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   Ficción y Realidad en Psicoanálisis

La Ficción de un destino: Dahlman y Hadlik
  Por Hugo Dvoskin
   
 
I.- En Ficciones.1 Hladik, el protagonista de El milagro secreto, inicia su lenta marcha por el pasillo, que de ninguna manera resultó ser un laberinto, hacia el patio donde será fusilado por los nazis. Es la muerte absurda de un poeta que no lo ha sido tanto, de escritos menores, de traducciones al hebreo de dudoso valor pero en las que el editor ha exaltado sin más motivo que mejorar la venta, las virtudes judaicas del traductor. Por una hendidura que imaginamos en un inexistente pasillo lateral, Hladik alcanza a ver por entre las infinitas páginas de El libro de arena2, que resultan ser las Obras Incompletas de Borges, a su compañero de destino, Juan Dahlman, protagonista de El sur, iniciar él también su lenta marcha hacia la llanura a la que se dirige con puñal en mano, se encamina a una muerte tan soñada como segura.

El instante final será el que decida en la vida de ambos protagonistas que encuentran en esa última instancia, una muerte que rubricará la existencia. El tiempo y dios han jugado alguna carta y han hecho de las suyas. A Hladik le ha concedido el año de tiempo que ha pedido, deteniéndolo con exclusividad para él a fin de que complete en su mente los hexámetros de “Los enemigos”, su primera obra no necesariamente mediocre. Esos minutos incomprobables, de los que no ha quedado testimonio ni testigo, han servido para que la vida de Hladik alcance algún sentido o, dicho en sus propias palabras, para que él haya existido más allá de las fantasías de un dios que nos sueña y del que quizás seamos títeres o piezas de ajedrez.3

A Dahlman, dios le ha provisto probablemente un delirio por efecto de la septicemia y dentro de ese delirio un sueño. En ese sueño ha realizado el viaje hacia el sur para el que su voluntarismo criollo nunca fue suficiente. Amante de los libros, incurable amante de la lectura, ha pagado caro su avidez y el destino ha interpuesto una ventana en su camino. Luego de la dura experiencia de Dahlman, las madres del mundo deberán agregar las escaleras a la habitual recomendación de no leer al cruzar las calles. Si el deseo camina entre los libros, si su vida desfila por entre las páginas de ese otro libro de arena que resultan ser Las mil y una noches, el protagonista sabe que esa vida resulta una ligera falta moral para los ideales familiares, para esa mezcla de criollismo y soldado alemán que exige una muerte romántica. La infinitud de bibliotecas que justamente distan mucho de ser la de Babel, pues su infinitud se encuentra en las diversas lecturas que cada texto posibilita y no en la cantidad de textos, han determinado las condiciones de la vida de Dahlman: leer y tener expectativas por las nuevas ediciones. Cada texto en singular y sin amontonamiento. Pero esa vida debe una muerte al Ideal y encuentra en ese sueño la posibilidad de cumplirlo. Los sucesos se le irán imponiendo para que en el final pague esa deuda y para que el sueño le depare esa muerte a la que su deseo no lo hubiera conducido de ninguna manera.
Morir por la septicemia y morir bajo las balas de un pelotón de fusilamiento nazi son dos muertes inútiles y, por qué no, innecesarias. Acaso todas las sean. Pero entonces un acto final, al menos, que transforme la banalidad de la muerte biológica en un hecho de consecuencias.

Estas muertes, estas vidas quizás sirvan para orientarnos en la clínica de lo obsesión. Me refiero a los dos caminos que aquí se abren. Por un lado, Dahlman, que en el momento final gasta sus últimos cartuchos dedicándoselos al abuelo –léase al padre–. Los gasta en un viaje en el que encuentra su nombre sólo porque se lo dice el cantinero, en el que abandona su deseo de leer en el tren para ese disfrute supuesto que es oler el campo, en el que no puede evitar levantar el puñal que no sabe manejar. Se fuerza a sentirse obligado para evitar las válidas excusas porque el criollismo sigue sin alcanzar y está lejos de ser Isidoro Acevedo.4 Dalhman camina a la muerte sin haber podido poner ninguna condición porque es el Ideal el que manda en ese momento para tener la muerte romántica que, dicho sea de paso, le impedirá llegar a la estancia familiar: su deuda seguirá pendiente.

El puñal ilumina la noche de Macbeth para conducirlo a las oscuridades del insomnio sólo para estar a la altura de las exigencias de Lady Macbeth.5 A Dahlman, el puñal que le da el viejo gaucho –que pertenece a un grupo de sujetos de los que ya no existen–, se le impone sin que lo requiera y lo empuja por encima de sus fuerzas a una muerte que sólo le evita la confesión que lo avergüenza frente al abuelo: haber sostenido el precio del deseo de leer y haber muerto por esa estupidez que suponen la voracidad y la gula.

Hladik por su parte ha hecho homenaje a su deseo. Pide un tiempo para escribir su texto que de todos modos quedará incompleto. Se inspira en la obra de Herbert Quain en la que el segundo acto evidencia que el primero era un escrito de un personaje del segundo en el cual es protagonista. Una obra dentro de una obra, un mapa dentro de otro, para abordar un nuevo infinito. Un cuento en el que el protagonista escribe un cuento sobre un personaje que escribe en un cuento, que nos conduce a un infinito y a una eternidad. Y cada una de estas versiones, sólo por ese motivo, amerita sumarse al libro de ese autor que es Borges y que ha escrito La historia de la eternidad y encuentra su lugar en la literatura. De modo que los hexámetros de “Los enemigos”, escrito póstumo de Hadlik del que si bien no sabemos si ha sido publicado, podría incluirse en la próxima edición de las Obras Completas de Borges. Es un texto del que ahora ya sabemos ha hecho marcas al dar testimonio de tres cuestiones: una nueva dimensión del tiempo que se ha detenido, una lectura sobre las mamushkas que se incluyen unas a otras infinitamente y de la existencia del autor. Su versión no supone la ausencia de contradicciones, o como aparece en el texto que sus argumentaciones contras las falacias no sean si no también falaces. Su tiempo detenido ¿cómo podría ser medido en tiempo? “Habrá pasado un día” calcula, y aún cuando día aparezca entre comillas: ¿qué podría ser un día si la Tierra no gira, si el sol no se mueve a través de los cielos terrestres? Eventualmente son detalles para intelectuales. Lo que aquí cuenta es que más allá de cábala y premoniciones, de pensamientos anulatorios, de ansiedades inconducentes, Hladik, sartreanamente hablando, hasta el último instante supo encontrar la rendija por la cual se puede permanecer libre entre barrotes.

Dahlman y Hladik han contado en sus ficciones sus verdades. De un lado, un ideal que le impone sumisión y le impide sostener su deseo. Del otro, un deseo que le permite sostener su misión6, confrontar con rebelión y sin resentimientos.

II.- En el consultorio. Johannes Dahlman se presenta a su sesión el día lunes por la tarde. Está desalineado. Mientras despliega su relato el analista anota sin decirlo que llama la atención que se haya ido hacia el sur directamente desde el hospital sin pasar a buscar ropa por su casa. Se sorprende sin hablar de que en el relato de Dahlman falten referencias temporales. Si bien analista y analizante saben por experiencia que a la realidad no le placen las simetrías, Dahlman se empecina en afirmar lo contrario. También es obvio que los trenes que no paran en todas, paran en las más importantes y no en el medio del campo; que cuando los trenes llegan a las estaciones nunca faltan taxis o sulkys esperando; que no resulta demasiado creíble que el cantinero se parezca al enfermero y mucho menos que sepa su nombre y lo diga con tanta seguridad por más parecido que pudiera tener con su abuelo. Toma nota de estos decires pero los deja a un lado. Por ese lado no encuentra cuestiones que refieran a un deseo de su paciente, ni siquiera un ligero anhelo. Son todas situaciones que se le imponen y en las que si bien él es protagonista, lo es en forma forzada.

El analista se interroga, “¿qué deseo hay en este relato?” Su atención fluctúa (no flota como habitualmente se dice) hacia la sesión pasada, hacia el relato que concluyó con el golpe en la frente por la avidez de Johannnes por leer. Anuda con Las mil y una noches que queda postergado en el asiento del tren. Hilvana con la escena en la pulpería en la que su paciente quiere leer.

El analista interviene: “La obligación de defender el nombre de su abuelo lo obliga a salir a la llanura. Para usted, en cierto sentido, es como ha dicho Borges, “la vida es para los libros”. Quizás quiera inventarse otro nombre con el cual pueda seguir leyendo. Tal vez hasta quiera escribir esta historia.
Hladik llega a su sesión después de un incierto tiempo de ausencias. Si bien hace un año que no viene, no registra deudas con su analista. En las librerías ya se anuncia la pronta aparición de Los enemigos publicación post-mortem del escritor checo.

Hladik le dice a su analista que el tiempo concedido para escribir no incluía asistir a sus sesiones. Sin embargo, se ha tomado esta licencia para despedirse de su analista. “Me he podido desentender del reconocimiento de otros, incluso de dios del que, usted ya sabe, Borges ha dicho no se conocen sus gustos literarios. He escrito lo que yo quería y no es por falta de humildad pero le aseguro que amerita leerse. Siento que he existido. He abandonado mi cobardía frente a la muerte que siempre es injusta y precoz. He podido escribir”.
Al analista le vienen a la mente retazos de una cita de algún psicoanalista francés: “Un deseo uno lo va cercando. Esa afinidad que encontramos entre la ética del análisis y la ética estoica cuando estamos dispuestos a meter la nariz en el asunto (…) es el reconocimiento de la regencia absoluta del deseo del Otro, de ese ¡hágase tu voluntad!…”.7
“Hladik”, le dice el analista, “cuántos laberintos fantaseados, necesarios e inevitables. Al final la realidad resultó más simple y el deseo sólo requería ser tomado. Hemos concluido”.
_____________
1. Sugiero la lectura previa de dos cuentos de Borges: “Sur” y “El milagro secreto”, ambos pertenecientes a Ficciones.
2. Borges, Jorge Luis. “El libro de arena”, en El libro de arena, en O. C. Tomo 3, Emecé, p. 68.
3. Borges, Jorge Luis. “El Ajedrez”, en El hacedor, en O.C, Emecé, p. 813.
4. Borges, Jorge Luis. “Isidoro Acevedo”, en Cuaderno den San Martín, en O.C, Emecé, p. 86.
5. Shakespeare, W. “Macbeth”, en O.C., Aguilar, p. 1593. Macbeth: “¿Es un puñal eso que veo ante mí, con el mango hacia mi mano?”
6. Biesa, Adriana. Destino oriental. Sobre “El jardín de los senderos que se bifurcan”. Inédito.
7. Lacan, J. El seminario. Libro 11.Ediciones Paidós, p. 262.
 
 
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