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La colonización de una historia
  Por Martín. H Smud
   
 
Una mujer llega a consulta, no sabemos aún si es una primera entrevista, no le importa contar lo mal que está y sobre todo lo mal que piensa que va a estar. El tema es, dice, la edad, los cuarenta y pico, es gorda, y no tiene buena presencia. Y además no sabe qué hacer con los adolescentes que se le enamoran por Internet. Ella no es inocente, todo lo contrario, ha puesto una foto en su perfil de su hermosísima sobrina Katia de veinte años y un estudiante catalán, Manuel, está juntando plata para venir a las Américas “a desposarla”. Claudia llora porque le va a tener que decir la verdad. Ese momento se acerca. Manuel ya casi estaba subido al avión, con una guitarra y un cuaderno donde le había escrito maravillosas canciones de amor y de sexo. Lo único que estaba esperando era que terminaran los conflictos y las protestas de los estudiantes españoles en contra de la ley ómnibus que entre, otras cuestiones, bajaba el presupuesto para educación.
—¿Qué pasará cuando se entere? —le pregunta a su psicólogo/analista aunque pareciera preguntarse a ella misma.

—Estás esperando que esté con un pie en el avión para decírselo.
—No está bien lo que hago —agrega Claudia de una manera que pareciera buscar algo en ese raro personaje sentado enfrente.
—Internet es esto. A Cyrano de Bergerac1 le hubiera encantado.

Algo pasa, un breve silencio. Conocía la historia de Cyrano. Le encantaba seducir y cada vez le gustaba más aunque, para ella, al poder de seducción necesitaría sumarle una hermosa cara para que la operación fuese perfecta. El problema era “ella misma”, se había enamorado y no podía decirle la verdad ni dejar de perseguir a su joven y hermosa víctima. Ahora además de ser su novia, había inventado otro perfil: el de una experimentada periodista gráfica, lo estaba entrevistando vía chat, y le había pedido una crónica diaria de los acontecimientos que estaban ocurriendo con la protesta estudiantil. De esta manera, se enteraba de propia mano cómo iban los acontecimientos de protestas y cuándo se acercaría el momento de “la verdad”.

Claudia estaba frente a la computadora, como entrevistadora, chateando con Manuel: Los estudiantes catalanes se están juntando para protestar contra la baja del presupuesto… ¿No creés que también deben protestar por la educación que les han propinado desde chicos? Manuel se sorprendió, la primera parte de la pregunta se la esperaba pero la segunda, no. La primera parte era la que todos realizaban, y decidió contestar más o menos parecido, como tantas veces lo había hecho en otros reportajes: El contagio crece día a día en las redes. No diluirnos pasa por la capacidad que desarrollemos para reunirnos en la red, nuestra organización ha sido el primer eslabón capaz de movilizar a la gente desde Internet a la calle. Las acampadas son sólo una forma de manifestación. Nosotros somos el sujeto político con visión estratégica a mediano y largo plazo.2
Pero no se había olvidado de la segunda parte de la pregunta. Y encima la entrevistadora le volvía a preguntar: ¿Y protestan también por los valores pedagógicos que les han inculcado? Manuel no sabía qué responder, él personalmente estaba harto de cómo se ocupaban de ellos el Estado y las instituciones educativas privadas. Pero no sabía bien cuál sería la opinión de sus compañeros sobre el tema. Escribió dudando: A nivel personal, el sistema educativo… se creen que viven… y educan como lo realiza el verticalismo y autoritarismo educativo yanqui pero, a diferencia de ellos, a lo que salimos es a un treinta por ciento de desocupación. ¿Para qué país nos están educando?

Manuel estaba decidido a estudiar Historia. Tenía facilidad para relacionar hechos históricos y darles un horizonte. Quizás no era descabellado que él estudiara Historia, desde jovencito se había enamorado de un autor llamado Zigmund Baugman del que había leído todos los libros, y también desde aún más chico estaba fascinado por una época: la colonización de España a finales del siglo XV. El encuentro de Colón con las poblaciones originarias lo llenaba de curiosidad. Colón podría haber estado confundido en relación a la tierra que llegaba, de lo que no podía estar confundido: esa gente era distinta a ellos. Con Colón llegaba el Imperio a un mundo donde no se conocía la rueda, ni la pólvora, ni los caballos pero, sobre todo, no se conocían virus tan “letales” como la gripe, el sarampión, las paperas.

¿Alcanzaban estos dos amores, estas dos cuestiones para tomar una decisión fundamental para su destino que lo llevaría, seguramente, a ser profesor de Historia en este mismo sistema educativo al que ahora repudiaba? ¿Alcanzaba con Baugman para intentar ponerle nombre a estas épocas que nos tocaban vivir y que se originaron en lo que se llamó “Renacimiento” pero que él denominaba “Colonización” y que Zigmund Baugman situaba en la actualidad y denominaba “modernidad líquida”? En estas épocas líquidas, de Estados no sólidos, el Imperio fluye. “La fluidez o la liquidez son metáforas adecuadas para aprehender la naturaleza de la fase actual –en muchos sentidos nueva– de la historia de la modernidad”.3 ¿Y alcanzaba el amor que sentía por Claudia para recorrer todo el mar en su búsqueda?

Los estudiantes estaban realizando una denuncia: la tecnología ya no necesitaba de trabajadores (y menos de ellos, todavía estudiantes). A Manuel le gustaba escribir sobre este tema: La modernidad representa una época de enormes cambios, si comparáramos entre este comienzo de siglo XXI y el comienzo del siglo XX, el cambio en las estructuras del tiempo y del espacio son inimaginables. Si a comienzos del siglo XX, la lucha era por las condiciones materiales de trabajo, se asesinaba a hombres que abrazaban el anarquismo y el socialismo buscando que el trabajo fuera de ocho horas diarias y descanso dominical; hoy a comienzos del siglo XXI, la tecnología y la demografía han expulsado al trabajador.
Sobre este tema, Claudia y Manuel habían debatido mucho en extenuantes encuentros eróticos dialécticos. Claudia lo quería hacer enojar y le decía:

—Que expulse a las personas a las cuales estaba destinada a servir, podría pensarse como inevitable, pues es la condición del hombre la que lo lleva a desechar, marginar, cagar de hambre a una parte importante de la población.
—Eso es una ruindad y sobre todo, una entrega ideológica… ya que no se puede hacer nada, no hagamos nada, eh… La tecnología nos vuelve unos pasivos, observadores y masturbadores de mierda.

¡Cuánto le gustaba a ella este chico! Y entonces le decía, siempre intentando hablar bien de la tecnología porque le encantaba la fluidez de sus palabras cuando se enojaba.
—La tecnología suprime la vieja idea espacial de presencia. El espacio puede recorrerse en una fracción instantánea de tiempo, las diferencias entre lejos y aquí a la vuelta desaparecen. Si no mirá como te estoy tocando ahora –Claudia quería descubrir su juego, por fin, le quería decir las ganas que tenía de entregarse a él, y que ¡ahí sí! no hubiera espacio entre sus cuerpos. Pero él estaba jadeante de enojo–.
Ahora era la entrevistadora, y chateaba con Manuel preguntándole acerca de las circunstancias que estaban viviendo los estudiantes españoles para ser nombrados como “los indignados”.
—Además de la educación que tuvimos, hoy lo peor que puedes decir para buscar trabajo, es que eres español –escribía a su entrevistadora que con el pasar de los días y de la comunicación diaria se había vuelto increíblemente familiar. ––La materialidad del espacio común ha cobrado otra dimensión, ha perdido su valor estratégico, el vivir cerca para nuestros empleadores es visto como una cualidad negativa.

La entrevistadora leía lo que él escribía tan convincente en el teclado de su computadora y moría de amor pero de un amor distinto que cuando era su novia, era un amor más doloroso. Lo que él escribía dolía.
Manuel se encontraba en una letanía. No sabía bien qué hacer con esto de irse a Argentina. Ayer le había escrito a unos amigos, que le preguntaron acerca de su nick en el messenger: “Puedo tener una novia en Argentina”. Él aceptaba sus dudas, quería explicar el porqué y justificar su proyecto de irse por un tiempo a la Argentina para entenderlo él mismo. Sus compañeros parecían comprenderlo, además de haber visto la foto de la hermosa morocha argentina, más linda que una noche estrellada, que convencería a cualquiera. Y algunos le habían dicho que ésto de irse de este quilombo tampoco estaba mal, quizás pudiera terminar de estudiar en Argentina y hasta encontrar algún “curro”. Manuel en alguna parte lo sentía como una huída, no le gustaba sentirlo así, quería estar seguro de qué haría, pegar ese salto, que lo llevaría más allá del mar, del océano, a otra civilización. Quería pero…

Claudia se sentía incómoda, era atractiva la idea de que se viniera cuando una tarde se le ocurrió entre el trajinar de textos que iban y venían. Pero ahora tendría que ser dura, y decirle que no todo con la tecnología estaba bien, decirle que la entrevistadora era ella, su novia. Que la que lo quería pronto a su lado, era ella, la que no podía decirle la verdad. Debía cortar la historia, que se avivara de su ingenuidad, que supiera la verdad.
—Pero… hoy levantamos el teléfono para quejarnos de nuestro Internet domiciliario y nos atiende una mexicana que sabe perfectamente donde está nuestro problema… Mi querido Manuel, a esto se llama globalización, ¿has oído nombrarla? – dijo Claudia tratando de recalcar un tono duro de burla.

Manuel sintió que estaba chateando otra vez con miles de malentendidos y que una energía sulfurosa nacía de sus entrañas como le pasaba también continuamente con su novia argentina. Se sonrió para sus adentros de su ocurrencia “Quizás estas mujeres argentinas fueran la venganza de lo que nosotros hicimos en el siglo XV. Es como si hoy todo eso estuviera todavía dando vueltas. Por fin las colonias se estaban levantando contra las metrópolis”. A la entrevistadora le iba a dar su merecido, al otro lado del mundo, para que viera por fin…:

—La globalización es más vieja de lo que pensás…
Claudia se asustó. ¿Podría saber él la verdad? ¿Podría saber que era una cuarentona con alma de teenager y sufriendo como loca de que esto que estaba viviendo no le correspondía vivirlo. ¿Era una ficción lo que había armado? ¿Acaso no vivimos todos en una época de ficciones y nos enamoramos del que no sabemos quién es? Ella era su novia pero ninguno de los dos estaba enamorado del otro sino de una ficción que se reflejaba en la luminosidad de la pantalla.(Continuará… )
_______________
1. Refencia a la película Cyrano de Bergerac (Francia, 1990), dirigida por Jean Paul Rappeneau, con Gerard Depardieu y Vincent Perez. Cyrano es un brillante poeta y un hábil espadachín que expresa su amor por la bella Roxane a través de Christian, el apuesto soldado a quien ella ama. Cyrano es jactancioso y fanfarrón, de genio vivo pero a la vez ingenioso e irónico, noble y orgulloso. Pero esconde una herida secreta que le atormenta: su agudo sentido del ridículo, su fealdad y su susceptibilidad le han impedido ser amado por Roxane. Sin embargo, ya que su amada ama a otro, él ayudará a su rival escribiendo en su nombre apasionadas cartas de amor.
2. Entrevista realizada en Página/12, por Adrián Perez el día miércoles 15 de junio 2011, A pocas horas de haber sido desalojados por los Mossos d’Esquadra del Parlamento catalán, Aitor Pinoco Girona, coordinador internacional de comunicación y contenidos de Democracia Real Ya (DRY), habla con Página/12 sobre los desafíos del movimiento 15-M.
3. Bauman, Zigmund: Modernidad líquida (2000), Fondo de Cultura Económica, México (2003) pag. 8.
 
 
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