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   La función del acompañar

Tener fe en el humor
  Por Marcelo Negro
   
 
I. “La muerte entra dentro del dominio de la fe. Hacen bien en creer que van a morir, por supuesto. Eso les da fuerzas. Si no lo creyeran así, ¿podrían soportar la vida que llevan? Si no estuvieran sólidamente apoyados en la certeza de que hay un fin, ¿acaso podrían soportar esta historia?”1.
Palabras más, palabras menos: Tengan fe, van a morir.
Se ha dicho infinidad de veces lo insoportable que sería la existencia del humano sin el límite fijado por la muerte. Lo interesante en todo caso, tal vez sea una de las perlas irónicas de Lacan (“hacen bien en creer…”), es poner la muerte dentro del dominio de la fe. No deja de llamar la atención que apele a esta noción para aquello –la muerte– que se revela todo el tiempo como tan… verosímil.
¿Por qué plantearlo así? ¿A quién se dirige? A la comunidad analítica e intelectual que acudía a sus seminarios, por supuesto (qué lugar mejor para desplegar la ironía). A un auditorio, hay que sospecharlo, con mayoría de sanos; de entusiastas que tienen fe en la muerte que todavía no está por venir.
Tengan fe, van a morir. No es afirmación para escribir en el frontispicio de un hospice. Tampoco para vociferarla como buena nueva en la sala de espera de un hospital. Es una frase para soportar con el colesterol en regla; o con el sentido del humor propicio.
Herido por la conciencia del fin, la fe del moribundo en todo caso es en la existencia de algo o alguien que aleje el umbral de la vida/muerte.

II. En “El Humor” (1927), Freud retoma algunos postulados ampliamente vertidos en “El chiste y su relación con lo inconciente” (1905), para indagar aún más en la esencia de lo cómico. “El proceso humorístico puede consumarse de dos maneras: en una única persona, que adopta ella misma la actitud humorística, mientras a la segunda persona le corresponde el papel del espectador y usufructuario, o bien entre dos personas, una de las cuales no tiene participación alguna en el proceso humorístico, pero la segunda la hace objeto de su consideración humorística”. El ejemplo que presenta del primer tipo de proceso es un clásico: cuando un día lunes, el condenado se encamina hacia el patíbulo, expresa: “¡Vaya, empieza bien la semana!”.
Tomado como arquetipo (Freud no deja de admirar la retórica del proceso), el humorista parece tener un don especial. ¿Cómo lo hace?, se pregunta Freud: “desarrolla él mismo el humor, el proceso humorístico se consuma en su persona y es evidente que le aporta cierta complacencia. A mí, el oyente no involucrado, me alcanza en cierto modo un efecto a distancia de la operación humorística del criminal; registro, quizá de manera semejante a él, la ganancia de placer humorístico”.
En tono con su segunda tópica, Freud incluye y evalúa la hipótesis del superyó y un modo de funcionamiento particular de esta instancia en el proceso humorístico. Modalidad que haría que el superyó y su vasallo, el yo, momentáneamente no entren en conflicto.
Pura Cancina, en El dolor de existir… y la Melancolía, hace un rastreo de estas formulaciones freudianas y las lee en sus potencialidades y contradicciones teóricas e incluye la perspectiva de Lacan en el asunto. “Para Freud lo cómico puro estaba ligado a la voluntad de hacer surgir lo cómico, ponerlo de manifiesto. Poner en cómico algo”. Es decir, una indagación centrada en el proceso. “Con Lacan vemos que se trata de lo cómico puro, de hacer surgir el objeto de lo cómico, que no es otra cosa que el sujeto en posición de objeto. El sujeto así, en posición de objeto de lo cómico, pone de manifiesto eso que él es más radicalmente, al mismo tiempo que, en verdad, no lo es ”.2 (El destacado es mío). Con esto, la autora diferencia lo que sería pensar lo cómico en el plano de una moral (superyó freudiano) de lo que pertenecería al terreno de una ética (lo cómico puro).

III. “Por lo general, destacamos el ocasionamiento contingente de la muerte, el accidente, la contracción de una enfermedad, la infección, la edad avanzada, y así dejamos traslucir nuestro afán de rebajar la muerte de necesidad a contingencia”.3 La cita previa habrá que leerla con esta otra, ya que para Freud el destino no es otra cosa que “un sustituto de la instancia parental; si nos golpea la desgracia, significa que ya no somos amados por esta autoridad máxima, y amenazados por semejante pérdida de amor, volvemos a someternos al representante de los padres en el superyó, al que habíamos pretendido desdeñar cuando gozábamos de la felicidad”.4
La contingencia, trabajada por el fantasma de cada quien, puede leerse como destino cruel, castigo divino, injusticia, maleficio. Mala praxis.
El ejemplo del reo hacia el patíbulo no es azaroso en este contexto. Viene al caso para introducir la cuestión del acompañamiento, del tratamiento de un analista, se disculpará la generalidad, pacientes gravemente enfermos en trance de morir, terminales para la doxa actual. De la clínica se desprende que condenado es una de las voces posibles a la que adhiere el moribundo.
Sea bajo la forma de lo miserable (como extensión de la miseria neurótica), sea como un sentimiento de vergüenza difícil de indagar, o bajo el formato de la culpa, es habitual que el moribundo, en el umbral que lo real biológico lo ubica, despliegue esta fantasmática. En ese umbral, la voz del superyó se hace sentir. La pregunta “¿Por qué a mí?”, rápidamente contestada “¿Por qué no?” puede sacar al enfermo de la situación de creerse la excepción injuriada. Pero ser uno más se desplaza rápidamente en ser uno menos, sustraído anticipadamente de la clase de los vivientes. No es en este cálculo donde el sujeto hallará su lugar.

IV. ¿Cómo acompañar? “La distribución ya está establecida en los que curarán amparándose al abrigo de un discurso constituido, el universitario en el mejor de los casos si asegura al menos la perennidad de un saber, y los que están enfrentados a su práctica. Pero la experiencia muestra con qué facilidad ésta se extravía o cede a las presiones sociales; ¿no hemos sido delegados para curar allí donde el síntoma sin embargo insiste en que lo reconozcan, que acepten su lugar y que, por lo tanto, el dolor sea transformado, mientras que queriendo taponarlo actuamos como el neurótico?”5. (El analista no está “curado” de esta posición. Basta un cuarto de giro…)
Una de las significaciones posibles del término acompañar es especialmente valiosa para el analista: ejecutar el acompañamiento. Proviene del ámbito referencial de lo musical. Puede utilizarse con esta salvedad: la música es del sujeto.
Los que curarán amparándose al abrigo de un discurso constituido es probable que le tapen la boca al paciente. Toma diferentes modalidades. Algunas veces, suele manifestarse como una inversión de la demanda. De un modo muy conciso: ya no es el paciente el que puede ser escuchado y en función de esa escucha ser tratado, sino que el sujeto tiene que adecuarse al “foco” propuesto por el terapeuta; muchas veces en función de protocolos de tratamiento pensados como universales, para todos los sujetos o para las (x) situaciones en las que los sujetos se encuentran. No puedo dejar de recordar aquí, ese caso referido, en el cual el paciente había cumplido todos los pasos que se esperaban de un “buen moribundo”, incluyendo la despedida de sus seres queridos. Pasaban los días y el hombre no se moría. Pasaban las semanas, se llegó al mes… y no se moría. Crisis lógica de la familia y del equipo tratante. No cuesta imaginarse la degradación del fulano: de querido moribundo presto a partir a “pero éste cuando se muere de una vez” (efecto de lo insoportable).

Otra forma fallida de acompañamiento en estas situaciones toma la modalidad de acompañar el afecto. Sabemos las patinadas clínicas a las que este “saber” identificatorio lleva. Una forma, carísima, de ausentarse de la función. Una forma de tratar el horror.
Las diferentes respuestas del analista frente a un paciente en trance de morir pueden especificarse en algunos semblantes operativos, para que el decir del paciente sea alojado en ese contexto donde prima el dolor de existir y el desamparo.
Testigo del viviente puede ser el nombre de un semblante. Al estilo “secretario del alienado”, como se postula en el caso de las psicosis, pero obviamente con otra connotación clínica (salvo que estemos justamente frente a un psicótico). Testigo no mudo. Testigo que reconoce el sufrimiento sin dejar de interrogarlo.

Ser el oyente de lo que es más que un hombre: ser el acompañante desde cierta función privilegiada, de la huella de un sujeto en el mundo, permite horadar la sensación de soledad que, si bien no es “curable” ni se puede paliar, podrá condescender a un diálogo que extraiga al sujeto de la mudez (porque, ¿de qué se habla con un moribundo?) y aún en tamaña encrucijada pueda dar cuenta de su posición responsable. Como una versión de lo anterior, el analista podría hacerse agente de un semblante de vivo –semblante de i(a)–, estrategia imaginaria que permitirá al moribundo ser el vivo que todavía es y, por ejemplo, no ser consumido como puro objeto de otros discursos que lo circundan o habitan. ¿Qué son, si no esas largas conversaciones que se pueden mantener con los pacientes hablando de “bueyes perdidos”, en apariencia sin motivo clínico evidente?; ¿qué son, si no el intento de restaurar justamente “la conversación”?
Se trata de prestar el cuerpo propio como sostén. Y se trata de prestar la mirada, que no es la mirada del clínico cuyo objeto es la enfermedad; ni es la mirada de los deudos, cruzada tal vez de dolor u horror; no es la mirada de la compasión espiritual tampoco.

Construir la “historia de vida” con el paciente requiere de una técnica activa de nuestra parte –semblante de historiador– toda vez que el enfermo lo permita o lo pueda hacer. Recordar la historia es recordarse, desdoblamiento que la mayoría de las veces resulta fructífero. Para acotar la angustia automática que la aparición de la enfermedad y sus vicisitudes casi siempre provocan, reconstruir su historia permite al paciente –a partir de “contarse”– una separación estratégica entre ego mortalmente angustiado y sujeto. Es interesante si podemos tomar nota –en este “contarse”– de la duplicidad que lo habita: en tanto construcción de un relato que concierne al sujeto y en tanto acto que lo sigue sumando al conjunto de los vivos.

V.
¿Cómo acompañar? Tomado desde el sesgo freudiano o desde la modalidad propuesta por Lacan, aún con sus diferencias: ¿es que deberíamos aprender algo acerca del humor, del proceso estructural que le da lugar? ¿Podríamos facilitar nosotros la función del humor?
“(…) el humor es la puesta en función de ese ángulo a través del cual se da el reconocimiento de lo cómico. Para ello un cierto desdoblamiento del sujeto es requerido, desdoblamiento manifiesto en que si bien el humor no requiere del otro, ya que puede ejercitarse en soledad, no es sin el Otro, testigo y soporte”.6 (El destacado es mío).
Según lo dicho más arriba, los semblantes propuestos permiten o propician, también, cierto desdoblamiento del sujeto, que no necesariamente entra en el orden de lo cómico (tampoco lo excluyen), pero del cual el sujeto recibe su complacencia. Como testigos y soportes sabemos que en ese límite al que lo real biológico destina, el viviente se encuentra implicado como nunca en el aparato del lenguaje y en su propio inconsciente. ¿Por qué retroceder en nuestra ética en el caso de los moribundos? No es “poner en cómico” (según la interpretación freudiana) la muerte y el sufrimiento que la rodea. Tampoco una forma de indolencia refinada o racionalizada. Se trata de poner de manifiesto eso que él (el sujeto) es más radicalmente. Para la coyuntura trágica del paciente frente a la muerte: objeto del destino, objeto del saber médico o cosificado en el mar de categorías estadísticas que lo signan; objeto de la compasión.
Como testigos y soportes, se trata de poner de manifiesto eso que el sujeto es, al mismo tiempo que, en verdad, no lo es.

_______________
1. Lacan, Jacques. Extracto de la conferencia en Lovaina, 1972. http://www.youtube.com/watch?v=NGJ4s7Q5be8
2. Cancina, Pura. El dolor de existir… y la Melancolía. Rosario: Homo Sapiens Ediciones, 1992, p. 157.
3. Freud, Sigmund. “De guerra y muerte: temas de actualidad”. En: Obras completas. Buenos Aires: Amorotu editores, 1992.
4. Freud, Sigmund. “El malestar en la cultura”. En Obras completas. Buenos Aires: Amorrortu editores, 1992.
5. Melman, Charles. Nuevos estudios sobre la histeria. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión, 1988, p. 33.
6. Cancina, Pura. Op.Cit., p. 154.
 
 
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