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   Discapacidad y psicoanálisis

“¿El orden biológico no se plebiscita?”
  Por Luis F. Langelotti
   
 
“Los Refutadores de Leyendas han sostenido siempre que toda la Naturaleza puede expresarse en términos matemáticos. Lo poco que queda fuera no existe. Así, esta comparsa racionalista se ha esforzado, utilizando cifras, vectores y logaritmos, en representar cosas tales como el tango ´El Entrerriano´ o los celos de las novias de la calle Artigas. Cuando fracasaban, simplemente declaraban superstición lo que no conseguían encuadrar en sus estructuras científicas. Existía un minucioso catálogo de cosas inexistentes que se actualizaba cada año. Allí figuraban los sueños, las esperanzas, el hombre de la bolsa, el alma, el ornitorrinco, el catorce de espadas, el Ángel Gris de Flores, el gol de Ernesto Grillo a los ingleses, la generala servida y la angustia.”
(Alejandro Dolina, “La ciencia en Flores”)

Introducción

Lo que sigue, intentará ser una suerte de articulación entre la perspectiva psicoanalítica y la cuestión de la “discapacidad”. Lo pensamos como un ensayo, como un intento de pensar ciertas cuestiones desde una ética, en miras de abrir el sentido en el marco de aquellas prácticas que atañen al segundo término de la articulación propuesta. En este sentido, nos comprometemos desde el error, es decir, desde la falta de un Saber que garantizaría todo enunciado en cuanto que inobjetable.
Consideramos que el psicoanálisis se sustenta en la convicción [Überzeugung] de una Otra escena que regula – en la orientación de un sujetamiento – la fenomenología de la “vida cotidiana” [Alltagsleben]. Pues bien, tal consideración es inseparable de otra afirmación contundente que deriva, igualmente, de la experiencia clínica y según la cual un efecto de repudio y de concomitante desconocimiento se hacen del primer papel. Lo psíquico aparece así como lo dado por el proceso de reflexión y lo transfenoménico confinado a lo innombrable [unheimlich]. Cuando sitúo lo “fenoménico” aquí, lo tomo en el sentido vulgar y consensuado, es decir, como si estuviera ajeno a lo estructural y funcionara sin contemplarlo. En cambio, si el abordaje de lo observable y positivo es realizado en clave algebraica (formal)1, resulta pues no ser sino esa estructura misma: a costa de quererla (elegir) leer.

1 - ¿Cómo trasponer estas iniciales consideraciones al dispositivo cultural destinado al tratamiento de sujetos “con discapacidad”? En principio, vale aclarar, digo “dispositivo” para no afirmar “instituciones”, dado el reduccionismo que esto acarrearía, ni siquiera “campo”, debido a la propensión siempre acechante, y más o menos efectivamente articulada, de querer “unificarlo”. Para el clínico – al menos aquel que se pretende tal – que desarrolla su que-hacer en tal ámbito (sobre todo, ahora sí el acotamiento de miras, tratándose de un trabajo institucionalizado), podría sostenerse que el panorama se subdivide más o menos del siguiente modo: están los imbéciles, los humildes y los ignorantes. Se trata en los tres casos, desde luego, del sujeto de la falta (y en ese sentido, de posiciones a tomar o desde la cuales sería mejor intentarse correr). Lo que las distingue, podríamos decir, es el modo de tratamiento de la misma.

En cuanto al dispositivo en cuestión, trátase de un plexo relacional o de una cadena anular que imbrica órdenes netamente diferenciales pero que, al ser denegados cada cual en su especificidad, se sustrae dicha dimensión, correlativamente, a nivel del sujeto. Quiero decir: se sustrae al sujeto. Se unifica el campo y se acalla lo real…
Tomando este último sesgo, y sin más preámbulos, nos meteremos de lleno en lo que queremos enunciar. ¿Qué es hablar? ¿Quién habla? ¿Qué es escuchar? ¿Quién escucha? No sin algo que nos ha hecho ruido es que a escribir nos ponemos.
Voy a valerme de una viñeta clínica que data de nuestra función como “acompañante terapéutico”, de hace unos años.

2 - Se trataba de un paciente de 31 años con un diagnóstico médico de parálisis cerebral, al que podemos llamar H. Es transportado en silla de ruedas y requiere asistencia para satisfacer sus necesidades más básicas. Es en relación a esta dependencia material, objetivable, que se plantea una interrogación ética de nuestra parte acerca de qué posición tomar al respecto. Vamos a hablar así, de una decisión, de los efectos de una decisión y de los obstáculos que pueden aparecer frente a una decisión (que pueden también contarse entre los efectos de la misma). Por lo demás, es indiscutible que la enseñanza extraíble de la emergencia de tales vicisitudes, resulta muy valiosa: capitalizar el desencuentro. En principio, por lo que resignifica, es decir, por cuanto abre el abanico de lecturas a lo hasta allí sucedido. En segundo lugar, dado que en la medida en que se habla de un límite a lo racionalizado por cierto saber explicitado, pues bien, se pondera tal situación como una interpelación y, de ese modo, hablamos de la posibilidad de una rectificación de lo que podríamos pensar como el proceso clínico.
H. requiere, por ejemplo, asistencia para orinar (debe colocársele un artificio de plástico entre las piernas). Cuando necesita hacer pis, y puesto que le es prácticamente imposible articular palabra alguna, hace un gesto con la cabeza (dirigiéndola en dirección de sus genitales).

Cuando ingresé al CET (Centro Educativo Terapéutico), el paciente no retenía por mucho tiempo la orina y debía “llevárselo” inmediatamente al baño a que “descargue” el contenido (lo planteo de este modo para destacar cómo fácilmente quedaba en un mero lugar de “continente” vacío absolutamente de cualquier rasgo de sujeto). En función del trabajo cotidiano con H., fuimos logrando que controle un poco más su “incontinencia”. Puntualmente, un modo de operar allí, además del uso de la palabra hablada, se le imponían pequeños desafíos: hasta que no cerrara sus brazos para salir del aula y poder atravesar la puerta correctamente, la silla no avanzaría, dado que era él quien tenía que ir al baño y se lo estaba “ayudando” (haciéndolo con él) a ir y no se lo estaba meramente “llevando” al baño (haciéndolo por él). La intervención apuntaba a introducir algo del orden del tiempo. Se trataba de la búsqueda de una pequeña emergencia de la particularidad de H., como más no sea en ese esfuerzo por tratar de cerrar sus brazos para que no chocaran con la puerta al salir del aula y al entrar al baño. Cuestión que podría inscribirse en el sentido del “acto”, quizá no exactamente como esto es entendido en la clínica psicoanalítica, desde luego, pero sí en tanto desborde de lo dado, del Uno de la significación sobredeterminante y objetivante.

H. fue regulando sus tiempos de espera, es decir, comenzó a emerger la susodicha particularidad (¿o singularidad?). No era lo mismo que fuera “llevado” al baño sin mediación alguna (sin corte simbólico mediante que le otorgara un mínimo de protagonismo, sin apelación - por mínima que fuere - a su propia elección) a que H. fuera al baño “acompañado” por un otro que le hacía lugar a él como actor implicado (y protagonista) en el suceso. “Cerrar los brazos” no era simplemente un hecho efectivamente acontecido basado en un esfuerzo motriz de sobreponerse a lo que el orden biológico delimitó; era su manera de agenciarse de la situación desde un lugar absolutamente diferente que del de objeto continente de una sustancia poco agradable para el resto de los allí presentes.

Fue en función de dicha diferencia en lo tocante a la posición subjetiva de H. respecto de su propia necesidad, que se plantea a la coordinación del CET la posibilidad de armar una estrategia subjetivante que introdujese un mínimo orden simbólico a partir del cual el paciente pudiera afirmarse, elegir, responsabilizarse por la situación. La intención involucraba como punto “en contra” la posibilidad de que el paciente “se hiciera encima”. Tal era el riesgo de la apuesta.
Ahora bien, ¿cómo? ¿Por qué? ¿Para qué? Se trataba de un tiempo organizacional donde la persona encargada efectivamente de transportar a H. en más de alguna que otra oportunidad se encontraba realizando otra actividad, razón por la cual al demandar asistencia el paciente a su docente, correlativamente, este debía “correr” en busca de dicha persona. De esta manera, ubicado el punto donde se debía fuertemente y con convicción intervenir, a saber, en el marco de la emergencia de la demanda del paciente al docente, la propuesta era que el dicha figura articulara simplemente – quizá no tan simplemente, desde luego – un “no”, es decir, hiciera prevaler la dimensión de su propio límite (dado que poder sostener ese “no”, no era equivalente sino a asumir, de su lado, cierta dimensión de la falta). Un “no” ubicado desde el lado de la imposibilidad (“no puedo…”) y no un “no” caprichoso y despótico (un “no quiero”, fuera de Ley).

Obviamente, a sabiendas del aspecto orgánico real del paciente (PC) se trataba de salir de la comodidad del “siempre se hizo así”, del “ya” en cuanto que respuesta inmediata e incondicional a la demanda del Otro, para, apostando al sujeto, ir en busca de su emergencia. Conjeturar la excepción2, abriendo un surco a cuyo través lo instituyente pudiese despejar el terreno de esa mórbida cotidianeidad donde la ética se adormece en lo moral, donde el deseo se empasta de costumbre.
Las respuestas - ¿resistencias? – no tardaron en hacerse escuchar…

Lo más interesante es cómo se pusieron de relieve a partir de esta “intervención” distintas cuestiones que, hasta el momento, estaban signadas por el desconocimiento. En principio, cierta dificultad por parte de la docente de decir que “no”. Su radical angustia ligada a factores de índole subjetiva que le imposibilitaban introducir allí su propia falta, operacionalizándola de manera tal que introdujese una repercusión interesante a nivel del “alumno-paciente”. Esta docente, a su vez, sintió que su “auxiliar” (es decir, nosotros en tanto que acompañantes terapéuticos) habíamos “salteado” su lugar al comentarle la propuesta directamente al coordinador sin charlar puntualmente con ella, cuestión que no fue así de ningún modo ya que la docente estaba al tanto de la idea y se mostró de acuerdo en un primer momento, de lo cual se dedujo la importancia de la cuestión transferencial no sólo entre los “alumnos-pacientes” y los docentes-terapeutas, sino también entre los propios “compañeros de trabajo”. Efectivamente, la docente tenía “un tema” con dicho auxiliar, lo cual le fue señalado oportunamente por la psicóloga de la institución al ver que la situación le generaba tanta angustia y sobreimplicación. Se trataba de una transferencia de problemas de índole familiar al trabajo y que obnubilaba en tanto sobreimpresión de otra-escena su capacidad de operar adecuadamente en la escena de vigilia (¿estaba dormida?). Se evidenciaron a este respecto, también ciertas cuestiones referentes al “maternaje” tan habitual en el abordaje que se realiza en estas instituciones (muchos profesionales suelen tener algún familiar con discapacidad, por lo general, un hijo) donde lo “terapéutico” queda reducido a lo terapéutico desde el saber médico (exclusión de toda mirada “psi”) y lo “pedagógico” a lo “asistencial”.

En relación a esta estrechez de miras, la decisión institucional no fue sino una implacable “bajada de línea” de parte del médico-director (sí, se trataba del saber médico puesto en el lugar de la máxima autoridad, literalmente) según la cual a H. le era imposible “aguantar” más de cierto tiempo por el “tipo de vejiga” que tenía. Es interesante señalar como, de pronto, H. queda reducido a un mero cuerpo sin nombre, es decir, reducido a una suma de mecanismos fisiológicos sin sujeto. Lo destacable no es la posición teórica en sí, fundamentada o no fundamentada, sino el cierre de toda vertiente interrogativa, de toda apuesta al sujeto, de toda posibilidad de sobreponerse a lo orgánico incuestionable, a lo “evidente”. El médico escuchó la situación de oídas (le comentó la coordinadora), sin tener un contacto directo con los protagonistas, sin escuchar allí qué tenían para decir al respecto los que realmente trabajan con el paciente-alumno, por ejemplo, el interesante avance y logro de H. en lo referido a su “abrir los brazos” antes de hacer pis.

Finalmente, vamos suspendiendo estas puntuaciones señalando simplemente que otra de las grandes convicciones freudianas, no fue simplemente la planteada a propósito de la otra escena, sino aquella que el maestro vienés supo hacer valer pese a los dolores narcisistas de sus contemporáneos. Nos referimos a lo que del cuerpo biológico de la mera necesidad se transfigura, para el psicoanálisis, en términos de una verdadera parcialización del goce en la dirección de esas satisfacciones anárquicas que hacen a lo pulsional. “Hacer pis” – véase, por ejemplo, el historial de Dora, entre otros múltiples puntos de referencia en la obra de Freud – no es meramente la satisfacción directa de una necesidad orgánica. Allí hay en juego goce y Freud concibe la enuresis infantil en cuanto que equivalente a la polución nocturna del adolescente. Esta referencia, a los fines de abrir el horizonte de sentido, respecto de lo que afecta a un cuerpo. Sobretodo cuando el sujeto de ese cuerpo, desde lo evidente que puede resultar una parálisis cerebral para algunos, es reducido violentamente a no ser más que eso.


1 Como lo explica claramente David Krapf en su texto “Problemas económicos en Psicoanálisis”, “Lo algebraico es una operación en donde la semántica se reduce a su mínima expresión… (…). Lo “formal” se refiere a esta reducción…”. Puede consultarse dicho texto en Cosentino J. C. y cols., Qué es el inconsciente. Mármol Izquierdo Editores, Buenos Aires, 2009. Págs. 37-8, cita número 33.
2 Ver a este respecto: Langelotti, L. (2009); “Hacia una conjetura de la excepción”, Link: http://www.imagoagenda.com/articulo.asp?idarticulo=1176
 
 
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