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   Filiación

Creer allí. De lo que no es capaz el ADN
  Por Silvia Amigo
   
 
Pater incertus est. Mater, certissima ¿Es que acaso las revolucionarias técnicas de determinación de paternidad por el ADN han tornado obsoleto este viejo adagio que solía traer a colación Freud? ¿Constituye como padre a un hombre el hecho de comprobar por métodos genéticos que su célula germinal ha dado vida a determinado niño? ¿Puede el discurso de la ciencia determinar de modo cultural y no meramente biológico a la filiación? ¿Podemos creer que hoy día los avances de ciencia aplicada hacen posible que el padre sea también certissimo? No lo creemos así. Trataremos de justificar la posición que adoptamos.

Hasta hace poco más de una década un padre era tal en la medida en que pudiese creerle a una mujer la afirmación “éste es tu hijo”. La fe en la palabra de una mujer a quien se le daba el estatuto de fiable resultaba la razón necesaria y suficiente para establecer, para un hombre, la posición que de ahí en más adoptaría como padre de un hijo. Este hijo venía a ser recibido, por parte del hombre que estuviera a la altura de poder acceder a esa confianza, en la trama misma de ese pacto de fe, pacto que sólo puede sustentarse en el amor que una mujer puede despertar en un hombre que va a devenir padre.

Hacia final de su enseñanza, Lacan vuelve a dar una vuelta de tuerca al tema que lo atenazó durante el curso de su enseñanza, el del padre –de su función, de sus diferentes caras y eficacias, de su rol rector en la entrada en la cultura a nivel colectivo e individual–. Había ya intentado formalizar durante los largos años de seminario y en prácticamente cada uno de sus escritos la crucial y a la vez misteriosa función del padre –tan poco prometida a la mera constatación biológica–; función que ya había desvelado a Freud quien, en cada uno de sus grandes historiales, machacara sobre la figura del padre, dejando a la madre en un cierto cono de sombra. Creemos que al maestro vienés lo acuciaba encontrar la posición del padre en y a través de la madre, lo que inclinó su enseñanza al campo del psicoanálisis, separándola tajantemente de la psicología o de la puericultura.

Cuando su discípulo y re-creador, Lacan, retoma el tema a partir de la escritura borromea, ajusta su definición del padre real. Afirma que –y esta aseveración se conoce y se repite con justificado entusiasmo en el medio analítico– es padre no sólo ni principalmente quien impone respeto a la Ley, sino ese hombre que puede hacer de su mujer el objeto a, causa de su deseo1. Lo que no se remarca tanto es que al mismo tiempo Lacan exige, para que ese hombre pueda devenir padre, que esté en posición de “y croire” –creer allí, creer en eso– en el amor que le despierta esa misma mujer que causa su deseo. No se trata entonces, si bien estas dimensiones resultan cruciales, sólo del deseo y del goce que circulen entre un hombre y su mujer. Es la dimensión del amor real (que hace agujero en lo imaginario, que perfila lo real de lo imaginario) la que trenzará en nudo la eficacia de los nombres del padre y dará sentido psicoanalítico al término de filiación, para que no se trate meramente de una cuestión determinable por métodos de laboratorio con fines de interés jurídico. Es padre quien se siente suficientemente bien plantado como para dejarse ser, por amor, la dupe de una mujer. No por nada el título de un seminario que constituye una suerte de turning point teórico y clínico se titula Les non dupes errent, homofónico a “los nombres del padre”.

Despejemos algunos malentendidos que las afirmaciones anteriores pudieran dejar deslizar. No se trata de negar la utilidad, en términos prácticos, que los avances de la ciencia han permitido conquistar y que resultan extremadamente prácticos, sean estos jurídicos, por ejemplo, a los fines de adjudicar una herencia, fijar una cuota alimentaria, o determinar los lazos de sangre de un niño perdido o de un adulto incapaz; ya sean forenses, para localizar el autor de un crimen; para no abundar en esta ocasión en el doloroso pero imprescindible procedimiento de reconocimiento de los hijos de los desaparecidos en Argentina. Creo que el analista no debe dar la espalda a los avances de la ciencia ni refugiarse en una posición oscurantista desde la cual negar los innegables beneficios que ésta reporta a diferentes campos de interés cotidiano del sujeto2. Pero debemos diferenciar este avance y las ventajas y beneficios que nos otorga, del arrollador empuje de la ilusión totalizante del discurso de la ciencia, discurso que se deja escribir en la combinatoria de letras del discurso del capitalista. En su ambición de responder a todo, ese discurso pretende también determinar la filiación y decidir quién es padre y quién no lo es.

Si este discurso, citamos aquí a Lacan “forcluye las cosas del amor” se comprende la posmoderna pretensión de tornar al padre, cuya función reposa, como más arriba intentábamos hilvanar, sobre la fuerza de este a veces desvalorizado afecto, científicamente certissimo. Si fuera cierto que el mero estudio genético estableciera el lugar del padre, este lugar sería, en efecto certissimo. Sólo que esta certeza expulsa a lo real el enigma del amor que circula entre hombre y mujer, amor desde cuya trama es esperable que la filiación sea cultural, que establezca un linaje y dé abrigo al sujeto por venir bajo la forma del bebe que ve la luz.

Hace muy poco tiempo un analizante que se proponía ser un macho invulnerable a la perfidia femenina, recibió como regalo de cumpleaños de parte de su mujer un examen genético donde se constataba fehacientemente que su niño de cinco años era casi un cien por ciento compatible genéticamente con él, que lo había anotado en el Registro Civil como su hijo. Si bien se comprende la desesperación de su mujer por quitarle de la cabeza la tenaz idea de una posible infidelidad, este “científico” regalo no resultó tranquilizador. Este joven, claramente neurótico, venía de una historia bastante complicada. En su casa vivió cotidianamente el desamor y aun el desprecio de su madre hacia su padre, con quien permaneció mientras la situación económica del esposo le garantizada una vida holgada. Esta mujer podía, sí, amar a su propio padre, y este abuelo fue para nuestro joven un aval en donde sostuvo como pudo alguna imagen masculina viable. Su padre intentó compensar los continuos desplantes con prepotencia, gritos y uso de lo económico como herramienta para conseguir los favores de su mujer, creyendo así hacerse un lugar, penoso por cierto, al frente de su casa. Este concurso de circunstancias habían impedido al joven en tren de estructuración poderse decir a sí mismo, sin sentirse un pobre tonto que remedara la deslucida performance del padre, que amaba a una mujer y que “creyendo allí” le confiaría la sutil, impalpable tarea de hacerlo padre. El regalo extremo de su mujer no le impide seguir dudando, in petto, de que ese niño que lleva de la mano y al que le dedica gran parte de su tiempo, pueda ser un hijo suyo.

A la vez, la desagregación de la familia patriarcal que Lacan subrayara ya desde su viejo artículo “La familia” (atribuyéndole la declinación de la función paterna) tiende a trivializar no sólo a la infidelidad, sino a hacer aleatorio el hecho de poder establecer discursivamente quién es el padre de un niño engendrado por una mujer que “hace el amor” con varios hombres a la vez. Una tira diaria televisiva3 hace girar parte de la peripecia en la puja de dos hombres que se disputan la paternidad de un bebe cuya madre admite desconocer a cuál de los dos corresponde ese título, ese emblema. Por supuesto dejarán en manos de los expertos en determinación genética el establecimiento de esa tan delicada función. No se trata de escandalizarse ante el estado de cosas que nuestro desangelado mundo posmoderno nos presenta, ni mucho menos preconizar la fidelidad como valor sacro que sostenga a la familia como pilar social.

Bien sabido resulta que el deseo es indomeñable y metonímico. Pero el hecho que esta trama pueda “pasar” a la audiencia al mismo título que cualquier otro avatar divertido u otra intriga amorosa habitual indica que, guste o no, esto sucede (y el analista deberá ponerse a tono con la “subjetividad de la época”) y crea nuevas opacidades alrededor del de por sí ríspido tema de la paternidad.
El mismísimo Mozart, de quien lo último que podría decirse es que fuera pacato o incapaz de enfrentar la rigidez del orden establecido, indicó con humor pero con bella firmeza, en su Cossi fan tutte, que la pregunta por la posibilidad de creer en la lealtad de una mujer inquieta por muy buenas razones a los hombres.

Prometidos desconfiados que ponen a prueba a sus amadas en Mozart, familias de barrio que intentan dilucidar en medio de la gruesa trama de intrigas de novela de televisión quién es padre del heredero de la familia, la esposa de nuestro joven analizante que quiere convencer a su marido que el chico que crían es efectivamente hijo suyo…
Vueltas y revueltas del viejo misterio de la potencia generadora de vida del falo, a la cual los muros de Pompeya, los obeliscos, los menhires, rinden homenaje.

Los psicoanalistas podemos, y entonces también debemos, intervenir en este debate crucial de la cultura. ¿Sigue teniendo alguna importancia para la subsistencia de la cultura tal como la conocemos el hecho de que el amor que entre una mujer y un hombre se profesen, ese amor “que hará que el goce condescienda al deseo”, continúe siendo la piedra angular de la filiación? Los psicoanalistas estamos en posición de recordar a quienes prometen al falo únicamente su valencia de carne a ser gozada (y no son pocos, dado que en este momento de la escena cultural tiende a ser generalmente tomado así); que el falo debiera estar prometido a ser portador del Nombre-del-Padre. El discurso de la ciencia, que hoy hace su “inmixión galopante”4 en las prácticas culturales, y que, como apuntáramos más arriba, alcanza incluso a determinar los contenidos elegidos para colocar en la masiva pantalla de la televisión, acentuando despreocupadamente la cara carne, la cara goce del falo, prescinde de la cuestión del Nombre y forcluye el peso decisivo que, para la transmisión de ese nombre, tiene el amor.

El psicoanálisis interviene recordando qué clase de estrago subjetivo puede acarrear (ni más ni menos que el retorno en lo real de aquello que a lo real se envía) la disyunción completa del falo y del Nombre.
Amor es uno de los nombres de la conjunción de ambos términos.
Sólo que, ¡hélas!, el amor no es certissimo, ni se puede comprobar fehacientemente por métodos de laboratorio, lo que no le impide existir. Ex-siste como misterio que seguirá haciendo que, si de filiación humana se trata, siga teniendo vigencia el aforismo que al inicio comentábamos.

____________
1. Lacan, Jacques. RSI Seminario inédito. Clase N° 4.
2. Amigo, Silvia. Clínicas del cuerpo. Lo incorporal, el cuerpo, el objeto a. Apéndice, cap. N°1 Ciencia y psicoanálisis.
3. Se trata de la telenovela Son de Fierro que se emite temprano por la noche y que es vista con seguridad por el conjunto de la familia a la hora de la cena.
4. Lacan, Jacques. Science et verité Ecrits Paris 1960.
 
 
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