuestiones de Salud, las cuales contienen en sí el germen de la cuestión de la pertenencia vivida como una modalidad de reaseguro ante los infortunios corrientes.

Según el modelo actual es corriente en el campo de las prestaciones de Salud Mental en lo referido a adicciones que nos encontremos con dos modalidades. Una es la sostenida por el aparato del Estado con un sistema de subsidios mediante los cuales se cubre el costo económico de los tratamientos durante un período acotado de tiempo, la otra está a cargo de las Obras Sociales y los sistemas de Salud prepagos. Ambas modalidades implican la existencia de una instancia responsable del pago de los honorarios profesionales generados por la atención de los pacientes.
También en el caso de las Obras Sociales son “financiados” los tratamientos de los pacientes que reciben asistencia por problemáticas relacionadas con la Salud Mental, por lo cual esto formulado como un momento crucial en la cura puede hacerse extensivo a los tratamientos desarrollados dentro de este ámbito, sean drogodependientes o no.

Estas modalidades refuerzan la fantasía de la existencia de un Otro que les paga el tratamiento, siendo entonces éste quien soporta la pérdida narcisista simbolizada por el dinero, anulando la resonancia de esta pérdida como representante de la falta fundamental por la cual se posibilita el acceso del hombre a la cultura. De esta manera el paciente puede sostenerse dentro de una situación de amor transferencial evitando reconocer el barramiento del analista y por ende el suyo propio. Mantenerse dentro de estas coordenadas de amor implica para el sujeto sostener su desvalimiento para así continuar dentro de una pertenencia por medio de la cual sostiene la ilusión de la existencia de Otro omnipotente. Este no pago directo, tercerizado en la figura de la Entidad pagadora, por una parte vela la castración en el Otro materno asegurando de esta manera una posibilidad de amor incondicional a cambio del sometimiento, y por otra refuerza la repetición de un desamparo expresado en una demanda de amor que en este caso encuentra respuesta.

En general, en estos sistemas se encuentra acotada la duración del período de tiempo durante el cual se sostiene el pago de la institución prestadora la cual juega el papel de garante del padecimiento subjetivo. Llega finalmente el momento en el que la responsabilidad del costo económico recae sobre el paciente, y es entonces cuando se hace presente la dimensión simbólica de este pago hecho, hasta ese momento excluido de la puesta en acto de la transferencia.
Es entonces cuando vuelve a estar en cuestión no solo la continuidad del proceso de la cura sino también corren el riesgo de quedar aparentemente abandonadas posiciones logradas trabajosamente durante el tratamiento. Abandono de los tratamientos seguidas de retomas de consumo que vuelven a poner en movimiento repeticiones a través de las cuales se aloja nuevamente el sujeto en anteriores situaciones ilusorias de goce, en las que aparece plenamente la participación familiar en tanto la modificación subjetiva del paciente es causa de numerosas conmociones alborotando el sistema familiar. Éstas se apaciguan en tanto el paciente retorna a su condición de desamparo y discapacidad.
Pero en tanto algo del acto se haya hecho presente, estas repeticiones no tienen la misma consistencia y en nuestra experiencia se relanzan demandas de tratamiento con una interesante evolución.

La introducción del pago en el tratamiento supone un duro golpe para la ilusión amorosa que en estos pacientes adquiere un importancia primordial, en tanto es esta historia de amor lo que siempre demandan para sostener la creencia en un goce posible puesto en acto, como instrumento utilizado para poder sostener en la ignorancia el empuje de Deseo rebajándolo a nivel de una pseudo necesidad u ofrenda amorosa. El desamparo con el cual se invoca al amor es un buen refugio ante las inclemencias de la soledad del autorizarse de si mismo.
El destino de estos momentos se juega en el devenir de la cura y si bien no es posible contar con una maniobra única y certera para yugularlos, es en el desarrollo del campo transferencial donde se juega su estilo de resolución.
Este devenir es posible (lo que no quiere decir que esté asegurado) siempre y cuando el analista haya podido abstenerse de dar respuesta a las diferentes maneras en las cuales la cuestión del “ser amado” se pone en juego en la cura. La caída de la ilusión amorosa que toma cuerpo en el acto del pago del tratamiento será mejor o peor soportada en modo directamente proporcional a las vicisitudes de esta cuestión imaginaria en la posición transferencial del analista.
 
 
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