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   Constitución subjetiva

Plasticidad simbólica y experiencia corporal en el origen del sujeto
  Por Esteban  Levin
   
 
Los que trabajamos en la clínica con niños estamos muy preocupados. Nos encontramos con diagnósticos y pronósticos precoces que estigmatizan el desarrollo y la constitución subjetiva, por ejemplo:

Los padres de Martín, 2 años, concurren con su hijo a una entrevista con una neuróloga especialista en problemas del desarrollo infantil. A los diez minutos, Martín quiere agarrar unas galletitas que la mamá de ex profeso había colocado en el escritorio, entonces extiende la mano pero en ese momento la doctora coloca la suya antes, evitando que la tome. Martín sin mirarla se retrae y se acurruca claramente inhibido en los brazos de su madre. La doctora insiste con el gesto tomando las galletitas y pretende al mismo tiempo que Martín las agarre, le demanda que busque nuevamente las galletitas que antes quería. Ella insiste e insiste, el pequeño en un gesto claramente defensivo no le responde. Reitera su insistencia y finalmente exclama:
—“Tenemos que hacer más estudios pero su hijo es un TGD. ¿Ve esta actitud? No vuelve a buscar las galletitas, no responde a mi pedido. Además el retardo en el lenguaje es signo del mismo problema. Sí, sí, es un niño TGD y tiene que hacer la terapéutica y el entrenamiento correspondiente. Tomaremos unas pruebas para ver cuál es el tratamiento conductual. Igual no se preocupen, todo eso lo paga la obra social, con el certificado de discapacidad que van a obtener sin problemas con este diagnóstico”…

Agustín es un niño de 2 años que posee un diagnóstico de Trastorno General del Desarrollo no especificado. Con anterioridad habían recibido otro diagnóstico de espectro autista, según ese criterio clínico tenía “trastornos cualitativos de la relación social, de las funciones comunicativas, del lenguaje receptivo y expresivo, de las competencias de anticipación y freno inhibitorio, de la imaginación y las capacidades de ficción y de la flexibilidad comportamental”. Frente a este verdadero catálogo y clasificación de trastornos, que a su vez requiere diferentes programas de modificación de conducta, los padres angustiados y desorientados deciden hacer otra consulta.
¿Qué efectos puede tener para los padres semejante diagnóstico? ¿Pueden tantos trastornos abarcar la problemática y el sufrimiento de un niño de 2 años? ¿Qué se evalúa y espera de un niño pequeño que todavía no habla?
El papá comenta preocupado que él se apegó mucho a su hijo ya que durante muchos años “era todo lo que quería tener”. La madre ya tenía otra hija de un matrimonio anterior y cedió el protagonismo de la crianza al papá, quien se ocupa de alimentar, cuidar y estar con Agustín.
Agustín cada vez se aísla más, no registra cuando lo llaman o le piden algo. En esa soledad desolada comienza a tener conductas repetitivas, como balanceos, estereotipias y movimientos sensorio-motores descontrolados (salta, corre, se agita, va y viene). Cuando tiene 16 meses, la mamá queda embarazada y al nacer la beba, niega su presencia. Se mantiene totalmente indiferente a ella, la ignora por completo. “Para Agustín-afirma la mamá-la hermana no existe, él está peor desde que ella nació”.

De la estereotipia al susurro del gesto: Cuando Agustín entra al consultorio junto a sus padres, reproduce las mismas acciones, se mueve de un lado para el otro por la sala, el escritorio, el balcón, la cocina, el pasillo, el baño, parece no mirar nada. Toca una pelota, luego un papel, un autito, un muñeco y al instante lo suelta. Se mueve, busca otra cosa, agarra una pelotita y comienza a balancearse con ella en la mano. Ante esta actitud, intento frenar el movimiento para relacionarme con él. Le pido la pelota, le tiro otra, lo llamo, intento compartir ese movimiento alocado pero “indiferente” gira y sigue caminando o balanceándose estereotipadamente. Toca una cosa, otra, mueve un sonajero, un lápiz, una cuerda y así, sin detenerse continúa moviéndose, aprieta su mano, la tensiona, se crispa y sigue sin pausa el movimiento.

Frente a esta movilidad anónima intento demandarle un gesto, relacionarme con él, a partir de cada objeto que toca. Sin embargo, el toque es inconsistente y se pierde en el trajín de cada movimiento. Al terminar la sesión, muchos juguetes y cosas del consultorio permanecen desparramados, dispersos. En esa “realidad fragmentada”, sin escenario ni escena, terminan las primeras sesiones con Agustín sin encontrar todavía el modo de relacionarme con él.
En esta intensidad e incertidumbre ¿de qué modo constituir un gesto al estereotipar? ¿Cómo abrir una demanda frente a tanta fragmentación? ¿Es posible entrever un diálogo a través de la mirada, el rostro, la palabra y la gestualidad?
Durante varias sesiones, deambulando con Agustín, procuro relacionarme con él y comparto la desazón, el quehacer caótico y la indiferencia que no deja de asediarme. Hasta que en una sesión, Agustín hace un movimiento para dirigirse a la cocina y le tomo la mano. “Qué linda mano”, exclamo con mi voz y la actitud postural que lo acompaña. La crispación y tensión parece ceder, el tono baja y parece abrirse. Comienzo entonces a acariciarle la mano, hablándole, cantándole de este modo: “Hola, hola, hola mano, hola, hola dedos”, y a medida que voy recorriendo los dedos, lentamente voy creando una canción que nos cobija y habita pues al mismo tiempo que toco su mano y Agustín se acomoda a ese toque, soy tocado por él. Ese diálogo sensible y vivaz, se estructura entre toques, que se alejan del tacto en sí mismo para acariciar palabras, imágenes, gestos que en ese instante se producen. Surge lo intocable del toque en la intimidad del encuentro.

Pensemos ese movimiento gestual ya que en ese momento levanto la mirada que acariciaba la mano junto a la tonalidad de la voz, la melodía y la canción y me sorprendo con la mirada y el rostro de Agustín que me mira… En ese umbral levanto el rostro y allí estamos, juntos, en ese espacio “entre los dos” que se produce en escena: “Hola, hola Agustín”. Me mira, lo miro. “Hola, hola Esteban”, enuncia desde la gestualidad de un rostro que se empieza a abrir a un otro.
Entreveo la postura relacionándose con la escena en el placer de las miradas y la tristeza de una historia que no alcanza a descifrarse ni a traducirse en palabras, y sin embargo, en una pausa, en un silencio, son las palabras encarnadas en las melodías, en los timbres de voz y el gesto los que constituyen e instalan un puente entre esa sensación, ese afecto y la experiencia infantil que vamos descubriendo.

Esta experiencia del toque sutil en lo intocable, del rostro abierto al otro rostro, que mira la mirada del otro y se reconoce en ese espacio-tiempo, irrumpe de repente, sin aviso previo y brota la extrañeza y el acontecimiento que nos estremece y conmueve. La experiencia sensible del encuentro de los rostros es una gestualidad implanificable e improgramable. Surge de la demanda y el deseo del otro.
En este sentido llama a una respuesta anudada a una relación evidentemente transferencial, “marcante”, que como efecto de ese acto provoca una huella que transforma de allí en más la monotonía de la acción en la espesura de un gesto, el ver en la riqueza de la mirada, el ruido en el sabor de la melodía, el toque en la tenue caricia.
El acontecimiento sorprende por lo imprevisto de la realización, del acontecer que se desconoce a sí mismo, quiebra el orden o el desorden imperante y obliga a una transformación, a una nueva configuración del cuerpo, de la imagen corporal, del espacio como lugar de relación, del tiempo como historicidad encarnada.

En el origen, sin duda, el inconsciente es cuerpo, espacio y tiempo que se entrelaza en la singularidad del acontecimiento que realiza y crea cada sujeto. Agustín y Esteban se miran los rostros, en esa perplejidad se encuentran por unos instantes, suficientes para habitar un espacio que no podría sostenerse sólo; ocurre entre ambos. Allí se juega el deseo de donar al otro y el don del deseo, la intensidad que marca la diferencia y la plasticidad.
En ese espacio donde la mirada deviene gesto, el eje del cuerpo se acomoda al rostro y éste acaricia el sentido. Lo intocable del toque se hace sonoridad convocante y la voz se pliega en la sensibilidad. Nuestra función es dar lugar a que el acontecimiento suceda y como tal desaparezca ya que lo esencial está en lo que sucede. Para que la experiencia se transforme en acontecimiento, el don del deseo se transmite en el acto mismo de mirar y reconocerse en el rostro del otro sin esperar reciprocidad. Se le ofrece un lugar deseante que lo cobije, lo habite y lo aloje, al mismo tiempo que genere la intimidad necesaria para la emergencia de la subjetividad en escena.
Nosotros consideramos que la condición corporal es condición subjetiva y responde a una ética del deseo que se estructura desde la experiencia corporal de un sujeto. Desde una posición diferente a la de quienes piensan la conducta y lo metodológico desde una perspectiva técnica y moralista que determina anticipadamente cuál es la respuesta o la experiencia normal y cuál es el déficit, según criterios estandarizados y clasificados siempre previamente a cualquier singularidad e historicidad. El niño pasa a ser un instrumento, un apéndice del método.

En la intimidad de la escena con Agustín, del rostro de uno al rostro del otro, hay un pasaje único, una potencia, donde se pierde la cara (como organismo) y aparece el rostro (como gesto). En él se asienta la plasticidad neuronal, las nuevas redes neuronales con el fulgor deseante, con el impulso afectivo, propios de la plasticidad simbólica. Los ruidos y sonidos se metamorfosean en voz y la palabra cantada deviene melodía infantil y se abre al vértigo de la curiosidad por lo que vendrá en un próximo encuentro.
Agustín me mira, nos miramos rostro a rostro. La cara se ha perdido como órgano y sucede el gesto. Agustín, sin dejar de mirarme, acerca la mano y toca la barba, es un toque curioso, tierno, acompaño la gestualidad con palabras “sí, esta es la barba, hola barba, hola Agustín, hola Esteban”. El gesto crea la caricia y la caricia el gesto, la presencia y la ausencia, la discontinuidad entre toque y toque se articula en la palabra melódica. De este modo adquiere fuerza y consistencia el escenario que se encarna en el rostro, en lo corporal. Concomitantemente la postura, el tono y la sensibilidad propioceptiva se acomodan a la escena y generan la experiencia infantil que produce plasticidad simbólica y anuda la neuroplasticidad entrelazada al campo del Otro.1

Sostenemos una posición que lejos de esquivar o excluir el sufrimiento, la sensibilidad y lo inverosímil del azar, nos incluimos en él para rescatar la singularidad de cada gesto, de cada rostro. En esa alteridad surge la ética como respuesta móvil, plástica a la problemática que nos presenta cada niño y su familia. Agustín, mirándome, toca mi barba, al mismo tiempo es tocado por ella, por la mirada y la palabra. Doble espejo de fuerzas, miradas, toques y palabras que se sustentan en la experiencia infantil, productora de subjetividad.

El rostro del Otro representa la humanidad de una demanda y un interrogante que ni los ojos, ni la cara, ni el cuerpo alcanza a responder y, sin embargo, no es sin ello que la experiencia de rostro a rostro, de lo corporal abre las vías para el nacimiento de un sujeto. Por eso, la relación con la infancia, con la propia y la del otro sin duda tiene que estar viva. Sólo de este modo, la punta de los dedos de Agustín tocan el rostro y lo intocable se juega en la inminencia de esa imagen donde él puede reconocerse. La piel se configura entonces como superficie de apertura pero los dedos como tales, como órganos, se pierden tan pronto como aparece allí un sujeto. Éste hurta la organicidad y crea la trama deseante que lo convoca a la novedad de lo nuevo, al origen que en tanto tal está perdido y a la vez no deja de ser recuperado como memoria imperecedera, aquella que jamás se recordará del todo pero que nunca podrá olvidarse.
___________
1. Véase Levin, Esteban: La experiencia de ser niño. Plasticidad simbólica, Nueva Visión, Buenos Aires, 2010
 
 
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