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   Saber de la historia

La cosa genital de Charcot, tal y como Freud la recordaba (Primera parte)
  Por Mauro  Vallejo  y Luis Sanfelippo
   
 
UNO. La escena es al mismo tiempo majestuosa y patética. En su escrito de 1914, Freud ofrece por primera vez un trozo de su memoria que, con el correr de los años, se ha transformado en uno de los souvenirs más preciados del merchandising psicoanalítico. El martes 19 de enero de 1886 pasa su primera velada en la casa de Charcot (217 del Boulevard Saint Germain). Entre los invitados se cuentan Gilles de la Tourette y Leon Daudet. Otro de los presentes, por quien Freud sentía una sincera admiración, era el médico legista Paul Brouardel1. Este colega relataba a Charcot algunos detalles sobre un caso, acerca del cual nada sabríamos de no contar con la pequeña crónica del novel médico extranjero, escrita casi treinta años después con una extraña y sospechosa precisión: “Oí al comienzo de manera imprecisa, y poco a poco el relato fue cautivando mi atención: Una joven pareja de lejanas tierras del Oriente, la mujer con un padecimiento grave, y el hombre, impotente o del todo inhábil. «Táchez donc», oí que Charcot repetía, «je vous assure, vous y arriverez» [Empéñese usted. Le aseguro que usted lo conseguirá]. Brouardel, quien hablaba en voz más baja, debió de expresar entonces su asombro por el hecho de que en tales circunstancias se presentaran síntomas como los de la mujer. Y Charcot pronunció de pronto, con brío, estas palabras: «Mais dans des cas pareils c’est toujours la chose génitale, toujours… toujours… toujours!». [¡Pero en tales casos siempre es la cosa genital, siempre…siempre…siempre!] (…) Sé que por un instante se apoderó de mí un asombro casi paralizante y me dije: Y si él lo sabe, ¿por qué nunca lo dice? Pero esa impresión se me olvidó pronto; la anatomía cerebral y la producción experimental de parálisis histéricas habían absorbido todo mi interés”2.

DOS. Freud, al reflotar ese fragmento del pasado, afirmó que su primigenia hipótesis sobre el rol de la sexualidad no era una creación suya, sino que la había recibido de tres maestros (Breuer, Charcot y Chrobak). Éstos habían tenido ojos suficientemente grandes como para ver la cosa genital, pero no contaban con la pluma corajuda que la describiese, que valdría al psicoanalista más de un reproche y no pocos anatemas. Se trata, vale decirlo, de una escena fundacional, mítica, y por ello merecedora de una deconstrucción que aquí efectuamos sin afán de escándalo. Lo haremos planteando y desmontando dos interrogantes. Vayamos al primero.

TRES. ¿Qué significaban las palabras de Charcot? ¿Es evidente y transparente su sentido original a partir de lo que nos es relatado tres décadas después? ¿Puede ser que su verdadero sentido haya escapado a Freud? Una obra más o menos reciente despeja las dudas. La historiadora Nicole Edelman ha señalado que por esos años muchos médicos, incluido Charcot, postulaban una etiología ovárica de ciertos tipos de enfermedades histéricas3. En muchos casos la verdadera causa de la enfermedad era un desarreglo en ese órgano (descubierto hacía unos años), desarreglo que nada tenía que ver con la actividad sexual de la paciente. Creemos que Edelman tiene razón cuando sostiene que es menester tomar en consideración esas discusiones para comprender la significación de la célebre frase del neurólogo francés. Máxime –y he aquí un dato que Edelman no toma en cuenta– si recordamos a quién iba dirigida la frase: ¡Paul Broaurdel había defendido en 1865 su tesis médica acerca de un tipo especial de alteración de la cosa genital!4. El asombro de Brouardel captado por Freud nos parece natural, al igual que la vivacidad mostrada por Charcot al intentar convencer a su interlocutor: el médico legista no creía en la relación entre histeria y lesión ovárica5. Cuando Charcot le recalca que “siempre, siempre, siempre” se trataría de la cosa genital, difícilmente se refería a esa sexualidad que, durante toda su enseñanza, se esmeró por alejar de la histeria, para hacer de ésta una enfermedad neurológica. Aludía, más bien, a las tesis ováricas que él defendía, su interlocutor negaba y que el médico vienés no podía desconocer, dado el auge que tenían entonces por la Salpêtrière. Más aún, Edelman reconstruye de qué modo esa tesis dio pie a que muchos médicos, tanto en Francia como en el extranjero, intentasen curar estados histéricos y neuróticos a través de la extirpación de los ovarios. Como bien señala la historiadora, ese nefasto desenlace de aquella teoría sería denunciado por Émile Zola en 1899 en su novela Fécondité. A tal respecto –y una vez más agregamos una consideración que Edelman pasa por alto– sabemos que Freud no solamente había leído esa novela, sino que había dado una conferencia sobre ella6. Otra vez, ¿pudo Freud haber olvidado esa teoría ovárica? ¿Cómo entender las palabras freudianas de 1914? ¿Por qué esta compleja historia sobre la relación entre histeria, sexualidad, genitalidad y fisiología a fines del siglo XIX quedó reducida al relato épico de un discípulo valiente que dijo aquello que su maestro callaba? ¿Qué condujo a Freud a rescatar del baúl de sus recuerdos los dichos de su neurólogo que, en más de un sentido, estaba muerto desde 1893?
______________
1. Paul Brouaredel (1837-1906) fue un médico legista, autor de numerosos volúmenes sobre la especialidad. Freud, durante su estancia parisina, asistía regularmente a sus lecciones de medicina forense. Tanto en su temprano informe sobre sus actividades en Paris y Berlín como en su prólogo a la traducción alemana de un libro de Bourke, de 1913, Freud se refiere de forma entusiasta a esas demostraciones. Jeffrey Masson, con cierta desenvoltura, ha señalado que esas clases pudieron funcionar como fuente de la teoría de la seducción, pues Brouardel se ocupaba ocasionalmente del asunto de los abusos sexuales infantiles.
2. Amorrortu Ed., Tomo XIV, p. 13. En su libro sobre la histeria, Freud dirá: “Cuando yo empecé a analizar a la segunda enferma, la señora Emmy von N., bien lejos me encontraba de esperar una neurosis sexual como suelo de la histeria; acababa de salir de la escuela de Charcot y consideraba el enlace de una histeria con el tema de la sexualidad como una suerte de insulto -al modo en que suelen hacerlo las pacientes mismas-”.
3. Les métarmophoses de l’hysterique, 2003, Paris, La Découverte, pp. 243-262.
4. Paul Brouardel, De la tuberculisation des organes génitaux de la femme. Thèse pour le doctorat en Médecine, Présentée et soutenu le 14 Janvier 1865. El trabajo describe una forma de presentación de la tisis pulmonar, en la cual la lesión tuberculosa del aparato genital precede o acompaña la alteración del sistema pulmonar.
5. Al menos no creía en eso en 1865. Hablando de los casos en que se observa una “tuberculisation” genital posterior a la general, el autor afirma: “Una cosa notable es la ausencia de manifestaciones histéricas en estas enfermas. Fenómenos de este orden [es decir, existencia de hechos histéricos] no hubiesen sorprendido a los médicos que creen en la influencia de las lesiones del sistema genital sobre la producción de esta neurosis; no hay nada de ello [il n’en est rien]. La histeria es rara en estas condiciones” (Brouardel, De la tuberculisation…, p. 103). De todas formas, en algo sí coincidía con Charcot, quien de lo contrario no lo hubiese aceptado como comensal en su mesa: Brouardel separaba tajantemente histeria de sexualidad. Así, en la sección sobre histeria de su volumen sobre el matrimonio, leemos: “Para el público, la mujer histérica es considerada de buena gana como aquejada de una cierta lubricidad. Es absolutamente inexacto…” (Brouardel, Le mariage, Paris, Baillière, 1900, p. 53).
6. Véase Mauro Vallejo, “Sigmund Freud y su conferencia sobre Fecondité de Émile Zola”, Imago Agenda, Abril 2009, Nº 128, página 60.
 
 
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