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   Ficción y Realidad en Psicoanálisis

La estirpe humana no soporta mucha realidad
  Por Leonardo Pinkler
   
 
La afirmación de que la cuestión de la verdad no implica tan solo un problema teórico-gnoseológico sino una disposición de coraje, autenticidad y sinceridad consigo mismo ha sido llevada por la filosofía de Federico Nietzsche a una contundente actitud crítica frente a la habitual caricatura de la vida con la que se contenta el ser humano. Así en el Prólogo de Ecce homo se pregunta: “¿Cuánta verdad soporta, cuánta verdad osa un espíritu? El error no es ceguera, el error es cobardía”.
Nietzsche ha mostrado en qué asombrosa medida necesitamos de mentiras para vivir, de bálsamos que nos adormezcan ante lo que no podemos ver; porque somos un atado de hábitos y creencias que se entretejen en una interpretación de la vida y el mundo a la que llamamos “realidad”. Todo lo que no entra en nuestra visión es sostenido –con un desgaste psíquico constante– fuera de nuestro umbral de la percepción. Y la repetición continua de una canción en el centro de la mente configura una red tonal que determina el repertorio total de nuestras vivencias. Por eso en el antiguo manual de sabiduría estoica –el Enquiridion de Epicteto– se parte de la siguiente sentencia: “Los hombres no sufren por los hechos –prágmata– sino por las representaciones –dógmata– que tienen de los hechos”.

El texto de Epicteto manifiesta que hay algo en la constitución humana, algo atávico que produce nuestra misma individualidad y sus dolencias. Y todo hombre está tan convencido de lo que ve, tan enamorado de su estupidez, que cuando un acontecimiento fuerte interfiere en su mundo, se revela la frágil estabilidad de su estructura. Entonces asoma la pregunta: “¿De qué estamos tan convencidos?”. El mismo Nietzsche afirma en Humano demasiado humano: “Las convicciones (Überzeugungen) son enemigas de la verdad más peligrosas que las mentiras (Lügen) (1, 483).
Pues por cierto la mentira es algo relativamente pueril en relación a la hipocresía constitutiva y constante: la mentira que cada uno se dice a sí mismo.

Todo el pensamiento de Nietzsche ha evidenciado una dimensión esencial de la condición humana ya señalada por Schopenhauer: la gente no soporta el dolor y la muerte, y tampoco el aburrimiento, pero ante ese abismo prefiere la vida anodina, basada en la seguridad, la certeza fácil, carente de un sentido más alto. En cambio, la intensa potencia del pensamiento nietzscheano ha pegado un agudo grito al sostener que la existencia es un ejercicio continuo de superación de sí mismo, conforme a lo que se expresa en el núcleo principal de Así habló Zaratustra: “Y ese misterio me ha confiado la vida misma: yo soy lo que tiene que superarse siempre a sí mismo…” (De la superación de sí mismo)
Zaratustra muestra que la moral del rebaño consiste en la anestesia de vivir dormido, en la búsqueda de un confort mezquino. Este clima cultural, denunciado por Nietzsche en el final del siglo XIX, en las últimas décadas se ha vuelto una pandemia: casi todo el mundo “civilizado” se ha dedicado a vivir la vida de la manera más soportable y aturdida con un imperativo general de tener que gozar y “pasarla bien” creyendo que de esta manera realiza su libertad, y sus propios deseos.

El ser humano está marcado por su profunda sugestionabilidad: siempre ha sido capaz de creer en cualquier cosa. Y el opio del pueblo en el registro marxista o la ilusión determinada por Freud –como algo distinto del mero error porque responde a la satisfacción imaginaria de un deseo– está claro que no son exclusivos del uso extraviado de la religión. Evidentemente en Occidente hoy tiene más poder sobre la gente la televisión que la religión, en una idolatría muy retorcida en la que cada uno cree estar haciendo lo que se le da la gana. Es muy curiosa la situación: mientras se obedece a un patrón de conducta groseramente estereotipado, se cree responder a los propios gustos. En este sentido existe un cuento tradicional que relata cómo un mago tenía una manada de ovejas, pero le costaba mucho trabajo apresarlas para matarlas y podérselas comer; entonces las hipnotizó e introdujo en ellas la convicción de que eran leones poderosos e inmortales que realizaban todo lo que querían. Desde entonces las ovejas se entregaron alegremente al cuchillo del mago y no huyeron más.

La ética del deseo de las sociedades contemporáneas desde la posmodernidad y el predominio tecnócrata neoliberal no es diferente. La principal estrategia del sistema es dar la sensación de que todos hemos elegido esta forma de vida y que estamos cumpliendo nuestros deseos; y si no los concretamos, siempre hay posibilidades en la sociedad abierta: una ampliación en la tarjeta de crédito, la masturbación tecnológica, el paraíso farmacológico y muchos otros medios que el progreso ha inventado para impedir cualquier contacto consigo mismo o con otro ser real. La alienación creciente responde a una necesidad no satisfecha: es imposible no sentirse asfixiado cuando se ha cerrado la apertura al misterio de cualquier forma de trascendencia.

En este sentido, se puede observar cómo el conjunto de los testimonios del mito y de la sabiduría antigua –lo que se da en llamar la Sophia perennis– parte del hecho de que el ser humano está dormido, de que –en palabras de Macedonio Fernández–: “No toda es vigilia la de los ojos abiertos”. Heráclito lo ha expresado soberbiamente en estas dos sentencias: “Aunque todas las cosas ocurren de acuerdo a este Logos, la mayoría vive como poseyendo una inteligencia particular (idían)”. (Fr. 2 DK).

“Para los despiertos existe un único mundo común, en cambio los dormidos se vuelve cada uno al suyo particular (ídion).” (Fr. 89 DK).
El carácter de lo particular –ídion– revela el idiotismo atávico del ser humano que se contenta ante todo con su propia visión subjetiva y no percibe el logos que representa el orden divino del mundo. Cada uno desde su pequeña burbuja es capaz de juzgar de todo y de todas las cosas, y entonces se es presa del olvido del sentido unificador.
De alguna manera toda la sabiduría antigua presente en el mito y en el pensamiento muestra que la ilusión es el elemento esencial de la condición humana por la intersección de dos órdenes de cosas, la estructura del cosmos y la especial actitud del ser humano con su onanismo autorreferencial.

En primer lugar, la ilusión está determinada por la constitución misma del mundo: una dimensión ontológica, que en el lenguaje del Hinduismo se denomina “el Velo de Maya”. La realidad no se limita al plano achatado que es percibido por la mente mecánica sino que presenta un juego constante de distintos planos imbricados: los estados múltiples del Ser (la dimensión indecible de lo Divino, la no manifiesta de lo espiritual, la perceptible de la psique y la tangible de la materia). El tomar el aspecto percibido como la totalidad es el fatal error de confundir la parte con el todo –la falacia pars pro toto– cuando este todo es por sí mismo incognoscible. De tal manera este género de ilusión constituida no ha de confundirse con el mero error o la alucinación sino con el hecho de que el perspectivismo de la mirada del hombre lo lleva a confundir su pequeña visión de la realidad con la realidad en su conjunto, y en un paso más: no llegamos a ver que el mundo es una ilusión, porque nosotros mismos somos una ilusión. La gran ilusión del yo es la piedra fundamental sobre la que se asienta una enorme torre.

De tal manera existe una dinámica de lo oculto y lo manifiesto en la naturaleza misma de lo real que ha sido comprendida por la filosofía de M. Heidegger en la etimología de la palabra griega que se traduce por verdad: aletheia es un sustantivo compuesto del prefijo privarivo a- y una forma derivada de la raiz lath que tiene el sentido nuclear de oculto, tal como ha quedado en el castellano latente. Sobre esta etimología construye Heidegger su concepción de la verdad como desocultamiento (Un.verborgenheit). Se trata de la percepción de una estructura semejante a los catáfilos de una cebolla en la que cae un velo para ser nuevamente velado. Tal concepción se encuentra igualmente en la palabra que utiliza el cristianismo para decir revelación: Apocalipsis como revelación vuelve a emplear una construcción análoga a la de alétheia (por el prefijo negativo apo y kálypsis que también significa velo). Se muestra así el juego del ocultamiento y de la manifestación como la danza primordial del mundo y no como mero capricho humano.

Por otra parte en la dimensión específica del ser humano, como espejo de esta realidad en el juego continuo del ocultamiento y la manifestación, la ilusión primordial reside en la obsesión que cada uno tiene consigo mismo, simbolizada en el mito de Narciso, que narra justamente la historia de un error que lleva a la muerte: el extravío de un deseo –en el sentido del término griego eros y del latino cupido– por una imagen insustancial, una sombra inane. Este peculiar hecho de ser tomado por la fascinación de una imagen –y no es por azar que es la de sí mismo– lo denomina Ovidio –en la principal versión del mito en Las metamorfosis– una nueva locura (novitas furoris). Tal extravío consiste precisamente es poner todo su deseo en una imagen inane, una ilusión, un reflejo: ama una esperanza sin cuerpo. El sostenimiento de una imagen de sí a la que se la idolatra –por más desagradable que ésta sea– configura la principal identificación sobre la que se levanta una gran cantidad de mentiras necesarias para que esa imagen siga siendo reverenciada. Desde esta imagen, sí se entreteje el gran velo de la ilusión.
 
 
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