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   Saber de la historia

La cosa genital de Charcot, tal y como Freud la recordaba (Segunda parte)
  Por Mauro  Vallejo  y Luis Sanfelippo
   
 
El lector contemporáneo de la contribución freudiana a la historia del movimiento psicoanalítico, escrita en 1914, seguramente no vacilará en comprender los pesares que todo fundador solitario y rupturista padece para lograr que vean la luz sus incómodas verdades. Por afirmar el papel central de la sexualidad en las neurosis, Freud habría encontrado su “ineluctable destino”,1 plagado de rechazos, censuras y traiciones. Y entonces, la conclusión parece obvia: si Charcot lo sabía, no lo dijo porque no sería él el héroe dispuesto a pagar el precio por quitar los velos que ocultaron por siempre la verdad sobre la cosa genital.
Ahora bien, hay una serie de hechos que enrarecen la interpretación a la que Freud, tan gentilmente, parece conducirnos.

En primer lugar, el psicoanalista parece haber olvidado que tampoco él lo dijo hasta, por lo menos, 1894.2 Y sólo en 18963 llegó a afirmar que todo caso de histeria (y de neurosis) encontraba en un elemento sexual su causa inmediata y específica. Si fuese tan obvio que la frase de Charcot se refería inequívocamente a la incidencia de la sexualidad en la histeria, entonces su discípulo contaba desde 1885 con una información de primera mano que debería haberlo puesto en la pista de la sexualidad. ¿Qué pasó en ese intervalo cercano a una década? ¿Acaso Freud fue presa de la misma mojigatería que la historiografía tradicional del psicoanálisis atribuye a sus contemporáneos?
En segundo lugar, en la correspondencia con Breuer se halló un “Bosquejo de la Comunicación Preliminar”,4 en el que Freud escribe más de lo que finalmente publica. Allí lo sexual no llegaba a ser ubicado aún como la única condición necesaria de la histeria, pero sí se convertía en el paradigma de los traumas idóneos para desarrollar el cuadro incluso cuando no existiera predisposición. Por ende, Freud lo sabía… pero entonces, ¿cuáles eran las razones de esa distancia entre un decir privado y el silencio público?

En tercer lugar, desde al menos 1892 Freud postuló la incidencia de las nocividades sexuales en la causación de la neurastenia y las fobias. Y lo hizo tanto en escritos privados, como el “Manuscrito A”5, como en las notas que agregó a la traducción al alemán de las lecciones del maestro.6 Sin embargo, en el mismo período no estableció en las publicaciones una tesis análoga para la histeria. ¿Acaso se trataría de que Freud desconocía aún la relación entre neurosis histérica y sexualidad? Por el Bosquejo antes mencionado sabemos que manejaba esa hipótesis desde uno o dos años antes de su anuncio público. Pero si consideramos, tal como Freud lo hace en 1914, que la cosa genital de Charcot alude a la lubricidad, entonces lo sabía desde 1885. ¿Serían pruritos morales los que acosaban al psicoanalista en tales circunstancias? Las hipótesis sexuales respecto de las neurosis actuales permiten demostrar que, de haberlos, tales pruritos no eran tan fuertes como para acallar toda referencia a lo sexual. Tal vez lo más sensato sea postular que Freud se aferró a la autoridad intelectual del maestro, construida en buena medida gracias a la neurologización y medicalización plena de la histeria por la vía de su distanciamiento con lo femenino y lo sexual. Al menos, hasta la muerte de aquél, en 1893.

Esta hipótesis se vuelve más plausible si se considera un cuarto punto. Durante la última década del s. XIX, cuando Freud finalmente postuló la relación entre histeria y sexualidad no lo hizo por fuera del dominio galénico. Más bien, en sus textos, lo sexual quedó entramado en una discusión estrictamente médica, la de las hipótesis etiológicas, y posibilitó que cada cuadro clínico de neurosis encuentre una causa inmediata y específica (como en el campo de la medicina general había ocurrido con otras enfermedades gracias a las teorías microbiales de Pasteur y Koch). Por eso, para el padre del psicoanálisis, la teoría de la seducción fue, por un instante, “una revelación importante, el descubrimiento de un caput nili (origen del nilo) de la neuropatología”7 y no, como suele creerse, el primer momento de ruptura entre el psicoanálisis y la medicina.

Por último, si hacia fines del s. XIX a Freud le interesaba mantener sus tesis sobre el papel de la sexualidad en el marco de una empresa medicalizadora y neurologizadora de la histeria; si, como planteáramos en nuestro texto anterior, la cosa genital a la que aludía Charcot y que Freud traía a la luz no era sexual y lúbrica sino ovárica y fisiológica, ¿por qué Freud recuerda en 1914 esa velada pretérita de la manera en que lo hace? ¿Por qué transmite que su maestro lo sabía y que no lo decía cuando no queda claro que éste lo supiera (al menos, no del modo aludido tres décadas después) ni que su discípulo lo dijera (al menos, no de una manera tal que le causara tantos pesares y traiciones)? En todo caso, ¿qué ocurría en la época en que el recuerdo borroso de la velada salió a la luz con tanta minuciosidad?

El contexto de aparición de la anécdota no es sino el de la puja con quien era, hasta entonces, su hijo dilecto: Jung. Mientras éste pretendía unificar las pulsiones, su maestro procuraba sostener un conflicto pulsional cuyo eje seguía siendo la sexualidad. Nutrido del capital simbólico que había sabido acumular en estos años, Freud delinea una historia del movimiento psicoanalítico (y de las resistencias que generaría la sexualidad) que funciona como impugnación del intento de su discípulo y como señalamiento de los límites de lo enunciable en el campo analítico. Y el recuerdo de esa velada, resignificado desde la contienda presente, quizás le haya servido para cimentar la idea de un maestro (Charcot) y de un discípulo (Jung) que vieron pero no dijeron lo que sólo Freud se animó a decir.

_________________
* Historiador del Psicoanálisis. Becario Conicet.
** Psicoanalista. Investigador en Historia del Psicoanálisis.
1. “Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico”, en Obras Completas, Amorrortu Ed., Tomo XIV, p. 14.
2. “Las neuropsicosis de defensa”. Amorrortu Ed. Tomo III.
3. En los tres textos en los que discute el papel de la herencia en la causación de la histeria y las neurosis y propone su teoría de la seducción.
4. Obras Completas, Amorrortu Ed. Tomo I.
5. Idem.
6. Idem.
7. Obras Completas, Amorrortu. Tomo III. P. 202.
 
 
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