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   Colaboración

La novela de Lacan (octava entrega)
  4.Primeras veces: la escuela del análisis
   
  Por Jorge Baños Orellana
   
 
“He nombrado a Max Jacob, poeta, santo y novelista; sí, como él ha escrito en su Carnet à dés, si no me engaño: lo verdadero es siempre nuevo”.
Jacques Lacan, “Acerca de la causalidad psíquica”

Una coincidencia verdaderamente novelesca quiso que el mismo día, el martes 9 de abril de 1968, el psiquiatra Jean-Guy Godin, el periodista Pierre Rey y el ingeniero agrónomo Gérard Haddad consultaran por primera vez a un analista, que los tres optaran por Jacques Lacan y que, veinte años más tarde y siempre cada cual por la suya, decidieran relatar el episodio en libros testimoniales de sus análisis. Los titubeos de Jean-Guy (“Pero la pequeña presión sobre el timbre no desencadenó ninguna catástrofe ni derrumbe ni explosión”) como las maniobras embaucadoras de Pierre (“Me vestí para seducirlo. Tweed, pana, cachemira. Nos dirigimos una amplia sonrisa. Era evidente que a pesar de los pacientes que vi en la sala de espera, sólo me esperaba a mí.”), y la visión de Gérard a la vuelta de la manzana del consultorio (“Sigo la calle de los Saint-Pères y voy a doblar en la esquina de la calle de Lille, cuando de repente una extraña idea… Me veo parado, inmóvil y silencioso. Todo mi ser es una mirada, y esta mirada está apuntando hacia el velo que oculta el santuario del Templo de Jerusalén”), como su gracioso equívoco (caminaba buscando el edificio de una clínica psiquiátrica pues, en Cahiers pour l’ analyse, había notado que Lacan mencionaba su clínica: “Encuentro todos los días en mi clínica a esquizofrénicos, etc…”), hacen contemplar a estos treintañeros como niños que se dirigen a la escuela por primera vez.

Cuando al pequeño Jacques le tocó traspasar las puertas del Collège Stanislas, el edificio tampoco explotó, quiero decir, continuó siendo dominio de los curas por interpósita persona, a pesar de haberse sancionado la ley definitiva de la separación de la Iglesia y el Estado. Esa mañana, Jacques también se creyó cautivante; lucía el casquete mariano de bordes dorados (los quepis eran para grados superiores) y calzaba borceguíes con pasadores metálicos en vez de botines arqueados. En el patio del recreo, notó los rayos de la mirada de mamá posándose sobre sus hombros; estaba justificado, se habían mudado enfrente de la escuela, a un piso alto de la calle Montparnasse a veinte metros del bulevar Montparnasse, en el barrio de Montparnasse. Más me vale no alejarme, el policía me tomará por estúpido o bromista cuando le diga: “Me perdí. Vivo en Montparnasse, en Montparnasse y Montparnasse”.

Podríamos seguir este camino, pero La novela de Lacan carecería de algún interés si se apegara tozudamente a la linealidad temporal (en el capítulo anterior Jacques tenía cinco años, luego en éste deberá tener seis o siete) y sacara partido de lo que se sabe de los desarrollos curriculares del Stanislas para dramatizar, por mera satisfacción ilustrativa, aquella primera vez. Ah… la misión de la novela histórica de devolver el pulso saltarín de la vida a los datos del archivo: escuchando el rezo inaugural de aquella remota mañana de agosto de 1907; presenciando como el maestro hace poner de pie a los hijos de la Patria (aunque antes de la Primera Guerra Mundial eran todavía pocos los huérfanos de padres caídos), ojeando el libro del catecismo de Jacques, las figuras de la geometría, el mapa del Imperio. No, mejor continuar con los tres analizantes novatos del abril del 68 y destacar cómo, en el mismo día y lugar, hallaron tres analistas bien diferentes.

Sentado en una pequeña butaca, Godin presenció a un Lacan imponente, que no cesaba de pasear “su vientre hinchado como un gran globo” y que lo instigaba a tomar decisiones, “¿Cuánto pensaba pagarme? ¡Déme lo que quiera!”, “¡Dígame lo que ha hecho y lo que quiere hacer por escrito, puedo ponerlo en mi escuela!”. Rey dice, en cambio, haber sido atendido como un señorito (“él seguía acercándome el cenicero”), interrogado como un canalla (“Cuando le hablé de mis ocupaciones… me preguntó si conocía a Madame Z., que también trabajaba allí. Yo nunca la había oído nombrar. A continuación me preguntó bruscamente si bebía”), y compelido a pagar como un rico (“la cifra que me disparó, yo sabía que sería exorbitante. Lo fue.”). Y Haddad recuerda a un Lacan concentrado e inmóvil, evitativo de los cruces de miradas y, a la vez, sobrecogido por el relato e imperativo acerca de la necesidad de un análisis (“Pienso que es urgente empezarlo”).1 Pero volvamos, ahora sí, a los protagonistas de nuestra novela, para averiguar qué sucedió exactamente la primera vez que Lacan entrevistó a Dora Maar.

Me resisto a conjeturar esa entrada al análisis sin tener en mente Dora Maar y figura clásica, la tinta hecha por Picasso a propósito del momento en que ella ingresó a su estudio y a su vida, el 1 de agosto de 1936. Aunque es difícil sostenerlo, y no solo porque esa entrada a “la clínica” de Lacan ocurrió en junio de 1945. Si en algo se asemejan la Dora de Lacan y la de Freud, es en que ni Ida Bauer ni Henriette Theodora Markovitch (el apócope Dora Maar lo adoptó para lanzarse como fotógrafa profesional –en francés, inglés y alemán, «maar» nombra a una formación volcánica–) tuvieron el privilegio de ser primeras en el orden de aparición. A Freud, lo visitó antes el padre de Dora; a Lacan, Picasso. O mejor dicho, por mediación de Paul Éluard, Lacan fue a visitar al pintor. La tortuosa separación de Picasso y la Maar había llevado a lo peor. Cuando se descubrió efectivamente sustituida por Françoise Gilot, una estudiante de veintiún años, veinte años menor que ella y cuarenta menor que Picasso, el comportamiento de Dora se volvió extraño, al punto de acabar en una internación psiquiátrica con electroshocks.

El papel que Jacques Lacan tuvo en esa crisis viene siendo objeto de hallazgos y habladurías, de condena y reconocimiento. La discreción se rompió en 1964 con las memorias de Françoise Gilot. Según cuenta Gilot, un día de mediados de mayo de 1945, Pablo la condujo al dormitorio y, con inusual solemnidad, le informó acerca de las rarezas de su amante oficial –para seguir la escena de Pablo y Françoise tómese en cuenta que Pablo y Dora nunca vivieron juntos, aunque ella consiguió que él se mudara a la calle de los Grands Agustins, a la vuelta de manzana de su casa de la calle Savoie–. Desde hacía unos días, presentaba un aspecto desordenado, había formulado acusaciones falsas de presuntos hurtos y protagonizado arrebatos de moralismo que, viniendo de quien venían, costaba creer que no se tratase de parodias. “Pareja de infieles –les dijo a Picasso y a Paul Éluard– poseo la revelación de la voz interior. Veo las cosas tal y como son, pasadas, presentes y futuras. Si siguen viviendo como lo han hecho hasta ahora, caerá sobre sus cabezas una terrible catástrofe. Cogiendo a ambos hombres por el brazo trató de que se arrodillaran. Más tarde, según dijo Pablo, él decidió llamar al doctor Lacan, psicoanalista, cuyos servicios requería para resolver todos sus problemas médicos… Lacan se presentó enseguida en el estudio y partió en compañía de Dora… El doctor Lacan retuvo a Dora en la clínica durante tres semanas. Al final de este período la dejó ir a casa. Continuó luego tratándola y Dora se prestó voluntariamente a que el médico la analizara”.2 Pero el testimonio de Gilot no acabará ahí. Luego de idas y vueltas, en 1984 concede prolongadas entrevistas a Arianna Stassinopoulos Huffington, que serán la pieza decisiva del argumento condenatorio del best-seller Picasso, creador y destructor. “Françoise –cuenta la autora– decidió súbitamente, y como resultado de «una llamada interior», según explicó, hablarme de Picasso y revelarme los muchos hechos e intimidades que había excluido de su propio libro sobre el artista, que había publicado durante la vida de este y cuando sus hijos eran todavía demasiado pequeños para conocer la verdad toda”.3 De lo que nos incumbe, dice lo siguiente: “Llegó [Lacan] al estudio y se fue llevando a Dora con él. La tuvo en su clínica durante tres semanas, sometiéndola a un tratamiento con electrochoques y comenzando una serie de análisis que continuaron mucho tiempo después… El doctor Lacan, que continuaba tratándola en sesiones de terapia y con eletrochoques, la animó a estructurar sus inclinaciones místicas… No fue tanto su episodio de locura lo que destruyó a Dora, dijo Françoise, sino su tratamiento de electrochoques”.4

¿De nuevo el malentendido de Haddad sobre “la clínica de Lacan”? No imaginamos a la Gilot como lectora de Cahiers pour l’ analyse… pero dejemos de lado sus motivos. El caso es que el libro de Stassinopoulos Huffington ejerció y continúa ejerciendo influencias. Fue transpuesto al cine en el film Surviving Picasso, dirigido por James Ivory en 1996; Anthony Hopkins es Picasso, Natasha McElhone es Francoise y Julianne Moore es Dora Maar. Y los ecos se multiplican. En teatro, Alfonso Plou puso en escena, en el 2001, y viene siendo premiado por Picasso adora la Maar (“No perdono lo que me habéis hecho, ni tú [Lacan] ni Picasso ni siquiera Éluard, pero ahora quiero sobre todo estar tranquila. Por favor, te lo pido, por lo que más quieras, por Sylvie, déjame marchar”, concluye la Dora de Plou antes de caer el telón).5 En la temporada del otoño londinense de 2008, el The Old Red Lion Theatre estrenará The Minotaur de Michael Black. Transcribo la brevísima tercera escena:

(En el psiquiátrico. Dora en el escenario con el Dr. Lacan que maneja el aparato de electroshocks, una gran caja blanca con cableado. Dora viste la túnica blanca de los internos. Los electrodos puestos alrededor de la cabeza. Se le aplica la terapia convulsiva)
Dora: ¿Qué está haciendo?
Lacan (Encendiendo la máquina): Es para su propio bien…
(Dora da un alarido).6

Tampoco los estudiosos pudieron escapar al imán del testimonio de Gilot. Sin mencionar la fuente (¿desplante del académico al best-seller?), Pierre Cabanne refrenda y amplifica curiosamente la versión, en el tercer tomo de Le siècle de Picasso: “Luego de diferentes excentricidades, subrayadas por divagaciones inquietantes, resulta indispensable una estadía de tres semanas en la clínica del Dr. Lacan, donde es tratada con electroshock, y tuvo que continuar con un largo análisis; en todo ese período Picasso se desinteresará completamente por ella”.7
Habrá que aguardar las memorias de James Lord, de 1993, y las de John Richardson, de 1999, quienes habían mantenido trato continuo con Dora a lo largo de cuarenta años –ella falleció en 1997–, para obtener esclarecimientos que serán tomados en consideración por firmas como las de Mary Ann Caws (la mejor biógrafa de Maar) y Anne Baldassari (directora del Museo Picasso de París): “Entonces ocurrió un atroz arrebato de histeria en una sala de cine, la policía fue avisada y Dora acabó siendo llevada al hospital psiquiátrico de Sainte-Anne del 14° distrito. Cuando uno es asignado a ese lugar, no es fácil salir. Fue objeto de una serie de electroshocks que más vale no describir. Éluard estaba indignado e indujo a Picasso a hacer algo. Se le solicitó ayuda a Jacques Lacan, amigo de todos ellos. Él la sacó a Dora del loquero y la puso en una clínica privada. Luego inició un análisis con él”.8 Aún así es dudoso que alguna vez se logre desbancar la versión que voltea a Picasso y a Lacan de un solo golpe, es demasiado humana e irresistible para representantes perezosos de los estudios de género.

Naturalmente, si los especialistas picassianos no se hubiesen recostado, como todos lo hacemos, en los tabiques de separación disciplinaria, habrían sospechado del informe Gilot aún antes de las intervenciones de Lord y Richardson. Bastaba con informarse un poco de las internas psiquiátricas francesas de los años cuarenta y con leer la conferencia “Acerca de la causalidad psíquica”, lo primero que Lacan escribió luego de tomar en análisis a Dora. La pronunció el 28 de septiembre de 1946 en las jornadas psiquiátricas de la clínica privada de Bonneval. Se me ocurre que fue también en Bonneval donde Dora se recuperó del furor curandi de Sainte Anne.
Entonces, en el próximo capítulo se impone contar qué pasaba en la interna psiquiátrica de aquellos tiempos, qué posición adoptó Lacan al respecto como miembro de la escuela analítica y por qué, con su envío extemporáneo a Max Jacob, el cierre de “Acerca de la causalidad psíquica” podría indicar que Lacan lo escribió pensando en el caso Dora Maar.


_____________
1. Godin, Jean-Guy [1990], Jacques Lacan, calle de Lille n°5, De la flor, Buenos Aires, 1992, pp. 11-14. Haddad, Gérard [2002], El día que Lacan me adoptó. Mi análisis con Lacan, Letra Viva, Buenos Aires, 2006, p. 62. Rey, Pierre [1989], Una temporada con Lacan, Seix Barral, Barcelona, 1990, pp. 45-46.
2. Françoise Gilot y Carlton Lake [1964], Vida con Picasso, Ediciones B, Barcelona, 1996, pp. 125-27.
3. Arianna Stassinopoulos Huffington, Picasso, creador y destructor, Emecé, Buenos Aires, 1988, p. 12.
4. Op. cit., p. 288 y p. 311.
5. http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/34671453101715073900080/008151.pdf?incr=1
6. http://www.mwblack.co.uk/Plays/minotaur.doc
7. Pierre Cabanne, Le siècle de Picasso 3. Guernica et la guerre (1937-1955), Gallimard, 1992, pp. 216-17.
8. James Lord, Picasso & Dora, a Memoir, Weidenfeld & Nicolson, London, 1993, pp. 101-102.
 
 
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