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   Psicoanálisis y Cine

La escritura del acto en una película coreana
  Por Claudia Zaiczik
   
 
Se trata del film del director coreano Kim ki duk, cuyo título enumera el nombre de cada una de sus cinco partes: Primavera, verano, otoño, invierno...y primavera. Resumo el argumento:

Primavera. En una casa en medio de una isla solitaria vive un maestro budista con un niño pequeño. El nene inventa un juego sádico con animales: le ata una piedra a una rana, a un pez y a una serpiente, y se ríe divertido mirando los movimientos desesperados que éstos hacen para liberarse. El maestro que lo observa desde un comienzo no impide el juego ni lo interrumpe. Pero a la noche ata una piedra a la cintura del niño y cuando éste se levanta, le ordena ir a liberar a los animales cargando en su propio cuerpo el peso del mal infligido a otros. “Si alguno está muerto- le dice- tendrás la piedra en tu corazón para siempre”. Sólo la rana logró sobrevivir.

Verano. El niño creció, ya es un adolescente cuando una joven llega a la isla acompañada por su madre para que el maestro le devuelva la salud perdida. Aunados por la curiosidad del mismo despertar, comienza entre los jóvenes una relación lúdica, tierna y sexual. Cuando el maestro los descubre haciendo el amor, se muestra comprensivo, pero a continuación sentencia: “La lujuria despierta el deseo de posesión, y eso, el deseo de matar”. Acto seguido, envía a la chica a su casa .El joven, lleno de rabia, se va de la isla siguiendo a la mujer que lo había cautivado.

Otoño. El maestro lee en un diario (que de manera fortuita llega a sus manos) que el joven había asesinado a su esposa (la chica a la que había seguido). Al poco tiempo éste aparece en la isla, y le cuenta desesperado que ella se había ido con otro hombre y él no pudo soportarlo. El joven intenta suicidarse ahogándose con unos papeles que pega a su boca en los que figura una palabra escrita: “cerrado”. Esta vez el maestro sí impide el acto, pierde los estribos y le pega con furia. Luego, escribe en el piso de madera una frase, y le pide al joven que talle con una navaja cada uno de los caracteres que había escrito. De esta manera -le dice- se alejará la ira de su corazón, y retornará la paz.
Unos policías vienen para llevarse al joven. El maestro no se opone a que pague ante la ley, pero les pide que lo esperen a que termine de tallar las letras durante toda la noche; los policías aceptan. A la madrugada el muchacho finaliza su tarea y cae exhausto. Entre el maestro y los policías pintan con colores fuertes las letras talladas mientras el joven descansa. De lo peor, algo se escribió. El joven va a cumplir la condena.
El maestro dio por terminada su misión en esta vida; comienza a preparar su partida no sin antes dejar sus vestiduras prolijamente dobladas, como preparadas para que otro vuelva a usarlas. Se suicida a la oriental: se tapa los ojos, boca y orejas con papeles que dicen “cerrado”, y prende fuego al bote donde en posición de loto, espera la muerte.

Invierno. El protagonista regresa a la isla siendo un hombre maduro. Usa la ropa del maestro, y estudia de los libros que le dejó y ahora son suyos.
Esta vez quien quiebra la rutina e interrumpe la soledad es una mujer que llega a la isla y abandona allí a un bebé. De pronto se vuelven a mostrar a los animales con la piedra atada: la rana, la serpiente, el pez. ¿Se tratará del tiempo circular y todo se repite?

Otra vez primavera. El bebé que fue abandonado, creció y es un niño de la misma edad que él al comenzar la película. Juega con una tortuga, la maltrata, ¿Cómo sabemos que no es él mismo de pequeño? Por un detalle: sobre el piso donde juega el niño, brillan los colores de las letras talladas por él y pintadas por su maestro, imborrables. Hasta acá, el argumento.


La conducta del maestro, ya sea en su pasividad o violencia, podría resultarnos cuestionable, pero juzgar lo oriental desde occidente, sería absurdo. La película nos muestra, y en esto quisiera detenerme, la implicación de este hombre en el desastre que el joven desata, pero también, su inequívoca invitación hacia la escritura del acto que lo libere de lo peor.

¿Qué es lo que permite la inscripción de lo distinto, de la primavera diferente?

El maestro le hace escribir el Prajna Paramita Sutra; el Sutra es el conjunto de textos con la palabra de Buda y el Prajna, una de sus partes que significa sabiduría. Para los budistas la sabiduría es llegar a un vacío, la sabiduría no porta ningún sentido. Sólo nos dicen eso, se resta importancia al contenido de la frase, se enfatiza el efecto liberador de su escritura. “La verdad que se pueda decir, confesar, escribir, es la única chance que tiene el sujeto para poder salir de lo peor, del tiempo circular, de la repetición sin diferencia”

El joven acata sin cuestionar, escribe lo que le ordenan, tiene fe en su maesto. Fe y función del padre se articulan. Transgrede convocando al padre para que instaure un límite, busca el castigo que lo libere de la tensión superyoica. Castigar, actuar en nombre de la ley, mitiga la culpa. Para liberarse de lo indecible de la pulsión de muerte, hay una chance: apostar a la libertad del acto

¿Por qué el maestro hace escribir y no simplemente leer? A través de la escritura algo queda por fuera, excluye lo que no puede escribirse, “rompe con la idea de absoluto, libera de lo cerrado”.

En el comienzo de la película se muestra que el mismo niño que respeta la norma simbólica (no habiendo pared, igual pasa por dentro del marco de la puerta) es quien da rienda suelta a la pulsión torturando animalitos. La pulsión avanza y no conoce límites, por lo tanto el maestro sanciona para frenar. Hubiera podido evitarlo o prohibirlo, no lo hizo. Hubiera podido ponerse él como modelo y decirle alguna tontería como: “el maestro zen no hace esas cosas feas”, tampoco lo hizo; lástima que habló de más, y en su decir instaló la piedra en el corazón del joven. Al pronosticar el deseo de posesión ligado al deseo de asesinar, produjo el acting.

Cuando el joven vuelve y le cuenta lo que sucedió (segundo momento del acting en el que éste entra en la cadena discursiva), el maestro se lo interpreta. Le dice: hay que dejar partir, hilvana la posición que se repite: así como ataba a sus mascotas, pretendía atar a su mujer, quedando él atado a esa escena. Esa interpretación empeora las cosas: el joven intenta quitarse la vida. Interpretar el acting no trae buenos resultados.

Dos escenas, que yo leo como actos, logran cambiar la historia. La primera, cuando el maestro no sólo evita, sino que castiga de manera salvaje el pasaje al acto, mostrándose por única vez desbordado, “sacado”, barrado, y de esa manera, rompe la idea de absoluto. Ese acto es el que corta la escena que condujo al sujeto al pasaje al acto. No le permite matarse.
La segunda, cuando le ordena escribir el Prajna Paramita como acto liberador. Una orden posible de cumplir alivia el sadismo superyoico.

El maestro fue el partero del acting, pero también del acto. Fue quien puso la piedra, y el que ayudó al sujeto a extraerla definitivamente de su corazón para hacer con ella el pilar de su fe. Fe en el amor, que dará paso a la posibilidad de hacer algo con eso. El maestro vuelve a ser parte de aquello que se produce, esta vez no es ni un acting, ni un pasaje al acto, sino un cambio de posición subjetiva. Intenta liberar al sujeto de su tormento, de ese objeto que lo obliga a sacárselo de encima o “forzar al Otro a terminar la operación de escritura, en una mostración sobre lo real” .Cuando el maestro sanciona que la escritura devolverá la paz al sujeto, es la lectura de ese acto lo que lo crea. Su lugar es ocupado por el joven, quien extrae la piedra que cargaba en el corazón y sobre ella, en la cima de una montaña, coloca un Buda. Los budistas dicen que no es Buda quien juzga, castiga o perdona las acciones de los hombres, son ellos los que deben encontrarse con “tú eres eso” y dejar de repetir.


Una reflexión final: las cuatro estaciones del título del film no corresponden a un año calendario. Son varias las primaveras, otoños, inviernos y veranos que se suceden. La repetición de la primavera señala que no se trata de una más en la serie, sino de algo que devino diferente. Cabría preguntarnos si esto le permitirá al discípulo en algún momento amar sin atar ni sentirse atado.
Es necesario que lo cerrado (palabra escrita en el papel para tapar los orificios del cuerpo), de lugar a lo abierto, a la pulsión de vida en su mejor versión.

Zaiczik@hotmail.com




 
 
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