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   Saber de la historia

La estructura entre el fonema y el protolenguaje de los monos antropoides
  Por Fernando Gabriel Rodríguez
   
 
En el desarrollo de su pensamiento Lacan abandona el estructuralismo, esto está claro, pero no así la estructura. Ello supone que alguna cuestión dentro del estructuralismo no lo satisface, muy posiblemente el hecho de que bajo ese marchamo se inscribieran las más diferentes formas de estructura. En efecto, la estructura había evolucionado de ser en principio una categoría de corte conceptual-operativo (de asiento lingüístico) a tener, más tarde, un estatuto muy difuso y una aplicabilidad incontenible.

El estructuralismo había servido para promover la ciencia en ciertas disciplinas, llamadas humanas, en las que el rigor y la objetividad flaqueaban. La propuesta de una novedad metodológica que allegaría a estos territorios la capacidad para formalizar exigía un alto costo, pero desde siempre hemos sabido que la ciencia pide sacrificios: en este concreto caso el gran sacrificado es el sujeto de factura cartesiana. Ello por cierto sin perjuicio de que la diafanidad de la conciencia y el Yo pensador dueño-de-sí no fueran tales desde largo tiempo atrás (Hegel, Marx, Durkheim, Freud…), pero la buena nueva es que aquel viejo río Aqueronte, el manantial del inconsciente en el epígrafe de la Traumdeutung, se podía reconducir, exorcizar, poner en cauce con la ayuda de una nueva aliada, la fonología. En otros términos, concebir las representaciones psíquicas como fonemas suponía tomarlas como desprovistas, en sí mismas, de fuerza semántica. Todo era al cabo un aparato en el que la unidad de análisis está en las relaciones y nunca en el atomismo de los elementos. El mecanismo remedaba los rasgos de oposición de la fonología: tal debía ser la arquitectura de todo sistema cultural según el paladín de la nueva antropología, Lévi-Strauss. Sólo que entre el campo de origen y el suelo adoptivo hay esta diferencia: allí no hay ni sujeto ni sentido ni neurosis que explicar.

Se desató un irrefrenable panlingüismo de suerte inquietante: tesis contundentes, remoción de antiguas fórmulas, mucha especulación, poca evidencia empírica. Los mitos, las maneras de la mesa, la sexualidad, la moda, la literatura, el síntoma psicógeno –prácticamente todo cae en el molde estructural y las materias son forzadas para que den la medida procustiana. Lévi-Strauss se siente incómodo. Lacan establece filiación: “por nuestra parte hacemos del término estructura un empleo que creemos poder autorizar en el de Claude Lévi-Strauss”.2 Todo se ha desbandado y se prepara un cisma: la estructura-ciencia por un lado, la estructura-de-cualquier-manera por el otro.
Luego sucede una distinta divergencia. Lévi-Strauss se aferra con manos y dientes a la pretensión de cientificidad (que fue desde el primer momento su bandera –aun si respalda que aquel binarismo opositivo es en sí mismo real y no un modelo refutable), mientras que el defensor de antaño opinará distinto: ni la estructura va anudada con la ciencia (está comprometida, más profundamente, con la verdad subjetiva), ni se trata ya de la misma estructura.
Sigamos a Lacan. El inconsciente estructurado a la manera de un lenguaje es apotegma que, explicado, deja a todos muy conformes y partícipes de algo importante. ¿Cómo ninguno había pescado, antes del psicoanálisis y Lévi-Strauss, que era el lenguaje la matriz de la cultura y del sujeto? Pero aquí son tomados como primitivos los dos términos de peso: cultura y sujeto. Para no decir que no hay tampoco, del lenguaje, otra definición que la que lo reduce a relaciones donde la semántica no es nunca condición. Lenguaje deshidratado a nivel de fonemas, donde las mentadas relaciones por oposición sugieren, como si agotaran los fenómenos del caso, que existe el sentido sólo desde su regencia –regencia de leyes (poco claras) que surgen de quebrantar las imposturas de lo imaginario–.

Este reticulado de meros lugares sin ninguna determinación de contenidos cometía un reduccionismo por partida doble: (a) tomaba el lenguaje como una especie de clave y lo entendía como formado no por términos-palabras sino por significantes, (b) enarbolando la fertilidad de este modelo, pretendía trazar una frontera inexpugnable alrededor de la cultura. Sobre (a) hemos discurrido; en cuanto a (b), esa frontera se ha movido y permeabilizado. Los grandes simios han mostrado su capacidad para hilvanar distintos símbolos en series o cadenas de protolenguaje, han revelado poder consumarlo con variables márgenes de libertad y de creatividad (esto es, sin ocasión de que lo exija algún determinado estímulo), han dado prueba de que pueden iniciar conversaciones (y no meramente responder a una interrogación) y han enseñado la lengua de señas a una descendencia.3 Incluso Chomsky, irrenunciable defensor de la exclusividad humana en los asuntos del lenguaje, ha señalado que, en lo más profundo, la capacidad lingüística no es tan lingüistica.4

De ello resulta que ni la cultura es territorio tan abiertamente disociado del mundo animal –y hay que reconocer cultura entre los animales–, ni puede vaciarse la cantera de significados siempre nuevos en la pretendida oposición de meras unidades insignificantes. Esto es, en otros términos, que los significantes lacanianos, son un segundo tiempo en el mundo ya establecido de la significación y el pensamiento, ambos pre-estructurales.5 El significante es accidente del signo lingüístico –accidente, por su parte, del sentido ante-predicativo.

El estructuralismo había supuesto hallar en el lenguaje fonologizado la cartografía indistinta para abordar al sujeto y sus inmediaciones. Esta estructura disecada soslayaba el costado pragmático y primero del lenguaje. El sujeto pasivo o sujetado viene al mundo para habitar lo simbólico y está muy lejos de tan sólo padecerlo. La cárcel de las significaciones debe en cualquier caso remitirse a estadios previos no-lingüísticos. Quien no lea signos, pobre de él. Otra cuestión es que los signos sean significantes, lo que vale estar estructurados.6
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1. Docente e Investigador de la Universidad Abierta Interamericana. E-mail: fgrodriguez2001@yahoo.com.ar
2. Lacan, J. (1966) Escritos. Buenos Aires: Siglo XXI; p. 628.
3. Fouts, R. & Tukel Mills, S. (1997). Primos hermanos. Barcelona: Grupo Zeta (1999). Savage-Rumbaugh, S., Shanker, S. & Taylos, T. (1998). Apes, language and the human mind. New York: Oxford University Press. Corballis, M. (2002). From hand to mouth: The origins of language. Princeton: Princeton University Press.
4. Fitch, W. T., Hauser, M. & Chomsky, N. (2005) The Evolution of the Language Faculty: Clarifications and Implications. Cognition 97.
5. Mandler, J. (1992) How to build a baby: II. Conceptual primitives. Psychological Review 99 (4).
6. Estas ideas se encuentran más desarrolladas en Rodríguez, F. & Vallejo, M. (2011) El estructuralismo en sus márgenes. Ensayos sobre críticos y disidentes. Althusser, Deleuze, Foucault, Lacan y Ricoeur. Buenos Aires: Ediciones del Signo.
 
 
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