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Las formas del malestar en el ámbito hospitalario
  Por Mónica Fudin
   
 
Un hospital es un recurso válido que tiene una comunidad como espacio para mitigar sus males y recibir asistencia, recurso actualmente sobrepasado en demanda con dificultad de respuesta eficiente. Afortunadamente nunca es el recurso humano el que está en falta: insumos, deterioro de infraestructura y falta de personal, entre otras cosas, no acompañan al deseo de mejor asistencia. El desgano, la desazón y, por qué no, la apatía ganan terreno en quienes trabajan con tenacidad y esfuerzo en los hospitales públicos.
La falta de reconocimiento social de las instituciones y de quienes trabajan en ellas ha hecho que el esfuerzo se torne infructuoso, mal visto y mal pago… el malestar individual toma escena pública cuando se comparte la pena de ejercer en la institución.

Esa sensación de orfandad me llevó a leer con más detenimiento una nota a la que no había prestado demasiada atención. Versaba sobre el Síndrome de Bornout o Profesional Quemado y decía: “ese mal del alma en duelo por su ideal corresponde a un sentido en lo más profundo de si mismo, que logra exteriorizarse”.1
La ilusión de quienes eligen trabajar en una institución por considerarla prestigiosa, reconocida, como el Poder Judicial, una Institución Hospitalaria, Social o Educacional, tiene sobre el sujeto sus consecuencias, así como a la larga lo tendrá sobre las instituciones que se van modificando y recreando por estos mismos agentes.
¿Qué sentido tiene para un profesional que comienza a ejercer, la elección y posterior afianzamiento a una institución en la que ha de gestar su pertenencia? Si bien en esta elección existe algo de azaroso, la decisión de permanecer se podrá convertir más tarde en un acto, como por ejemplo instalar definitivamente al psicoanálisis como alternativa asistencial.

Los ideales suelen deslizase por el lado de la pasión, como un velo que la realidad ubica por delante de lo real, digamos para hacerlo más soportable. Es difícil ejercer satisfactoriamente una profesión sin sentirse medianamente apasionado por ella. Su merma ha hecho que licencias médicas otorgadas a profesionales de la Salud, de la Educación y del Poder Judicial bajo el extraño nombre de Síndrome de Bournout, hablen desde no hace mucho tiempo “de un padecimiento” que les convalida el malestar profesional y les autoriza a tomar distancia de sus lugares de trabajo, sin contar con que cada vez son menos los que en hospitales públicos se ofrecen como concurrentes y, cuando lo hacen, el tiempo de estadía se acorta considerablemente. Ocurre que se forman permanentemente profesionales que lejos de obtener nombramientos se alejan de la institución. ¿Obedece esto a la falta de correspondencia económica únicamente? ¿O hay una falsa distribución de la economía psíquica que ya no alcanza a cubrir “los gastos” que un sujeto debe afrontar solo? Preguntándose si eligió bien su lugar de trabajo, su profesión, etc. Pregunta abierta no como interrogación subjetiva que lo causa sino como soporte de un padecimiento de aquello que no ha elegido y se le viene encima a la hora de ejercer.

En la novela El fin de la Aventura de Graham Greene dice: “Una historia no tiene comienzo ni fin: arbitrariamente uno elige el momento de la experiencia desde el cual mira hacia atrás o hacia adelante.” ¿Cuál es ese momento en que un profesional comienza a mirar hacia adelante y hacia atrás? Un silencio anterior a la primera palabra que pronunciamos, un escenario mudo que invita a la disposición a hablar.
Los analistas que desempañamos nuestra función con pacientes graves, donde la muerte sobrevuela a nivel del discurso y del acto, por violencia, intentos de suicidio u homicidio, trastornos orgánicos, somáticos, etc., nos conducimos a situaciones para las que no fue creado precisamente el psicoanálisis. Los sujetos con graves padecimientos que acuden habitualmente a los consultorios públicos, guardias de psiquiátricos y hospitales generales, por denuncias acompañadas por demandas de los jueces a responder por determinados pacientes, nos llevan en ocasiones a preguntar: ¿cuál es el límite de lo que un sujeto puede escuchar sobre lo inhumano o lo obsceno, y hasta dónde puede poner su cuerpo sin correr riesgos por el hecho de tratar de ejercer su función?

Escuchar el dolor de existir convoca también al propio si es que estaba olvidado. Situaciones límites donde lo que entra en al rango de “propiamente humano”, de inscripción de la “ley simbólica” ha sido corrido, impidiendo situar fronteras en ese surco que divide las aguas entre lo que está o no permitido hacer y lo que nunca se puede hacer y tiene efectos en la vida corriente de un sujeto, pues resguarda y garantiza las normas de los hombres en relación al prójimo.
Hablamos de pacientes que provienen de grupos o individuos expulsados del circuito ordinario de los intercambios sociales: indigentes, sin domicilio fijo, toxicómanos, jóvenes desterrados y desheredados de sus familias, ex pacientes psiquiátricos o ex-delincuentes salidos de las instituciones, etc., considerados en la marginalidad profunda. Sujetos que se hallan al final de un recorrido, afectados por convivir en situaciones de peligro que muestran abiertamente signos de inestabilidad, fragilidad y riesgo de caer en aguas más hondas. Indiscutiblemente, la pobreza está en la base de estas situaciones de marginalidad profunda y es a establecimientos públicos a donde acuden para paliar el sufrimiento.
Atender y buscar alternativas de derivación y recursos profesionales de otras disciplinas que comparten la tarea, cuando una Institución deja de ser garante de la salud, de la educación, etc., nos lleva a enfrentarnos a situaciones de extrema necesidad y preguntarnos por nuestra función de analistas cuando se demanda en exceso. La interrogación por la dirección de una cura muta hacia la preocupación por atender con o sin guardias de seguridad, por manifestar en la calle para el no cierre de un hospital o marchar a la Legislatura para reclamar la reinstalación del gas cortado durante un mes en un hospital público dejando a los pacientes y profesionales sin estufas ni cocinas.
Desbordada en los últimos años la capacidad de albergar el dolor y sobrepasando los recursos siempre escasos y limitados con los que se cuenta, profesionales golpeados o robados en sus lugares de trabajo, poco personal de custodia con los que se tiene que compartir una guardia para que un paciente no escape, controles ineficaces que facilitan la entrada subrepticia de alcohol y droga a la institución, etc., los colocan también en situación de desamparo. A sabiendas de que cuando en lo real no hay demasiado para perder, la pulsión de muerte hace su juego y se desanuda de la pulsión amorosa tan necesaria para establecer transferencias y lazos con el otro.

Hacerse cargo de estas patologías graves propicia lo estigmatizante de convertirse en “especialistas” en algo. Si bien nuestra función no es social –como conseguirle trabajo, o casa a un paciente–, nos interesa qué posición tiene ese sujeto frente a aquello que padece, para posibilitar alguna intervención. Sociólogos o trabajadores sociales caracterizan la zona de marginalidad profunda por la desafiliación que convierte a un individuo en un sujeto errante, extranjero sin el reconocimiento de nadie y con el rechazo de todos. No se trata de un sujeto que no pueda trabajar por razones físicas, discapacidades o enfermedades, sino que se encuentra en una situación familiar crítica (viudas con muchos hijos, niños o ancianos abandonados, enfermos crónicos con escasos recursos). Los hospitales, las casas de medio camino, a veces se convierten en “domicilio de emergencia”, advertidos de que la palabra “hospital” tiene en su raíz “hospitalario”, alberga “huéspedes”.
Hace poco tiempo recurrí a un hospital público por una urgencia familiar y me sorprendió la cantidad de indigentes durmiendo por la noche en el hall central y en los bancos de las guardias con todos sus petates, sin que nadie prestase demasiada atención. Parte de un folclore establecido ya en la sociedad, escenas lastimosas que golpean lo cotidiano. Las condiciones en las que atendemos comienzan a decidir cierto tipo de intervenciones que a veces nos es posible acotar y otras no. Somos humanos, y la turbulencia que aparece nos arrasa y nos enfrenta a nuestra propia vulnerabilidad.

Supervisé Equipos de Familia de hospitales públicos y era evidente que la realidad superaba ampliamente a la fantasía de los profesionales que en su mismo relato mostraban su padecimiento, no solo por lo que debían escuchar sino por la impotencia y la limitación operativa en la que se veían sumidos. No obstante trataban de apelar a todos sus recursos, sin dejar de ejercer su función de analistas testigos, castración de lenguaje y sus efectos.
Me ha tocado dar clases solicitadas por equipos de educación sumidos en la alarma y la desazón más profundas por tener que enfrentarse a padres y alumnos severamente perturbados y sosteniendo, con los escasos recursos con que cuentan, escenas traumáticas sin tener a donde derivarlos en lo inmediato.

Volviendo al comienzo, el cuadro conocido como Burnout suele describirse como un síndrome de agotamiento psíquico que algunos autores han clasificado como sobre exposición a la fatiga. Remite a quemarse por afuera o estar quemado, en el sentido que Charny Lori 1998 considera “achicharrado”, como efecto de la permanente exposición a personas que padecen enfermedades o padecimientos crónicos o víctimas de violencia, donde lo imposible se hace patente, “su entrega no tiene éxito”.

Más allá del nombre que se intente poner, y ceo que poner un nombre de alguna manera bordea algo, la naturaleza misma de la función, la estructura de los sujetos con los que se trabaja. Esto incrementa una responsabilidad a la que el profesional se ve sometido por el riesgo, la peligrosidad y la cronicidad en juego, añorando una excelencia utópica. El profesional muchas veces no advierte que sus ideales fueron sustituidos por los ideales institucionales para los cuales trabaja y a los que debe adecuarse, lo que implica un resquebrajamiento de la imagen de pertenencia a la institución.

Freud, en “El Malestar en la Cultura” dice que el sufrimiento nos amenaza por tres lados: el propio cuerpo condenado a la decadencia y a la aniquilación, sometido al dolor y a la angustia, el mundo exterior encarnizado con sus fuerzas omnipotentes e implacables en la naturaleza y las relaciones con otros seres humanos. El sufrimiento que proviene de esto último es el más doloroso, “adición más o menos gratuita”, pese a que podría ser un destino ineludible como otros. Bajo la presión de tales posibilidades, el ser humano ya se siente feliz de sobrevivir al sufrimiento y la desgracia, relegando el logro del placer a un segundo plano. “El aislamiento voluntario, el alejamiento de los demás es el método de protección más inmediato contra el sufrimiento originado en las relaciones humanas”.

Concluyendo. Convocados a un exceso de presencia, estamos expuestos al sufrimiento. El psicoanálisis que se ejerce en una institución tiene especificidad propia, expresado divulgado y practicado con ciertos códigos que lo hacen efectivo. Puede intervenir produciendo condiciones que posibiliten como proponía Freud (1910) “un estado de la sociedad más veraz y más digno”, pues produce la necesidad de crear y participar de nuevos dispositivos.
Más allá del análisis del analista y de las supervisiones de los casos y de los dispositivos, se hace necesaria la generación y recreación de espacios institucionales tanto formales (ateneos, reuniones clínicas, hablar entre colegas de las producciones, además de lo que provoca desazón en la función); como informales (la sala de estar donde se toma café y se comentan cuestiones cotidianas, se habla del malestar y por qué no, del bienestar, festejos de cumpleaños de colegas, actividad tan valorada como cualquier otra). Lugar para la broma, y la risa como efecto del chiste que es pausa, descanso de lo acontecido y de lo que vendrá. Interrupción mágica, truco del mago, (Freud, 1905) el comentario personal, la anécdota laboral, toman cuerpo del concepto freudiano de “alianza fraterna”, efectividad contra el aislamiento, ante los obstáculos nombrados como malestar.

Espacios nada casuales. “El problema es reorientar los fines instintivos de manera tal que eludan la frustración del mundo exterior… su resultado será óptimo si se sabe acrecentar el placer del trabajo psíquico e intelectual…, en tal caso el destino poco puede afectarnos”. (Freud, ibidem).
Podemos ir construyendo las escenas fantasmáticas que soportan nuestro deseo de analistas, donde tal vez no nos encontramos con falta o caída de ideales sino que los ideales tienen hoy otros semblantes. Sin perder de vista que el lazo social con el otro, al modo de un traje de amianto, nos permite advertirnos del “achicharramiento” que impone este tipo de práctica pues más allá de las fronteras laborales, mitigan el peso de lo real y la soledad de la práctica.

Bibliografía
Gofman, E. Asilos, ensayos sobre la condición social de los enfermos mentales. Ed. Minuit, Paris, 1974.
Lenuoir, R. Los Excluidos Ed. Du Seuil, Paris, 1974.
Roussel, L. La familia insegura. O. Jacob, Paris l989.
Giverti, E. “Atención a niños y niñas víctimas: el efecto Burnout en los profesionales”.
Lamberti, S. Maltrato infantil: riesgos del compromiso profesional. Ed. Universidad (en prensa).
Freud, S. “El malestar en la Cultura” Obras Completas T.III – cap II pág. 3025, Ed. Biblioteca Nueva. Trad. de López Ballesteros.
Lacan J. “Los Cuatro Conceptos Fundamentales en Psicoanálisis”. Ed. Paidós, Bs. As.
____________
1. Giverti E. “Alerta y cuidado de la salud de los operadores ante los efectos traumáticos de las víctimas. Efecto Burnout”. Revista de Derecho Penal Integrado Anp. II Nº 3, Córdoba, 2001.
 
 
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