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   Ficción y Realidad en Psicoanálisis

Borges desde la Kabalah
  El secreto de las letras cifradas, de los nombres y de los sueños
   
  Por Beatríz Borovich
   
 
Borges con sus laberintos, con sus símbolos, con sus secretos cifrados. Borges y su decir. Borges y el verbo. La búsqueda de la palabra cierta. La búsqueda infinita de la Verdad. He aquí su relación con el mundo cabalístico, con un Universo que se multiplica, impregnado de “sílabas cabales”.
La Kabalah y Borges caminan por el sendero del Árbol de la Vida, para hallar la verdadera razón del pensamiento y de la existencia humana.
Kabalah no es religión, es una filosofía de vida. Es recibir la luz, la iluminación, para interpretar textos de las Sagradas Escrituras (Antiguo Testamento); más específicamente de la Torah (Pentateuco); el Libro X de Ezequiel; el de Daniel; el de Jeremías; el de Isaías y el Cantar de los Cantares.

Hacer Kabalah es investigar, introducirse en el alma de las letras hebreas para encontrar el verdadero significado de éstas. Cuenta la tradición esotérica del judaísmo que mucho de lo que está escrito no es lo que el Hacedor le transmitió a sus elegidos. Existen infinitos mensajes secretos. No revelados. Está escrito aquello que puede ser entendido.
Kabalah es encontrar la luz. Es preguntarse continuamente por qué y para qué. Y desde Borges, continuamente nos introducimos en sus textos para, además de deleitarnos con su literatura, encontrar qué quiso decirnos en cada una de sus palabras, como él sugiere, “cabales”.

Las letras hebreas son todas consonantes. Las vocales son puntos y rayas que se colocan debajo o al lado de la consonante respectiva. Además, cada letra tiene un número. Son veintidós consonantes y tienen un valor de 1 (Alef-A) al 400 (Tav). El alfabeto –el Alefbet (alfabeto hebreo)– es cifrado. Recordemos que Borges tiene un libro, La cifra, que utiliza permanentemente los números, en casi toda su producción literaria.
Y así como los textos hebreos sagrados pueden tener muchas interpretaciones de acuerdo con el contexto (algunas se han universalizado), así los cuentos de Borges pueden decir muchas cosas desde diferentes puntos de vista. Borges decía que a él le gustaba que “lo interpreten”.

Este gran hombre de las letras fue un estudioso de la filosofía cabalística, como de otras tantas filosofías y ciencias. Leyó mucho a Gershom Scholem, con quien tuve el honor de cartearme (gracias a mi maestro Borges) desde 1979 hasta 1982, año en que el más grande estudioso de Kabalah del siglo XX (profesor de Kabalah y mística judía de la Universidad Hebrea de Jerusalem) dejara este mundo. Borges comenzó a leer a Scholem cuando (según me supo contar) no entendió una novela titulada El Golem, escrita por Gustav Meyrink. Y nuestro escritor se acercó a las páginas de Scholem cuando quiso investigar el tema del Golem, y deseó conocer más sobre el personaje que describía Meyrink y que aterrorizaba a la gente cada 33 años.

Borges empezó a introducirse en el estudio de la Kabalah con esta historia del Golem, y más tarde tuvo la dicha de conocer a Gershom Scholem, ya que visitó varias veces Israel. Y la causalidad es constante en la vida, por lo menos en la mía, especialmente si la sabemos interpretar, ya que yo empecé a leer y a estudiar Kabalah cuando no pude entender los cuentos de Borges, de su libro Ficciones, “El Aleph”, o sus poemas, entre ellos “El Golem”, siendo profesora y licenciada en letras y teniendo la necesidad de darlo en mis cursos de enseñanza media.

Y continuando con Borges desde los relatos que había elegido con intertextos de la filosofía sagrada hebrea, estudiando a Scholem, él pudo aportar el sabor oscurantista a muchos de sus cuentos y poemas. Y logró ser el pequeño alfarero de lápiz y papel, de este micromundo, para tejer los relatos y los versos que narran mágicas historias.
Una de ellas –“Ruinas circulares”– cuenta la historia de un ser llamado Nadie que llega al fango sagrado para soñar un hijo. Ese fango es la imagen del Edén del Génesis. Nadie vio llegar a ese ser porque resultó que era un sueño, pero la gente del lugar sí lo percibía, respetaba, cuidaba y alimentaba, con higos y agua fresca, para que pudiera cumplir su proyecto. En esta historia, podemos saber que el fruto prohibido del Edén no fue una manzana sino una breva (el fruto primero y más dulce de la higuera), pues no había manzanas en el Edén ni en las tierras bíblicas; y en el Deuteronomio, Cap. 8; Vers. 8, aparecen los 8 árboles que estaban en el Jardín del Edén, además del Árbol de Luz, que se ubica en el centro (Árbol de la Vida)… Y la higuera era el 4° Árbol, muy bello (como todo lo que existía en el Jardín); hasta que Najash, Serpiente, hizo que la pareja cometiera el pecado original. En este cuento, el demiurgo que venía de años milenarios añoraba un hijo, pero la tarea le resultaba difícil, aunque no imposible.

Quería soñar con un rojo Adam y darle forma como al Adán bíblico. Borges juega con las cifras como, por ejemplo, el número 14 que él consideraba infinito… El 14 es la letra hebrea NUN (N), signo que tambalea (7 días para la construcción y 7 para la destrucción); recordemos que dice “en la noche catorcena soñó con un corazón que latía…”. Pero su hijo no se levantaba. Entonces, aparece alguien importante para ayudarlo, su nombre era Fuego, quien, por medio de un pacto, aceptó ayudar al mago a crear ese sueño… El pacto selló un secreto. Y ambos guardaron el más caro silencio. Nadie le diría al “joven soñado” cómo había nacido. Los círculos –las sefirot– del Árbol de la Vida están impresos en la mente del demiurgo que llega del Sur a la tierra sagrada del Templo del Fuego, donde se produce este nuevo acto de creación. Tierra, Agua, Aire –insuflado al joven mancebo soñado– y… Fuego, elementos de la Creación y de las tres letras madres del alfabeto hebreo: Alef (A), aire; Mem (M), agua/tierra; Shin (SH), fuego. La Creación del Mundo y del Adam bíblico se recrean en esta historia. El mago trató de imitar al Creador del Universo, y su rojo Adam se puso de pie. ¿Por qué decimos rojo Adam? Porque Adam viene de adamah, que en hebreo es tierra, y de adom, rojo. El mago lo imitó. Un pacto. Un silencio. El secreto de la Creación. Pero, como la Creación no puede ser imitada, el mago tuvo un castigo, ya que, luego de crear a su hijo y de cumplir con la promesa que le había hecho a Fuego, éste surgió y, con sus llamas, le demostró (al creador del sueño) que ellas no le hacían daño, debido a que él también era un ser soñado por otros…
Otro relato maravilloso es la parodia al género policial “La muerte y la brújula”. En esta historia, el detective Eric Lönnrot, en lugar de buscar a los asesinos de los diferentes crímenes, encuentra material de estudios cabalísticos y desea hallar a los culpables buscando el Nombre de Dios. Como elementos motivadores para la pesquisa del afanoso Lönnrot, la primera víctima, un talmudista llamado Yarmolinsky dejó una serie de libros que estudiaban la Kabalah y un indicio bastante interesante: un papel en una máquina de escribir que decía: “La primera letra del Nombre ha sido articulada”. Lönnrot no busca al criminal usando la razón, sino el camino esotérico (cabalístico) que él no conocía, pero que había decidido seguir en su desciframiento.

Borges, a partir de ese crimen, pone en manos de sus lectores un desborde numérico y de símbolos geométricos en las otras muertes que se van sucediendo. Así las letras del Innombrable (IHVH) Ihaveh, llamado el Tetragrámaton, subyacen en las figuras de los rombos de una pinturería, en los trajes de unos extraños arlequines, en los rectángulos de la pared de una pinturería, y en los infinitos laberintos de una quinta, sitio de la última morada del investigador. La letra Nun (N) se repite en los nombres Treviranus, Lönnrot, Scarlach, Yarmolinsky, en el piso “R”, donde se producirá el primer crimen, y en una sutil frase que aparece cuando Lönnrot va hacia su destino, pisando unas “rotas” hojas de eucaliptos. Aquí la palabra “rotas” seguramente, y subliminalmente, se referirá al cuadrado mágico cabalístico de las ROTAS que tiene 25 cuadrados con 25 números que, en formas alternadas, diagramadas y ocultas, se encuentran en las letras que forman algunos de los nombres de Dios. Y, según la tradición de los relatos (llamados midrashim), ese gran cuadrado se hallaba en las paredes de las casas ubicadas en las campiñas de varios lugares de Europa, para que el Hacedor ayudara a la gente que vivía allí y protegiera sus tierras de la sequía y de las pestes. Lönnrot iba en busca de su destino, sus horas estaban contadas.

Tuve una hermosa y respetada amistad con Borges. Fue un honor estar con él en congresos y reuniones literarias; y modestamente, con humildad, como él solía decir, haber sido una de las personas que le leía casi siempre La Divina Comedia.
Recuerdo que me era difícil incorporar los cuentos de Borges en los programas de los cursos cuando era profesora de Educación Media. Los alumnos querían leer a Borges porque habían escuchado que a él no le gustaba el fútbol… Habían oído alguna vez que le decía a un periodista: “No sé porque 22 tontos corren detrás de una pelota, ¿por qué no le compran una a cada uno y los dejan felices.”

Una tarde me animé y lo llamé a su teléfono…, y aprovechando nuestra linda amistad, me atreví a decirle: “Maestro, me tiene que hacer un favor casi cabalístico. Desearía llevar algunos de mis alumnos del Nacional, la mayoría son de la colectividad judía, a su casa, para que usted, con su magia, pueda lograr que lo acepten como autor… Para esto, tendría que convencerlos de que el fútbol es algo simbólico y que tiene que ver con, con la Kabalah, con las letras… Yo a veces les hablo del Árbol de la Vida, de las letras, en los cuentos, y su intervención podría cambiar las ideas de estos jóvenes… Ayúdeme, maestro…” Borges aceptó. Y una mañana, trece jóvenes me acompañaban entre intrigados e incrédulos por las veredas de la calle Maipú. Llegamos a su casa, los chicos (tenían alrededor de 14 años) no podían creer lo que veían. El escritor, sentado, los esperaba con gaseosas y papas fritas. Pienso que tenía que haberlo filmado (esto sucedió en el año 1980). Allí estaba sentado el gran Asterión literario. Observé que los rostros de los jóvenes habían perdido su color natural. Ante la pregunta de Borges: “¿Qué les pasa muchachos, su profesora me contó que ustedes no quieren leer mis cuentos porque hablo mal del fútbol?”, los chicos me miraban con desaliento, no sabían qué decir. Borges, ante el silencio, les siguió diciendo: “Muchachos, a veces uno tiene que decir cosas por radio que no son del todo ciertas… Es verdad que me gusta más el box (y allí empezó a hablar con ellos), pero… cómo voy a hablar mal del fútbol si son 22 los jugadores, 22 son las letras hebreas, y la pelota es como una sefirah (círculo) del Árbol de la Vida… Y yo tengo mucho respeto por estos símbolos” Transcurrió una semana de esta visita. Y con mucha felicidad pude incorporar los cuentos de Borges, en los programas, para siempre. Una anécdota que jamás olvidaré.

Hace pocos días pasé por la casa de la calle Maipú; un letrero me hizo recordar el cuento “El Aleph”, y me sentí un Carlos Argentino Daneri de la realidad. El letrero expuesto en el 6º piso (era el departamento de Borges) decía: “se vende”. Ví el cartel, sentí una gran tristeza y, como borgeana que soy, recordé la historia de “El Aleph” y la demolición de la casa de Daneri de la calle Garay donde se encontraba su Aleph. Ahí me di cuenta de que ficción y realidad pueden estar unidas. La casa de la calle Maipú, casi esquina Paraguay, durante muchos años de mi vida ha representado para mí un mágico Aleph en el que están encerrados la cultura, el conocimiento y, por qué no decirlo, mis caminos borgeanos y cabalísticos.
Y dibujando laberintos, vuelvo a Borges y sus sueños en la historia de Tzinacán, el mago de la pirámide de Qaholom (“La escritura del dios”), el cacique quiché, quien, encerrado por Pedro Alvarado en la sombría y húmeda cárcel, quería buscar la sentencia mágica que le habían enseñado y que él ocultó en algún lugar que no recordaba. En el caso de hallarla podía recobrar la libertad. Piensa dónde podía estar guardada esa sentencia… Y se pregunta: ¿en las montañas, en los árboles, en el cielo, en las manchas de un jaguar que se encontraba al lado de su celda?

La respuesta no aparecía. Transcurre el tiempo y, en los sueños sumergidos en grandes desiertos, una voz le dice que jamás va a despertar y que morirá dentro de un gran montículo de arena. Al no aceptar ese destino, cambia de actitud. Revierte su odio y acepta la lúgubre y húmeda prisión y morir en ella. Revierte su sentir, y al instante ve un prodigio en forma circular. Dos círculos: uno de Agua y otro de Fuego unidos, y allí entretejidas estaban las cosas que fueron, son y serán. Y, entre todas las cosas, vio 14 sílabas y 40 palabras que representaban la sentencia que tanto había buscado, y que con sólo pronunciarla saldría de la prisión. Porque la suma de las palabras y las sílabas daba 54 (14+40), y 54 (en Kabalah) son las permutaciones que se pueden hacer con el Tetragrámaton IHVH. Y en alguna de estas permutaciones podría encontrar el verdadero nombre divino. El Agua representada por la letra Mem (M) y el Fuego, por la Shin (Sh). La Mem ocupa el lugar número 13 del alfabeto, su valor es 40 y la Shin, penúltima letra del alfabeto, ocupa el lugar 21, su valor es 300. La suma de agua y fuego, de Mem (40) más Shin (300), da 340. Esto se llama Gematría, y 340 suman las letras de la palabra que significan el Nombre que se pronuncia para decir Dios: Shem.

Y si Tzinacán lo decía, podría salir del terrible lugar y volver a ser el cacique. Pero al ver tal prodigio, no le importó pronunciarlo. En su sueño, o en su vigilia, pudo hallar algo más importante: “la divinidad del misterio”. Por eso eligió no enunciarlo, ser nadie y morir tal cual era en la prisión. El milagro de los sueños y de la Luz lo había demostrado.
Borges crea, juega al ajedrez con palabras, permuta sus ideas; así como los cabalistas permutan las letras sagradas para buscar un sentido más completo a la Creación. Nada de lo escrito por Borges está puesto sin sentido. Todo tiene un significado, una interpretación soñada o cifrada. Un juego que siempre produce, al interesado lector, una interrogación y un deleite.
 
 
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